Capítulo 4 · De la Creación

Edición de estudio comentada

Para entrar: «En el principio… y era bueno en gran manera»

Antes de que hubiera algo, estaba Dios. La Escritura no abre con una teoría sobre el origen del cosmos, sino con una afirmación desnuda y serena: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1:1). No había materia que moldear, ni caos que vencer, ni rival que enfrentar: solo Dios, suficiente en sí mismo, que no necesitaba crear y que, sin embargo, quiso hacerlo. El Espíritu se movía sobre las aguas; Dios dijo «sea la luz», y la luz fue. Y a cada paso, un estribillo: «y vio Dios que era bueno».

Al sexto día, la obra llega a su cima. Dios no dice esta vez «sea», sino «hagamos»: «hagamos al hombre a nuestra imagen». Lo forma del polvo, sopla en él aliento de vida, lo hace varón y mujer, le entrega el mundo y entra en comunión con él. Y entonces el estribillo cambia de grado: ya no «era bueno», sino «he aquí que era bueno en gran manera» (Gn 1:31). La creación entera, coronada por su imagen, es declarada muy buena por su Hacedor.

Este capítulo confiesa la doctrina de aquel principio. Dice quién creó —las tres personas, en un solo acto libre—, de qué —de la nada—, para qué —la gloria de su poder, sabiduría y bondad—, y con qué resultado —todo muy bueno—. Y se demora en la corona de la obra: el hombre hecho a imagen de Dios, recto, libre y dichoso, pero mutable y puesto a prueba.

No es un preámbulo que se atraviesa para llegar a la doctrina de la salvación: es su raíz. La bondad del mundo, la dignidad del hombre, la realidad del pacto y la hondura de la caída que vendrá están ya, en germen, en este «era bueno en gran manera». Conviene leerlo, pues, como el primer acto de una historia cuyo último acto será un cielo nuevo y una tierra nueva.

Tesis doctrinal

Confesado el decreto eterno (cap. 3), la Confesión pasa a su ejecución: «Dios ejecuta sus decretos en las obras de creación y de providencia» (CMe 8), y este capítulo trata la primera de esas dos obras. Avanza en dos pasos. Primero, la obra de la creación en general: agradó a las tres personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— hacer de la nada, en el espacio de seis días, el mundo entero, visible e invisible, para manifestar la gloria de su eterno poder, sabiduría y bondad; y todo lo hizo muy bueno. La creación no es necesidad de Dios ni emanación de su ser, sino acto libre de su voluntad, obra indivisa de la Trinidad, que saca del no-ser cuanto existe. Segundo, la creación del hombre, corona de la obra: hecho varón y mujer, con alma racional e inmortal, a imagen de Dios —en conocimiento, justicia y verdadera santidad—, con la ley de Dios escrita en el corazón y poder para cumplirla, aunque con una voluntad mutable y bajo un mandato de prueba. La doctrina de la creación funda todo lo demás: la bondad original del mundo contra todo desprecio de la materia, la dignidad y la responsabilidad del hombre como imagen de Dios, y —en la mutabilidad de aquella primera voluntad y en aquel primer mandato— el umbral mismo del pacto y de la caída que los capítulos siguientes han de contar.

Cómo leer este capítulo

El capítulo es breve y su arco, limpio: va de lo general a su corona. Primero, la obra entera (4.1): quién crea —las tres personas—, para qué —la manifestación de su gloria—, qué —«el mundo y todas las cosas», visibles e invisibles—, cómo —de la nada—, en cuánto —seis días— y con qué cualidad —«todo muy bueno»—. Después, lo último y más alto de esa obra (4.2): la creación del hombre, descrita por su constitución (alma racional e inmortal), su semejanza (la imagen de Dios, en conocimiento, justicia y verdadera santidad), su capacidad moral (la ley en el corazón y poder para cumplirla), su fragilidad (una voluntad sujeta a cambio) y su prueba (el mandato del árbol), todo ello coronado por la comunión con Dios y el dominio sobre las criaturas. El capítulo termina, así, justo en el filo: un hombre bueno, libre y dichoso, pero mutable y puesto a prueba —el escenario exacto del pacto (cap. 7) y de la caída (cap. 6)—.

Texto confesional

4.1. Agradó a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, para la manifestación de la gloria de su eterno poder, sabiduría y bondad, crear en el principio, o hacer de la nada, el mundo y todas las cosas que en él hay, sean visibles o invisibles, en el espacio de seis días; y todo muy bueno.

Referencias bíblicas: He 1:2; Jn 1:2, 3; Gn 1:2; Job 26:13; 33:4; Ro 1:20; Jer 10:12; Sal 104:24; 33:5, 6; Gn 1; He 11:3; Col 1:16; Hch 17:24.

4.2. Después de haber hecho Dios todas las demás criaturas, creó al hombre, varón y mujer, con almas racionales e inmortales, dotados de conocimiento, justicia y verdadera santidad, conforme a su propia imagen, teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones, y poder para cumplirla; aunque bajo la posibilidad de transgredirla, dejados a la libertad de su propia voluntad, la cual estaba sujeta a cambio. Además de esta ley escrita en sus corazones, recibieron el mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; el cual, mientras lo guardaron, fueron bienaventurados en su comunión con Dios, y tuvieron dominio sobre las criaturas.

Referencias bíblicas: Gn 1:27; 2:7 con Ec 12:7, Lc 23:43 y Mt 10:28; Col 3:10; Ef 4:24; Ro 2:14, 15; Ec 7:29; Gn 3:6; Gn 2:17; 3:8–11, 23; Gn 1:26, 28; Sal 8:6–8.

Exposición doctrinal

La creación en la historia de la redención

La creación es el primer acto de la historia que toda la Confesión cuenta, y la Confesión no la inventa: la oye de la Escritura. Que el universo fue hecho «por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» lo dice Hebreos 11:3; que es obra de las tres personas, lo muestran el Padre que crea por medio del Hijo (He 1:2; Jn 1:3; Col 1:16) y el Espíritu que se movía sobre las aguas (Gn 1:2); que su fin es la gloria de Dios, lo dice Romanos 1:20; y que fue hecha buena, el «bueno en gran manera» de Génesis 1:31. Sobre ese testimonio descansa el capítulo.

Conviene leer la creación mirando hacia adelante, porque el resto de la Escritura no la deja atrás, sino que la retoma. El mundo «muy bueno» de Génesis 1 es el mundo que el pecado estropeará (cap. 6) y que Cristo redimirá y, al fin, hará nuevo (cap. 33): la creación, la caída, la redención y la consumación son los cuatro tiempos de un solo relato, y el primero es este. Van Dixhoorn lo dice con una imagen: «este mundo es una degustación y un anticipo de todo lo que un día veremos».1 Por eso importa que la creación sea obra de las tres personas: el mismo Hijo «por quien fueron hechas todas las cosas» (Jn 1:3; Col 1:16) es quien, hecho carne, las redime; la creación y la redención no son obra de dioses distintos ni de fuerzas en pugna, sino del único Dios trino que el capítulo 2 confesó.

El hombre es el eje de ese arco. Creado a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad, es puesto en comunión con su Creador y bajo un mandato de prueba —y aquí el capítulo toca, sin desarrollarlo todavía, el umbral del pacto—. Esa imagen, perdida en su rectitud por la caída, es la que Cristo, «imagen del Dios invisible» (Col 1:15), vino a restaurar: lo que el primer Adán recibió y perdió, el segundo Adán lo recobra para los suyos, de modo que el creyente es «renovado… conforme a la imagen del que lo creó» (Col 3:10). Y la voluntad «sujeta a cambio» de 4.2 marca, por contraste, toda la historia de la salvación: el hombre fue creado mutable —capaz de pecar y de no pecar—; redimido en Cristo, camina hacia un estado en que ya no podrá pecar, la libertad consumada de la gloria (cap. 9). La doctrina de la creación, lejos de ser un preámbulo cosmológico, planta las semillas de todo lo que sigue: la dignidad del hombre, la realidad del pacto, la hondura de la caída y la grandeza de la restauración.

4.1 · La creación, acto libre de la Trinidad

«Agradó a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo… crear.» Dos cosas piden subrayarse en el sujeto y el verbo. Primero, que la creación agradó a Dios: no fue necesidad de su ser ni emanación forzosa, como si el mundo brotara de Dios igual que la luz del sol, sin que medie su voluntad. Dios, suficiente en sí mismo (2.2), no necesitaba crear; creó libremente, por su beneplácito, para manifestar —no para adquirir— la gloria de su poder, sabiduría y bondad. Segundo, que crear es obra de las tres personas en unidad indivisible: las obras de Dios hacia fuera son indivisas (2.3), y la creación lo muestra —el Padre que ordena, el Hijo por quien todo es hecho (Col 1:16), el Espíritu que se mueve sobre las aguas (Gn 1:2)—; «la creación es la obra poderosa del Dios trino», resume Van Dixhoorn.2 Y el modo es «de la nada»: no de una materia preexistente que Dios hallara y modelara, sino llamando al ser lo que no era. Esto excluye de raíz dos errores antiguos. El dualismo, que pone junto a Dios un principio material eterno o un principio malo coeterno: si Dios hizo todo de la nada, no hay nada coeterno con él. Y el desprecio de la materia —el viejo error gnóstico que tiene por malo el mundo físico—: si Dios lo hizo «todo muy bueno», la materia no es mala; es criatura buena de un Creador bueno, manchada después por el pecado, pero no mala en su origen.

Seis días, sin glosa. La Confesión dice «en el espacio de seis días» y no añade explicación, y la edición la sigue en su contención. Conviene decir por qué. La Asamblea retuvo el lenguaje de Éxodo 20:11 sin canonizar una interpretación sobre la naturaleza de aquellos días, del mismo modo que en el capítulo 3 no decidió el orden de los decretos. Es prudencia confesional: el símbolo profesa lo que la Escritura afirma —que Dios creó en seis días y que ese orden funda el descanso del séptimo (cap. 21)— y no carga sobre la conciencia de la Iglesia las cuestiones que la Escritura no zanja. La edición, por tanto, vierte la fórmula literal y no la glosa en ningún sentido.

En los Catecismos. CFW 4.1 ↔ CMe 9 y CMa 15: «¿qué es la obra de creación?» —«el hacer Dios todas las cosas de la nada, por la palabra de su poder, en el espacio de seis días, y todas muy buenas» (CMe 9); el Mayor añade que Dios lo hizo «para sí mismo»—. Las tres formulaciones coinciden en lo esencial: de la nada, en seis días, todo muy bueno.

4.2 · El hombre, corona de la creación

«Después de haber hecho Dios todas las demás criaturas, creó al hombre»: el orden no es casual. El hombre llega al final, como término y cima de la obra, hecho «varón y mujer» —ambos por igual a imagen de Dios—, con «alma racional e inmortal» que lo distingue del resto de las criaturas. Con todo, esa cima sigue siendo criatura: entre el Creador y lo creado, recuerda Van Dixhoorn, «no es una diferencia de grado, sino de categoría».3 La Confesión describe esa semejanza con la tríada de Colosenses y Efesios: «conocimiento, justicia y verdadera santidad». Estudiar al hombre es, por eso, estudiar a Dios en su imagen: «los cristianos no pueden hacer antropología sin hacer teología en cierta medida», observa Van Dixhoorn.4 Y aquí conviene una distinción que la tradición reformada cuida. La imagen de Dios puede entenderse en sentido amplio —la constitución del hombre como espíritu racional, libre, inmortal y responsable, que el pecado no destruye y que hace de todo hombre, aun caído, alguien a quien no se puede maldecir ni matar sin ofender a Dios (Gn 9:6; Stg 3:9)—; y en sentido estrecho —la rectitud moral original, el conocimiento verdadero, la justicia y la santidad con que Adán fue creado, que se perdió en la caída y que solo en Cristo se recobra—. El capítulo, al citar los textos de la imagen restaurada (Col 3:10; Ef 4:24), habla sobre todo de este segundo sentido: el hombre fue creado no neutral, sino recto (Ec 7:29), inclinado al bien, en comunión con Dios.

Ley en el corazón y mandato de prueba. Junto a esa rectitud, el hombre recibió «la ley de Dios escrita en sus corazones, y poder para cumplirla». La ley moral no le fue impuesta desde fuera como una carga ajena; estaba inscrita en su misma naturaleza, de modo que sabía, por creación, lo que Dios requería —el fundamento de lo que el capítulo 19 llamará la ley natural—. Y tenía, además, poder para cumplirla: a diferencia del hombre caído, Adán podía obedecer. Sobre esa ley natural Dios añadió un mandato positivo de prueba —«no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal»—, distinto de la ley moral: no porque comer del árbol fuera malo en sí, sino porque Dios lo mandó, de modo que la obediencia se probara en su punto más puro, el de la sumisión a la pura voluntad de Dios. El texto distingue con cuidado ley y mandato, y la traducción lo conserva. Mientras el hombre guardó aquel mandato, «fueron bienaventurados en su comunión con Dios, y tuvieron dominio sobre las criaturas»: la dicha y el señorío del hombre estaban ligados a su obediencia.

Una voluntad sujeta a cambio. La frase más cargada de futuro en todo el capítulo es esta: el hombre fue dejado «a la libertad de su propia voluntad, la cual estaba sujeta a cambio». Aquí se juega la diferencia entre la criatura y el Creador. Dios es inmutable (2.1); el hombre, aun en su integridad, era mutable —podía pecar y podía no pecar—: «fuimos creados perfectos», observa Van Dixhoorn, «pero capaces de "mutar" para lo peor».5 Su rectitud era real pero no indefectible; su libertad, verdadera pero no confirmada. De esa mutabilidad nacerá la caída (cap. 6): no porque Dios hiciera mal al hombre, sino porque lo hizo libre y mudable, y el hombre, no forzado por nadie, usó mal esa libertad. Y por contraste, esa misma frase ilumina la gracia: lo que Adán tuvo y pudo perder, los redimidos en Cristo lo recibirán de modo que ya no puedan perderlo —la libertad confirmada de la gloria, donde el hombre será al fin incapaz de pecar (cap. 9)—.

En los Catecismos. CFW 4.2 ↔ CMe 10 y CMa 17: «¿cómo creó Dios al hombre?» —«varón y hembra, a su propia imagen, en conocimiento, justicia y santidad, con dominio sobre las criaturas» (CMe 10); el Mayor desarrolla la formación del cuerpo «del polvo de la tierra», las «almas racionales e inmortales» y la ley «escrita en sus corazones y poder para cumplirla… aunque sujetos a caer» (CMa 17)—. Y el puente al pacto lo tienden CMe 12 y CMa 20: el mismo mandato del árbol, leído ya como «pacto de vida… bajo condición de obediencia perfecta», que el capítulo 7 expondrá.

La doctrina en la historia

El camino de la doctrina

La confesión de que Dios hizo el mundo «de la nada» tiene detrás una vieja frontera polémica. Los filósofos gentiles no aceptaron una creación de la nada; el teísmo cristiano la afirmó como principio fundamental, y la teología le dio precisión con un par de términos: la creatio prima —la sustancia elemental, sacada del no-ser— y la creatio secunda —su combinación y ordenamiento—, atribuyendo la Confesión a Dios ambos modos. Lo que se juega en esa precisión no es un tecnicismo: si Dios no fuera creador también de la sustancia, razona Hodge, no sería «soberano absoluto en sus decretos» y se vería «constantemente limitado y estorbado» por sustancias coeternas.6 La creatio ex nihilo es solidaria de la soberanía divina; y excluye de raíz, como quedó dicho en 4.1, el dualismo y el desprecio gnóstico de la materia.

El segundo frente lleva nombre propio: los pelagianos, para quienes una santidad creada es un absurdo —todo hábito moral, sostienen, debe formarse por una elección previa e imparcial de la voluntad, de modo que Dios habría creado a Adán moralmente indiferente—. Hodge responde en tres tiempos: tal indiferencia es imposible, y sería ya pecado; si Dios no hubiera dotado al hombre de un carácter moral positivo, este nunca habría adquirido uno bueno; y la Escritura afirma que el hombre fue creado en justicia y santidad verdadera (Ec 7:29; Ef 4:24; Col 3:10), siendo Cristo el modelo del hombre.7 La rectitud original no fue un logro de Adán, sino un don de su Creador. Puestos en fila, los frentes que el capítulo recusa son tres: el dualismo, recusado por «hacer de la nada» y «todo muy bueno»; el pelagianismo, recusado por «dotados de conocimiento, justicia y verdadera santidad»; y toda lectura que haga del pecado una necesidad de la naturaleza creada, recusada por «poder para cumplirla» y por la mutabilidad —no la corrupción— de la voluntad en inocencia.

Dos cuestiones muestran cómo la doctrina siguió caminando. La primera, el fin de la creación: los teólogos disputaron si es la gloria de Dios o la felicidad de las criaturas, y Hodge muestra que la Confesión afirma terminantemente lo primero (Col 1:16; Pr 16:4; Ap 4:11; 1 Co 10:31, entre otros), sin pérdida alguna para el hombre: la manifestación de la propia gloria es «intrínsecamente el fin más elevado y digno» que Dios puede proponerse, y su cumplimiento perfecto acarrea el mayor bien posible de las criaturas.8 No hay oposición entre la gloria de Dios y el bien del hombre: el segundo se da en el primero. La segunda, los seis días, cuya contención confesional quedó dicha en 4.1 («Seis días, sin glosa»). Hodge, escribiendo en el siglo XIX ante la geología naciente, registra que la cuestión se disputaba y expone con prudencia las lecturas entonces propuestas —un intervalo previo al versículo 2; los «días» como ciclos largos—, sin canonizar ninguna; su criterio es que la narración del Génesis, siendo por revelación divina, es infaliblemente verdadera, y que el libro de la revelación y el de la naturaleza, ambos de Dios, coincidirán al interpretarse rectamente, imponiéndonos entre tanto humildad y paciencia.9 [AMARILLO — la posición de Hodge ante la geología es suya, propia de su contexto; se cita como voz secundaria histórica, no como glosa de la Confesión, que no la trae. El comentario respeta la decisión del texto de no glosar la fórmula.]

Una advertencia antes de entrar en la sala. Casi todo lo anterior lleva la voz de un comentarista del siglo XIX que expone la Confesión, no la de la Asamblea que la redactó: son lectura sistemática y comentario clásico, no debates asentados en las actas —las actas votan, no glosan—. Lo que las actas dejan ver de este capítulo, y lo que no, es lo que sigue.

En la mesa de la Asamblea

Este capítulo tiene, en el expediente documental de esta edición, una historia singularmente callada. El cotejo registra que WCF 4 no presenta variantes de redacción que deban dirimirse por las actas de la Asamblea: las dos secciones coinciden en el manuscrito de 1646, el impreso de 1647, la recensión americana y el latín, como consta en el aparato de este capítulo. Los debates que el lector podría esperar aquí —los seis días, el alma racional, el pacto de obras incipiente en 4.2— son materia del comentario, no decisiones de cuerpo; las fuentes cotejadas por este proyecto no aportan, para este capítulo, voto verbal que citar.

Queda dicho, con la misma honestidad, lo que las fuentes no contienen. La refutación detallada de los pelagianos y de la «hipótesis del desarrollo» —el evolucionismo— que ofrece Hodge es suya, propia del debate del siglo XIX (cita allí a Hugh Miller, Agassiz, Lyell y Owen); se recoge como voz secundaria de un comentarista clásico, no como contenido de la Confesión del siglo XVII ni como dato de las actas.10 [AMARILLO — Hodge argumenta contra el evolucionismo decimonónico con autoridades científicas de su tiempo; es material de época, citable como tal, pero no transferible sin matiz al estado actual de la discusión ni atribuible a la Asamblea, que no podía conocerlo.] Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.

Para la iglesia

La doctrina de la creación no es un asunto de eras geológicas, sino el fundamento de cómo el cristiano mira el mundo, su cuerpo y a su prójimo. Donde se cree que Dios hizo todo «muy bueno», el mundo físico y el cuerpo no se desprecian: ni la falsa espiritualidad que tiene por más santo lo inmaterial, ni el ascetismo que trata el cuerpo como enemigo, tienen aquí sustento; la materia es criatura buena de Dios, que el cristiano recibe con acción de gracias (1 Ti 4:4). Y donde se cree que el hombre fue hecho a imagen de Dios, toda persona tiene una dignidad inviolable: el no nacido, el anciano, el enfermo, el extranjero, el enemigo —todos llevan la imagen del Creador, y por eso no se les puede despreciar, maltratar ni quitar la vida sin ofender a Dios (Gn 9:6; Stg 3:9)—. La imagen, como dice Van Dixhoorn, es «tanto un "igualador" entre los humanos como un "elevador" sobre las demás criaturas».11 En un continente marcado por la violencia y por el desprecio de los débiles, esta doctrina tiene filo.

En el púlpito

Predicar la creación es predicar al Creador, no disertar sobre el origen del cosmos. El predicador conduce al pueblo a la adoración del Dios trino que hizo el cielo y la tierra, y a vivir como criaturas: dependientes, agradecidas, responsables. Conviene guardarse de convertir el púlpito en cátedra de los debates sobre los seis días, donde la Confesión calló; y conviene, en cambio, predicar lo que ella afirma: la libertad y la gloria de Dios en crear, la bondad de su obra, la dignidad y la mutabilidad del hombre, el umbral del pacto.

En la catequesis

El capítulo se enseña con CMe 9–10 y CMa 15–17 (véanse los recuadros «En los Catecismos»), y de allí pasa naturalmente a CMe 12 y CMa 20, que leen el mandato del árbol como el pacto de vida. Enseñar la creación del hombre a imagen de Dios es enseñar, a la vez, de dónde viene la dignidad humana y por qué la caída fue tan honda: cuanto más alto el origen, más grave la ruina.

En la membresía y la vida común

La doctrina de la imagen funda el trato del cristiano con los demás —en la familia, en el trabajo, en la iglesia— y su cuidado de la creación como mayordomo, no como dueño: el dominio del hombre es ministerial, ejercido bajo el señorío de Dios (Gn 1:28), no licencia para destruir. Y la bondad de lo creado enseña a recibir los dones ordinarios —el trabajo, el alimento, el matrimonio, el descanso— como bienes de Dios, sin la falsa culpa que los tiene por menos espirituales.

En la formación de oficiales

El candidato debe saber distinguir la imagen en sentido amplio y estrecho, y por qué la primera permanece y la segunda se restaura en Cristo; sostener la creación de la nada contra el dualismo y el panteísmo; explicar la distinción entre la ley natural escrita en el corazón y el mandato positivo de prueba (base del pacto de obras y del cap. 19); y manejar con sobriedad confesional la cuestión de los seis días, sin imponer como fe lo que el símbolo dejó abierto ni rebajar lo que afirma.

Preguntas de estudio

Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido. Para cada avanzada se indica entre corchetes dónde buscar la respuesta.

Básicas. (1) ¿Quién es el autor de la creación, según 4.1? (2) ¿Para qué creó Dios el mundo (4.1)? (3) ¿Qué significa «hacer de la nada»? (4) ¿Cómo fue creado el hombre respecto de Dios (4.2)? (5) ¿Qué dos cosas recibió el hombre además de la ley escrita en su corazón (4.2)? (6) ¿Qué quiere decir que su voluntad «estaba sujeta a cambio»? (7) ¿De qué disfrutaba el hombre mientras guardó el mandato (4.2)?

Avanzadas. (1) ¿Por qué la creación se describe como obra de las tres personas, y qué error excluye el «de la nada»? [Exp. 4.1.] (2) ¿Por qué la edición vierte «seis días» sin glosa? Relacione con la reserva del cap. 3 sobre el orden de los decretos. [Exp. 4.1, «Seis días».] (3) Distinga la imagen de Dios en sentido amplio y en sentido estrecho. ¿Cuál se pierde en la caída y cuál permanece? [Exp. 4.2.] (4) Distinga la ley escrita en el corazón del mandato del árbol. ¿Por qué importa la distinción para el pacto (cap. 7)? [Exp. 4.2, «Ley en el corazón».] (5) ¿Qué relación hay entre la voluntad «sujeta a cambio» de 4.2 y la libertad confirmada de la gloria (cap. 9)? [Exp. 4.2, «Una voluntad sujeta a cambio».] (6) ¿Cómo funda la imagen de Dios la dignidad de toda persona, y qué consecuencias tiene para la ética cristiana? [Para la iglesia.]

Glosario del capítulo

Creación de la nada (ex nihilo) — el acto por el cual Dios llamó al ser lo que no existía, sin materia preexistente; excluye la materia eterna y todo principio rival de Dios (4.1).

Obra indivisa (opera ad extra indivisa) — las obras de Dios hacia fuera son de las tres personas en común; la creación es obra del Padre, el Hijo y el Espíritu (4.1; cf. 2.3).

Imagen de Dios (sentido amplio) — la constitución del hombre como espíritu racional, libre, inmortal y responsable; el pecado no la destruye.

Imagen de Dios (sentido estrecho) — la rectitud moral original (conocimiento, justicia y verdadera santidad) con que Adán fue creado; se perdió en la caída y se restaura en Cristo (4.2; Col 3:10; Ef 4:24).

Almas racionales — dotadas de razón (no «razonables» en el sentido de sensatas); falso amigo que se evita.

Ley escrita en el corazón — la ley moral inscrita en la naturaleza humana desde la creación; fundamento de la ley natural (4.2; cf. 19.1).

Mandato (precepto positivo) — el mandato del árbol, distinto de la ley moral: obliga no por ser malo en sí lo prohibido, sino porque Dios lo manda, para probar la obediencia (4.2).

Sujeta a cambio (voluntad mutable) — la voluntad de Adán, real y libre pero no confirmada: podía pecar y no pecar (posse peccare, posse non peccare); de su mutabilidad nace la posibilidad de la caída.

Bienaventurado — la condición objetiva de bendición en la comunión con Dios, no un estado de ánimo (4.2; cf. 2.2; CMe 38).

Bibliografía comentada

  • Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo; Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control (con la errata «Gn 2:27» corregida a 2:17); Carruthers (C, 1937), historia textual.
  • A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. IV — exposición de la creación y del estado de inocencia; voz de corroboración, bajo la Confesión.
  • G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 4 — preguntas de clase.
  • Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad — The Banner of Truth Trust, 1.ª ed. española 2022; orig. Confessing the Faith, © 2014), cap. 4 (pp. 61–68); ISBN 978-1-80040-140-2 — guía de lectura moderna; voz de corroboración, bajo la Confesión, citada con atribución y página.
  • Catecismos: CMe 9–10, 12; CMa 15, 17, 20 (la obra de creación, la creación del hombre y el pacto de vida).
  • Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada para este capítulo; colación íntegra pendiente.

Footnotes

  1. Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 63.

  2. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 61.

  3. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 65.

  4. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 66.

  5. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 68.

  6. A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. IV, secc. I, prop. 1.ª y 4.ª.

  7. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. IV, secc. II.

  8. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. IV, secc. I, prop. 4.ª.

  9. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. IV, secc. I.

  10. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. IV, secc. II.

  11. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 67.