Capítulo 2 · De Dios y de la Santa Trinidad
Edición de estudio comentada
Para entrar: el día en que el cielo se abrió sobre el Jordán
Hay un instante, al comienzo del ministerio de Jesús, en que el velo se descorre y se ve de una vez lo que toda la Escritura venía diciendo a media voz. Jesús sube del agua del Jordán; los cielos se abren; el Espíritu desciende sobre él como paloma; y una voz, desde el cielo, dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». En una sola escena —un río, una voz, una paloma— está el Dios que este capítulo confiesa: el Padre que habla, el Hijo que es señalado, el Espíritu que desciende. No tres dioses que coinciden, sino el único Dios dándose a conocer como es.
Y lo que allí se manifiesta no es un Dios nuevo. Es el mismo ante quien los serafines de Isaías se cubren el rostro y claman «Santo, santo, santo» (Is 6:3); el que «habita en luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver» (1 Ti 6:16); el que dijo a Moisés su nombre desde la zarza: «YO SOY EL QUE SOY». Antes de ser Dios para nosotros, Dios es quien es en sí mismo: vivo, verdadero, suficiente, sin necesitar de nada que haya hecho.
Por eso este capítulo procede con un orden deliberado, y conviene leerlo sabiéndolo. Dice primero quién es Dios en su ser y sus perfecciones (2.1); luego, cómo está respecto de sí mismo y de todo lo que existe (2.2); y por fin, quién es como Padre, Hijo y Espíritu Santo (2.3). De la unidad de la esencia a la trinidad de las personas, sin fractura: el único Dios verdadero es el Dios trino que se dejó ver sobre el Jordán.
No se trata, pues, de un pórtico que se atraviesa de prisa para llegar a la doctrina «práctica». Se trata de Aquel a quien adoramos. Quién es Dios gobierna cómo se le teme, cómo se le sirve y dónde descansa el alma; y de él habla esta página antes de hablar de cualquier otra cosa.
Tesis doctrinal
Dicho de dónde conocemos a Dios (cap. 1), la Confesión confiesa quién es. Y avanza en un solo movimiento de tres pasos. Primero, quién es Dios en su ser y sus perfecciones: un solo Dios vivo y verdadero, espíritu purísimo, simple, inmutable e impasible, infinito y eterno, amantísimo, clemente y misericordioso, y a la vez justísimo y terrible en sus juicios —perfecciones que no compiten entre sí, porque en Dios no hay partes que puedan tirar en direcciones contrarias—. Segundo, cómo es respecto de sí mismo y de la criatura: suficiente en sí mismo y de sí mismo, fuente de todo ser, de conocimiento cierto e independiente, soberano sobre cuanto ha hecho, y por eso acreedor de todo culto. Y tercero, quién es trinitariamente: en la unidad de la única esencia subsisten tres personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, de una misma sustancia, poder y eternidad, distinguidas no por grados de deidad, sino por sus propiedades personales incomunicables. El capítulo confiesa así la unidad de la esencia contra todo politeísmo y la distinción real de las personas contra el modalismo, y adora el misterio revelado sin reducirlo a ninguna analogía creada.
Cómo leer este capítulo
El capítulo es un solo movimiento en tres pasos, y verlos enteros antes de entrar ayuda a no perderse en los atributos.
2.1 — Quién es Dios: su ser y sus atributos. Tras la unicidad, el párrafo enuncia primero los atributos absolutos (infinitud, simplicidad, inmutabilidad, inmensidad, eternidad, incomprensibilidad), luego los de su gloria y libertad soberanas (todopoderoso, sumamente sabio, santo, libre, absoluto; obra todo según el consejo de su voluntad para su gloria), y por fin los atributos morales de Éxodo 34:6–7 (amor, clemencia, misericordia, longanimidad, verdad, perdón) junto con su justicia retributiva (galardonador; terrible en sus juicios; no tendrá por inocente al culpable). El orden no es decorativo: la Confesión enuncia amor y justicia como perfecciones armónicas del mismo Dios, no como dos fuerzas que hubiera que equilibrar.
2.2 — Cómo es Dios respecto de sí mismo y de la criatura. Dios tiene toda vida, gloria y bienaventuranza en y de sí mismo: no necesita a la criatura ni deriva de ella gloria. Es la única fuente de todo ser y ejerce soberanísimo dominio; su conocimiento es infinito, infalible e independiente, «de modo que nada le es contingente o incierto». De ahí la conclusión del párrafo: a él se debe todo culto.
2.3 — Quién es Dios trinitariamente. En la unidad de la única esencia subsisten tres personas consustanciales y coeternas, distinguidas por sus propiedades personales (innascibilidad, generación, procesión). La sección pasa de la unidad de la esencia (2.1) a la trinidad de las personas (2.3) sin fractura: el único Dios verdadero es el Dios trino.
Tras el texto viene la exposición, que abre con el Dios de la historia de la redención y desciende luego sección por sección; al final, el aparato crítico recoge las decisiones de traducción y de cotejo.
Texto confesional
2.1. No hay sino un solo Dios vivo y verdadero, que es infinito en su ser y perfección, espíritu purísimo, invisible, sin cuerpo, partes ni pasiones, inmutable, inmenso, eterno, incomprensible, todopoderoso, sumamente sabio, sumamente santo, sumamente libre, sumamente absoluto; que obra todas las cosas según el consejo de su propia voluntad inmutable y justísima, para su propia gloria; amantísimo, clemente, misericordioso, longánime, abundante en bondad y verdad, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado; galardonador de los que diligentemente le buscan; y además, justísimo y terrible en sus juicios, que aborrece todo pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al culpable.
Referencias bíblicas: Dt 6:4; 1 Co 8:4, 6; 1 Ts 1:9; Jer 10:10; Job 11:7–9; Sal 145:3; Jn 4:24; 1 Ti 1:17; Dt 4:15, 16; Lc 24:39; Stg 1:17; Mal 3:6; 1 R 8:27; Jer 23:23, 24; Sal 90:2; Ef 1:11; Pr 16:4; Ro 11:36; Ap 4:11; Éx 34:6, 7; 1 Jn 4:8, 16; He 11:6; Neh 9:32, 33; Sal 5:5, 6; Nah 1:2, 3.
2.2. Dios tiene toda vida, gloria, bondad y bienaventuranza en sí mismo y de sí mismo; y es el único que en sí mismo y para consigo mismo es suficiente para todo, no teniendo necesidad de ninguna de las criaturas que ha hecho, ni derivando gloria alguna de ellas, sino manifestando su propia gloria en ellas, por ellas, sobre ellas y hacia ellas. Él es la única fuente de todo ser, de quien, por quien y para quien son todas las cosas; y tiene soberanísimo dominio sobre ellas, para hacer por ellas, para ellas y sobre ellas lo que él quiera. A su vista todas las cosas están abiertas y manifiestas; su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura, de modo que nada le es contingente o incierto. Es santísimo en todos sus consejos, en todas sus obras y en todos sus mandatos. A él se le debe, de parte de los ángeles y de los hombres y de toda otra criatura, toda la adoración, servicio u obediencia que tenga a bien requerir de ellos.
Referencias bíblicas: Jn 5:26; Hch 7:2; Sal 119:68; 1 Ti 6:15; Ro 9:5; Hch 17:24, 25; Job 22:2, 3; Ro 11:36; Ap 4:11; Dn 4:25, 35; He 4:13; Ro 11:33, 34; Sal 147:5; Hch 15:18; Ez 11:5; Ap 5:12–14.
2.3. En la unidad de la Deidad hay tres personas, de una misma sustancia, poder y eternidad: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. El Padre no es de ninguno, ni engendrado ni procedente; el Hijo es eternamente engendrado del Padre; el Espíritu Santo eternamente procedente del Padre y del Hijo.
Referencias bíblicas: 1 Jn 5:7; Mt 3:16, 17; 28:19; 2 Co 13:14; Jn 1:14, 18; 15:26; Gá 4:6.
Exposición doctrinal
El Dios de la historia de la redención
La doctrina de Dios no es un preámbulo abstracto: es el fundamento de toda la historia de la redención que el resto de la Confesión despliega. Y antes que nada conviene oír que la Confesión no construye a este Dios: lo oye de la Escritura. Que hay un solo Dios lo dice el Shemá —«Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Dt 6:4)— y lo repite Pablo: «no hay más que un Dios» (1 Co 8:4–6). Que ese Dios es espíritu y no cambia, lo dicen Juan y Malaquías: «Dios es Espíritu» (Jn 4:24); «Yo, Jehová, no cambio» (Mal 3:6). Y que el único Dios es Padre, Hijo y Espíritu, lo manifiesta el Nuevo Testamento allí donde el Padre habla, el Hijo es bautizado y el Espíritu desciende (Mt 3:16–17), en el nombre uno —no los nombres— «del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28:19) y en la bendición apostólica (2 Co 13:14).
Ese Dios es el sujeto de toda la historia que sigue. El que en 2.1 se revela «amantísimo… que perdona la iniquidad» y a la vez «justísimo… que de ningún modo tendrá por inocente al culpable» es el mismo cuya justicia y gracia se glorifican a una en la cruz (caps. 8 y 11). Y aquí hay que hablar con cuidado, porque la simplicidad divina lo exige: en Dios el amor y la justicia no se turnan ni se disputan el trono; son perfecciones eterna y perfectamente armonizadas en su naturaleza una. La cruz no produce esa armonía, ni resuelve un conflicto interno en Dios; la manifiesta y la satisface ante el pecado, mostrando cómo el Dios justo puede justificar al impío sin dejar de ser justo, «a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26).
La aseidad y la soberanía de 2.2 —«obra todas las cosas según el consejo de su propia voluntad… para su propia gloria»— son la raíz del decreto eterno (cap. 3) y de la providencia (cap. 5): la historia de la salvación tiene por origen y por fin la gloria de un Dios que no necesita a la criatura. Y la Trinidad de 2.3 es la condición misma de esa historia. El Antiguo Testamento la insinúa —el Espíritu que se mueve sobre las aguas, el Ángel de Jehová, la Palabra y la Sabiduría—; el Nuevo la manifiesta cuando el Padre envía al Hijo y, consumada su obra, el Hijo y el Padre derraman el Espíritu. Por eso las obras de Dios hacia fuera, siendo indivisas (las tres personas obran como un solo Dios: opera Trinitatis ad extra indivisa sunt), siguen sin embargo el orden de las relaciones eternas: el Padre, según el orden personal, aparece como quien envía; el Hijo es enviado y encarna como Mediador; el Espíritu es enviado y aplica la redención. El orden de las misiones en el tiempo no inventa nada nuevo: manifiesta en la historia el orden eterno de las procesiones, y ese orden no se invierte. El único Dios verdadero se da a conocer como trino, precisamente, en la misión del Hijo y la efusión del Espíritu.
2.1 · Un solo Dios: su ser, su simplicidad y sus atributos
Un solo Dios, indivisible. «No hay sino un solo Dios vivo y verdadero»: la Confesión distingue al único Dios verdadero de todo uso figurado o idolátrico del nombre «dios» —que la Escritura aplica a ángeles, a jueces o a Satanás, «el dios de este siglo»—, y afirma que ese Dios es una unidad absoluta, incapaz de división, porque dividir la esencia divina sería fabricar dos dioses. Esta indivisibilidad es decisiva para 2.3: las tres personas no serán tres partes ni tres dioses, sino la misma esencia indivisa.
Dios es espíritu: la simplicidad y la impasibilidad. Que Dios sea «espíritu… invisible, sin cuerpo» es la razón de fondo por la que la Escritura prohíbe representarlo en imágenes: como recuerda Van Dixhoorn, «no está restringido a un cuerpo humano con sus diversas partes».1 La frase «sin cuerpo, partes ni pasiones» enuncia, además, dos doctrinas que conviene definir antes de usarlas. La simplicidad: Dios no se compone de partes; sus atributos no son ingredientes añadidos a su ser —un poco de amor, un poco de justicia, un poco de poder—, sino su mismo ser considerado bajo distintos respectos. Dios no tiene amor y justicia como quien tiene dos pertenencias que pudieran chocar; Dios es su amor y es su justicia, y por eso no se contradicen. La impasibilidad: Dios no es movido ni alterado desde fuera por afectos que le sobrevengan. Aquí hay que ser exacto, porque la palabra «pasiones» engaña al oído moderno. La Confesión no niega que Dios ame, se goce o se aíre —el mismo párrafo lo llama «amantísimo» y «terrible en sus juicios»—; niega que esos afectos sean pasiones, es decir, reacciones que un agente externo provoca en él y que lo dejan distinto de como estaba. Cuando la Escritura dice que Dios «se arrepintió», que tuvo celos o que se afligió, habla de modo antropopático: enseña que Dios obra con nosotros como obraría quien estuviera movido por tales afectos, sin atribuir a su esencia esas mudanzas. Lejos de ser frialdad, la impasibilidad es la mejor noticia para el que sufre: el amor de Dios no es un humor reactivo que el pecado pueda agotar o la tragedia enfriar, sino una perfección plena y estable. Un Dios que pudiera ser arrastrado por pasiones sería un Dios al que la historia podría cambiar; el Dios de la Confesión es la roca que no se mueve (Mal 3:6), y por eso se puede descansar en él.
El orden de los atributos. Suele distinguirse —como rúbrica de enseñanza— entre los atributos absolutos, que pertenecen a Dios considerado en sí mismo (existencia por sí mismo, inmensidad, eternidad), y los relativos, que lo caracterizan respecto de sus criaturas (omnipresencia, omnisciencia); la tradición reformada habla también de incomunicables y comunicables. La Confesión enuncia ambas clases en 2.1 y desarrolla las relativas en 2.2. La inmensidad no es «muy grande»: es que Dios no está contenido ni medido por el espacio. La eternidad no es vivir mucho tiempo: es que su ser no está sujeto a la sucesión del tiempo —Dios no espera el mañana ni recuerda el ayer; todo le es presente—. La incomprensibilidad no es que Dios sea incognoscible: es que no puede ser abarcado exhaustivamente por mente creada. Dios es verdaderamente conocido en lo que revela —no a medias ni por conjetura—, aunque nunca agotado: lo que sabemos de él es cierto, pero nunca es todo. Van Dixhoorn lo reúne en una sola frase: «Dios es cognoscible; él se ha revelado» y, sin embargo, «en un sentido muy profundo, Dios es "incomprensible"».2
En los Catecismos. CFW 2.1 ↔ CMe 4–5 y CMa 7–8: a la pregunta «¿qué es Dios?», el Menor responde con el resumen que conviene memorizar —«Dios es Espíritu, infinito, eterno e inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad y verdad»— y confiesa que «no hay sino uno solo, el Dios vivo y verdadero»; el Mayor (P. 7) da la definición extensa, paralela a CFW 2.1–2.
2.2 · Aseidad, soberanía y el conocimiento que nada deja al azar
Aseidad y soberanía. Dios tiene «toda vida, gloria, bondad y bienaventuranza en sí mismo y de sí mismo»: es suficiente para todo. No necesita a la criatura ni recibe de ella incremento alguno; cuando se relaciona con el mundo, manifiesta su gloria, no la adquiere. Como precisa Van Dixhoorn, «cuando los santos y ángeles "dan" gloria a Dios, lo que estamos haciendo en verdad es atribuirle, no añadirle, gloria».3 Es «la única fuente de todo ser», y su dominio es soberanísimo: hace por, para y sobre las criaturas lo que él quiere. Esa autosuficiencia no enfría su trato con nosotros; lo purifica: el Dios que nos busca no lo hace por carencia, sino por pura bondad.
La omnisciencia y la exclusión del conocimiento medio. «Su conocimiento es infinito, infalible e independiente de la criatura, de modo que nada le es contingente o incierto.» Conviene exponer con justicia la postura que esta cláusula descarta. El conocimiento medio (la scientia media del jesuita Luis de Molina) sostiene que Dios conoce, con anterioridad a su decreto y con independencia de él, lo que cada criatura libre haría en cualesquiera circunstancias hipotéticas; sobre ese conocimiento previo Dios ajustaría luego sus planes. La intención de la teoría es noble —salvaguardar la libertad humana—, pero su precio es alto: hace que la ciencia de Dios dependa de una contingencia ajena a él, de modo que algo en la criatura quedaría, respecto de Dios, «contingente o incierto». La Confesión lo niega de raíz: el conocimiento de Dios es «independiente de la criatura». Dios no conoce los futuros contingentes como quien espía fuera de sí un porvenir ya escrito; los conoce en sí mismo, conforme a su decreto eterno, sin depender de una realidad contingente exterior a él. Su ciencia de lo que será descansa en su propia voluntad (cap. 3), no en algo que se le imponga desde fuera. Para Westminster, nada hay en todo el universo —ni el acto más libre de la criatura— que escape a su conocimiento cierto o que penda de un hilo ignorado por él.
2.3 · La Trinidad: un solo Dios en tres personas
Unidad de esencia, trinidad de personas. La doctrina abarca tres afirmaciones. Primera: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son cada uno e igualmente el mismo Dios, y la indivisible esencia divina, con todas sus perfecciones, pertenece a cada uno en el mismo sentido y grado —no hay un Dios «mayor» y dos «menores»—. Segunda: Padre, Hijo y Espíritu no son tres nombres de una misma persona en papeles distintos —esto excluye el modalismo o sabelianismo, que haría de las personas meras máscaras—, sino tres personas realmente distintas. Tercera: las tres se distinguen por sus propiedades personales y se dan a conocer bajo cierto orden de subsistencia y de operación. La «misma sustancia» es la consustancialidad numérica, el homoousios de Nicea: no tres esencias parecidas, sino la única esencia compartida. Y aquí la analogía humana falla, y hay que advertirlo: tres personas humanas son tres seres separados que comparten una naturaleza común (la humanidad), pero no un mismo ser; las tres personas divinas, en cambio, subsisten en una sola sustancia espiritual indivisible. Por eso toda ilustración tomada de lo creado —el agua en tres estados, el hombre que es padre, hijo y esposo, las tres partes de algo— termina, llevada a su límite, o en modalismo o en triteísmo. El modo de esa subsistencia única en tres permanece para nosotros misterio adorable, no problema por resolver: como reconoce Van Dixhoorn, hasta a quien lo confiesa con gozo «cuesta encontrar palabras adecuadas para describir esta realidad».4
Las propiedades personales y el Filioque. Lo que distingue a las personas no es la esencia (que es una y la misma), sino las relaciones de origen. El Padre «no es de ninguno, ni engendrado ni procedente»: su propiedad es la innascibilidad. El Hijo es «eternamente engendrado del Padre»: la generación eterna. El Espíritu Santo procede «del Padre y del Hijo»: la procesión, con la cláusula Filioque. Hay que subrayar el «eternamente»: generación y procesión no marcan un antes y un después —como si hubo cuando el Hijo no era—, ni una inferioridad de esencia, sino el orden eterno de las relaciones dentro de la única Deidad. El Hijo es tan eterno como el Padre, y sin embargo es del Padre; el Espíritu es tan Dios como ambos, y sin embargo procede de ambos. El Filioque —«y del Hijo»— es la confesión occidental que la Asamblea presupone; distingue a la tradición latina y reformada de la oriental, que confiesa la procesión solo del Padre, y la Confesión no lo suaviza ni lo deja como variante facultativa.
En los Catecismos. CFW 2.3 ↔ CMe 6 y CMa 9–11: el Menor confiesa «tres personas… el mismo en sustancia, iguales en poder y gloria»; el Mayor añade las propiedades personales —engendrar, ser engendrado, proceder «del Padre y del Hijo, desde toda la eternidad»— (P. 10) y prueba la deidad del Hijo y del Espíritu por los nombres, atributos, obras y adoración propios solo de Dios (P. 11). La P. 6 del Mayor sirve de pórtico a todo el bloque.
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
En este capítulo la Confesión no forja doctrina nueva: recoge y fija el patrimonio de los credos ecuménicos. La «misma sustancia» de 2.3 es el homoousios de Nicea, y la unidad de la esencia y la trinidad de las personas, herencia de Nicea (325) y Constantinopla (381); Hodge remite expresamente a ese origen al cerrar su comentario: «las afirmaciones más antiguas y universalmente aceptadas… se hallan en el Credo del Concilio de Nicea, A. D. 325, modificado por el Concilio de Constantinopla A. D. 381».5 Los adversarios de la sección son, por lo mismo, los antiguos: el modalismo sabeliano y el triteísmo, ya deshechos en la exposición de 2.3. La toma de partido posterior visible en el texto es el Filioque, que sitúa a la Confesión en la tradición occidental frente a la oriental —y que, como quedó dicho en 2.3, la Confesión no suaviza ni deja como variante facultativa—.
Sobre ese tronco antiguo, el capítulo añade la capa de su propio siglo. La fórmula «sin cuerpo, partes ni pasiones» recoge la doctrina escolástica reformada de la simplicidad y la impasibilidad divinas, cuyo sentido exacto quedó expuesto en 2.1. Y la cláusula «nada le es contingente o incierto» es coherente con el rechazo de la scientia media del jesuita Luis de Molina, debatida en la teología del siglo XVII, y comúnmente se lee así —como quedó dicho en 2.2—. Pero aquí hay que hablar con precisión: esa lectura es una inferencia doctrinal-histórica, no un dato. No consta que la Asamblea redactara la cláusula teniendo ese debate como blanco declarado, y Hodge ni siquiera menciona a Molina en su comentario al capítulo. La doctrina queda firme; la crónica de su intención, no.
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas correspondencias entre el capítulo y su historia —Nicea, la escolástica, el molinismo— son lectura doctrinal del texto confesional, no debates asentados en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Lo que del marco documental puede decirse con fechas es lo que sigue.
En la mesa de la Asamblea
El marco general es conocido. La Asamblea fue convocada por el Largo Parlamento y trabajó en su fase activa de redacción de 1643 a 1648, con mayoría presbiteriana y con los comisionados escoceses —Henderson, Gillespie, Rutherford, Baillie—; la presidió primero Twisse y luego Herle. La Confesión fue presentada al Parlamento en diciembre de 1646 y, con las pruebas escriturarias añadidas, el 29 de abril de 1647; la Asamblea mantuvo existencia formal hasta 1649 y celebró, a lo largo de toda su duración, 1.163 sesiones.6
Dentro de ese marco, la historia del capítulo 2 es notable por lo que no tiene. No fue objeto de las controversias eclesiológicas —presbiterianos, independientes, erastianos— que sí marcaron el Directorio y el gobierno de la iglesia: la doctrina de Dios y de la Trinidad expresa el consenso trinitario de toda la cristiandad reformada y católica antigua, no una posición de partido. Dígase como es: esto es inferencia razonable, no acta; se apoya en que Hodge documenta que las controversias de la Asamblea fueron eclesiológicas y que los Comunes declararon su acuerdo «en la parte doctrinal».7
Queda dicho, con la misma honestidad, lo que las fuentes no contienen. El cotejo y las fuentes primarias no registran para este capítulo variantes de redacción que hubiera que dirimir por las actas —el aparato crítico lo confirma: el manuscrito de 1646, el impreso de 1647, la recensión americana y la versión latina coinciden en el cuerpo de las tres secciones—; y ninguna afirmación más fina sobre debates internos de la Asamblea acerca de esta redacción puede hacerse sin inventarla, de modo que no se hace. Aun el marco general anterior llega mediado por Hodge, no leído directamente en las actas; donde la fuente calla, el comentarista también. El detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
La doctrina de Dios es el cimiento de toda piedad, no un asunto de especialistas: quién es Dios gobierna cómo se le adora, se le teme y se descansa en él. Donde esta doctrina se cree, adoración y temor reverente van juntos: el Dios de 2.1 es a la vez «amantísimo» y «terrible en sus juicios», y una pastoral fiel no parte a Dios en dos. El descanso del creyente brota de la aseidad y de la omnisciencia: servimos a un Dios que no nos necesita y que, sin embargo, tiene a bien requerir nuestro culto; y como «nada le es contingente o incierto», la vida no pende del azar, sino de sus manos (cap. 5). Y la vida trinitaria no es un acertijo, sino el contorno de la salvación y de la oración: oramos al Padre, por el Hijo, en el Espíritu. Lo que sigue lleva esto a las cuatro tareas donde el capítulo se vuelve oficio.
En el púlpito
Predicar este capítulo es predicar a Dios mismo como objeto de adoración, no como concepto que analizar; y conviene guardarse de dos extremos. Por un lado, el Dios rehecho a imagen del oyente —un Dios que cambia de parecer, a quien la historia sorprende, cuyo amor es un humor reactivo—: la simplicidad y la impasibilidad lo corrigen. Por otro, la mera enumeración de atributos sin doxología: la Confesión misma cierra 2.2 en el culto debido, y allí debe cerrar la predicación, en la adoración de la asamblea. Al predicar la Trinidad no conviene «explicarla» con analogías que, llevadas al final, caen en modalismo o triteísmo; es mejor mostrar el patrón bíblico —el bautismo del Señor, la bendición apostólica, las misiones del Hijo y del Espíritu— y conducir al pueblo a adorar al único Dios trino.
En la catequesis
El capítulo se enseña en correspondencia directa con los Catecismos, que lo destilan para la memoria (véanse los recuadros «En los Catecismos»). La catequesis empieza en el hogar del pacto: el bautismo de los hijos creyentes presupone el nombre triuno (Mt 28:19), y la respuesta de CMe P. 4 es el primer catecismo del niño cristiano y conviene memorizarla. Para oficiales y maestros sirve el bloque CMa P. 7–11.
En la membresía
La fe trinitaria es el contenido mínimo de la confesión cristiana: el bautismo se administra «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». En el examen de admisión se busca que el candidato confiese de corazón al único Dios verdadero —Padre, Hijo y Espíritu como el único Dios—, no un saber técnico de las distinciones escolásticas, sino la fe sencilla del credo. Confesar al único Dios verdadero es, a la vez, renunciar a la idolatría: dar a cualquier otra cosa el culto debido solo a Dios (2.2).
En la formación de oficiales
El candidato debe poder distinguir, sin separarlas, la unidad de la esencia y la trinidad de las personas, defendiendo a la vez contra el triteísmo y contra el modalismo. Ha de explicar las propiedades personales y por qué son eternas y no implican subordinación de esencia; sostener el Filioque como confesión occidental deliberada y saber en qué difiere de la oriental; exponer la simplicidad y la impasibilidad sin negar el amor ni la ira de Dios, distinguiendo el lenguaje antropopático de la atribución de pasiones a la esencia divina; y mostrar por qué «nada le es contingente o incierto» excluye la ciencia media. No son destrezas de adorno: el oficial las necesita para guardar el culto de la congregación frente a la idolatría, discernir la enseñanza falsa y enseñar al pueblo y a las familias a adorar bien.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido. Para cada avanzada se indica entre corchetes dónde buscar la respuesta.
Básicas. (1) ¿Cuántos dioses hay, y qué quiere decir que Dios es «vivo y verdadero» (2.1)? (2) ¿Qué afirma la Confesión al decir que Dios es «espíritu… sin cuerpo, partes ni pasiones» (2.1)? (3) ¿Cómo enuncia a la vez el amor y la justicia de Dios (2.1)? (4) ¿Qué significa que Dios tiene vida, gloria y bienaventuranza «en sí mismo y de sí mismo» (2.2)? (5) ¿A quién se debe el culto, y de parte de quiénes (2.2)? (6) ¿Cuántas personas hay en la Deidad, y de qué sustancia, poder y eternidad son (2.3)? (7) ¿Qué distingue al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo entre sí (2.3)?
Avanzadas. (1) ¿Qué afirma y qué niega «sin cuerpo, partes ni pasiones»? ¿Por qué no debe traducirse «pasiones» por «emociones», y cómo se concilia con que Dios sea «amantísimo»? [Exp. 2.1; Glosario: impasibilidad, antropopatismo.] (2) Distinga los atributos absolutos y los relativos. ¿En qué párrafo de WCF 2 predominan unos y otros? [Exp. 2.1; Glosario: atributos absolutos / relativos.] (3) ¿Qué es la aseidad, y cómo libra al creyente de pensar que «sostiene» a Dios? [Exp. 2.2.] (4) Explique por qué «nada le es contingente o incierto» excluye el conocimiento medio molinista. ¿En qué descansa, entonces, la ciencia divina de lo futuro? [Exp. 2.2; cap. 3.] (5) ¿Cómo confiesa 2.3 a la vez la unidad de la esencia y la distinción real de las personas? ¿Qué error corrige cada afirmación? [Exp. 2.3.] (6) ¿Por qué la generación del Hijo y la procesión del Espíritu son eternas y no implican inferioridad de esencia? [Exp. 2.3; Glosario: generación eterna, procesión.] (7) ¿Qué es el Filioque, por qué lo incluye la Confesión y en qué difiere de la tradición oriental? [Exp. 2.3; Aparato crítico, 2.3.] (8) ¿Por qué la armonía de la misericordia y la justicia en Dios es eterna y no «producida» por la cruz? ¿Qué manifiesta y satisface, entonces, la cruz (Ro 3:26)? [Exp.: «El Dios de la historia de la redención».]
Glosario del capítulo
Aseidad — la suficiencia de Dios en y de sí mismo: tiene la vida, la gloria y la bienaventuranza en sí, sin necesitar a la criatura (2.2).
Absoluto — Dios no depende de otro, no está condicionado por nada fuera de sí y obra con libertad soberana conforme a su propia voluntad santa («sumamente absoluto», 2.1); distíngase de la rúbrica didáctica «atributos absolutos / relativos» (abajo), que clasifica los atributos, no este predicado del ser de Dios.
Simplicidad — Dios no se compone de partes; sus atributos no son ingredientes añadidos, sino su mismo ser bajo distintos respectos.
Impasibilidad — Dios no es alterado ni movido desde fuera por pasiones que le sobrevengan («sin… pasiones», en sentido técnico); no niega su amor ni su ira.
Antropopatismo — el modo de hablar de la Escritura que atribuye a Dios afectos humanos (arrepentirse, airarse) para enseñar cómo obra, sin atribuir pasiones a su esencia.
Inmensidad — Dios no está contenido ni medido por el espacio (no «muy grande»).
Incomprensibilidad — Dios no puede ser abarcado exhaustivamente por mente creada (no que sea incognoscible).
Culto / adorar — «culto» es el sustantivo del servicio público debido a Dios; «adorar / adoración», el verbo y el acto (2.2).
Deidad (Godhead, Deitas) — el ser divino uno, la esencia divina considerada como naturaleza una (2.3). Distíngase de «divinidad» en 8.2, donde el mismo vocablo inglés Godhead designa la naturaleza divina de Cristo en la unión: misma palabra, sentido contextual diverso.
Consustancialidad (homoousios) — las tres personas son de la misma esencia numérica, no de esencias semejantes («de una misma sustancia»).
Modalismo (sabelianismo) — el error que reduce las tres personas a modos o máscaras de una sola, negando su distinción real (2.3).
Triteísmo — el error de concebir a las personas como tres dioses, negando la unidad de la esencia (2.3).
Subsistir / subsistencia — el modo propio y personal en que cada persona tiene y posee la única esencia divina; subsistir no es solo existir: la única esencia subsiste en tres modos distintos e incomunicables.
Propiedades personales — los modos incomunicables de subsistir que distinguen a cada persona: innascibilidad (Padre), generación (Hijo), procesión (Espíritu).
Innascibilidad — propiedad del Padre, que «no es de ninguno, ni engendrado ni procedente».
Generación eterna — el modo en que el Hijo es del Padre, sin principio temporal ni inferioridad de esencia.
Procesión — el modo en que el Espíritu es del Padre y del Hijo, sin principio temporal ni inferioridad de esencia.
Filioque — «y del Hijo»: la confesión occidental de que el Espíritu procede del Padre y del Hijo.
Conocimiento medio (scientia media) — teoría molinista del conocimiento divino de los futuros contingentes con independencia del decreto; excluida por «nada le es contingente o incierto».
Atributos absolutos / relativos — rúbrica didáctica: los que pertenecen a Dios en sí mismo (eternidad, inmensidad) frente a los que lo caracterizan respecto de la criatura (omnipresencia, omnisciencia); la tradición reformada usa también la pareja incomunicables / comunicables.
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo; Schaff, Creeds of Christendom III (S), control; Carruthers (C, 1937), historia textual.
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. II — exposición proposición por proposición; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 2 — preguntas de clase.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad — The Banner of Truth Trust, 1.ª ed. española 2022; orig. Confessing the Faith, © 2014), cap. 2 (pp. 29–40); ISBN 978-1-80040-140-2 — guía de lectura moderna; voz de corroboración, bajo la Confesión, citada con atribución y página.
- Los credos ecuménicos: Nicea (325) y Nicea-Constantinopla (381) — trasfondo dogmático de la consustancialidad y de las procesiones; la recepción occidental posterior, no el texto conciliar de 381, es el trasfondo del Filioque.
- Catecismos: CMe 4–6; CMa 7–11 (con la P. 6 como pórtico).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — versión de amplia difusión, cotejada en el apartado correspondiente.
Footnotes
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Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 30. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 31. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 34. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 37. ↩
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A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. II, sec. III. ↩
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Hodge, Comentario, cap. I («Breve historia del origen»). ↩
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Hodge, Comentario, cap. I. ↩
