Capítulo 6 · De la caída del hombre, del pecado y de su castigo
Edición de estudio comentada
Para entrar: «¿Dónde estás?»
El jardín estaba hecho para la comunión. Dios había puesto al hombre en él, recto y dichoso, con una sola prohibición que probaba su amor. Y entonces entró una voz extraña —la serpiente, «astuta más que todos los animales del campo»— con una pregunta que sembraba la sospecha: «¿Conque Dios os ha dicho…?». La mujer miró el fruto, lo vio bueno, lo tomó y comió; y dio también a su marido, que comió con ella. En un instante todo cambió: se abrieron sus ojos, se supieron desnudos, cosieron hojas para cubrirse y, al oír a Dios que se paseaba por el huerto, hicieron lo que ningún hombre había hecho jamás: se escondieron de él.
Y Dios, que no necesitaba preguntar, preguntó: «¿Dónde estás?». No era una pregunta de geografía, sino de juicio y de gracia a la vez: el Creador buscando al hombre que ya no quería ser hallado. Toda la condición humana cabe en esa escena —el pecado, la vergüenza, el escondite, el miedo— y toda ella late bajo este capítulo.
Porque lo que Génesis 3 narra, el capítulo 6 lo confiesa en doctrina, y sin suavizarlo. No cuenta un tropiezo del que el hombre pueda levantarse por su cuenta, sino una caída de la que brotan la muerte espiritual, la corrupción de toda la naturaleza, la culpa heredada por toda la raza y la sujeción a la ira de Dios. Es el diagnóstico más sombrío de toda la Confesión, y el más necesario: nadie busca un Salvador mientras se crea sano.
Conviene, pues, leer este capítulo sin defenderse de él. Su sentencia deja al hombre entero bajo condenación, sin un resquicio por donde salvarse a sí mismo —y precisamente ahí, donde el hombre no puede dar un paso, es donde Dios abre la puerta del pacto de gracia (cap. 7)—. La pregunta «¿dónde estás?» espera todavía una respuesta que el hombre no puede dar; el resto de la Confesión cuenta cómo Dios mismo vino a darla.
Tesis doctrinal
Dicho cómo Dios creó al hombre recto y mutable (cap. 4) y cómo gobierna cuanto acontece (cap. 5), la Confesión cuenta la ruina. Avanza en un solo descenso. Primero, la caída misma: nuestros primeros padres, seducidos por Satanás, pecaron comiendo del fruto prohibido —y a Dios le agradó permitirlo, habiendo propuesto ordenarlo para su gloria, sin ser por ello autor del pecado (enlace con 5.4)—. Segundo, sus efectos en Adán y Eva: cayeron de su justicia original y de su comunión con Dios, quedaron muertos en el pecado y contaminados en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo. Tercero, la transmisión a la raza: siendo ellos la raíz del género humano, la culpa de aquel pecado fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida pasaron a toda su posteridad por generación ordinaria. Cuarto, el alcance de esa corrupción: de ella, por la cual estamos enteramente incapacitados y opuestos a todo bien e inclinados a todo mal, proceden todas las transgresiones actuales. Quinto, su permanencia: esa corrupción dura en los regenerados durante esta vida y —aunque perdonada y mortificada por Cristo— es verdadera y propiamente pecado. Y sexto, su castigo: todo pecado, original y actual, trae culpa sobre el pecador, lo obliga a la ira de Dios y a la maldición de la ley, y lo sujeta a la muerte con todas sus miserias. El capítulo deja al hombre entero bajo condenación —y esa es, precisamente, la puerta por la que entra el pacto de gracia (cap. 7)—.
Cómo leer este capítulo
El capítulo es un descenso ordenado. Empieza por el acto (6.1: el primer pecado, permitido y ordenado por Dios sin que él sea su autor). Pasa al efecto inmediato en los que lo cometieron (6.2: pérdida de la justicia original y de la comunión con Dios, muerte espiritual, corrupción de todas las facultades y partes). Sigue la transmisión a la raza (6.3: la culpa imputada y la naturaleza corrompida pasan a la posteridad —Adán como raíz y cabeza pública—). Luego, el alcance de esa corrupción heredada (6.4: incapacidad total para el bien, fuente de todas las transgresiones de acto). Después, su permanencia aun en los salvos (6.5: la corrupción dura en los regenerados y es verdadera y propiamente pecado). Y termina con el castigo que todo pecado merece (6.6: culpa, ira, maldición, muerte y toda miseria). Acto, efecto, transmisión, alcance, permanencia, castigo: seis secciones que dejan al hombre entero bajo condenación, sin un resquicio por donde se salve a sí mismo —el punto exacto donde solo cabe la gracia—.
Texto confesional
6.1. Nuestros primeros padres, seducidos por la astucia y tentación de Satanás, pecaron comiendo del fruto prohibido. Este pecado suyo, agradó a Dios, conforme a su sabio y santo consejo, permitirlo, habiendo propuesto ordenarlo para su propia gloria.
Referencias bíblicas: Gn 3:13; 2 Co 11:3; Ro 11:32.
6.2. Por este pecado, cayeron de su justicia original y de su comunión con Dios, y así quedaron muertos en el pecado, y enteramente contaminados en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.
Referencias bíblicas: Gn 3:6–8; Ec 7:29; Ro 3:23; Gn 2:17; Ef 2:1; Ro 5:12; Tit 1:15; Gn 6:5; Jer 17:9; Ro 3:10–19.
6.3. Siendo ellos la raíz de todo el género humano, la culpa de este pecado fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida fueron transmitidas a toda su posteridad que desciende de ellos por generación ordinaria.
Referencias bíblicas: Gn 1:27, 28; 2:16, 17; Hch 17:26; Ro 5:12, 15–19; 1 Co 15:21, 22, 45, 49; Sal 51:5; Gn 5:3; Job 14:4; 15:14.
6.4. De esta corrupción original, por la cual estamos enteramente indispuestos, incapacitados y opuestos a todo bien, y enteramente inclinados a todo mal, proceden todas las transgresiones actuales.
Referencias bíblicas: Ro 5:6; 8:7; 7:18; Col 1:21; Gn 6:5; 8:21; Ro 3:10–12; Stg 1:14, 15; Ef 2:2, 3; Mt 15:19; Jn 3:6.
6.5. Esta corrupción de naturaleza permanece, durante esta vida, en los que son regenerados; y aunque sea perdonada y mortificada por Cristo, sin embargo, tanto ella misma como todos sus movimientos son verdadera y propiamente pecado.
Referencias bíblicas: 1 Jn 1:8, 10; Ro 7:14, 17, 18, 23; Stg 3:2; Pr 20:9; Ec 7:20; Ro 7:5, 7, 8, 25; Gá 5:17.
6.6. Todo pecado, tanto el original como el actual, siendo transgresión de la justa ley de Dios y contrario a ella, trae, por su propia naturaleza, culpa sobre el pecador, por la cual este queda obligado a la ira de Dios y a la maldición de la ley, y así queda sujeto a la muerte, con todas las miserias espirituales, temporales y eternas.
Referencias bíblicas: 1 Jn 3:4; Ro 2:15; 3:9, 19; Ef 2:3; Gá 3:10; Ro 6:23; Ef 4:18; Ro 8:20; Lm 3:39; Mt 25:41; 2 Ts 1:9.
Exposición doctrinal
La caída en la historia de la redención
La caída no se entiende aislada: la Confesión la oye de la Escritura y la lee como el primer eslabón de la historia de la redención. Que nuestros primeros padres fueron seducidos lo dice Génesis 3:13 («la serpiente me engañó, y comí»); que quedaron muertos, Efesios 2:1; que el pecado entró por uno y pasó a todos, Romanos 5:12; que cada hombre nace ya viciado, el Salmo 51:5 («en pecado me concibió mi madre»); que el caído no puede sujetarse a Dios, Romanos 8:7; que aun el creyente no queda sin pecado, 1 Juan 1:8; y que «la paga del pecado es muerte», Romanos 6:23. Sobre ese testimonio se levanta el capítulo.
La caída es la bisagra de toda la Confesión. Cierra la primera parte —Dios, la creación, la providencia—, donde todo era «muy bueno», y abre la segunda —el pacto, el Mediador, la gracia aplicada—, donde Dios rescata lo que el hombre arruinó. Por eso el capítulo no se entiende aislado: es el primer eslabón de la historia de la redención leída desde su necesidad. Sin la caída tal como Westminster la confiesa —no un tropiezo educativo, sino la muerte espiritual y la corrupción de toda la raza—, ni la elección (cap. 3), ni la encarnación (cap. 8), ni el llamamiento eficaz (cap. 10) tendrían razón de ser. La hondura del remedio se mide por la hondura de la ruina.
El gozne está en la doctrina de Adán como raíz y cabeza pública (6.3). El apóstol opone dos hombres y dos actos cuyas consecuencias alcanzan a multitudes: «por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19). El primer Adán, por su desobediencia, transmitió a los suyos culpa y corrupción; el segundo Adán, Cristo, por su obediencia, transmite a los suyos justicia y vida (cap. 8). Y la lógica de la imputación es la misma en ambos: así como la culpa de Adán se imputa a su posteridad sin que ellos la cometieran en persona, así la justicia de Cristo se imputa al creyente sin que él la obre (cap. 11). Quien niega la primera imputación socava la segunda; quien la confiesa entiende por qué la salvación es enteramente de gracia.
Hay además un horizonte de esperanza que el capítulo no desarrolla pero hacia el cual apunta. Lo que Adán perdió —la justicia original, la comunión con Dios, el dominio— Cristo lo recobra y lo lleva más alto: la imagen se restaura en él (Col 3:10), la comunión se reabre por su sangre (cap. 8), y el estado final de los redimidos no es la mera vuelta al Edén, sino la libertad confirmada de la gloria, donde ya no se podrá caer (cap. 9). La caída, leída a la luz de toda la Escritura, no es la última palabra sobre el hombre: es el fondo oscuro sobre el cual resplandece la gracia.
6.1 · La caída: permitida, ordenada, y sin embargo enteramente del hombre
«Agradó a Dios… permitirlo, habiendo propuesto ordenarlo para su propia gloria.» La Confesión mantiene a la vez dos verdades que el incrédulo cree incompatibles. Por un lado, la caída no escapó al consejo de Dios: él la permitió, y su permisión —como enseñó 5.4— no fue pasiva, sino que tenía propuesto ordenar aun ese pecado a su gloria. Por otro lado, el pecado fue enteramente de nuestros primeros padres: ellos, no Dios, fueron seducidos por Satanás y comieron; la pecaminosidad procedió solo de la criatura (5.4). Dios no infundió el pecado ni movió la voluntad de Adán al mal; lo dejó a su propia libertad mutable (4.2), y Adán, sin coacción, cayó. Que Dios ordenara la caída a fines santos —entre ellos la manifestación de su gracia y su justicia en la redención— no lo hace su autor, como el juez que permite y gobierna un crimen para fines de justicia no lo comete. Aquí la Confesión pisa con cuidado, porque de un lado acecha el deísmo (un Dios sorprendido por la caída) y del otro la blasfemia (un Dios autor del pecado); y rechaza ambos. La caída, por lo demás, no es un episodio ajeno: como recuerda Van Dixhoorn, la Confesión «nos relata esta historia porque es nuestra historia».1
6.2 · Qué se perdió y qué se corrompió
El efecto fue doble: privación y corrupción. Privación: cayeron «de su justicia original y de su comunión con Dios» —perdieron la rectitud con que fueron creados (4.2) y la amistad con su Creador—. Corrupción: «quedaron muertos en el pecado, y enteramente contaminados en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo». «Muertos en el pecado» no es una metáfora suave: es muerte espiritual, incapacidad de la vida hacia Dios, como el cadáver no puede resucitarse a sí mismo (Ef 2:1). Y la contaminación es extensiva: alcanza «todas las facultades» —entendimiento, voluntad, afectos— «y partes del alma y del cuerpo»; «todos nuestros poderes, habilidades, cualidades y capacidades están infectados por el pecado», escribe Van Dixhoorn.2 Conviene precisar: la doctrina reformada de la corrupción total no dice que cada hombre sea tan malo como podría ser (eso sería corrupción intensiva, que la historia desmiente), sino que ningún rincón del hombre quedó indemne —no hay una facultad pura desde la cual el caído pueda volver a Dios por sí mismo—.
6.3 · Imputación y transmisión
Aquí la Confesión explica cómo la ruina de dos personas llegó a ser la ruina de la raza, y lo hace con dos categorías distintas e inseparables. La primera es la imputación: «la culpa de este pecado fue imputada» a la posteridad. Esto es un acto judicial de Dios: porque Adán era la raíz y la cabeza pública del género humano —su representante en el pacto (cap. 7)—, su primera transgresión se carga a la cuenta de todos los que estaban en él, de modo que «en Adán todos pecaron» (Ro 5:12): «Adán y Eva son la "raíz" del árbol de la humanidad», en la imagen de Van Dixhoorn.3 La segunda es la transmisión: «la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida fueron transmitidas a toda su posteridad». Esto es una ley natural de herencia: el corrupto engendra corrupto (Sal 51:5; Gn 5:3), de modo que cada hombre nace ya muerto en el pecado y con la naturaleza viciada —«ningún bebé nace siendo una tabula rasa», observa Van Dixhoorn—.4 Ambas confluyen en cada descendiente de Adán: es culpable (por la imputación) y corrompido (por la transmisión). Y la cláusula «por generación ordinaria» tiene un peso enorme: excluye a uno solo, Jesucristo, concebido no por generación ordinaria sino por el Espíritu Santo (Lc 1:35), y por eso libre de la culpa imputada y de la corrupción heredada —el segundo Adán que pudo ser cabeza de un pacto nuevo (cap. 8.2)—.
En los Catecismos. CFW 6.1–6.3 ↔ CMe 13, 15–16 y CMa 21–22: «nuestros primeros padres, dejados a la libertad de su propia voluntad, cayeron del estado en que fueron creados, pecando contra Dios» (CMe 13), comiendo del fruto prohibido (CMe 15); y «habiéndose hecho el pacto con Adán… para su posteridad, todo el género humano… pecó en él y cayó con él» (CMe 16). El Mayor precisa que el pacto se hizo con Adán «como persona pública» (CMa 22) —el término técnico de la cabeza federal—.
6.4 · La incapacidad total y sus frutos
De aquella corrupción original —«por la cual estamos enteramente indispuestos, incapacitados y opuestos a todo bien, y enteramente inclinados a todo mal»— «proceden todas las transgresiones actuales». La tríada es una gradación que conviene leer despacio: el hombre caído está indispuesto (no tiene inclinación al bien espiritual), incapacitado (no tiene poder para él) y opuesto (su voluntad resiste activamente a Dios). No es neutralidad ni mera debilidad: es enemistad (Ro 8:7). Y de esa raíz corrupta brotan los pecados de acto —las «transgresiones actuales»—, que no son la causa de la corrupción sino su fruto; y su tendencia, nota Van Dixhoorn, es «siempre hacia abajo, a menos que la gracia de Dios la detenga».5 Por eso el problema del hombre no se resuelve con educación ni con esfuerzo moral: el árbol malo da fruto malo porque es malo (Mt 7:17). Esta es la base antropológica de toda la doctrina de la gracia: si el hombre estuviera solo enfermo, bastaría una medicina que él tomara; estando muerto, hace falta resurrección (cap. 10).
En los Catecismos. CFW 6.2–6.4 ↔ CMe 18 y CMa 25: el resumen catequético más denso del capítulo —la pecaminosidad de aquel estado «consiste en la culpa del primer pecado de Adán, la falta de la justicia original y la corrupción de toda su naturaleza… junto con todas las transgresiones actuales» (CMe 18)—; el Mayor acota la incapacidad al bien «espiritualmente bueno» y añade «y eso continuamente» (CMa 25), de modo que no se niegue toda capacidad civil (cf. 16.7).
6.5 · La corrupción que permanece en los salvos
Una de las afirmaciones más realistas y consoladoras de la Confesión: «Esta corrupción de naturaleza permanece, durante esta vida, en los que son regenerados.» El cristiano no queda, en esta vida, libre de la corrupción; permanece en él, y «todos sus movimientos» —aun los primeros impulsos no consentidos— «son verdadera y propiamente pecado». Aquí Westminster contradice deliberadamente al Concilio de Trento, que enseñó que la concupiscencia remanente en el bautizado no es propiamente pecado. La Confesión dice lo contrario, y la diferencia es pastoralmente decisiva. Si la concupiscencia no fuera pecado, el creyente podría sentirse limpio mientras no consintiera; al confesar que lo es, la Confesión lo mantiene humilde, dependiente del perdón continuo y de la mortificación. Pero —y esto es el consuelo— esa corrupción «es perdonada y mortificada por Cristo»: perdonada en la justificación, de modo que ya no condena (Ro 8:1); mortificada en la santificación (cap. 13), de modo que va menguando, aunque nunca se erradique del todo en esta vida. De ahí que la vida cristiana sea, hasta el fin, una guerra (Gá 5:17) y un apoyarse en Cristo, no en la propia pureza. Esto desarma a la vez al perfeccionismo (que niega la corrupción remanente) y a la desesperación (que olvida el perdón y la mortificación).
6.6 · El castigo de todo pecado
El capítulo cierra con la sentencia. «Todo pecado, tanto el original como el actual» —no solo los grandes crímenes, sino la corrupción de origen y cada transgresión— «trae, por su propia naturaleza, culpa sobre el pecador». Y esa culpa tiene consecuencias graduadas: lo deja «obligado a la ira de Dios y a la maldición de la ley» —consignado al juicio, como reo obligado a comparecer— «y así… sujeto a la muerte, con todas las miserias espirituales, temporales y eternas». El pecado no es una infracción menor que Dios pueda pasar por alto sin más; es transgresión de su justa ley, y la justicia divina (cap. 2) exige su castigo. Por eso, frente a la distinción romana entre pecados mortales y veniales, vale el dicho de Van Dixhoorn: «los pecados veniales no existen… todo pecado es pecado mortal».6 Con esta sentencia el capítulo deja al hombre sin salida por sí mismo —y precisamente por eso, el lector que ha seguido el descenso está preparado para oír, en el capítulo 7, la única noticia que puede salvarlo: que a Dios le agradó hacer un pacto de gracia—.
En los Catecismos. CFW 6.6 ↔ CMe 19 y CMa 27–29: la miseria del estado caído —pérdida de la comunión con Dios, su ira y maldición, sujeción a las miserias de esta vida, a la muerte y a las penas del infierno (CMe 19)—, que el Mayor despliega en castigos «en este mundo» (CMa 28: interiores, como ceguera de mente y dureza de corazón; y exteriores) y «en el mundo venidero» (CMa 29).
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
Lo que este capítulo confiesa no lo estrenó Westminster: es la antropología de tradición agustiniana que la Reforma reafirmó y precisó —marco histórico general, ampliamente reconocido, aunque las fuentes locales del proyecto no nombran a Agustín a propósito de este capítulo, y así conviene dejarlo dicho—. Sus fronteras polémicas quedaron expuestas donde correspondía, y basta remitir. Contra Roma, la cláusula antitridentina de 6.5, la más nítida del capítulo: lo que se afirma es el contraste de contenido con el decreto de Trento sobre el pecado original; la coincidencia verbal con su letra queda sujeta a cotejo del texto tridentino, que no figura entre las fuentes locales.7 Contra el pelagianismo y el semipelagianismo, «muertos en el pecado» e «incapacitados» excluyen toda capacidad nativa de cooperar a la propia salvación —como quedó dicho en 6.2 y 6.4—. Y, en positivo, el marco de la teología federal reformada: la imputación de 6.3 presupone el pacto de obras y la representación que el capítulo 7 expondrá.
Dos precisiones de escuela, con su propia historia, guardan el capítulo de malentendidos. «Justicia original» es término técnico: la rectitud concreada de 4.2, no un mérito que Adán hubiera acumulado. La imputación de 6.3 recibió en la exposición de Hodge un deslinde exacto: el único pecado de Adán que la Confesión dice imputado es el primero —solo en aquella prueba representó a la raza; cumplida la pena, Adán «pasó luego a ser una persona privada»—.8 Y añádase el deslinde del castigo: el de 6.6 es, en el lenguaje de los teólogos, poena —ira, maldición y muerte: sentencia del juez—, distinta de la castigatio paterna de 5.5, que es disciplina de hijos y no condena; el español dice «castigo» para ambas, y el contexto guarda la diferencia.
La exposición de Hodge supo también dónde detenerse. Ante el porqué último —cómo pudo brotar el pecado de un corazón creado santo—, responde solo «con reverencia profunda: “Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos”» (Mt 11:26): el origen del pecado permanece misterio, y el comentario no debe ir más lejos de lo que la Confesión afirma.9 Y para mostrar que Westminster no confesaba en solitario, el mismo Hodge invoca como testigo comparativo continental los Cánones del Sínodo de Dort —que cita, en su numeración, como cap. III, § 2; la localización exacta del pasaje en los propios Cánones queda [AMARILLO], pendiente de cotejo de una edición de Dort—, según los cuales «la depravación moral la heredan todos los descendientes de Adán desde su nacimiento por el justo juicio de Dios».10
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas fronteras —Trento, el pelagianismo, el marco federal— son lectura del texto confesional en su contexto, inferencia razonable y no hecho documentado en las actas: las actas votan, no glosan. Lo que las actas conservan para este capítulo —y, sobre todo, lo que no conservan— es lo que sigue.
En la mesa de la Asamblea
Para este capítulo, la mesa está sobria. Ninguna variante del texto se dirime por las actas: las seis secciones coinciden en su redacción doctrinal en el manuscrito de 1646, el impreso de 1647, el recibido americano y la versión latina, como registra el aparato de este capítulo. Y este comentario no atribuye a la Asamblea ningún debate nominal sobre la caída que no esté documentado: la deliberada oposición a los tres frentes dichos se presenta como contexto e inferencia razonable, no como hecho asentado en el expediente.
Queda dicho, con la misma honestidad, el límite del expediente: las fuentes locales no documentan debate nominal alguno de la Asamblea sobre estas seis secciones. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
Pocas doctrinas son tan impopulares y tan necesarias. El pecado original choca con el optimismo moderno sobre la bondad natural del hombre, pero sin él el evangelio se vuelve incomprensible: quien no se sabe muerto no busca resurrección. Donde se cree esta doctrina, se predica la gracia y no el moralismo: si el problema del hombre fuera la ignorancia o la mala costumbre, bastaría enseñar y exhortar; siendo muerte y corrupción, hace falta el nuevo nacimiento. Y se corta de raíz la autojustificación: nadie llega a Dios alegando su bondad, porque no la tiene; todos llegan como reos que necesitan perdón. Esta doctrina humilla por igual al religioso y al irreligioso, y por eso es la gran niveladora ante la cruz.
En el púlpito
Predicar la caída es predicar con realismo el estado del oyente, para conducirlo a Cristo. Conviene guardarse de dos extremos: el que suaviza el pecado hasta hacerlo un mero defecto corregible (y entonces Cristo sobra), y el que lo predica sin esperanza, dejando al pecador aplastado sin señalarle al Salvador. La Confesión misma deja al hombre bajo condenación (6.6) precisamente para abrir la puerta del pacto de gracia (cap. 7); así debe hacer la predicación: mostrar la herida para anunciar el remedio. Y al predicar 6.5 a los creyentes, se les enseña a la vez sobriedad (la corrupción permanece) y consuelo (es perdonada y mortificada por Cristo), sin caer en el perfeccionismo ni en la desesperación.
En la catequesis
El capítulo se enseña con CMe 13–19 y CMa 21–29 (véanse los recuadros «En los Catecismos»). La P. 18 del Menor —el resumen de la pecaminosidad del estado caído— conviene memorizarla, porque ordena en una frase la culpa imputada, la falta de justicia original, la corrupción de la naturaleza y las transgresiones actuales. Enseñar el pecado original a los niños del pacto no es cargarlos de culpa morbosa, sino darles la verdad que hace inteligible su necesidad de Cristo desde temprano.
En la membresía y la cura de almas
A quien viene agobiado por su pecado se le enseña que su corrupción, por honda que sea, no excede la gracia de Cristo, que perdona y mortifica (6.5); y a quien viene confiado en su bondad se le muestra, con amor, que también él está muerto en delitos y necesita nacer de nuevo. En la guerra contra el pecado que permanece (6.5), la cura de almas no promete victoria total en esta vida, sino mortificación creciente y perdón seguro —y dirige al creyente, una y otra vez, a apoyarse en Cristo y no en sí mismo—.
En la formación de oficiales
El candidato debe distinguir la imputación de la culpa de Adán (acto judicial) de la transmisión de la corrupción (herencia natural), y mostrar cómo ambas confluyen en el caído; explicar la corrupción total como extensiva (todas las facultades) y no necesariamente intensiva; sostener, contra Trento, que la concupiscencia remanente es verdadera y propiamente pecado, y a la vez consolar con su perdón y mortificación en Cristo; y exponer la incapacidad total (6.4) como fundamento del monergismo de la gracia (caps. 9–10), sin negar la responsabilidad del pecador ni la capacidad civil que aún conserva (16.7). No son refinamientos: el oficial los necesita para predicar la gracia sin moralismo y para guardar al rebaño del orgullo y de la desesperación.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido. Para cada avanzada se indica entre corchetes dónde buscar la respuesta.
Básicas. (1) ¿Cómo cayeron nuestros primeros padres, y qué relación tuvo Dios con esa caída (6.1)? (2) ¿Qué perdieron y en qué quedaron por el pecado (6.2)? (3) ¿Cómo llegó el pecado de Adán a toda su posteridad (6.3)? (4) ¿Qué significa «generación ordinaria», y a quién excluye? (5) ¿Qué es la incapacidad total (6.4)? (6) ¿Permanece la corrupción en los creyentes? ¿Es pecado (6.5)? (7) ¿Qué trae todo pecado sobre el pecador (6.6)?
Avanzadas. (1) Distinga la imputación de la culpa de Adán de la transmisión de la corrupción. ¿Por qué son inseparables, y cómo confluyen en el caído? [Exp. 6.3.] (2) ¿Cómo se relaciona la imputación de Adán (6.3) con la imputación de la justicia de Cristo (cap. 11)? [Exp.: arco redentivo; 6.3.] (3) ¿Qué afirma y qué niega la «corrupción total»? Distinga lo extensivo de lo intensivo. [Exp. 6.2.] (4) ¿Por qué importa que «por generación ordinaria» excluya a Cristo (enlace con 8.2)? [Exp. 6.3.] (5) Explique la afirmación antitridentina de 6.5: ¿en qué consiste el consuelo y en qué la sobriedad? [Exp. 6.5.] (6) ¿Cómo funda la incapacidad total (6.4) el monergismo de la gracia (caps. 9–10) sin negar la responsabilidad del pecador? [Exp. 6.4.] (7) ¿Por qué la sentencia de 6.6 es la puerta del pacto de gracia (cap. 7)? [Exp. 6.6.]
Glosario del capítulo
Pecado original — el estado de pecado en que nace todo hombre: la culpa del primer pecado de Adán imputada, la falta de la justicia original y la corrupción de toda la naturaleza (6.2–6.4; CMe 18).
Pecado actual (transgresión actual) — el pecado de acto, que procede del pecado original; «actual» = de acto, no «presente» (6.4).
Imputación — el acto judicial por el cual algo se carga a la cuenta de otro: la culpa de Adán a su posteridad (6.3), y —a la inversa— la justicia de Cristo al creyente (cap. 11).
Cabeza pública (raíz) — Adán como representante federal del género humano, en quien todos pecaron (6.3; CMa 22).
Generación ordinaria — la procreación natural por la que se transmite el pecado original; excluye a Cristo, concebido por el Espíritu (6.3; cf. 8.2).
Muertos en el pecado — la muerte espiritual del caído: incapacidad real de vida hacia Dios, no mera enfermedad (6.2; Ef 2:1).
Corrupción total — la depravación que alcanza todas las facultades y partes del hombre (extensiva); no que cada uno sea tan malo como podría ser (intensiva) (6.2).
Incapacidad total — la condición del caído, enteramente indispuesto, incapacitado y opuesto a todo bien espiritual (6.4); fundamento de la gracia soberana (caps. 9–10).
Concupiscencia / movimientos — la corrupción remanente y sus primeros impulsos, aun no consentidos, que son verdadera y propiamente pecado (6.5).
Culpa (reato) — la responsabilidad forense ante la ley de Dios, por la cual el pecador queda obligado a la ira y a la maldición (6.3, 6.6); no un sentimiento.
Maldición de la ley — la sentencia de la ley contra el transgresor (Gá 3:10), de la que Cristo redime hecho maldición por los suyos (Gá 3:13).
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo; Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control; Carruthers (C, 1937), historia textual.
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. VI — exposición del pecado original, la imputación y la corrupción; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 6 — preguntas de clase sobre el pecado y la caída.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad — The Banner of Truth Trust, 1.ª ed. española 2022; orig. Confessing the Faith, © 2014), cap. 6 (pp. 87–99); ISBN 978-1-80040-140-2 — guía de lectura moderna; voz de corroboración, bajo la Confesión, citada con atribución y página.
- Trasfondo confesional: el Concilio de Trento, Sesión V (decreto sobre el pecado original), como contraste de 6.5 —la afirmación de que la concupiscencia remanente es verdadera y propiamente pecado—.
- Catecismos: CMe 13–19 (con la P. 18 como resumen áureo); CMa 21–29 (con la P. 22, «persona pública», y la P. 25, que acota la incapacidad al bien espiritual).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada para este capítulo; colación íntegra pendiente.
Footnotes
-
Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 87. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 89. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 91. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 94. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 95. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 98. ↩
-
Concilio de Trento, Sesión V, decreto sobre el pecado original. El contraste de contenido con CFW 6.5 está verificado en el cotejo del capítulo; la coincidencia verbal con la letra del decreto queda pendiente de cotejo del texto tridentino, que no figura entre las fuentes locales del proyecto. ↩
-
A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. VI; la fuente del expediente cita a Hodge por capítulo, sin paginación, y así se cita aquí. ↩
-
Hodge, Comentario, cap. VI. ↩
-
Cánones del Sínodo de Dort, según los cita Hodge, Comentario, cap. VI, con la numeración «cap. III, § 2»; la cita es fiel al texto de Hodge, y la localización del pasaje en los propios Cánones queda pendiente de cotejo de una edición de Dort. ↩
