Bloque 20 · La oración y el Padrenuestro (P. 178–196)

Texto para la lectura de la iglesia

P. 178. ¿Qué es la oración? R. La oración es un ofrecimiento de nuestros deseos a Dios, en el nombre de Cristo, con la ayuda de su Espíritu, con confesión de nuestros pecados y agradecido reconocimiento de sus misericordias.

P. 179. ¿Hemos de orar solo a Dios? R. Siendo Dios el único que puede escudriñar los corazones, oír las peticiones, perdonar los pecados y cumplir los deseos de todos, y el único en quien se ha de creer y a quien se ha de rendir adoración religiosa, la oración, que es una parte especial de ella, ha de ser hecha por todos a él solo, y a ningún otro.

P. 180. ¿Qué es orar en el nombre de Cristo? R. Orar en el nombre de Cristo es, en obediencia a su mandato y en confianza en sus promesas, pedir misericordia por causa de él; no por la mera mención de su nombre, sino sacando de Cristo y de su mediación nuestro ánimo para orar y nuestra osadía, fuerza y esperanza de ser aceptados en la oración.

P. 181. ¿Por qué hemos de orar en el nombre de Cristo? R. Siendo tan grande la pecaminosidad del hombre, y por razón de ella su distancia de Dios, que no podemos tener acceso alguno a su presencia sin un mediador; y no habiendo en el cielo ni en la tierra ninguno señalado para esa gloriosa obra, ni apto para ella, sino solo Cristo, hemos de orar en ningún otro nombre sino solamente el suyo.

P. 182. ¿Cómo nos ayuda el Espíritu a orar? R. No sabiendo nosotros qué hemos de pedir como conviene, el Espíritu ayuda nuestras debilidades capacitándonos para entender por quiénes, qué y cómo ha de hacerse la oración; y obrando y avivando en nuestros corazones (aunque no en todas las personas, ni en todo tiempo, en la misma medida) aquellas aprehensiones, afectos y gracias que son requeridos para el recto cumplimiento de ese deber.

P. 183. ¿Por quiénes hemos de orar? R. Hemos de orar por toda la iglesia de Cristo sobre la tierra, por los magistrados y los ministros, por nosotros mismos, nuestros hermanos, y aun nuestros enemigos; y por toda clase de hombres vivos, o que vivirán después; pero no por los muertos, ni por aquellos de quienes se sabe que han pecado el pecado de muerte.

P. 184. ¿Por qué cosas hemos de orar? R. Hemos de orar por todas las cosas que tiendan a la gloria de Dios, al bienestar de la iglesia, a nuestro propio bien o al de otros; pero no por cosa alguna que sea ilícita.

P. 185. ¿Cómo hemos de orar? R. Hemos de orar con una reverente aprehensión de la majestad de Dios y un profundo sentido de nuestra propia indignidad, necesidades y pecados; con corazones penitentes, agradecidos y ensanchados; con entendimiento, fe, sinceridad, fervor, amor y perseverancia, esperando en él con humilde sumisión a su voluntad.

P. 186. ¿Qué regla ha dado Dios para dirigirnos en el deber de la oración? R. Toda la Palabra de Dios es útil para dirigirnos en el deber de la oración; pero la regla especial de dirección es aquella forma de oración que nuestro Salvador Cristo enseñó a sus discípulos, comúnmente llamada el Padrenuestro.

P. 187. ¿Cómo ha de usarse el Padrenuestro? R. El Padrenuestro no es solo para dirección, como modelo conforme al cual hemos de hacer otras oraciones, sino que puede también usarse como oración, con tal que se haga con entendimiento, fe, reverencia y las demás gracias necesarias para el recto cumplimiento del deber de la oración.

P. 188. ¿De cuántas partes consta el Padrenuestro? R. El Padrenuestro consta de tres partes: un prefacio, las peticiones y una conclusión.

P. 189. ¿Qué nos enseña el prefacio del Padrenuestro? R. El prefacio del Padrenuestro (contenido en estas palabras: «Padre nuestro que estás en los cielos») nos enseña, cuando oramos, a acercarnos a Dios con confianza en su bondad paternal y en nuestra parte en ella; con reverencia y todas las demás disposiciones filiales, afectos celestiales y debidas aprehensiones de su soberano poder, majestad y graciosa condescendencia; como también a orar con otros y por otros.

P. 190. ¿Qué pedimos en la primera petición? R. En la primera petición (que es: «santificado sea tu nombre»), reconociendo la total incapacidad e indisposición que hay en nosotros y en todos los hombres para honrar a Dios debidamente, pedimos que Dios, por su gracia, nos capacite e incline, a nosotros y a otros, a conocerle, reconocerle y estimarle en alto grado, a él, sus títulos, atributos, ordenanzas, Palabra, obras y todo aquello por lo cual le place darse a conocer; y a glorificarle en pensamiento, palabra y obra; que prevenga y quite el ateísmo, la ignorancia, la idolatría, la profanidad y todo lo que le deshonra; y que, por su providencia que todo lo gobierna, dirija y disponga todas las cosas para su propia gloria.

P. 191. ¿Qué pedimos en la segunda petición? R. En la segunda petición (que es: «venga tu reino»), reconociendo que nosotros y todo el género humano estamos por naturaleza bajo el dominio del pecado y de Satanás, pedimos que el reino del pecado y de Satanás sea destruido, que el evangelio sea propagado por todo el mundo, que los judíos sean llamados, que la plenitud de los gentiles sea traída; que la iglesia sea provista de todos los oficiales y ordenanzas del evangelio, purgada de la corrupción, favorecida y sostenida por el magistrado civil; que las ordenanzas de Cristo sean administradas puramente y hechas eficaces para la conversión de los que aún están en sus pecados y para la confirmación, consuelo y edificación de los que ya están convertidos; que Cristo reine en nuestros corazones aquí, y apresure el tiempo de su segunda venida y de nuestro reinar con él para siempre; y que le plazca ejercer de tal manera el reino de su poder en todo el mundo, como mejor conduzca a estos fines.

P. 192. ¿Qué pedimos en la tercera petición? R. En la tercera petición (que es: «hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra»), reconociendo que por naturaleza nosotros y todos los hombres somos no solo totalmente incapaces e indispuestos para conocer y hacer la voluntad de Dios, sino propensos a rebelarnos contra su Palabra, a quejarnos y murmurar contra su providencia, y enteramente inclinados a hacer la voluntad de la carne y del diablo, pedimos que Dios, por su Espíritu, quite de nosotros y de otros toda ceguera, debilidad, indisposición y perversidad de corazón, y que por su gracia nos haga capaces y dispuestos a conocer, hacer y someternos a su voluntad en todas las cosas, con la misma humildad, alegría, fidelidad, diligencia, celo, sinceridad y constancia con que lo hacen los ángeles en el cielo.

P. 193. ¿Qué pedimos en la cuarta petición? R. En la cuarta petición (que es: «el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy»), reconociendo que en Adán, y por nuestro propio pecado, hemos perdido el derecho a todas las bendiciones externas de esta vida, y merecemos ser privados de ellas totalmente por Dios y que nos sean malditas en el uso de ellas; y que ni ellas son capaces por sí mismas de sustentarnos, ni nosotros de merecerlas ni de procurarlas por nuestra propia industria, sino que somos propensos a desearlas, obtenerlas y usarlas ilícitamente, pedimos para nosotros y para otros que, tanto ellos como nosotros, esperando en la providencia de Dios día tras día en el uso de los medios lícitos, gocemos, como don gratuito suyo y según parezca mejor a su sabiduría paternal, de una porción competente de ellas, y las tengamos continuadas y benditas para nosotros en nuestro santo y confortable uso de ellas y en el contentamiento en ellas; y seamos guardados de todo cuanto sea contrario a nuestro sustento y consuelo temporales.

P. 194. ¿Qué pedimos en la quinta petición? R. En la quinta petición (que es: «y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»), reconociendo que nosotros y todos los demás somos culpables del pecado original y de los actuales, y por ello hechos deudores a la justicia de Dios, y que ni nosotros ni criatura alguna podemos satisfacer en lo más mínimo esa deuda, pedimos para nosotros y para otros que Dios, de su libre gracia, por la obediencia y satisfacción de Cristo aprehendidas y aplicadas por la fe, nos absuelva de la culpa y del castigo del pecado, nos acepte en su Amado, continúe su favor y gracia para con nosotros, perdone nuestras caídas diarias y nos llene de paz y gozo, dándonos cada día más y más certeza del perdón; lo cual nos atrevemos a pedir con tanto mayor ánimo, y somos alentados a esperar, cuando tenemos en nosotros este testimonio: que de corazón perdonamos a otros sus ofensas.

P. 195. ¿Qué pedimos en la sexta petición? R. En la sexta petición (que es: «y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal»), reconociendo que el sapientísimo, justísimo y benignísimo Dios, para diversos fines santos y justos, puede disponer las cosas de tal manera que seamos asaltados, vencidos y por un tiempo llevados cautivos por las tentaciones; que Satanás, el mundo y la carne están prontos a desviarnos y enredarnos con poder; y que nosotros, aun después del perdón de nuestros pecados, por razón de nuestra corrupción, debilidad y falta de vigilancia, no solo estamos sujetos a ser tentados y prontos a exponernos a las tentaciones, sino que somos de nosotros mismos incapaces e indispuestos para resistirlas, para recobrarnos de ellas y para sacar provecho de ellas, y dignos de ser dejados bajo el poder de ellas, pedimos que Dios gobierne de tal manera el mundo y todo lo que hay en él, someta la carne y refrene a Satanás, ordene todas las cosas, conceda y bendiga todos los medios de gracia y nos avive a la vigilancia en el uso de ellos, que nosotros y todo su pueblo seamos guardados por su providencia de ser tentados a pecar; o, si somos tentados, que por su Espíritu seamos poderosamente sostenidos y capacitados para estar firmes en la hora de la tentación; o, si caemos, seamos levantados de nuevo y recobrados de ella, y tengamos de ella un uso santificado y provechoso; que nuestra santificación y salvación sean perfeccionadas, Satanás hollado bajo nuestros pies, y nosotros plenamente librados del pecado, de la tentación y de todo mal, para siempre.

P. 196. ¿Qué nos enseña la conclusión del Padrenuestro? R. La conclusión del Padrenuestro (que es: «porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén»), nos enseña a reforzar nuestras peticiones con argumentos, los cuales han de tomarse no de dignidad alguna en nosotros ni en otra criatura, sino de Dios; y a unir las alabanzas a nuestras oraciones, atribuyendo a Dios solo la eterna soberanía, omnipotencia y gloriosa excelencia; en consideración de lo cual, como él puede y quiere ayudarnos, así también nosotros, por la fe, somos animados a rogarle que quiera hacerlo, y a descansar quietamente en él, en que cumplirá nuestras peticiones. Y, para testificar este nuestro deseo y seguridad, decimos: Amén.