Bloque 7 · La humillación y la exaltación de Cristo (P. 46–56)
Edición de estudio comentada
Tesis del bloque
Ungido Cristo para el triple oficio (Bloque 6), el Catecismo recorre ahora los dos estados en que lo ejerce: la humillación y la exaltación —la honda «V» de Filipenses 2—. En once preguntas, en dos movimientos. La humillación (P. 46–50): aquella baja condición en que, despojándose de su gloria, tomó la forma de siervo (P. 46), abarca cuatro etapas —su concepción y nacimiento, en abatimiento más que ordinario (P. 47); su vida, sujeto a la ley que cumplió perfectamente y luchando con las indignidades del mundo (P. 48); su muerte, llevando el peso de la ira de Dios en la maldita muerte de la cruz (P. 49); y después de su muerte, sepultado y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día —«descendió a los infiernos»— (P. 50)—. La exaltación (P. 51–56): comprende su resurrección, ascensión, sesión a la diestra y segunda venida (P. 51); resucitó por su propio poder como persona pública (P. 52); ascendió en nuestra naturaleza y como nuestra cabeza (P. 53); se sienta a la diestra como Dios-hombre, recogiendo y defendiendo a su iglesia (P. 54); intercede apareciendo en nuestra naturaleza ante el Padre (P. 55); y volverá en gloria a juzgar al mundo en justicia (P. 56). Lo que el Menor enuncia en dos preguntas (CMe 27–28) y la Confesión en un párrafo (CFW 8.4), el Mayor lo despliega con la distinción de las etapas y, sobre todo, con la lectura sobria del descenso a los infiernos y el consuelo de la intercesión.
Texto catequético
P. 46. ¿Cuál fue el estado de humillación de Cristo? R. El estado de humillación de Cristo fue aquella baja condición en la cual él, por causa de nosotros, despojándose de su gloria, tomó la forma de siervo, en su concepción y nacimiento, en su vida, en su muerte, y después de su muerte hasta su resurrección.
P. 47. ¿Cómo se humilló Cristo en su concepción y nacimiento? R. Cristo se humilló en su concepción y nacimiento en que, siendo desde toda la eternidad el Hijo de Dios en el seno del Padre, le agradó, en el cumplimiento del tiempo, hacerse hijo del hombre, hecho de mujer de baja condición, y nacer de ella con diversas circunstancias de abatimiento más que ordinario.
P. 48. ¿Cómo se humilló Cristo en su vida? R. Cristo se humilló en su vida sujetándose a la ley, la cual cumplió perfectamente, y luchando con las indignidades del mundo, las tentaciones de Satanás y las debilidades de su carne, ya fueran las comunes a la naturaleza del hombre, o las que particularmente acompañaban aquella su baja condición.
P. 49. ¿Cómo se humilló Cristo en su muerte? R. Cristo se humilló en su muerte en que, habiendo sido traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos, escarnecido y rechazado por el mundo, condenado por Pilato y atormentado por sus perseguidores; habiendo también luchado con los terrores de la muerte y las potestades de las tinieblas, y sentido y llevado el peso de la ira de Dios, entregó su vida en ofrenda por el pecado, sufriendo la dolorosa, ignominiosa y maldita muerte de la cruz.
P. 50. ¿En qué consistió la humillación de Cristo después de su muerte? R. La humillación de Cristo después de su muerte consistió en ser sepultado, y en continuar en el estado de los muertos y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día; lo cual se ha expresado de otra manera con estas palabras: «Descendió a los infiernos».
P. 51. ¿Cuál es el estado de exaltación de Cristo? R. El estado de exaltación de Cristo comprende su resurrección, su ascensión, su sentarse a la diestra del Padre y su venida otra vez para juzgar al mundo.
P. 52. ¿Cómo fue exaltado Cristo en su resurrección? R. Cristo fue exaltado en su resurrección en que, no habiendo visto corrupción en la muerte (por cuanto no era posible que fuese retenido por ella), y teniendo el mismo cuerpo en que padeció, con sus propiedades esenciales (pero sin la mortalidad y las demás debilidades comunes que pertenecen a esta vida), realmente unido a su alma, resucitó de entre los muertos al tercer día por su propio poder; por lo cual se declaró Hijo de Dios, haber satisfecho la justicia divina, haber vencido a la muerte y al que tenía el imperio de ella, y ser Señor de vivos y de muertos. Todo lo cual hizo como persona pública, cabeza de su iglesia, para la justificación de los suyos, su vivificación en gracia, su sostén contra los enemigos, y para asegurarles su resurrección de entre los muertos en el día postrero.
P. 53. ¿Cómo fue exaltado Cristo en su ascensión? R. Cristo fue exaltado en su ascensión en que, habiendo aparecido muchas veces después de su resurrección a sus apóstoles y conversado con ellos, hablándoles de las cosas concernientes al reino de Dios, y dándoles comisión de predicar el evangelio a todas las naciones, cuarenta días después de su resurrección, en nuestra naturaleza y como nuestra cabeza, triunfando sobre los enemigos, subió visiblemente a los más altos cielos, para recibir allí dones para los hombres, para elevar allá nuestros afectos, y para preparar lugar para nosotros, donde él mismo está y permanecerá hasta su segunda venida al fin del mundo.
P. 54. ¿Cómo es exaltado Cristo en su sentarse a la diestra de Dios? R. Cristo es exaltado en su sentarse a la diestra de Dios en que, como Dios-hombre, es elevado al más alto favor con Dios el Padre, con toda plenitud de gozo, gloria y poder sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra; y recoge y defiende a su iglesia, somete a los enemigos de ella, provee a sus ministros y a su pueblo de dones y gracias, y hace intercesión por ellos.
P. 55. ¿Cómo hace intercesión Cristo? R. Cristo hace intercesión apareciendo continuamente en nuestra naturaleza delante del Padre en el cielo, en el mérito de su obediencia y sacrificio en la tierra; declarando su voluntad de que sean aplicados a todos los creyentes; respondiendo a todas las acusaciones contra ellos; y procurándoles quietud de conciencia, a pesar de las caídas diarias, acceso con confianza al trono de la gracia, y aceptación de sus personas y de sus servicios.
P. 56. ¿Cómo ha de ser exaltado Cristo en su venida otra vez para juzgar al mundo? R. Cristo ha de ser exaltado en su venida otra vez para juzgar al mundo en que él, que fue injustamente juzgado y condenado por hombres malvados, vendrá otra vez en el día postrero con gran poder, y en la plena manifestación de su propia gloria y de la de su Padre, con todos sus santos ángeles, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, para juzgar al mundo en justicia.
Armonía interna de los Estándares
Este bloque corresponde al capítulo 8 de la Confesión (§4) y a CMe 27–28. CMa 46–50 y CMe 27 / CFW 8.4: la humillación coincide —el Menor: «consistió en nacer, y eso en baja condición; hecho bajo la ley; padeciendo las miserias de esta vida, la ira de Dios y la muerte maldita de la cruz; en ser sepultado y permanecer bajo el poder de la muerte por un tiempo» (CMe 27); la Confesión: «fue hecho bajo la ley, y la cumplió perfectamente; sufrió los más penosos tormentos inmediatamente en su alma, y los más dolorosos padecimientos en su cuerpo; fue crucificado y murió; fue sepultado y permaneció bajo el poder de la muerte, pero no vio corrupción» (8.4)—; el Mayor distingue cuatro etapas (concepción/nacimiento, vida, muerte, después de la muerte) y añade la lectura del descenso a los infiernos (P. 50), que el Menor y la Confesión no glosan. CMa 51–56 y CMe 28 / CFW 8.4: la exaltación coincide —el Menor: «en haber resucitado de los muertos al tercer día, en haber ascendido al cielo, en estar sentado a la diestra de Dios Padre, y en venir a juzgar al mundo en el día postrero» (CMe 28); la Confesión: «Al tercer día resucitó de entre los muertos, con el mismo cuerpo en que padeció; con el cual también ascendió al cielo, y allí está sentado a la diestra de su Padre, intercediendo; y volverá para juzgar a los hombres y a los ángeles al fin del mundo» (8.4)—; el Mayor despliega cada grado y añade que Cristo resucitó «por su propio poder» y «como persona pública» (P. 52), y el detalle de la intercesión (P. 55). Sobre el alcance del juicio, la Confesión dice «a los hombres y a los ángeles» (8.4), donde el Mayor (P. 56) dice «al mundo». La armonía es plena: los tres testigos confiesan los dos estados; el Mayor es el más detallado, el Menor el más escueto.
Exposición
El estado de humillación (P. 46). «Aquella baja condición en la cual él, por causa de nosotros, despojándose de su gloria, tomó la forma de siervo.» La humillación no es la pérdida de la deidad —el Hijo sigue siendo Dios—, sino el velo de su gloria y la asunción de «la forma de siervo» (Flp 2:7) «por causa de nosotros». Y abarca toda su vida terrena: «en su concepción y nacimiento, en su vida, en su muerte, y después de su muerte hasta su resurrección» —cuatro etapas que el Catecismo recorre—.
En su concepción y nacimiento (P. 47). «Siendo desde toda la eternidad el Hijo de Dios en el seno del Padre, le agradó… hacerse hijo del hombre, hecho de mujer de baja condición, y nacer de ella con diversas circunstancias de abatimiento más que ordinario.» El contraste es el corazón de la humillación: el eterno Hijo «en el seno del Padre» se hace «hijo del hombre», y no de cualquiera, sino «de mujer de baja condición» (María, pobre) y en circunstancias humildes (el pesebre, el censo, la huida). Quien lo era todo se hizo nada por nosotros.
En su vida (P. 48). Dos cosas. Primero, «sujetándose a la ley, la cual cumplió perfectamente»: aquí está la obediencia activa de Cristo —vivió bajo la ley y la guardó enteramente, no por sí (que no debía), sino por nosotros, para que su justicia se nos impute (CFW 11.3)—. Segundo, «luchando con las indignidades del mundo, las tentaciones de Satanás y las debilidades de su carne» —las debilidades inocentes (hambre, cansancio, tristeza), no corrupción pecaminosa—. Cristo conoció nuestra condición desde dentro, mas sin pecado.
En su muerte (P. 49). El Catecismo acumula los padecimientos en dos planos. Exteriores: traicionado por Judas, abandonado por los discípulos, escarnecido, condenado por Pilato, atormentado. Interiores y decisivos: «habiendo… luchado con los terrores de la muerte y las potestades de las tinieblas, y sentido y llevado el peso de la ira de Dios, entregó su vida en ofrenda por el pecado». Aquí está la obediencia pasiva y la sustitución penal: Cristo no solo murió, sino que «sintió y llevó el peso de la ira de Dios» que nosotros merecíamos, ofreciéndose «en ofrenda por el pecado» en «la dolorosa, ignominiosa y maldita muerte de la cruz» (Gá 3:13). La cruz no es un martirio ejemplar, sino una expiación.
Después de su muerte (P. 50). «Consistió en ser sepultado, y en continuar en el estado de los muertos y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día; lo cual se ha expresado de otra manera con estas palabras: “Descendió a los infiernos”.» El Catecismo hace algo notable: interpreta la cláusula del Credo Apostólico. «Descendió a los infiernos» no significa un descenso local a un lugar de tormento, ni el rescate de los justos de un limbo, ni una bajada triunfal (que la dogmática luterana cuenta como primer grado de la exaltación); significa que Cristo estuvo verdaderamente muerto —sepultado y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día—. Así la humillación llega a su punto más bajo: la tumba.
El estado de exaltación (P. 51). «Comprende su resurrección, su ascensión, su sentarse a la diestra del Padre y su venida otra vez para juzgar al mundo» —los cuatro grados del ascenso, que el Catecismo expone uno a uno—.
En su resurrección (P. 52). Cristo resucitó «no habiendo visto corrupción» (Sal 16:10), «teniendo el mismo cuerpo en que padeció… realmente unido a su alma» —resurrección corporal y del mismo cuerpo (no un cuerpo nuevo ni una resurrección meramente espiritual)—, «al tercer día por su propio poder» —por su poder divino, lo que prueba su deidad—. Y resucitó «como persona pública, cabeza de su iglesia, para la justificación de los suyos… y para asegurarles su resurrección»: su resurrección no es un prodigio aislado, sino la cabeza que arrastra a los miembros —como Adán fue persona pública para muerte (P. 22), Cristo lo es para vida (1 Co 15:20–22)—.
En su ascensión (P. 53). Tras aparecer cuarenta días y dar la gran comisión, Cristo «en nuestra naturaleza y como nuestra cabeza, triunfando sobre los enemigos, subió visiblemente a los más altos cielos» —ascensión visible y corporal, en nuestra naturaleza—, «para recibir allí dones para los hombres, para elevar allá nuestros afectos, y para preparar lugar para nosotros». La humanidad de Cristo está hoy en el cielo, como prenda de la nuestra.
En su sesión a la diestra (P. 54). «Como Dios-hombre, es elevado al más alto favor con Dios el Padre, con toda plenitud de gozo, gloria y poder sobre todas las cosas» —la «diestra» no es un lugar, sino el sumo favor y la autoridad universal—; desde allí «recoge y defiende a su iglesia, somete a los enemigos de ella, provee… dones y gracias, y hace intercesión». El Cristo exaltado gobierna activamente por su iglesia.
Su intercesión (P. 55). El Catecismo se detiene en el consuelo: Cristo intercede «apareciendo continuamente en nuestra naturaleza delante del Padre… en el mérito de su obediencia y sacrificio» —no reofrece el sacrificio (que fue «una sola vez», P. 44), sino que presenta su mérito ya consumado—; «respondiendo a todas las acusaciones contra ellos; y procurándoles quietud de conciencia, a pesar de las caídas diarias, acceso con confianza al trono de la gracia, y aceptación de sus personas y de sus servicios». Para el creyente que cae a diario, el Abogado en el cielo (1 Jn 2:1) es la fuente de la seguridad.
Su venida a juzgar (P. 56). El último grado es la gran reversión: «él, que fue injustamente juzgado y condenado por hombres malvados, vendrá otra vez… con gran poder, y en la plena manifestación de su propia gloria… para juzgar al mundo en justicia». El que estuvo en el banquillo de Pilato se sentará en el trono; el Juzgado será el Juez. La humillación y la exaltación se cierran en este arco: el que descendió hasta la tumba es el que vendrá en gloria.
Usos eclesiales
Este bloque forma el conocimiento de la obra de Cristo en sus dos estados, fundamento de la justificación (su obediencia activa y pasiva) y del consuelo (su intercesión). Donde se enseña bien, el creyente halla su justicia fuera de sí, en la obediencia y el sacrificio de Cristo, y su seguridad en la intercesión del Cristo exaltado.
En la catequesis. El Mayor permite enseñar las dos obediencias (activa, P. 48; pasiva, P. 49) y los grados de la humillación y la exaltación. Conviene enseñar la lectura confesional del «descendió a los infiernos» (P. 50), para que el catecúmeno recite el Credo con entendimiento; y la resurrección corporal del «mismo cuerpo» (P. 52), contra toda espiritualización.
En la predicación. Predíquese la cruz como expiación, no como ejemplo: Cristo «sintió y llevó el peso de la ira de Dios» (P. 49). Predíquese la intercesión (P. 55) como consuelo para el creyente que cae: hay un Abogado que responde a toda acusación. Y la segunda venida (P. 56) como esperanza y advertencia: el Juzgado vendrá a juzgar.
En la formación. El oficial debe exponer la kenosis sin caer en la cristología kenótica (P. 46); la doble obediencia y su imputación (P. 48–49; CFW 11.3); la lectura reformada del descenso (P. 50); la resurrección «por su propio poder» y «como persona pública» (P. 52); y la intercesión que presenta el mérito sin reofrecer el sacrificio (P. 55), contra la misa. Debe distinguir las debilidades inocentes de Cristo de toda corrupción (P. 48).
Errores que el bloque corrige
- Cristología kenótica: que en la encarnación el Hijo se despojó de atributos divinos. Responde P. 46 leído rectamente: se despojó de su gloria (la manifestación), tomando forma de siervo, no de su deidad.
- Negación de la obediencia activa: que solo la muerte de Cristo (no su cumplimiento de la ley) cuenta para nuestra justicia. Responde P. 48: «sujetándose a la ley, la cual cumplió perfectamente» (cf. CFW 11.3).
- Reducción de la cruz a ejemplo o martirio: que niega la sustitución penal. Responde P. 49: «sentido y llevado el peso de la ira de Dios… ofrenda por el pecado».
- Lectura local del «descenso a los infiernos» (limbus patrum): Responde P. 50: la frase = sepultado y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día.
- Resurrección meramente espiritual: que niega la resurrección corporal. Responde P. 52: «el mismo cuerpo en que padeció… realmente unido a su alma».
- La misa como re-sacrificio: Responde P. 55: la intercesión presenta «el mérito de su obediencia y sacrificio», no lo reofrece (cf. P. 44, «una sola vez»).
Preguntas de estudio
- ¿Qué significa, y qué no significa, que Cristo «se despojó de su gloria» (P. 46)?
- ¿Cuáles son las cuatro etapas de la humillación (P. 46–50)?
- ¿Qué es la obediencia activa de Cristo (P. 48), y cómo se relaciona con la pasiva (P. 49)?
- ¿Cómo interpreta el Catecismo la frase «descendió a los infiernos» (P. 50)?
- ¿Qué tres cosas afirma P. 52 sobre el cuerpo resucitado de Cristo, y qué significa que resucitó «por su propio poder» y «como persona pública»?
- ¿Qué hace Cristo desde su sesión a la diestra (P. 54)?
- ¿En qué consiste la intercesión de Cristo, y qué consuelo da al creyente que cae (P. 55)?
- ¿Qué «reversión» encierra la venida de Cristo a juzgar (P. 56)?
Glosario del bloque
Estado de humillación — la baja condición en que Cristo, despojándose de su gloria, tomó forma de siervo, desde su concepción hasta su sepultura (P. 46). Kenosis (anonadamiento) — el velar Cristo la manifestación de su gloria y asumir la condición de siervo, sin dejar de ser Dios (P. 46; Flp 2:7). Obediencia activa — el cumplimiento perfecto de la ley por Cristo en lugar nuestro, parte de la justicia imputada (P. 48; CFW 11.3). Obediencia pasiva — el padecer Cristo la ira de Dios y la muerte de la cruz por nuestros pecados (P. 49). «Descendió a los infiernos» — en la lectura del Catecismo, el estar Cristo verdaderamente muerto: sepultado y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día (P. 50). Estado de exaltación — la resurrección, ascensión, sesión a la diestra y segunda venida de Cristo (P. 51). Resurrección como persona pública — que Cristo resucitó por su propio poder, como cabeza representativa, asegurando la resurrección de los suyos (P. 52; 1 Co 15). Sesión a la diestra — el sumo favor, gloria y poder de Cristo Dios-hombre sobre todas las cosas, desde donde gobierna e intercede (P. 54). Intercesión — el presentar Cristo en el cielo el mérito de su obediencia y sacrificio, respondiendo a las acusaciones y procurando aceptación a los suyos (P. 55).
Bibliografía comentada
- Texto base: Catecismo Mayor de Westminster, edición de estudio IPR; Glosario IPR v2.4 (instrumento rector terminológico).
- Catecismo Menor: CMe 27 (la humillación), 28 (la exaltación) — comprimen en dos preguntas lo que el Mayor despliega en once; no glosan el descenso a los infiernos ni la intercesión.
- Confesión: capítulo 8 (De Cristo el Mediador), §4 — la obra del Mediador en un solo párrafo (obediencia activa y pasiva, muerte, resurrección, ascensión, sesión, intercesión, retorno); véase el cap-08 de esta edición de fusión y su nota sobre «inmediatamente en su alma» (directo, no «enseguida»).
- Credo Apostólico — fuente de la cláusula «descendió a los infiernos», que el Catecismo interpreta (P. 50); T. Ridgley y J. G. Vos, comentarios al Catecismo Mayor (voces de corroboración, bajo el Catecismo).
