Los Estándares de Westminster: qué son, de dónde vienen y la visión que ofrecen

Qué son

Lo que el lector tiene en sus manos es un solo cuerpo de doctrina en tres formas. La Confesión de Fe expone, en treinta y tres capítulos, aquello que la iglesia cree que la Escritura enseña: de Dios y de la Santa Escritura; del decreto eterno, de la creación y de la providencia; de la caída del hombre y del pacto de gracia; de Cristo el Mediador y de la salvación que él obró y aplica por su Espíritu; de la ley, de la libertad de conciencia y del culto; de la Iglesia, de los sacramentos y de la disciplina; y de las cosas postreras. El Catecismo Mayor y el Catecismo Menor enseñan esa misma doctrina por preguntas y respuestas: el Mayor con mayor amplitud, para quien ya ha sido instruido; el Menor con brevedad y orden, para quien comienza —y para que los hijos del pacto lo guarden en la memoria desde temprano—. No son, pues, tres doctrinas distintas, sino una sola: confesada en la Confesión, y enseñada en los Catecismos.

De dónde vienen

Estos documentos nacieron de la Asamblea de Westminster, convocada por el Parlamento inglés, que se reunió desde 1643 en la abadía de Westminster, en Londres. Allí, durante años de trabajo, un cuerpo numeroso de pastores y maestros —con la participación de comisionados venidos de Escocia— se dio a la tarea de poner por escrito, de manera ordenada y cuidadosa, la fe reformada. De aquel trabajo salieron la Confesión de Fe, terminada hacia 1646, y los Catecismos Mayor y Menor, terminados en 1647. La Iglesia de Escocia los recibió como su norma doctrinal, y desde entonces han sido el patrimonio confesional de las iglesias presbiterianas y reformadas en el mundo. Esta edición sigue, en su cuerpo, el texto recibido por las iglesias presbiterianas americanas en su revisión de 1788, que es el que la mayor parte del mundo presbiteriano de habla hispana ha heredado.

No fueron escritos por un solo hombre ni para una sola hora. Son la voz de la iglesia que, reunida bajo la Palabra, confiesa junto lo que ha creído; y por eso nos llegan no como la opinión de un autor, sino como un testimonio que la iglesia entrega de generación en generación.

Su lugar bajo la Escritura

Conviene decir, desde el umbral, lo que estos documentos no son. No son una segunda Escritura, ni una fuente de autoridad junto a ella. La Sagrada Escritura es la única regla de fe y de vida, y el juez supremo en toda controversia no es ningún concilio ni ningún hombre, sino el Espíritu Santo hablando en la Escritura (Confesión 1.10). Los Estándares son normas subordinadas: valen porque resumen fielmente lo que la Palabra de Dios enseña, y obligan en la medida en que concuerdan con ella. Por eso, a lo largo de toda la obra, el texto remite constantemente a los pasajes bíblicos que lo sustentan: la Confesión no quiere que el lector descanse en ella, sino que lo toma de la mano y lo lleva de vuelta a las Escrituras, para que allí, y no en la Confesión, halle la palabra que no puede fallar.

La visión que ofrecen

Quien lee estos documentos no recibe una colección de doctrinas sueltas, sino una visión entera y coherente de la realidad. Aquí se confiesa quién es Dios y qué ha decretado; cómo hizo el mundo y cómo lo gobierna; qué es el hombre, cómo cayó y cuán hondo es su pecado; quién es Cristo y qué obró por los suyos; cómo se aplica esa redención, qué es la Iglesia, cómo ha de adorarse a Dios, y hacia dónde camina la historia. De principio a fin, una sola convicción lo ordena todo: que el hombre fue hecho para Dios, para glorificarle y gozar de él para siempre (Catecismo Menor 1).

En eso está la fuerza de una confesión: no deja al creyente enfrentando el mundo con conjeturas privadas, sino que le entrega la fe entera de la iglesia, articulada y probada, para que sepa pensar y vivir delante de Dios. No hay parcela de la existencia —la conciencia, la familia, el trabajo, la autoridad, la muerte— que quede fuera de su alcance, porque no hay parcela que quede fuera del señorío de Cristo. Esta es la cosmovisión que los Estándares ofrecen: no una pieza más entre las ideas del creyente, sino el marco dentro del cual todo lo demás halla su lugar, ordenado a un solo fin, que es la gloria de Dios.

Y todo ello apunta a Cristo. La Confesión y los Catecismos no son un fin en sí mismos: son siervos que conducen a la iglesia al conocimiento del Mediador, y la sostienen en la espera de aquel día en que la fe se vuelva vista y Dios sea todo en todos.