Capítulo 5 · De la Providencia
Edición de estudio comentada
Para entrar: «Vosotros pensasteis mal… mas Dios lo encaminó a bien»
Pocas vidas en la Escritura están tan zarandeadas como la de José. Lo venden sus propios hermanos; lo compra un extraño; lo calumnia la mujer de Potifar; lo olvida en la cárcel el copero al que ayudó. Años de injusticia, sin que el cielo parezca intervenir. Y, sin embargo, al cabo de todo, cuando sus hermanos tiemblan ante el hermano que ahora es señor de Egipto, José pronuncia una de las frases más hondas de toda la Biblia: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien… para mantener en vida a mucho pueblo» (Gn 50:20).
Una sola historia, dos agentes, dos intenciones —y ninguna confusión entre ellas—. Los hermanos obraron con malicia, y son culpables; Dios obró con sabiduría, y es santo. El mismo acto que ellos quisieron para mal, Dios lo gobernaba para bien, sin ser por ello autor de su pecado. Esto no es resignación ante el destino ni un final feliz que excuse la maldad: es la providencia, el gobierno sapientísimo y santísimo con que Dios conduce aun los pecados de los hombres hacia sus propios fines buenos.
Y lo que José vio en pequeño, la Escritura lo lleva hasta su cima en la cruz: el mayor crimen de la historia —obra libre y culpable de manos inicuas— fue a la vez «el determinado consejo» de Dios para la salvación del mundo (Hch 2:23). La providencia que gobernó el pozo de José y el Calvario es la misma que sostiene al pajarillo que cae (Mt 10:29) y al imperio que se levanta.
Este capítulo confiesa la doctrina de ese gobierno: universal —«desde la más grande hasta la más pequeña» de las cosas—, sapientísimo y santísimo, que no anula la libertad de las causas segundas sino que las gobierna, que toca aun el pecado sin mancharse, que disciplina a los hijos como Padre y endurece a los impíos como juez, y que dispone todas las cosas para el bien de su Iglesia. No es fatalismo que adormezca ni deísmo que aleje a Dios, sino la mano del Padre —a veces oculta, nunca ausente— que lleva a los suyos a casa.
Tesis doctrinal
Si la creación es la primera ejecución del decreto, la providencia es la segunda y continua: «Dios ejecuta sus decretos en las obras de creación y de providencia» (CMe 8). El capítulo avanza de lo universal a lo particular y de la regla a sus casos difíciles. Primero, la providencia universal: el gran Creador sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas y acciones, de la mayor a la menor, conforme a su infalible presciencia y al consejo de su voluntad, para gloria suya (5.1). Segundo, su modo: por relación a la causa primera todo acontece infalible e inmutablemente, pero Dios ordena que acontezca conforme a la naturaleza de las causas segundas —necesaria, libre o contingentemente—, de suerte que su soberanía no anula la libertad ni el azar aparente, sino que los gobierna (5.2); y aunque ordinariamente obra por medios, es libre para obrar sin ellos, sobre ellos y contra ellos (5.3). Y luego, los casos que prueban la doctrina: la providencia se extiende aun a los pecados de ángeles y hombres —no por mera permisión, sino gobernándolos hacia fines santos, sin ser por ello autor del pecado (5.4)—; deja por un tiempo a sus propios hijos en tentación, como Padre que disciplina, para su bien (5.5); ciega y endurece judicialmente a los impíos por sus pecados (5.6); y cuida de su Iglesia de un modo muy especial, disponiéndolo todo para el bien de ella (5.7). La providencia, así entendida, no es fatalismo que anule los medios ni deísmo que aleje a Dios, sino el gobierno sapientísimo, santísimo y paternal del Dios que no abandona ni la más pequeña de sus criaturas, y que a los suyos los lleva, aun por el valle de sombra, a su bien.
Cómo leer este capítulo
El capítulo desciende por grados, de la afirmación más amplia a los casos que más cuestan. Abre con la regla universal (5.1): Dios sostiene y gobierna todo, lo grande y lo pequeño —no hay rincón de la realidad fuera de su mano—. Sigue el modo de ese gobierno (5.2–5.3): cómo la certeza del decreto convive con la libertad y la contingencia de las causas segundas, y cómo Dios, que ordinariamente obra por medios, no está atado a ellos. Y entonces el capítulo afronta las tres dificultades que toda doctrina de la providencia debe responder. Primera: ¿qué del pecado? (5.4) —Dios lo gobierna sin ser su autor—. Segunda: ¿qué de los sufrimientos del creyente? (5.5) —Dios deja a sus hijos en pruebas, como Padre, para su bien—. Tercera: ¿qué del endurecimiento del impío? (5.6) —Dios lo ciega judicialmente, por su pecado—. Y cierra donde culmina la historia (5.7): la providencia universal tiene un centro, la Iglesia, para cuyo bien todo se dispone. Universalidad, modo, pecado, prueba, juicio, Iglesia: del cuidado de la criatura más pequeña al de la Iglesia, un solo gobierno.
Texto confesional
5.1. Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas, acciones y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su sapientísima y santísima providencia, conforme a su infalible presciencia y al libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, bondad y misericordia.
Referencias bíblicas: He 1:3; Dn 4:34, 35; Sal 135:6; Hch 17:25, 26, 28; Job 38–41; Mt 10:29–31; Pr 15:3; Sal 104:24; 145:17; Hch 15:18; Sal 94:8–11; Ef 1:11; Sal 33:10, 11; Is 63:14; Ef 3:10; Ro 9:17; Gn 45:7; Sal 145:7; Mt 6:26, 30; 1 Cr 16:9.
5.2. Aunque, en relación con la presciencia y el decreto de Dios, la causa primera, todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente, sin embargo, por la misma providencia, él ordena que acontezcan conforme a la naturaleza de las causas segundas, sea necesaria, libre o contingentemente.
Referencias bíblicas: Hch 2:23; Gn 8:22; Jer 31:35; Éx 21:13 con Dt 19:5; 1 R 22:28, 34; Is 10:6, 7.
5.3. Dios, en su providencia ordinaria, hace uso de medios; sin embargo, es libre para obrar sin ellos, sobre ellos y contra ellos, según le place.
Referencias bíblicas: Hch 27:31, 44; Is 55:10, 11; Os 2:21, 22; 1:7; Mt 4:4; Job 34:20; Ro 4:19–21; 2 R 6:6; Dn 3:27.
5.4. El poder omnipotente, la insondable sabiduría y la infinita bondad de Dios se manifiestan de tal manera en su providencia, que esta se extiende aun hasta la primera caída y a todos los demás pecados de ángeles y hombres; y esto no por una mera permisión, sino por una permisión tal que tiene unida a sí una sapientísima y poderosísima limitación, y un ordenar y gobernar esos pecados de otras maneras, en una dispensación múltiple, para sus propios santos fines; pero de tal manera que la pecaminosidad de ellos procede solamente de la criatura, y no de Dios, quien, siendo santísimo y justísimo, ni es ni puede ser autor o aprobador del pecado.
Referencias bíblicas: Ro 11:32–34; 2 S 24:1 con 1 Cr 21:1; 1 R 22:22, 23; 1 Cr 10:4, 13, 14; 2 S 16:10; Hch 2:23; 4:27, 28; 14:16; Sal 76:10; 2 R 19:28; Gn 50:20; Is 10:6, 7, 12; Stg 1:13, 14, 17; 1 Jn 2:16; Sal 50:21.
5.5. El sapientísimo, justísimo y clementísimo Dios deja muchas veces, por un tiempo, a sus propios hijos en múltiples tentaciones y en la corrupción de sus propios corazones, para castigarlos por sus pecados anteriores, o para descubrirles la fuerza oculta de la corrupción y el engaño de sus corazones, a fin de que sean humillados; y para levantarlos a una dependencia más estrecha y constante de él para su sostén, y para hacerlos más vigilantes contra todas las futuras ocasiones de pecado, y para otros varios fines justos y santos.
Referencias bíblicas: 2 Cr 32:25, 26, 31; 2 S 24:1; 2 Co 12:7–9; Sal 73; 77:1–10, 12; Mr 14:66 ss. con Jn 21:15–17.
5.6. En cuanto a aquellos hombres malvados e impíos a quienes Dios, como juez justo, ciega y endurece por sus pecados anteriores, no solo les retiene su gracia, por la cual podrían haber sido iluminados en sus entendimientos y movidos en sus corazones, sino que a veces también les retira los dones que tenían, y los expone a aquellos objetos de los cuales su corrupción hace ocasión de pecado; y además, los entrega a sus propias concupiscencias, a las tentaciones del mundo y al poder de Satanás; por lo cual acontece que se endurecen a sí mismos, aun bajo aquellos medios que Dios usa para ablandar a otros.
Referencias bíblicas: Ro 1:24, 26, 28; 11:7, 8; Dt 29:4; Mt 13:12; 25:29; Dt 2:30; 2 R 8:12, 13; Sal 81:11, 12; 2 Ts 2:10–12; Éx 7:3 con 8:15, 32; 2 Co 2:15, 16; Is 8:14; 1 P 2:7, 8; Is 6:9, 10 con Hch 28:26, 27.
5.7. Así como la providencia de Dios alcanza, en general, a todas las criaturas, así también, de una manera muy especial, cuida de su Iglesia, y dispone todas las cosas para el bien de ella.
Referencias bíblicas: 1 Ti 4:10; Am 9:8, 9; Ro 8:28; Is 43:3–5, 14.
Exposición doctrinal
La providencia en la historia de la redención
La providencia es la historia misma vista desde la mano de Dios, y la Confesión la oye de la Escritura antes de exponerla. Que Cristo «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» lo dice Hebreos 1:3; que «en él vivimos, y nos movemos, y somos», Hechos 17:28; que ni un pajarillo cae «sin vuestro Padre», Mateo 10:29; que Dios «hace todas las cosas según el designio de su voluntad», Efesios 1:11; y que gobierna aun el pecado para bien sin ser su autor, lo dicen a una José —«vosotros pensasteis mal… mas Dios lo encaminó a bien» (Gn 50:20)— y Pedro sobre la cruz (Hch 2:23). Sobre ese testimonio descansa el capítulo.
Si el decreto (cap. 3) es el plan y la creación (cap. 4) su comienzo, la providencia es Dios llevando ese plan a término a lo largo de todo el tiempo, «desde la más grande hasta la más pequeña» de las cosas. Por eso este capítulo no es un paréntesis filosófico sobre el azar y la necesidad, sino el marco en que ocurre toda la historia de la salvación: la llamada de Abraham, el cautiverio y el éxodo, los jueces y los reyes, el destierro y el retorno, y al fin la plenitud del tiempo en que Dios envió a su Hijo —todo ello es providencia, el decreto eterno desplegándose en sucesos concretos—.
Hay un lugar donde providencia, pecado y redención se anudan a la vez, y la Confesión lo tiene a la vista: la cruz. La sección 5.4 enseña que Dios gobierna aun los pecados de los hombres sin ser su autor, y el caso supremo de esa verdad es el Calvario. Pedro lo predica sin contradicción: Jesús fue entregado «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» y, a la vez, «prendisteis y matasteis por manos de inicuos» (Hch 2:23). El mismo acto fue el mayor crimen de la historia —obra libre y culpable de hombres malvados— y el medio decretado de la salvación del mundo. La pecaminosidad procedió enteramente de la criatura; el bien, enteramente de Dios. José ya lo había dicho en pequeño, prefigurando la cruz: «vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien… para mantener en vida a mucho pueblo» (Gn 50:20). La providencia que gobierna el pecado sin mancharse es la misma que convirtió el peor de los pecados en la redención de los pecadores.
Y el capítulo termina mirando al final de la historia (5.7): la providencia universal cuida «de una manera muy especial» de la Iglesia. Toda la creación es gobernada, pero hacia un fin: el bien del pueblo del pacto, la esposa que Cristo prepara para sí. De ahí que «todas las cosas» —también las adversas— «ayuden a bien a los que aman a Dios» (Ro 8:28): no porque todo sea bueno en sí, sino porque el Dios que todo lo gobierna lo ordena todo al bien de los suyos y a la gloria de su nombre. La providencia, leída así, no es una rueda ciega del destino, sino el camino —a veces oscuro— por el que el Padre lleva a sus hijos a casa.
5.1 · El gobierno de todo, lo grande y lo pequeño
«Dios… sostiene, dirige, dispone y gobierna todas las criaturas, acciones y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña.» La afirmación es total por arriba y por abajo: ni el imperio más vasto ni el pajarillo que cae escapan a su gobierno (Mt 10:29). Los cuatro verbos cubren dos obras. La conservación: Dios sostiene en el ser a todo lo que creó —el mundo no se mantiene por inercia, como si Dios lo hubiera dado cuerda y se hubiera retirado, sino que pende a cada instante de su poder (He 1:3)—; su sostenimiento, como dice Van Dixhoorn, «no es un plan de conservación mínimo».1 Esto excluye el deísmo, que confiesa a un Creador ausente. Y el gobierno: Dios dirige, dispone y gobierna las acciones y los acontecimientos hacia los fines de su consejo. Todo ello «conforme a su infalible presciencia y al libre e inmutable consejo de su propia voluntad»: la providencia ejecuta en el tiempo lo que el decreto resolvió en la eternidad (cap. 3). No hay azar para Dios, porque nada le es contingente o incierto (2.2); pero tampoco hay capricho, porque su gobierno es «sapientísimo y santísimo». Y todo ese gobierno mira a un fin que el creyente no debe perder de vista: «lo más importante —recuerda Van Dixhoorn— es que la providencia de Dios obra para la gloria de su nombre».2
En los Catecismos. CFW 5.1 ↔ CMe 8, 11 y CMa 14, 18: Dios «ejecuta sus decretos en las obras de creación y de providencia» (CMe 8); y sus obras de providencia son «su preservar y gobernar todas sus criaturas y todas las acciones de estas, de manera sumamente santa, sabia y poderosa» (CMe 11). Los Catecismos resumen los cuatro verbos de 5.1 en dos cabezas —preservar (conservación) y gobernar—; el Mayor añade «ordenándolas… para su propia gloria» (CMa 18).
5.2 · Certeza sin necesidad: las causas segundas
Aquí la Confesión responde a la objeción que toda doctrina de la providencia recibe: si Dios lo gobierna todo infaliblemente, ¿no quedan abolidas la libertad y el azar? La respuesta distingue dos planos. En relación con Dios, la causa primera, «todas las cosas acontecen inmutable e infaliblemente» —lo que él decretó, se cumple sin falta—: Dios, en la imagen de Van Dixhoorn, «es tanto el arquitecto como el capataz, y no hay detalle que cambie a medida que el plan se desenvuelve».3 Pero «por la misma providencia, él ordena que acontezcan conforme a la naturaleza de las causas segundas» —es decir, según el modo propio de cada causa—. Y los modos son tres. Unas cosas suceden necesariamente, por la naturaleza de la causa: el fuego quema, la piedra cae. Otras suceden libremente, por la voluntad del agente: el hombre elige y obra sin coacción. Otras suceden contingentemente, por el concurso de causas que pudieron darse o no: el azar aparente de lo que llamamos casualidad. Lo decisivo es que Dios no aplana esos modos: decretó no solo qué sucede, sino cómo sucede, de suerte que la necesidad sea necesaria, la libertad libre y la contingencia contingente —y todo, a la vez, infalible respecto de él—. Por eso el cristiano no es fatalista. El fatalismo dice que las cosas pasarán de cualquier modo, y por eso da igual obrar; la Confesión dice que Dios obra a través de las causas segundas, de modo que las decisiones libres del hombre son reales y tienen efectos reales, aunque todas entren en el decreto. Certeza, sí; pero no necesidad que ahogue la libertad.
5.3 · Dios y los medios
De ahí se sigue el trato de los medios. «En su providencia ordinaria», Dios «hace uso de medios»: ordinariamente da el pan por el trabajo, la salud por la medicina, la fe por la predicación. Pero «es libre para obrar sin ellos, sobre ellos y contra ellos». Sin ellos, como alimentó a Elías sin sembrar; sobre ellos, como multiplicó los panes más allá de su medida; contra ellos, como hizo que el fuego no quemara a los tres jóvenes (Dn 3:27). El milagro es esta providencia extraordinaria. Pero conviene la nota pastoral: que Dios sea libre respecto de los medios no exime al creyente de usarlos. Nosotros estamos mandados a sembrar, a trabajar, a tomar la medicina, a usar los medios ordinarios de gracia —la Palabra, los sacramentos, la oración—; presumir de la providencia para descuidar los medios es tentar a Dios, no confiar en él.
5.4 · La providencia y el pecado
Esta es la sección más delicada, y la Confesión la redacta con extremo cuidado. Por un lado, no exime al pecado del gobierno de Dios: la providencia «se extiende aun hasta la primera caída y a todos los demás pecados de ángeles y hombres» —si algo, lo más horrendo incluso, quedara fuera del gobierno de Dios, Dios no sería soberano—. Por otro lado, guarda a Dios de toda mancha. ¿Cómo gobierna Dios el pecado sin ser su autor? La Confesión responde con una negación y tres afirmaciones. La negación: «no por una mera permisión» —Dios no se limita a mirar de lejos, como un espectador pasivo; su permisión no es desnuda ni ociosa, sino lo que la tradición reformada llama permisión eficaz—. Las afirmaciones: su permisión lleva unida (1) una «sapientísima y poderosísima limitación» —Dios pone límites al pecado, que no llega más allá de donde él consiente—; (2) un «ordenar y gobernar» esos pecados «de otras maneras» —Dios dirige el pecado, contra la intención del pecador, hacia fines distintos—; (3) «para sus propios santos fines» —de modo que del mal saca bien—. Y entonces la salvaguarda exacta: «la pecaminosidad de ellos procede solamente de la criatura, y no de Dios, quien… ni es ni puede ser autor o aprobador del pecado». La distinción es fina pero firme: Dios ordena que el acto sea y lo gobierna a fines santos, pero la pecaminosidad del acto —lo que lo hace pecado— nace enteramente de la criatura. El caso supremo es la cruz (Hch 2:23; como se expuso en 3.1): Dios la decretó para salvación; los hombres la ejecutaron por malicia; el pecado fue solo de ellos, el bien solo de Dios. Allí la providencia alcanza su esplendor: Dios, dice Van Dixhoorn, «por medio de una justicia sacrificial, nos muestra el esplendor de su providencia al darnos a su Hijo».4 Esto refuta a la vez dos errores: el que hace a Dios autor del pecado (y blasfema), y el que, por salvar la santidad de Dios, lo deja sin gobierno sobre el mal (y niega su soberanía).
En los Catecismos. CFW 5.4 ↔ CMa 19: la providencia sobre los ángeles —Dios «permitió que algunos… cayeran en pecado y condenación, limitando y ordenando eso, y todos sus pecados, para su propia gloria»—: la misma «limitación» y «ordenamiento» de 5.4, aplicada al pecado angélico, es prueba de que la permisión divina no es pasiva.
5.5 · La dejación paternal de los hijos de Dios
¿Y los sufrimientos y caídas del propio creyente? La Confesión enseña que Dios «deja muchas veces, por un tiempo, a sus propios hijos en múltiples tentaciones y en la corrupción de sus propios corazones». Esta sección, como observa Van Dixhoorn, es «pastoral primeramente».5 Tres rasgos guardan esta verdad de toda desesperanza. Primero, el sujeto: es «el sapientísimo, justísimo y clementísimo Dios» quien hace esto —no un Dios airado, sino un Padre—. Segundo, la medida: «por un tiempo», no para siempre; es dejación temporal, no abandono. Tercero, y sobre todo, los fines, que son todos de gracia: para castigarlos —con disciplina paternal, no con pena judicial (He 12:6)—, para descubrirles la corrupción oculta de su corazón y humillarlos, para levantarlos a una dependencia más estrecha de Dios, para hacerlos más vigilantes contra el pecado. Pedro, dejado caer en la negación y restaurado junto al fuego (Mr 14; Jn 21), es el caso vivo: la caída no fue su ruina, sino el medio de su humillación y de un amor más hondo. Aquí está la consolación que el creyente afligido necesita: tu prueba no es señal de la ira de Dios, sino de su cuidado; para el que está en Cristo «no hay condenación» (Ro 8:1), y aun la dejación es medicina de Padre. Conviene distinguir con firmeza esta sección de la siguiente: a sus hijos Dios los deja por un tiempo para su bien; a los impíos los endurece por su pecado.
5.6 · El endurecimiento judicial de los impíos
El reverso de 5.5. De «aquellos hombres malvados e impíos», Dios, «como juez justo», «ciega y endurece por sus pecados anteriores». Nótese: el endurecimiento es judicial, no arbitrario —supone una culpa previa; Dios no endurece a un inocente, sino que entrega al pecador a las consecuencias de su propio pecado—. La Confesión describe el modo en grados que se agravan: Dios retiene su gracia (que habría iluminado y movido el corazón); a veces retira los dones que el hombre tenía; lo expone a aquello que su corrupción convierte en ocasión de pecado; y lo entrega —el verbo de Romanos 1— a sus propias concupiscencias, al mundo y a Satanás. El resultado: «se endurecen a sí mismos, aun bajo aquellos medios que Dios usa para ablandar a otros». Aquí está la doble agencia que el caso de Faraón ilustra (Éx 7–9): Dios endurece a Faraón, y Faraón endurece su propio corazón —y ambas cosas son verdad, sin contradicción, porque Dios obra justamente al entregar al pecador a lo que el pecador quiere—. La misma predicación que ablanda a unos endurece a otros (2 Co 2:15, 16): no porque la Palabra falle, sino porque el corazón endurecido la rechaza para su mayor juicio. La responsabilidad queda íntegra en la criatura; el juicio, en Dios.
5.7 · La providencia especialísima sobre la Iglesia
El capítulo cierra elevando la mirada. La providencia universal de 5.1 tiene un centro: «de una manera muy especial, cuida de su Iglesia, y dispone todas las cosas para el bien de ella». Dios gobierna todo el universo, pero lo gobierna hacia un fin —el bien de su pueblo y la gloria de su nombre—. Por eso Romanos 8:28 no es un consuelo genérico, sino la consecuencia de esta doctrina: «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». Todas —también la enfermedad, la pérdida, la persecución—; no porque sean buenas en sí, sino porque el Dios que las gobierna las ordena al bien de los suyos. La Iglesia, perseguida y débil en apariencia, está en el centro del gobierno del mundo, y su preservación no depende de su fuerza, sino del cuidado especial de Aquel que dispone todas las cosas para ella. Por eso Van Dixhoorn puede cerrar el capítulo con una certeza para cada creyente: «su santa, sabia, y perfecta providencia obrará para tu bien y su gloria».6
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
Este capítulo no forjó doctrina nueva: recogió y fijó, con precisión escolástica, la doctrina reformada común de la providencia, ya madura en la ortodoxia continental y británica del siglo XVII —la distinción entre conservación, concurso y gobierno; el par causa primera / causas segundas; la tríada modal de 5.2; y la frontera entre la providencia y el pecado mediante una permisión que limita, ordena y gobierna—. Hodge ordenó esa herencia situando la verdad reformada entre dos extremos: el deísmo, que reduce a Dios a una primera causa que «tocó la creación sólo en el principio», y el panteísmo, que disuelve a las criaturas en modos de la sustancia divina; y advierte que aun «algunos teólogos verdaderamente cristianos» rozan este segundo error cuando niegan a las criaturas eficacia real y hacen de Dios el único agente del universo —con lo cual el libre albedrío y la responsabilidad moral del hombre quedarían en «imaginaciones vanas»—.7 Frente al primero vale lo dicho en 5.1; y frente al fatalismo, la tríada de 5.2 halló en Hodge una fórmula exacta: aun el alma, en el ejercicio de su libre albedrío, «obra conforme a su ley propia, excluyendo la necesidad, aunque no la certeza».8 Certeza sin necesidad: como quedó dicho en 5.2.
También los rótulos tienen su historia, y conviene distinguir la etiqueta de la sustancia. «Permisión eficaz» —el nombre con que la exposición de 5.4 designó la posición confesional— es categoría de la dogmática posterior, no frase de la Confesión: capta con exactitud lo que el texto afirma (la permisión que lleva unidas limitatio y ordinatio et gubernatio), pero el rótulo es de la escuela y solo la sustancia es del texto. Algo semejante vale para la división triple de 5.4 atribuida a Carruthers —la providencia es universal y alcanza aun la caída; domina el mal, no por mera permisión; no tiene responsabilidad alguna en el pecado, que procede solo de la criatura—: no es un dato externo que haya que creer, sino una lectura verificable en la sección misma y en su latín.9 Y en 5.6, la fórmula ob peccata præcedentia —«por sus pecados anteriores»— fijó de una vez que el endurecimiento presupone culpa previa, deslindando la doctrina reformada de toda caricatura de un Dios que endurece arbitrariamente (como quedó dicho en 5.6).
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estos contrastes y rótulos son historia de la doctrina, leída en el texto confesional y en sus expositores, no debates asentados en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Lo que puede decirse —y lo que no— de la mesa misma es lo que sigue.
En la mesa de la Asamblea
Hay que decirlo con llaneza: para este capítulo, este comentario no documenta debate alguno de la Asamblea —ningún informe de comité, ninguna sesión fechada, ningún voto asentado sobre la providencia consta en las fuentes primarias aquí verificadas—. No se afirma ningún debate que no conste en fuente primaria verificada; y donde el registro calla, el comentarista también. La certeza disponible es de otro orden, y no es poca: todas las distinciones técnicas del capítulo —los cuatro verbos de 5.1, la tríada modal, la permisión que no es «desnuda»— constan en el texto mismo y en su traducción latina, sin necesidad de actas. Lo que la Asamblea decidió está en lo que la Asamblea escribió.
Queda una sola afirmación histórica por hacer, y ha de hacerse con su marca. La cláusula que rechaza la «mera permisión» (permissione nuda) tiene un blanco doctrinal reconocible: la concepción de una permisión meramente pasiva del pecado, que la ortodoxia reformada del siglo XVII rechazaba frente a corrientes jesuitas —la scientia media y la doctrina del concurso— y arminianas. Esta lectura del blanco de la fórmula es una inferencia histórica razonable, no un dato documentado de la Asamblea: la Confesión no nombra a ningún interlocutor, ni este comentario documenta debate alguno de la Asamblea sobre el punto ni nombra a personas en el recinto. Preséntese, pues, como corriente doctrinal combatida por la formulación, no como acta. [AMARILLO en la atribución nominal; VERDE en el carácter de la permissio nuda como concepto que la formulación combate.] El detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
Pocas doctrinas tocan tan de cerca la vida diaria del creyente, y pocas se prestan a tantos consuelos falsos y verdaderos. Bien entendida, la providencia destierra a la vez el deísmo y el fatalismo: ni un Dios ausente que dejó al mundo a su suerte, ni un destino ciego que hace inútil obrar. El cristiano vive entre causas segundas reales —trabaja, ora, decide, usa los medios— sabiendo que su Padre gobierna todo el conjunto. Y enseña a leer la adversidad sin los dos errores comunes en el mundo hispanohablante: ni el fatalismo del «Dios lo quiso» que se resigna y abandona los medios, ni la teología de la prosperidad que lee toda aflicción como castigo o falta de fe. La providencia enseña que el creyente afligido puede estar bajo la disciplina amorosa del Padre (5.5), no bajo su ira; y que la prosperidad no es prueba automática de favor ni la adversidad de rechazo.
En el púlpito
Predicar la providencia es predicar el consuelo de la soberanía de Dios, con sus dos cautelas. La primera: no usar 5.4 para hacer a Dios autor del pecado ni para excusar al pecador («estaba de Dios»); la Confesión es exacta —Dios gobierna el pecado, pero la pecaminosidad es solo de la criatura—. La segunda: no aplicar a los impíos el consuelo de los hijos ni a los hijos el terror de los impíos; 5.5 y 5.6 se distinguen, y el predicador debe saber a quién habla. Bien predicada, esta doctrina sostiene al afligido, humilla al confiado y advierte al endurecido.
En la catequesis
El capítulo se enseña con CMe 8, 11 y CMa 14, 18–20 (véanse los recuadros «En los Catecismos» para CMa 14, 18 y 19). Conviene enseñar de una vez la distinción decreto/ejecución (lo que Dios resolvió en la eternidad, lo hace en el tiempo) y la concurrencia de las causas segundas, para que el catecúmeno no caiga ni en el fatalismo ni en la idea de un Dios ocioso. Y conviene enseñar la providencia sobre el pecado (CMa 19, los ángeles) y sobre el hombre creado (CMa 20) como aplicación concreta de 5.4 y 5.1.
En la membresía y la cura de almas
Esta es la doctrina del consuelo en la prueba. Al miembro que sufre se le enseña 5.5: que su prueba, si está en Cristo, viene de la mano de un Padre sapientísimo, justísimo y clementísimo, por un tiempo y para su bien; que sus caídas, aun, pueden ser el medio por el que Dios lo humilla y lo acerca. Y se le dirige a Romanos 8:28 no como tópico, sino como promesa fundada en el gobierno de Dios. La providencia, en la cura de almas, no minimiza el dolor; lo pone en las manos del Padre.
En la formación de oficiales
El candidato debe poder explicar la concurrencia de la causa primera y las causas segundas (5.2) sin caer en el fatalismo ni en el deísmo; sostener la providencia sobre el pecado (5.4) sin hacer a Dios su autor, distinguiendo el gobierno del acto de su pecaminosidad; distinguir con claridad la dejación paternal (5.5) del endurecimiento judicial (5.6), con sus sujetos, modos y fines distintos; y conducir la doctrina, como hace el capítulo, al consuelo de la Iglesia (5.7). El oficial necesita esta precisión para consolar sin engañar y para advertir sin desesperar.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido. Para cada avanzada se indica entre corchetes dónde buscar la respuesta.
Básicas. (1) ¿Qué dos obras ejecuta Dios según el decreto (5.1; CMe 8)? (2) ¿Hasta dónde llega la providencia de Dios (5.1)? (3) ¿Qué son las causas segundas, y de cuántos modos obran (5.2)? (4) ¿Está Dios atado a los medios (5.3)? Dé un ejemplo de cada caso. (5) ¿Cómo se relaciona Dios con el pecado, según 5.4? (6) ¿Por qué deja Dios a sus hijos en tentaciones, y por cuánto tiempo (5.5)? (7) ¿A quién ciega y endurece Dios, y por qué causa (5.6)? (8) ¿De qué modo cuida Dios de su Iglesia (5.7)?
Avanzadas. (1) ¿Cómo concilia 5.2 la certeza infalible del decreto con la libertad y la contingencia? Distinga los tres modos de las causas segundas. [Exp. 5.2.] (2) ¿Por qué el cristiano no es fatalista, aunque crea que Dios gobierna todo? [Exp. 5.2.] (3) Explique la negación y las tres afirmaciones de 5.4. ¿Cómo gobierna Dios el pecado sin ser su autor? Use la cruz (Hch 2:23) y a José (Gn 50:20). [Exp. 5.4.] (4) Distinga la dejación paternal de 5.5 del endurecimiento judicial de 5.6: sujeto, modo, causa y fin de cada una. [Exp. 5.5–5.6.] (5) ¿Qué es la doble agencia en el caso de Faraón (Éx 7–9)? ¿Cómo puede ser verdad que Dios lo endureció y que él se endureció? [Exp. 5.6.] (6) ¿Por qué Romanos 8:28 es consecuencia de 5.7 y no un consuelo genérico? [Exp. 5.7.] (7) ¿Cómo se distingue esta doctrina del deísmo, del fatalismo y de la teología de la prosperidad? [Para la iglesia.]
Glosario del capítulo
Providencia — la obra por la cual Dios sostiene y gobierna todas sus criaturas y acciones, ejecutando en el tiempo lo que decretó en la eternidad (5.1; CMe 11).
Conservación (sostener / preservar) — el sostenimiento continuo de las criaturas en el ser; el latín sustentat abarca tanto «sostener» (Confesión) como «preservar» (Catecismos).
Gobierno — la dirección de las criaturas y los acontecimientos hacia los fines del consejo de Dios (dirigir, disponer, gobernar).
Causa primera — Dios, fuente y gobernador de todo; respecto de él todo acontece infalible e inmutablemente (5.2).
Causas segundas — las causas creadas, por las que Dios ordinariamente obra; reales y eficaces, gobernadas pero no abolidas por la causa primera (5.2).
Necesaria, libre o contingentemente — los tres modos según los cuales obran las causas segundas: por necesidad de naturaleza, por libre voluntad, o por concurso contingente; el decreto los gobierna sin aplanarlos.
Concurrencia (concurso) — la doctrina de que Dios obra con y a través de las causas segundas, de modo que el mismo efecto es de Dios (como causa primera) y de la criatura (como causa segunda).
Permisión eficaz (no «mera permisión») — el modo en que Dios se relaciona con el pecado: no lo causa ni lo aprueba, pero tampoco solo lo mira; lo limita, lo ordena y lo gobierna hacia fines santos (5.4).
Dejación paternal — el dejar Dios a sus hijos, por un tiempo, en tentación o caída, como Padre que disciplina para su bien (5.5); distíngase del endurecimiento.
Endurecimiento judicial — el cegar y endurecer Dios a los impíos por sus pecados anteriores, entregándolos a sus concupiscencias; obra del juez justo, no del Padre (5.6).
Providencia especial — el cuidado particular de Dios sobre su Iglesia, disponiéndolo todo para el bien de ella (5.7; Ro 8:28).
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo (con las adiciones de pruebas de 5.1 verificadas); Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control; S. W. Carruthers (C, 1937), guía de la historia textual.
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. V — exposición de la providencia, con los tres «sistemas» (deísmo, panteísmo, doctrina reformada) y la concurrencia; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 5 — preguntas de clase sobre la providencia y el problema del mal.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad — The Banner of Truth Trust, 1.ª ed. española 2022; orig. Confessing the Faith, © 2014), cap. 5 (pp. 69–83); ISBN 978-1-80040-140-2 — guía de lectura moderna; voz de corroboración, bajo la Confesión, citada con atribución y página (da el contenido —causa primera y segundas, gobierno del pecado, consuelo—, no las etiquetas escolásticas «concurrencia», «permisión eficaz» o «doble agencia», que son de esta edición).
- Catecismos: CMe 8, 11; CMa 14, 18–20 (la ejecución del decreto en la providencia, y su aplicación a los ángeles y al hombre).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — convergente en «acontece»; colación íntegra del capítulo pendiente.
Footnotes
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Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 69. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 71. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 72. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 71. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 80. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 83. ↩
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A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. V. ↩
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Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. V. ↩
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S. W. Carruthers, The Westminster Confession of Faith (1937); la división es verificable en el texto de 5.4 y en la traducción latina de 1656/1659. ↩
