Capítulo 32 · Del estado de los hombres después de la muerte y de la resurrección de los muertos
Edición de estudio comentada
Para entrar: «Hoy estarás conmigo en el paraíso»
Dos hombres mueren clavados junto a Jesús. Uno blasfema; el otro, en el último trecho de una vida malgastada, se vuelve al crucificado de en medio y le pide apenas que se acuerde de él cuando venga en su reino. La respuesta del Señor no aplaza nada hasta un día lejano: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43). Hoy. Antes de que caiga la tarde, antes de que el cuerpo de aquel ladrón se enfríe en la cruz, su alma estará con Cristo. La muerte, que parece tragárselo todo, no traga al hombre entero ni lo deja en el vacío: el cuerpo vuelve al polvo, pero el alma pasa, consciente, a la presencia de su Señor.
Y, sin embargo, ese «paraíso» no es todavía el final. Pablo, que deseaba «partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Fil 1:23), no ponía allí su esperanza última, sino más lejos, en el día en que «lo que se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción… se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual» (1 Co 15:42–44). La fe cristiana no espera que el alma escape del cuerpo para siempre, como si la carne fuera una cárcel que conviene dejar atrás. Espera que el mismo cuerpo que bajó al sepulcro se levante glorioso, reunido para siempre con su alma. La semilla que se entierra es la que brota; el cuerpo que muere es el que resucita.
Entre aquel «hoy» del paraíso y aquel «día postrero» de la resurrección hay un espacio que la Escritura no deja a oscuras, y del que la Confesión da cuenta con sobriedad. ¿Qué es del hombre entre su muerte y el último día? ¿Duerme el alma? ¿Se purifica en algún lugar intermedio? ¿Y qué será del cuerpo que dejamos en la tierra? A estas preguntas responde el capítulo, en tres pasos. Confiesa primero el estado intermedio (32.1): el cuerpo al polvo, el alma inmortal y consciente, recibida al instante en el cielo o arrojada al infierno, sin tercer lugar. Confiesa luego la resurrección general (32.2): los vivos transformados, los muertos levantados con los mismos cuerpos, reunidos a sus almas para siempre. Y confiesa, por fin, la doble resurrección (32.3): los injustos para deshonra, los justos para honra, hechos conformes al cuerpo glorioso de Cristo. La esperanza que aquí se confiesa no abarca media persona, sino el hombre entero, alma y cuerpo.
Tesis doctrinal
Llegada a las últimas cosas, la Confesión trata primero el estado del hombre tras la muerte y la resurrección de los cuerpos. Avanza en tres pasos. Primero, el estado intermedio: los cuerpos vuelven al polvo, pero las almas —que ni mueren ni duermen, teniendo subsistencia inmortal— vuelven inmediatamente a Dios; las de los justos, perfeccionadas en santidad, son recibidas en los cielos, donde contemplan el rostro de Dios; las de los malvados son arrojadas al infierno; y fuera de estos dos lugares la Escritura no reconoce ninguno (32.1). Segundo, la resurrección: en el último día, los vivos serán transformados y todos los muertos resucitados con los mismos cuerpos, aunque con cualidades diferentes, unidos de nuevo a sus almas para siempre (32.2). Y tercero, la doble resurrección: los cuerpos de los injustos para deshonra; los de los justos para honra, hechos conformes al cuerpo glorioso de Cristo (32.3). El alma es inmortal y consciente tras la muerte (contra el sueño del alma); hay solo dos estados, cielo e infierno (contra el purgatorio); y el cuerpo mismo resucitará (contra todo espiritualismo que niegue la resurrección de la carne).
Cómo leer este capítulo
El capítulo va del estado del alma al destino del cuerpo. 32.1: el estado intermedio —el cuerpo al polvo; el alma inmortal y consciente, al cielo (los justos) o al infierno (los malvados); solo dos lugares—. 32.2: la resurrección general —los vivos transformados, los muertos resucitados con los mismos cuerpos, reunidos a sus almas para siempre—. 32.3: la doble resurrección —los injustos para deshonra, los justos para honra, conformes a Cristo—. Del momento de la muerte (32.1) al último día (32.2–32.3): la esperanza cristiana abarca al hombre entero, alma y cuerpo.
Texto confesional
32.1. Los cuerpos de los hombres, después de la muerte, vuelven al polvo y ven corrupción; pero sus almas (que ni mueren ni duermen), teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios, quien las dio. Las almas de los justos, siendo entonces perfeccionadas en santidad, son recibidas en los cielos altísimos, donde contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos; y las almas de los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormentos y en densas tinieblas, reservadas para el juicio del gran día. Fuera de estos dos lugares para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ninguno.
Referencias bíblicas: Gn 3:19; Hch 13:36; Lc 23:43; Ec 12:7; He 12:23; 2 Co 5:1, 6, 8; Fil 1:23 con Hch 3:21 y Ef 4:10; Lc 16:23, 24; Hch 1:25; Jud 6, 7; 1 P 3:19; 1 Jn 3:2.
32.2. En el último día, los que se hallen vivos no morirán, sino que serán transformados; y todos los muertos serán resucitados con los mismos cuerpos, y no otros, aunque con cualidades diferentes, los cuales serán unidos de nuevo a sus almas para siempre.
Referencias bíblicas: 1 Ts 4:17; 1 Co 15:51, 52; Job 19:26, 27; 1 Co 15:42–44.
32.3. Los cuerpos de los injustos serán resucitados para deshonra, por el poder de Cristo; los cuerpos de los justos, para honra, por su Espíritu, y serán hechos conformes a su propio cuerpo glorioso.
Referencias bíblicas: Hch 24:15; Jn 5:28, 29; 1 Co 15:43; Fil 3:21.
Exposición doctrinal
Las últimas cosas en la historia de la redención
La muerte es la última consecuencia de la caída —«polvo eres, y al polvo volverás» (Gn 3:19)—, y la resurrección, la última obra de la redención. Entre ambas se sitúa el estado intermedio: lo que es del hombre entre su muerte y el último día. La Confesión enseña que en la muerte el hombre no se aniquila ni se duerme: el cuerpo vuelve al polvo, pero el alma, «que ni muere ni duerme», con «subsistencia inmortal», pasa inmediatamente a su destino. Para el cuerpo que vuelve al polvo, la Escritura es clara —«el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio» (Ec 12:7)—; y todo cuerpo humano, sin excepción, «ve corrupción», salvo uno solo en toda la historia.1 Y para el alma que pasa consciente a su destino, lo son la promesa al ladrón, «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43), y el deseo de Pablo de «partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Fil 1:23): «ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Co 5:8). El alma no duerme; está con Cristo. Y para el destino contrario, el rico que «en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos» (Lc 16:23).
Aquí la Confesión se guarda de dos errores. Contra el mortalismo (la tesis de que el alma muere con el cuerpo) y el sueño del alma (que el alma queda inconsciente hasta la resurrección), enseña que el alma de los justos pasa consciente a la gloria, y la de los malvados al tormento. El estado intermedio es real y consciente, aunque incompleto: las almas de los justos, ya en el cielo, «esperan la plena redención de sus cuerpos» (32.1) —su dicha no será completa hasta la resurrección—. Y contra Roma, la Confesión niega expresamente el purgatorio: «fuera de estos dos lugares para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ninguno» (32.1). No hay un tercer lugar de purificación temporal: en la muerte, el alma va al cielo o al infierno, y su suerte queda sellada (cf. Lc 16:26, el abismo infranqueable). Con esto cae toda la economía de las misas por los difuntos, las indulgencias y la oración por los muertos (cf. 21.4; CMa 183).
Pero la esperanza cristiana no termina en el cielo de las almas: culmina en la resurrección del cuerpo (32.2–32.3). En el último día, los que vivan serán transformados sin morir, y todos los muertos resucitarán «con los mismos cuerpos, y no otros» —no un cuerpo nuevo y ajeno, sino el mismo cuerpo que murió, transformado y glorificado—. Esta es la fe del Credo Apostólico: «creo… en la resurrección de la carne». La identidad del cuerpo importa: el que se siembra es el que se levanta (1 Co 15), aunque con cualidades nuevas (incorruptible, espiritual, glorioso). Y la resurrección es doble (32.3): los justos resucitan «para honra», hechos conformes al cuerpo glorioso de Cristo (Fil 3:21), porque están unidos a él que es las primicias; los injustos, «para deshonra», resucitados por el poder de Cristo como juez, para comparecer al juicio (cap. 33). Así, la doctrina de las últimas cosas abarca al hombre entero: no una mera supervivencia del alma desencarnada como término final de la esperanza, sino la redención del hombre completo, alma y cuerpo, para la gloria o para la condenación. (La inmortalidad del alma, lejos de negarse, se confiesa en 32.1; lo que se rechaza es reducir a ella toda la esperanza, dejando fuera la resurrección del cuerpo.)
32.1 · El estado intermedio: el cuerpo al polvo, el alma a su destino
«Los cuerpos de los hombres, después de la muerte, vuelven al polvo y ven corrupción; pero sus almas (que ni mueren ni duermen), teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente a Dios, quien las dio.» La sección distingue la suerte del cuerpo y la del alma. El cuerpo «vuelve al polvo» (Gn 3:19): se corrompe, vuelve a la tierra. El alma, en cambio, «ni muere ni duerme» —dos negaciones contra el mortalismo y el sueño del alma—: tiene «subsistencia inmortal» y «vuelve inmediatamente a Dios».2 Luego la Confesión describe los dos destinos. «Las almas de los justos, siendo entonces perfeccionadas en santidad» (la santificación, incompleta en esta vida, se consuma en la muerte),3 «son recibidas en los cielos altísimos, donde contemplan el rostro de Dios en luz y gloria» (la visión beatífica), «esperando la plena redención de sus cuerpos» (su dicha aún aguarda la resurrección). «Y las almas de los malvados son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormentos y en densas tinieblas, reservadas para el juicio del gran día.»4 Y la sección cierra con la negación del purgatorio: «fuera de estos dos lugares… la Escritura no reconoce ninguno». Solo cielo e infierno; no hay tercer lugar.
En los Catecismos. El estado intermedio coincide casi a la letra con la Confesión. El Mayor enseña que las almas de los miembros de la iglesia invisible «son entonces hechas perfectas en santidad y recibidas en los más altos cielos, donde contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos», mientras «las almas de los malvados son a su muerte arrojadas al infierno» (CMa 86); la frase «contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos» es idéntica en CFW 32.1 y CMa 86. El Menor lo dice más breve: «las almas de los creyentes, en su muerte, son hechas perfectas en santidad y pasan inmediatamente a la gloria; y sus cuerpos, estando todavía unidos a Cristo, reposan en sus sepulcros hasta la resurrección» (CMe 37; cf. CMa 84–85).
32.2 · La resurrección general: los mismos cuerpos, reunidos a sus almas
«En el último día, los que se hallen vivos no morirán, sino que serán transformados.» Los que estén vivos a la venida de Cristo no pasarán por la muerte, sino que serán transformados en un instante (1 Co 15:51, 52).5 «Y todos los muertos serán resucitados con los mismos cuerpos, y no otros, aunque con cualidades diferentes, los cuales serán unidos de nuevo a sus almas para siempre.» Tres afirmaciones. (1) Todos los muertos resucitan —justos e injustos (32.3; Hch 24:15)—. (2) Con «los mismos cuerpos, y no otros» —la identidad del cuerpo: es el mismo que murió, no uno nuevo—. (3) «Aunque con cualidades diferentes» —transformado, glorificado o no, pero el mismo cuerpo—; y reunido «de nuevo a sus almas para siempre» —se deshace la separación de la muerte: el hombre vuelve a ser cuerpo y alma, para la eternidad—.
32.3 · La doble resurrección: para deshonra y para honra
«Los cuerpos de los injustos serán resucitados para deshonra, por el poder de Cristo; los cuerpos de los justos, para honra, por su Espíritu, y serán hechos conformes a su propio cuerpo glorioso.» La resurrección no es una sola: hay «resurrección de vida» y «resurrección de condenación» (Jn 5:29). Los injustos resucitan «para deshonra, por el poder de Cristo» —Cristo, como juez, los levanta para el juicio—. Los justos resucitan «para honra, por su Espíritu» —en virtud de su unión con Cristo, el Espíritu que mora en ellos los vivifica (Ro 8:11)— «y serán hechos conformes a su propio cuerpo glorioso» (Fil 3:21) —el cuerpo del creyente será semejante al cuerpo resucitado de Cristo: incorruptible, glorioso, poderoso, espiritual—. La esperanza del creyente no es escapar del cuerpo, sino recibirlo glorificado.6
En los Catecismos. La resurrección coincide con la Confesión. El Mayor enseña que «en el día postrero habrá una resurrección general de los muertos, así de los justos como de los injustos… los mismos cuerpos de los muertos… serán levantados por el poder de Cristo. Los cuerpos de los justos… serán levantados… hechos semejantes a su cuerpo glorioso; y los cuerpos de los malvados serán levantados en deshonra» (CMa 87) —que es la doctrina misma de 32.2–32.3 («los mismos cuerpos, y no otros»; «para deshonra»/«para honra»)—. Y el Menor enlaza la resurrección con el juicio: los creyentes «resucitados en gloria, serán reconocidos y absueltos públicamente en el día del juicio» (CMe 38), puente hacia el capítulo 33. La armonía es plena: el Catecismo Mayor expone, con más detalle, la escatología que la Confesión enuncia.
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
Los términos de este capítulo llevan su historia a cuestas. «Subsistencia inmortal» no confiesa la inmortalidad autónoma del alma al modo griego, como si el alma fuera indestructible por naturaleza propia: el alma «vuelve a Dios, quien la dio», y su subsistir sin el cuerpo es don de Dios y por él sostenido. Y ese subsistir es estado intermedio, no final: mientras el alma está separada del cuerpo, el hombre queda incompleto. A. A. Hodge, en su comentario al capítulo, añade una precisión que consuela sin engañar: las condiciones intermedias, sin ser finales, son irrevocables —ninguno de los que están con Cristo se perderá; ninguno de los que están en tormento se salvará—; intermedias en cuanto a su plenitud, no en cuanto a su seguridad. También la cláusula «perfeccionadas en santidad» cierra una historia interna de la propia Confesión: la guerra que 13.2 describe —la carne que lucha contra el espíritu— cesa en la muerte, no por una purificación post mortem a fuerza de sufrimiento —eso sería el purgatorio—, sino por acto de Dios que completa la santificación comenzada. La inmortalidad del alma no es la meta; la resurrección lo es.
Los adversarios también tienen fecha. Frente al mortalismo y al «sueño del alma» vale lo dicho en 32.1: el paréntesis «que ni mueren ni duermen» niega ambos de una vez. Y frente a Roma, la cláusula final de 32.1 tiene su contrapunto histórico preciso: el Concilio de Trento (sesión XXV, 1563) había definido el purgatorio junto con el provecho de las misas y oraciones por los difuntos. Hodge expone el esquema romano de las regiones del hades —limbus infantum, limbus patrum, infierno, cielo y purgatorio—, según el Catecismo Romano y Trento, y lo rechaza por tres razones: no se enseña en parte alguna de la Escritura; se opone a la doctrina que la Escritura enseña sobre el estado intermedio; y descansa sobre principios anticristianos acerca de la expiación de Cristo, como si los sufrimientos temporales o la misa pudieran expiar el pecado.7 Sin tercer lugar, como quedó dicho en la exposición de 32.1, la oración por los muertos (21.4) y la misa por los difuntos (29.2) quedan sin objeto: el purgatorio y el limbo caen juntos. Lo que la Reforma recobró aquí no fue una geografía del más allá, sino la suficiencia de la expiación de Cristo.
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas correspondencias entre el capítulo y sus adversarios —Roma y Trento, los mortalistas— son lectura sistemática del texto confesional apoyada en su aparato, no debates asentados en las actas de la Asamblea: el rótulo «función polémica» del paréntesis es lectura del texto, no minuta documentada ni atribución de intención a los redactores. Las actas votan, no glosan. Lo poco —y lo mucho— que las fuentes conservan de este capítulo es lo que sigue.
En la mesa de la Asamblea
Para este capítulo la mesa está casi vacía de papeles, y conviene decirlo sin rodeos: las fuentes locales no conservan ningún debate específico de la Asamblea sobre estas tres secciones; ninguna variante del capítulo 32 se dirime por las actas; y ninguna pluma individual puede señalarse. Que las corrientes mortalistas circulaban en la Inglaterra del decenio de 1640 es afirmación razonable —queda [AMARILLO], pendiente de verificación antes de nombrar autores o sectas concretas—, pero su atribución a personas o grupos nominales no se documenta en estas fuentes: el mortalismo se presenta como corriente del ambiente, no como interlocutor en el recinto. No se inventan minutas ni interlocutores.
Lo que la historia del texto sí permite asentar es de otro orden. El cotejo confirma que el cuerpo del capítulo 32 no fue tocado por la recensión americana de 1788 —a diferencia de los capítulos del magistrado civil—; el único retoque americano fue el título, que esta edición no sigue: prefiere el plural y el genitivo de 1647, con Carruthers y el testigo latino («Del estado de los hombres después de la muerte y de la resurrección de los muertos»). Es inferencia crítico-textual, respaldada por Carruthers y el facsímil de control de 1801, no una decisión de la Asamblea de Westminster.8 Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
El capítulo da a la iglesia la doctrina que sostiene en el duelo y la muerte. Donde se cree, el creyente muere en esperanza: sabe que en la muerte su alma pasa inmediatamente a estar con Cristo —«muchísimo mejor» (Fil 1:23)—, y que su cuerpo, aunque vuelva al polvo, resucitará glorioso en el último día. Y donde se cree, la iglesia no ora por los muertos ni teme un purgatorio: la suerte se sella en la muerte, y la esperanza se pone enteramente en Cristo.
En el púlpito
Conviene predicar el estado intermedio para consolar al que pierde a un hermano en la fe («está con Cristo») y para advertir al impenitente (el tormento del rico, Lc 16). Y conviene predicar la resurrección del cuerpo contra el espiritualismo que reduce la esperanza a un cielo de almas: la fe cristiana espera la redención del cuerpo (Ro 8:23).
En la catequesis
El capítulo se enseña con CMe 37–38 y CMa 84–87. Conviene fijar las negaciones: el alma no muere ni duerme (contra el mortalismo y el sueño del alma); no hay purgatorio (contra Roma); y la resurrección es del mismo cuerpo (contra todo espiritualismo).
En el duelo y la cura de almas
La doctrina del estado intermedio es bálsamo pastoral: al que llora, se le recuerda que el creyente difunto «está con Cristo», y que la separación es temporal, hasta la resurrección, cuando alma y cuerpo se reúnan «para siempre». Pero también guarda de la falsa consolación: no se promete el cielo a quien murió sin Cristo, ni se ora por los muertos como si su suerte aún pudiera cambiar.
En la formación de oficiales
El candidato debe sostener la inmortalidad consciente del alma (32.1) contra el mortalismo y el sueño del alma; negar el purgatorio (32.1) contra Roma; defender la resurrección del mismo cuerpo (32.2) contra el espiritualismo; y exponer la doble resurrección (32.3) como puente al juicio (cap. 33). De esta doctrina depende la recta esperanza y el recto consuelo de la iglesia.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.
Básicas. (1) ¿Qué les sucede al cuerpo y al alma en la muerte (32.1)? (2) ¿Qué quiere decir que las almas «ni mueren ni duermen» (32.1)? (3) ¿Cuántos lugares hay para las almas separadas, y qué niega esto (32.1)? (4) ¿Qué les sucede a los que estén vivos en el último día (32.2)? (5) ¿Con qué cuerpos resucitarán los muertos (32.2)? (6) ¿En qué se distingue la resurrección de los justos y la de los injustos (32.3)?
Avanzadas. (1) ¿Qué errores excluye la cláusula «que ni mueren ni duermen» (32.1)? (2) ¿Cómo niega la Confesión el purgatorio, y qué prácticas caen con él (32.1; cf. 21.4)? (3) ¿Por qué importa que sea «el mismo cuerpo, y no otro» (32.2)? ¿Qué error excluye? (4) ¿Por qué los justos resucitan «por su Espíritu» y los injustos «por el poder de Cristo» (32.3)? (5) ¿Cómo armoniza CFW 32.1 con CMa 86 («esperando la plena redención de sus cuerpos»)? (6) ¿Por qué la dicha de los santos en el cielo es real pero aún incompleta (32.1)? (7) ¿Cómo enlaza la resurrección (32.2–32.3) con el juicio final (cap. 33; CMe 38)?
Glosario del capítulo
Estado intermedio — la condición del hombre entre su muerte y la resurrección: el cuerpo en el polvo, el alma consciente en el cielo o el infierno (32.1).
Subsistencia inmortal — la permanencia real del alma tras la muerte; el alma no se aniquila ni se duerme (32.1).
Mortalismo — el error (rechazado en 32.1) de que el alma muere con el cuerpo.
Sueño del alma (psicopaniquismo) — el error (rechazado en 32.1) de que el alma queda inconsciente hasta la resurrección.
Purgatorio — el supuesto tercer lugar de purificación temporal de las almas, negado por 32.1 («la Escritura no reconoce ninguno»).
Visión beatífica — la contemplación del rostro de Dios «en luz y gloria» de que gozan las almas de los justos (32.1; CMa 86).
Resurrección de la carne — la resurrección de los mismos cuerpos, unidos de nuevo a sus almas para siempre (32.2; Credo Apostólico).
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: M, E, L, A y S / C — concordes: WCF 32 no tiene variante de cuerpo.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 32, pp. 447–455 — exposición contemporánea del estado de los hombres después de la muerte y de la resurrección de los muertos. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: solo Cristo murió sin ver corrupción (32.1, arco histórico-redentivo); la subsistencia consciente del alma que ni muere ni duerme (32.1); el «salto cuántico hacia la felicidad» del alma perfeccionada (32.1); remordimiento frente a arrepentimiento y el infierno (32.1); la transformación instantánea de los vivos (32.2); los «cuerpos espirituales» como cuerpos físicos reales (32.3).
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXXII — exposición del estado intermedio y de la resurrección, contra el sueño del alma y el purgatorio; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 32 — preguntas de clase sobre las últimas cosas.
- Catecismos: CMe 37–38; CMa 84–87 (el estado de las almas en la muerte y la resurrección general).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada; colación íntegra pendiente.
Footnotes
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Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 448. Del cuerpo que «ve corrupción» (32.1, arco histórico-redentivo): comentando Hch 13:36–37, Van Dixhoorn observa que en toda la historia humana solo una persona ha muerto sin experimentar corrupción —Cristo—, mientras todo creyente, al morir, sí la ve. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 448. De la subsistencia inmortal y consciente del alma (32.1): «Un aspecto completamente consciente de cada uno de nosotros nunca muere; de hecho, ni siquiera duerme». La cláusula «que ni mueren ni duermen» afirma una conciencia ininterrumpida tras la muerte. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 450. Del perfeccionamiento del alma justa (32.1): el paso al cielo es «un salto cuántico hacia la felicidad, ya que las almas de los que han sido declarados justos son perfeccionadas en santidad». La santificación, incompleta aquí, se consuma en la muerte. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 451. De la suerte de los malvados (32.1): «los que simplemente sienten remordimiento, en vez de arrepentirse verdaderamente, terminan en su propio lugar… Ese lugar tiene nombre: el infierno» (con Hch 1:25). El remordimiento no es el arrepentimiento que salva. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 453. De la transformación de los vivos (32.2): «El cambio será instantáneo. Vendrá "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta"» (1 Co 15:52). Los que estén vivos no morirán, sino que serán mudados al instante. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 454. De los «cuerpos espirituales» (32.3): los de 1 Co 15:42–44 son «cuerpos físicos reales… caracterizados por la gloria y el poder del ámbito espiritual». «Espiritual» no significa inmaterial: la esperanza es la resurrección corporal. ↩
-
A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXXII. La referencia tridentina (Concilio de Trento, sesión XXV, 1563) y la del Catecismo Romano se citan según Hodge, no por consulta directa de los decretos de Trento, que no están en el corpus documental de este capítulo. ↩
-
S. W. Carruthers, The Westminster Confession of Faith (1937), cotejado con el facsímil de control de 1801. Inferencia crítico-textual del proyecto, documentada en la revisión de fuentes primarias, no en las actas de la Asamblea. ↩
