Cómo usar esta edición: en lo personal, en la familia, en la iglesia

Estos documentos no se escribieron para ser admirados en un estante, sino para ser usados: confesados, enseñados, orados y vividos. Son un medio puesto al servicio de los medios ordinarios por los cuales Dios edifica a su pueblo —su Palabra, su Espíritu, la oración y la comunión de la iglesia—. Conviene, pues, decir cómo se sirve de ellos el creyente, la familia y la congregación.

En lo personal

Léase con la Biblia abierta al lado. Los Estándares no fueron hechos para reemplazar la lectura de la Escritura, sino para conducir a ella: cada afirmación remite a los pasajes que la sustentan, y la mayor ganancia del lector no está en aprender la Confesión, sino en volver, guiado por ella, al texto sagrado. Quien la usa así descubre que la Confesión ordena lo que muchas veces tenía disperso —lo que creía a medias, o sin saber por qué—, y le da palabras firmes para confesar su fe.

El Catecismo Menor, por su brevedad y su orden, se presta a ser memorizado; y lo memorizado en la juventud sostiene en la vejez. Pero que el creyente recuerde para qué lee: no para dominar un sistema como quien colecciona, sino para conocer a Dios y descansar en Cristo. El fin del estudio no es el estudio, sino la comunión con aquel a quien la doctrina describe.

En la familia

La forma de pregunta y respuesta de los Catecismos fue pensada, entre otras cosas, para la mesa del hogar. El padre que instruye a sus hijos no necesita ser un erudito: necesita un texto fiel y la constancia de los medios ordinarios. Una pregunta del Catecismo Menor por semana, repasada en el culto familiar, va labrando en el niño del pacto un vocabulario de la fe que llevará toda la vida.

No se trata de imponer una carga ni de arrancar una profesión antes de tiempo, sino de hacer lo que la fe del pacto siempre ha hecho: enseñar a los hijos a confesar la verdad que aún no comprenden del todo, para que crezcan dentro de ella. La doctrina, enseñada así, no produce moralismo —«haz esto y serás aceptado»—, sino que pone ante el niño, una y otra vez, al Dios que salva por gracia, para que aprenda temprano de quién es y para quién vive.

En la iglesia

Aquí estos documentos hallan su casa propia, porque son ante todo la confesión de la iglesia, no de un individuo. Sirven a la predicación, que se prueba por ellos sin sujetarse a ellos por encima de la Escritura; a la enseñanza de la escuela dominical y de las clases de membresía, donde la congregación es instruida en la fe que profesa; y a la formación de los oficiales, que han de conocer y guardar esta doctrina para apacentar bien al rebaño. Son, además, vínculo de unidad: cuando una iglesia confiesa junta una misma fe, sabe lo que cree y por qué, y queda guardada de los vientos de doctrina que arrastran a los que no tienen ancla.

La congregación no se forma en un día. Como el cuerpo se nutre comida tras comida, así el pueblo de Dios se forma sermón tras sermón, clase tras clase, confesión tras confesión, a lo largo de meses y de años. Esta edición se ofrece como un instrumento para ese trabajo paciente y ordinario.

Un medio, no un fin

En todo —en lo personal, en la familia y en la iglesia— vale recordar para qué sirve este libro: para llevar al pueblo de Dios a una comunión más honda con el Dios trino, por los medios que él ha señalado. No es la meta; es un siervo que señala la meta. Y la meta, al final del camino, no es haber dominado una confesión, sino ver cara a cara a aquel a quien ahora confesamos: cuando la fe se vuelva vista, y el pueblo redimido glorifique y goce de Dios para siempre.