Capítulo 33 · Del juicio final

Edición de estudio comentada

Para entrar: «Ha establecido un día»

El Hijo del Hombre se sienta en el trono de su gloria, y delante de él son reunidas todas las naciones. Las separa unas de otras «como aparta el pastor las ovejas de los cabritos», y pone las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda (Mt 25:31–33). No es una escena entre muchas: es el último cuadro de la historia, aquel hacia el cual marcha todo lo demás. El mismo Jesús que nació en un pesebre, que fue juzgado por Pilato y clavado en un madero, está allí sentado como juez de los vivos y de los muertos; y de su boca salen las dos sentencias que no se apelan: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino…» y «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25:34, 41).

Pablo, de pie en el Areópago, lo dijo sin rodeos a los filósofos de Atenas: Dios «ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hch 17:31). Hay un día. No es una metáfora del paso del tiempo ni una idea para inquietar conciencias: es un acto fijado en el consejo de Dios, tan cierto como la resurrección que lo garantiza. Y, sin embargo, ese día está velado: «de aquel día y de la hora nadie sabe» (Mt 24:36). Lo cierto es el hecho; lo desconocido es la fecha. Y de esa doble verdad —el juicio seguro, el día oculto— vive la iglesia entre las dos venidas.

Aquí está la pregunta que cierra toda la Confesión. La obra que comenzó confesando la Escritura como Palabra de Dios (cap. 1), que recorrió a Dios, su decreto, la creación, la caída, el pacto, la persona y la obra de Cristo, la gracia aplicada, la iglesia y los sacramentos, ¿hacia dónde camina? Camina hacia un tribunal. Toda la historia desemboca en aquel día, y todo lo confesado se cumple allí.

El capítulo lo expone en tres pasos. Confiesa primero el hecho y el juez (33.1): Dios juzgará al mundo por Cristo, y comparecerán los ángeles caídos y todos los hombres, para dar cuenta. Confiesa luego el fin del juicio (33.2): la gloria de la misericordia de Dios en los elegidos salvos y de su justicia en los réprobos condenados, con sus dos destinos eternos. Y confiesa por fin el uso de la doctrina (33.3): la certeza del juicio, que disuade del pecado y consuela al piadoso; el día desconocido, que manda velar; y la oración con que cierra toda la obra: «Ven, Señor Jesús».

Tesis doctrinal

La Confesión culmina donde culmina la historia: en el juicio final. Avanza en tres pasos. Primero, el hecho y el juez: Dios ha designado un día en que juzgará al mundo con justicia por Jesucristo, a quien el Padre ha dado todo poder y juicio; en aquel día comparecerán los ángeles apóstatas y todos los hombres, para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y recibir conforme a lo hecho en el cuerpo (33.1). Segundo, el fin del juicio: la manifestación de la gloria de la misericordia de Dios en la salvación eterna de los elegidos, y de su justicia en la condenación de los réprobos; los justos irán a la vida eterna y plenitud de gozo, los malvados a tormentos eternos, lejos de la presencia del Señor (33.2). Y tercero, el uso de la doctrina: Cristo quiere que estemos ciertos de que habrá juicio —para disuadir del pecado y consolar a los piadosos—, pero que el día sea desconocido, para que velemos y estemos preparados, diciendo: «Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén» (33.3). El juicio es cierto, justo y final; su juez es Cristo; su fin, la gloria de Dios en la misericordia y la justicia; y su efecto presente, la vigilancia y la esperanza de la iglesia.

Cómo leer este capítulo

El capítulo va del hecho al fin y del fin al uso. 33.1: el hecho y el juez —Dios juzgará al mundo por Cristo; comparecerán ángeles caídos y todos los hombres, para dar cuenta—. 33.2: el fin —la gloria de la misericordia (en los elegidos salvos) y de la justicia (en los réprobos condenados); vida eterna / tormentos eternos—. 33.3: el uso —la certeza del juicio (disuade del pecado, consuela al piadoso); el día desconocido (manda vigilancia); y la oración final, «Ven, Señor Jesús»—. Del tribunal (33.1) a los dos destinos (33.2) y a la vida vigilante y orante de la iglesia (33.3): la doctrina de las últimas cosas hecha esperanza presente.

Texto confesional

33.1. Dios ha designado un día en el cual juzgará al mundo con justicia por Jesucristo, a quien todo poder y juicio le han sido dados por el Padre. En aquel día, no solo serán juzgados los ángeles apóstatas, sino que también todas las personas que han vivido sobre la tierra comparecerán ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y para recibir conforme a lo que hayan hecho en el cuerpo, sea bueno o malo.

Referencias bíblicas: Hch 17:31; Jn 5:22, 27; 1 Co 6:3; Jud 6; 2 P 2:4; 2 Co 5:10; Ec 12:14; Ro 2:16; 14:10, 12; Mt 12:36, 37.

33.2. El fin de Dios al designar este día es la manifestación de la gloria de su misericordia en la salvación eterna de los elegidos, y de su justicia en la condenación de los réprobos, que son malvados y desobedientes. Porque entonces los justos irán a la vida eterna, y recibirán aquella plenitud de gozo y de refrigerio que vendrá de la presencia del Señor; pero los malvados, que no conocen a Dios y no obedecen al evangelio de Jesucristo, serán arrojados a tormentos eternos, y castigados con perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.

Referencias bíblicas: Mt 25:31–46; Ro 2:5, 6; 9:22, 23; Mt 25:21; Hch 3:19; 2 Ts 1:7–10.

33.3. Así como Cristo quiere que estemos ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio, tanto para disuadir a todos los hombres del pecado como para mayor consuelo de los piadosos en su adversidad, así también quiere que ese día sea desconocido para los hombres, para que se desprendan de toda seguridad carnal y estén siempre vigilantes —porque no saben a qué hora vendrá el Señor—, y estén siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén.

Referencias bíblicas: 2 P 3:11, 14; 2 Co 5:10, 11; 2 Ts 1:5–7; Lc 21:27, 28; Ro 8:23–25; Mt 24:36, 42–44; Mr 13:35–37; Lc 12:35, 36; Ap 22:20.

Exposición doctrinal

El juicio final en la historia de la redención

Toda la historia de la redención avanza hacia un día: «Dios ha designado un día en el cual juzgará al mundo» (33.1; Hch 17:31). La Confesión, que comenzó con la Escritura (cap. 1) y recorrió a Dios, el decreto, la creación, la caída, el pacto, Cristo, la gracia aplicada, la iglesia y los sacramentos, termina en la consumación: el juicio final, donde la historia se cierra y se manifiesta la gloria de Dios. No es un apéndice, sino la meta —el lugar donde todo lo confesado se cumple—. El juez de aquel día es Cristo: el Padre «todo el juicio dio al Hijo… por cuanto es el Hijo del Hombre» (Jn 5:22, 27); el mismo Mediador que se humilló hasta la cruz y fue juzgado por Pilato, exaltado, vendrá a juzgar (cf. 8.4, su exaltación).1 Y comparecerán ante su tribunal no solo todos los hombres, sino aun «los ángeles apóstatas» (33.1) —los ángeles caídos, reservados para el juicio (Jud 6)—: el juicio es universal y final, sin apelación.

La Escritura sostiene cada afirmación del capítulo. Para el día designado y el juez (33.1): Dios «ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó» (Hch 17:31); «el Padre… todo el juicio dio al Hijo… y le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre» (Jn 5:22, 27). Para el juicio de los ángeles (33.1): «¿no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?» (1 Co 6:3); los ángeles que pecaron, «reservados bajo oscuridad… para el juicio del gran día» (Jud 6). Para que todos darán cuenta (33.1): «es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho… sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10); «de toda palabra ociosa… darán cuenta» (Mt 12:36). Para el fin doble (33.2): la separación de las ovejas y los cabritos (Mt 25:31–46); los vasos de misericordia y los vasos de ira (Ro 9:22, 23). Para los dos destinos: «irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt 25:46); los que no obedecen al evangelio «sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor» (2 Ts 1:9). Para la vigilancia y la incertidumbre del día (33.3): «velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (Mt 24:42); «de aquel día y de la hora nadie sabe» (Mt 24:36).

Cada uno «dará cuenta de sus pensamientos, palabras y obras» (33.1) —el juicio alcanza al hombre entero, hasta lo más oculto (Ec 12:14; Ro 2:16)—, «y recibirá conforme a lo que haya hecho en el cuerpo». El juicio es según las obras; pero esto no contradice la justificación por la fe (cf. caps. 3, 10–11): las obras son la evidencia del estado del hombre, no la causa de la salvación de los elegidos, que es por gracia —los justos son salvos por la misericordia, y sus obras dan testimonio de la fe que los unió a Cristo—. Y la Confesión, fiel a su carácter pastoral, no termina en la especulación, sino en el uso de la doctrina (33.3), desembocando en la última oración de la Biblia, que es la postura permanente de la iglesia entre la primera y la segunda venida: «Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén» (Ap 22:20). La obra entera termina, no en una afirmación, sino en un clamor: maranatha.

33.1 · El hecho y el juez

«Dios ha designado un día en el cual juzgará al mundo con justicia por Jesucristo, a quien todo poder y juicio le han sido dados por el Padre.» Cuatro afirmaciones. (1) Hay un día fijado: el juicio es cierto, un acto designado por Dios (Hch 17:31). (2) Dios juzgará «con justicia»: el juicio será perfectamente justo, sin error ni acepción de personas. (3) Lo hará «por Jesucristo»: el juez es el Mediador, a quien «todo poder y juicio le han sido dados por el Padre» (Jn 5:22) —Cristo juzga en su naturaleza humana glorificada, «por cuanto es el Hijo del Hombre»—. (4) Comparecerán «no solo… los ángeles apóstatas, sino… todas las personas que han vivido sobre la tierra» —el juicio es universal: ángeles caídos y todos los hombres—. Conviene precisar el alcance: aunque los ángeles también son juzgados, la humanidad es juzgada de modo exhaustivo, sin que nada quede fuera.2 Comparecerán «para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y obras, y para recibir conforme a lo que hayan hecho en el cuerpo, sea bueno o malo» (2 Co 5:10). El juicio alcanza lo interior (pensamientos), lo verbal (palabras) y lo externo (obras): nada queda oculto.3

33.2 · El fin del juicio y los dos destinos

«El fin de Dios al designar este día es la manifestación de la gloria de su misericordia en la salvación eterna de los elegidos, y de su justicia en la condenación de los réprobos.» El juicio no tiene por fin último el destino de las criaturas, sino la gloria de Dios —doble gloria: de su misericordia (en los salvos) y de su justicia (en los condenados)—.4 No es que la misericordia glorifique a Dios y la justicia lo deshonre: ambas lo glorifican (cf. 2.1, Dios «justísimo y terrible», y a la vez «amantísimo, clemente y misericordioso»; Ro 9:22, 23). Luego la sección describe los dos destinos. Los justos «irán a la vida eterna, y recibirán aquella plenitud de gozo y de refrigerio que vendrá de la presencia del Señor» —el gozo pleno, que mana de la presencia de Dios—. Los malvados, «que no conocen a Dios y no obedecen al evangelio de Jesucristo» (2 Ts 1:8), «serán arrojados a tormentos eternos, y castigados con perdición eterna, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder» (2 Ts 1:9). La esencia del cielo es la presencia de Dios gozada; la esencia del infierno, esa misma presencia perdida. Nótese: ambos destinos son eternos —contra el universalismo (todos salvos) y el aniquilacionismo (los malvados destruidos)—; y la perdición se define como exclusión de la presencia de Dios, así como la bienaventuranza es su gozo. Una nota fina del relato de las ovejas y los cabritos (Mt 25:31–46) ilumina este día: ambos grupos cuestionan lo que merecen —los justos no ven nada bueno en sí mismos, y los réprobos, en inversión total, se creen mejores de lo que el Juez los ve—.5

33.3 · El uso de la doctrina

La sección final —y con ella toda la Confesión— es eminentemente pastoral. Cristo quiere dos cosas a la vez. Primero, que estemos «ciertamente persuadidos de que habrá un día de juicio» —la certeza del juicio—, por dos fines: «para disuadir a todos los hombres del pecado» (el juicio venidero es freno del pecado) y «para mayor consuelo de los piadosos en su adversidad» (el que sufre injustamente sabe que habrá justicia). Segundo, «que ese día sea desconocido para los hombres» —la incertidumbre de la fecha—, también con un fin: «para que se desprendan de toda seguridad carnal y estén siempre vigilantes —porque no saben a qué hora vendrá el Señor—, y estén siempre preparados». La ignorancia del día no es para angustiar, sino para mantener despierta a la iglesia. Conviene advertir aquí el foco del capítulo: de principio a fin es personal, no cosmológico —no busca responder a la especulación sobre el destino del planeta, el reino milenario o el destino de los judíos, sino persuadir—.6 Y la Confesión cierra con la oración que es la respuesta justa a toda su doctrina: «estén siempre preparados para decir: Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén» (Ap 22:20). La última palabra de la Confesión no es una tesis, sino un anhelo: que el Señor venga.

En los Catecismos. El juicio final es la consumación que los Catecismos exponen tras la resurrección. El hecho coincide: «inmediatamente después de la resurrección seguirá el juicio general y final de los ángeles y de los hombres; cuyo día y hora ningún hombre conoce, para que todos velen y oren, y estén siempre preparados para la venida del Señor» (CMa 88) —que reúne lo de 33.1 (juicio de ángeles y hombres) y lo de 33.3 (día desconocido, vigilancia)—; y el Menor enlaza la resurrección con el juicio, pues los creyentes «serán reconocidos y absueltos públicamente en el día del juicio» (CMe 38).

En los Catecismos. Los dos destinos coinciden al detalle (cf. 33.2). Sobre los malvados, el Mayor: serán «echados de la favorable presencia de Dios… al infierno, para ser castigados con tormentos indecibles… con el diablo y sus ángeles para siempre» (CMa 89). Sobre los justos: serán «recibidos en el cielo, donde serán plena y eternamente librados de todo pecado y miseria, llenos de gozos inconcebibles, hechos perfectamente santos y felices en cuerpo y alma… en la inmediata visión y fruición de Dios el Padre, de nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo, por toda la eternidad» (CMa 90). Así corona la armonía los tres documentos en un mismo final: «la perfecta y plena comunión que los miembros de la iglesia invisible gozarán con Cristo» (CMa 90).

La doctrina en la historia

El camino de la doctrina

Este capítulo apenas tiene historia polémica propia dentro de la Asamblea que las fuentes conserven; la tiene, y sustanciosa, en su recepción. Esa recepción —aquí en la voz de A. A. Hodge— leyó 33.1 con una precisión que conviene retener: «No se dice que todo juicio no le sea inherente, sino que le ha sido encomendado por el Padre» —el poder de juzgar es prerrogativa divina del Hijo en cuanto Dios, ejercida en su oficio mediador, como Dios-hombre—.7 Por eso el Juez lleva el nombre de «Hijo del Hombre» (Mt 25:31–32): el que tomó nuestra carne para redimirla juzgará en esa misma carne, verdad de consuelo y de temor a la vez, porque el Juez conoce al género humano desde dentro. El mismo Hodge precisó que el juicio no se funda en apariencias ni en conocimiento parcial de los hechos, sino que alcanza a la persona entera —pensamiento, palabra, obra, motivo— según la luz recibida (Ro 2:12–15); y guardó las dos fronteras que la exposición ya trazó: las obras como evidencia de la unión con Cristo, no como base de la absolución (como quedó dicho a propósito de 33.1) —los santos son absueltos porque sus nombres están en el libro de la vida, por su participación en la justicia de Cristo—, y la asimetría de 33.2, que replica la de 3.7: la salvación se atribuye a la misericordia, la condenación a la justicia sobre réprobos «que son malvados y desobedientes» —nadie es condenado sino por su pecado—.

Donde la historia posterior más pesó fue en la eternidad del estado final. La exposición de 33.2 ya nombró a los adversarios modernos —el universalismo y el aniquilacionismo—; la recepción del capítulo añade dos apoyos. Uno filológico, que Hodge anota: los mismos términos griegos (aiōn, aiōnios, aïdios) que expresan la eternidad de Dios y la felicidad de los santos miden la duración de los sufrimientos de los que se pierden (Mt 25:46) —la misma palabra mide ambos lados—. Y uno eclesial, que Hodge registra: todas las iglesias cristianas —la griega, la romana, la luterana y la reformada— están conformes en sostener que esas penas duran para siempre; frente al aniquilacionismo (la «segunda muerte» como destrucción del ser) y al restauracionismo (la restitución final de todos, aun del diablo), Hodge responde que la Escritura describe siempre un estado consciente y sin fin, y que «no hay ni el más pequeño rastro en la Escritura de tal restauración final».8

Una advertencia antes de entrar en la sala. Estos nombres —aniquilacionismo, restauracionismo— pertenecen a la recepción del capítulo, no a sus actas: son lectura doctrinal del siglo XIX sobre la base del texto confesional, no formulación de la Asamblea. El texto solo dice «tormentos eternos… perdición eterna»; no nombra herejía alguna. Las actas votan, no glosan; y lo poco que los documentos conservan de este capítulo es lo que sigue.

En la mesa de la Asamblea

Del capítulo que cierra la Confesión, los documentos dicen poco, y ese poco es elocuente por su quietud. A diferencia de las secciones sobre el magistrado civil (20.4, 23.3, 31.2), el capítulo 33 no fue alterado por la recensión americana de 1788: el texto crítico de Carruthers, que representa el original de 1647, y el impreso de control de 1801 coinciden palabra por palabra en las tres secciones. La única intervención americana es una adición de prueba —Isaías 66:24 en 33.2—, materia de aparato y no de cuerpo.9 Lo que la Asamblea redactó es lo que las iglesias recibieron en 1788 y lo que esta edición imprime.

Queda dicho, con la misma honestidad, lo que las fuentes primarias del proyecto no contienen: ningún registro de debates de la Asamblea (1643–1649) contra el aniquilacionismo o el restauracionismo a propósito de este capítulo —esa oposición es recepción doctrinal, no acta—; y ninguna declaración de los redactores sobre el cierre orante. Que la Confesión entera termine en oración —«Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén», como concluye el propio canon (Ap 22:20)— es lectura del texto, no inferencia histórica sobre la intención de quienes lo escribieron; y como lectura se ofrece. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.

Para la iglesia

El capítulo da a la iglesia la mira de toda su vida: el día del Señor. Donde se cree, el cristiano vive a la luz del juicio venidero: ni con la seguridad carnal del que cree que hay tiempo de sobra, ni con el terror del que no tiene a Cristo, sino con vigilancia y esperanza, sabiendo que el juez es su Salvador. Y donde se cree, la iglesia ora «ven, Señor Jesús»: su postura permanente entre las dos venidas es la espera anhelante del que ama la aparición de su Señor (2 Ti 4:8).

En el púlpito

Conviene predicar el juicio con los dos filos de 33.3: para disuadir del pecado (al impenitente, que hay un día de cuentas) y para consolar al piadoso (al que sufre, que habrá justicia). Y conviene predicar el día desconocido como llamado a la vigilancia, no al cálculo de fechas (que el Señor prohíbe, Mt 24:36).

En la catequesis

El capítulo se enseña con CMe 38 y CMa 88–90. Conviene fijar: el juez es Cristo (33.1); los destinos son dos y eternos (33.2; contra el universalismo y el aniquilacionismo); y la respuesta debida es la vigilancia y la oración (33.3).

En la membresía y la esperanza

La doctrina del juicio forma a la iglesia para vivir «como peregrinos»: desprendida de la seguridad carnal, preparada, orante. En la adversidad, el creyente halla consuelo en que el juez justo hará justicia; en la tentación, freno en que dará cuenta; en la muerte, esperanza en que comparecerá ante su Salvador. La Confesión termina formando esta postura: «Ven, Señor Jesús».

En la formación de oficiales

El candidato debe sostener la certeza del juicio y la deidad del juez (33.1); los dos destinos eternos (33.2) contra el universalismo y el aniquilacionismo; el juicio según las obras sin contradecir la justificación por la fe (33.1; cap. 11); y el doble uso de la doctrina (33.3: disuadir, consolar, velar). Debe saber predicar el juicio de modo que despierte sin desesperar y consuele sin adormecer. De esta doctrina depende que la iglesia viva mirando el día del Señor.

Preguntas de estudio

Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.

Básicas. (1) ¿Quién juzgará al mundo, y por qué autoridad (33.1)? (2) ¿Quiénes comparecerán en el juicio (33.1)? (3) ¿De qué darán cuenta los hombres (33.1)? (4) ¿Cuál es el fin de Dios al designar el día del juicio (33.2)? (5) ¿Cuáles son los dos destinos, y son temporales o eternos (33.2)? (6) ¿Por qué quiere Cristo que estemos ciertos del juicio, pero que el día sea desconocido (33.3)? (7) ¿Con qué palabras cierra la Confesión (33.3)?

Avanzadas. (1) ¿Por qué juzga Cristo «por cuanto es el Hijo del Hombre» (33.1; Jn 5:27)? (2) ¿Cómo se concilia el juicio «según las obras» (33.1) con la justificación por la fe (cap. 11)? (3) ¿Cómo glorifican a Dios tanto la salvación de los elegidos como la condenación de los réprobos (33.2; cf. 2.1; Ro 9:22, 23)? (4) ¿Qué excluye la Confesión al afirmar destinos «eternos» (33.2)? (5) ¿Para qué dos fines quiere Cristo que conozcamos con certeza el juicio (33.3)? (6) ¿Por qué quiere que el día sea desconocido (33.3)? (7) ¿Por qué cierra la Confesión con «Ven, Señor Jesús» (33.3; Ap 22:20)? ¿Qué dice esto del carácter de toda la obra?

Glosario del capítulo

Juicio final — el acto, en el día designado por Dios, en que Cristo juzgará con justicia a los ángeles caídos y a todos los hombres, para los dos destinos eternos (33.1).

Tribunal de Cristo (judgment seat of Christ) — el estrado ante el cual comparecerán todos para dar cuenta y recibir conforme a lo hecho (33.1; 2 Co 5:10).

Ángeles apóstatas — los ángeles caídos, reservados para el juicio del gran día (33.1; Jud 6; 2 P 2:4).

Doble fin del juicio — la manifestación de la gloria de la misericordia de Dios (en la salvación de los elegidos) y de su justicia (en la condenación de los réprobos) (33.2).

Perdición eterna — el castigo de los malvados: tormento eterno, «lejos de la presencia del Señor» (33.2; 2 Ts 1:9); contra el universalismo y el aniquilacionismo.

Seguridad carnal — la falsa tranquilidad del que, ignorando el día, descuida la vigilancia; lo que la incertidumbre de la fecha pretende desterrar (33.3).

Maranatha / «Ven, Señor Jesús» — el clamor con que cierra la Confesión (Ap 22:20): la espera anhelante de la iglesia entre las dos venidas (33.3).

Bibliografía comentada

  • Testigos textuales: M, E, L, A y S / C — concordes: no hay variante de cuerpo entre las recensiones de WCF 33 (colación íntegra contra CLIR pendiente).
  • Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 33, pp. 457–466 — exposición contemporánea del juicio final. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: el juez Daniélico, el «Hijo del Hombre» que anhela gobernar el mundo entero (arco histórico-redentivo, 33.1); solo la raza humana se juzga por completo (33.1); el examen interior que hace temblar (33.1); la tesis «Dios, no el hombre» —el fin del juicio es la gloria del carácter de Dios (33.2); la inversión sorprendente de las ovejas y los cabritos (33.2); el capítulo es personal, no cosmológico (33.3).
  • A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXXIII — exposición del juicio final, sus destinos eternos y su uso pastoral; voz de corroboración, bajo la Confesión.
  • G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 33 — preguntas de clase sobre el juicio final.
  • Catecismos: CMe 38; CMa 88–90 (el juicio general, la suerte de los malvados y de los justos, y la perfecta comunión en gloria).
  • Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada; colación íntegra pendiente.

Aquí termina la Confesión de Fe de Westminster. La obra que comenzó confesando la Escritura como Palabra de Dios (cap. 1) cierra clamando por la venida del Señor de la Escritura (cap. 33): «Ven, Señor Jesús, ven pronto. Amén».

Footnotes

  1. Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 458. Del juez del último día (33.1): Van Dixhoorn enlaza el «Hijo del Hombre» de Juan 5:27 con Daniel 7 —el que recibe reino y gobierna— y describe al juez como el hombre que «busca y anhela» gobernar perfectamente el mundo entero.

  2. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 459. Del alcance del juicio (33.1): «La única raza que sabemos será juzgada por completo es la raza humana». Los ángeles también son juzgados, pero la humanidad de modo exhaustivo.

  3. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 459. De la solemnidad del examen interior (33.1) [paráfrasis]: la idea de que todo oscuro pensamiento, toda palabra ociosa y toda acción sin amor será presentada ante el trono de Dios debe hacer temblar a toda persona.

  4. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 462. Del fin del juicio (33.2): «Aunque grandes multitudes comparecerán ante el tribunal divino, el foco principal en el día final será Dios, no el hombre» —manifestación del carácter de Dios, su misericordia y su justicia—.

  5. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 461. De la lectura de las ovejas y los cabritos (33.2): «El aspecto más sorprendente del relato de Jesús acerca de ese día es que ambos grupos cuestionan lo que merecen». Los justos no ven nada bueno en sí mismos; los réprobos, en inversión total, se creen mejores.

  6. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 464. Del foco del capítulo (33.3): «El foco de este capítulo, de principio a fin, es personal en vez de cosmológico». La confesión no responde a la especulación sobre el milenio ni el destino de los judíos, sino que «intenta persuadir».

  7. A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXXIII: el juicio como prerrogativa divina del Hijo, encomendada por el Padre y ejercida en su oficio mediador. Se cita por capítulo, sin paginación, conforme a la fuente de trabajo del proyecto.

  8. Hodge, Comentario, cap. XXXIII: los términos griegos de eternidad, el consenso de las iglesias griega, romana, luterana y reformada, y la refutación del aniquilacionismo y del restauracionismo.

  9. S. W. Carruthers, The Westminster Confession of Faith (1937), texto crítico del original de 1647, cotejado en este proyecto contra el impreso de control de 1801 (recensión americana de 1788): las tres secciones de WCF 33 coinciden palabra por palabra; la única intervención americana es la adición de la prueba Is 66:24 en 33.2, materia de aparato.