Capítulo 8 · De Cristo el Mediador
Edición de estudio comentada
Para entrar: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Camino de Cesarea de Filipo, Jesús hace a sus discípulos una pregunta que, en el fondo, divide a la humanidad. Primero, una de sondeo: «¿quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Y las respuestas, todas elogiosas y todas insuficientes, se acumulan: unos, Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Grandes nombres, pero todos demasiado pequeños. Entonces viene la pregunta que de veras importa: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Y Pedro responde con la confesión que sostiene a la Iglesia: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mt 16:13–16).
Este capítulo es la respuesta detenida de la Iglesia a esa misma pregunta. Frente a las respuestas insuficientes de cada época —Jesús como gran maestro, como profeta, como ejemplo moral, como hombre excepcional—, la Confesión dice quién es: el Hijo eterno de Dios, de una misma sustancia con el Padre, que tomó nuestra carne sin dejar de ser Dios; verdadero Dios y verdadero hombre, un solo Cristo; el único Mediador entre Dios y los hombres.
Y no separa quién es de qué hace. El mismo capítulo que confiesa su persona confiesa su obra: ordenado por el Padre, ungido por el Espíritu, hecho bajo la ley y cumpliéndola, crucificado y muerto, resucitado, ascendido, intercediendo y volviendo a juzgar; y todo ello para satisfacer la justicia de Dios y adquirir y aplicar la salvación de los suyos. Quién es Cristo y qué hizo son una sola confesión, porque solo el Dios-hombre podía hacer lo que hizo.
Por eso este capítulo es el corazón de la Confesión: cuanto le precede prepara su venida, y cuanto le sigue brota de su obra. Conviene leerlo, pues, no como una página de cristología técnica, sino como la respuesta a la pregunta de la que pende la vida: «¿quién decís que soy yo?».
Tesis doctrinal
Confesado el pacto de gracia (cap. 7), la Confesión presenta a su Mediador. Avanza siguiendo la persona y la obra de Cristo. Primero, su ordenación eterna: agradó a Dios escoger y ordenar a su Hijo unigénito para ser el Mediador —Profeta, Sacerdote y Rey, Cabeza y Salvador de la Iglesia—, y darle desde la eternidad un pueblo para redimirlo. Segundo, su persona: el Hijo eterno, de una misma sustancia con el Padre, tomó la naturaleza humana en el cumplimiento del tiempo, de modo que dos naturalezas enteras y distintas —la divina y la humana— quedaron inseparablemente unidas en una sola persona, sin conversión, composición ni confusión: verdadero Dios y verdadero hombre, un solo Cristo. Tercero, su unción y vocación al oficio, por el Espíritu sin medida y por llamamiento del Padre. Cuarto, su obra: hecho bajo la ley y cumpliéndola, padeciendo, muriendo, resucitando, ascendiendo, intercediendo y volviendo a juzgar. Quinto, su satisfacción: por su obediencia y sacrificio ofrecido una sola vez, satisfizo plenamente la justicia del Padre y adquirió reconciliación y herencia eterna para todos los que el Padre le dio. Sexto, la eficacia retroactiva de esa redención, comunicada a los elegidos de todas las edades. Séptimo, su obrar según ambas naturalezas. Y octavo, la aplicación eficaz de la redención a todos —y solo a aquellos— para quienes la adquirió. La cristología de Westminster confiesa así, contra todas las herejías antiguas, al único Mediador en quien la justicia y la gracia de Dios se encuentran, y enlaza la elección (cap. 3), el pacto (cap. 7) y la gracia aplicada (caps. 9 ss.) en una sola persona.
Cómo leer este capítulo
El capítulo sigue, ordenadamente, a la persona y la obra del Mediador. Parte de su ordenación eterna (8.1: escogido por Dios para ser Mediador, profeta, sacerdote y rey, con un pueblo dado desde la eternidad). Pasa a su persona (8.2: el Hijo eterno encarnado, dos naturalezas en una persona) y a su equipamiento para el oficio (8.3: ungido sin medida, llamado por el Padre). Describe luego su obra, en los dos estados de humillación y exaltación (8.4: hecho bajo la ley, padeciendo, muriendo, resucitando, ascendiendo, intercediendo, volviendo a juzgar). De ahí extrae el logro de esa obra (8.5: satisfacción plena de la justicia y adquisición de reconciliación y herencia para los suyos) y su alcance en el tiempo (8.6: comunicado a los elegidos de todas las edades). Precisa después cómo obra el Mediador (8.7: según ambas naturalezas). Y cierra con la aplicación de lo adquirido (8.8: aplicado cierta y eficazmente a todos —y solo— aquellos para quienes lo adquirió). Ordenación, persona, unción, obra, satisfacción, eficacia retroactiva, modo, aplicación: ocho secciones que recorren a Cristo desde la elección eterna hasta la salvación efectiva de los suyos.
Texto confesional
8.1. Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, para ser el Mediador entre Dios y el hombre, el Profeta, Sacerdote y Rey, la Cabeza y Salvador de su Iglesia, el Heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente, y para ser por él, en el tiempo, redimido, llamado, justificado, santificado y glorificado.
Referencias bíblicas: Is 42:1; 1 P 1:19, 20; Jn 3:16; 1 Ti 2:5; Hch 3:22; He 5:5, 6; Sal 2:6; Lc 1:33; Ef 5:23; He 1:2; Hch 17:31; Jn 17:6; Sal 22:30; Is 53:10; 1 Ti 2:6; Is 55:4, 5; 1 Co 1:30; Dt 18:15.
8.2. El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, de una misma sustancia con el Padre e igual a él, cuando vino el cumplimiento del tiempo, tomó sobre sí la naturaleza del hombre, con todas sus propiedades esenciales y debilidades comunes, aunque sin pecado; siendo concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María, de la sustancia de ella. De modo que dos naturalezas enteras, perfectas y distintas, la divinidad y la humanidad, fueron inseparablemente unidas en una persona, sin conversión, composición ni confusión. La cual persona es verdadero Dios y verdadero hombre, mas un solo Cristo, el único Mediador entre Dios y el hombre.
Referencias bíblicas: Jn 1:1, 14; 1 Jn 5:20; Fil 2:6; Gá 4:4; He 2:14, 16, 17; 4:15; Lc 1:27, 31, 35; Col 2:9; Ro 9:5; 1 P 3:18; 1 Ti 3:16; Ro 1:3, 4; 1 Ti 2:5.
8.3. El Señor Jesús, en su naturaleza humana así unida a la divina, fue santificado y ungido con el Espíritu Santo sobre toda medida, teniendo en sí todos los tesoros de sabiduría y conocimiento; en quien agradó al Padre que habitase toda plenitud, a fin de que, siendo santo, inocente, inmaculado y lleno de gracia y de verdad, estuviese perfectamente preparado para ejecutar el oficio de mediador y fiador. El cual oficio no lo tomó para sí mismo, sino que fue llamado a él por su Padre, quien puso en su mano todo poder y juicio, y le dio mandato de ejecutarlo.
Referencias bíblicas: Sal 45:7; Jn 3:34; Col 2:3; 1:19; He 7:26; Jn 1:14; Hch 10:38; He 12:24; 7:22; 5:4, 5; Jn 5:22, 27; Mt 28:18; Hch 2:36.
8.4. Este oficio el Señor Jesús lo asumió de la manera más voluntaria; y para poder cumplirlo, fue hecho bajo la ley, y la cumplió perfectamente; sufrió los más penosos tormentos inmediatamente en su alma, y los más dolorosos padecimientos en su cuerpo; fue crucificado y murió; fue sepultado y permaneció bajo el poder de la muerte, pero no vio corrupción. Al tercer día resucitó de entre los muertos, con el mismo cuerpo en que padeció; con el cual también ascendió al cielo, y allí está sentado a la diestra de su Padre, intercediendo; y volverá para juzgar a los hombres y a los ángeles al fin del mundo.
Referencias bíblicas: Sal 40:7, 8 con He 10:5–10; Jn 10:18; Fil 2:8; Gá 4:4; Mt 3:15; 5:17; Mt 26:37, 38; Lc 22:44; Mt 27:46; Hch 2:23, 24, 27; 13:37; Ro 6:9; 1 Co 15:3, 4; Jn 20:25, 27; Mr 16:19; Ro 8:34; He 9:24; 7:25; Ro 14:9, 10; Hch 1:11; 10:42; Mt 13:40–42; Jud 6; 2 P 2:4.
8.5. El Señor Jesús, por su perfecta obediencia y sacrificio de sí mismo, que por el Espíritu eterno ofreció a Dios una sola vez, ha satisfecho plenamente la justicia de su Padre, y adquirió, no solo la reconciliación, sino también una herencia eterna en el reino de los cielos, para todos aquellos que el Padre le ha dado.
Referencias bíblicas: Ro 5:19; He 9:14, 16; 10:14; Ef 5:2; Ro 3:25, 26; Dn 9:24, 26; Col 1:19, 20; Ef 1:11, 14; Jn 17:2; He 9:12, 15.
8.6. Aunque la obra de la redención no fue efectivamente realizada por Cristo sino después de su encarnación, sin embargo, la virtud, eficacia y beneficios de ella fueron comunicados a los elegidos en todas las edades, sucesivamente desde el principio del mundo, en y por aquellas promesas, tipos y sacrificios en los cuales fue revelado y señalado como la simiente de la mujer que heriría la cabeza de la serpiente, y el cordero inmolado desde el principio del mundo, siendo el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.
Referencias bíblicas: Gá 4:4, 5; Gn 3:15; Ap 13:8; He 13:8.
8.7. Cristo, en la obra de mediación, actúa conforme a ambas naturalezas, haciendo por cada naturaleza lo que es propio de ella; aunque, por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza es a veces atribuido, en la Escritura, a la persona denominada por la otra naturaleza.
Referencias bíblicas: He 9:14; 1 P 3:18; Hch 20:28; Jn 3:13; 1 Jn 3:16.
8.8. A todos aquellos para quienes Cristo adquirió la redención, se la aplica y comunica cierta y eficazmente; intercediendo por ellos, y revelándoles, en y por la Palabra, los misterios de la salvación; persuadiéndolos eficazmente por su Espíritu a creer y obedecer, y gobernando sus corazones por su Palabra y Espíritu; venciendo a todos sus enemigos por su poder omnipotente y sabiduría, de tal manera y por tales vías como son más consonantes con su admirable e inescrutable dispensación.
Referencias bíblicas: Jn 6:37, 39; 10:15, 16; 1 Jn 2:1, 2; Ro 8:34; Jn 15:13, 15; Ef 1:7–9; Jn 17:6; Jn 14:26; He 12:2; 2 Co 4:13; Ro 8:9, 14; 15:18, 19; Jn 17:17; Sal 110:1; 1 Co 15:25, 26; Mal 4:2, 3; Col 2:15.
Exposición doctrinal
Cristo en la historia de la redención
Cristo el Mediador es el centro de toda la historia de la redención, y la Confesión lo confiesa con la Escritura en la mano: que hay «un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti 2:5); que «el Verbo era Dios… y el Verbo fue hecho carne» (Jn 1:1, 14); que fue «nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gá 4:4); que «por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Ro 5:19); y que es «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He 13:8). Sobre ese testimonio se levanta el capítulo, que es, por eso, el corazón de la Confesión.
Cuanto precede prepara su venida —la doctrina de Dios (cap. 2), el decreto (cap. 3), la creación y la caída (caps. 4, 6), el pacto (cap. 7)— y cuanto sigue brota de su obra —la gracia aplicada (caps. 9 ss.)—. La elección eterna se hace «en Cristo» (3.5); el pacto de gracia se hace «con Cristo como el segundo Adán» (CMa 31); y lo que el primer Adán perdió, el segundo lo recobra. La frase «hecho bajo la ley, y la cumplió perfectamente» (8.4) enlaza directamente con el pacto de obras: donde Adán, cabeza pública, quebró la obediencia que se le pedía (caps. 6–7), Cristo, cabeza de un pueblo nuevo, la rinde entera, y su obediencia se imputa a los suyos (cap. 11) como la desobediencia de Adán se imputó a su posteridad.
La unión de las dos naturalezas (8.2) no es una curiosidad metafísica, sino la condición de la salvación, y el Catecismo Mayor lo expone con fuerza: el Mediador había de ser Dios, para que sus padecimientos tuvieran valor infinito y sostuvieran la naturaleza humana bajo la ira; y hombre, para obedecer y padecer en nuestra naturaleza y compadecerse de nosotros (CMa 38–39). Solo el Dios-hombre podía tender un puente sobre la distancia que el pecado abrió: como hombre, representa y sustituye al hombre; como Dios, su obra basta para todos los suyos. Por eso la cristología y la soteriología no se separan: quién es Cristo y qué hace son una sola confesión.
La obra de Cristo, además, abarca toda la historia hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás (8.6): aunque la redención se consumó «en acto» solo tras la encarnación, su virtud se comunicó a los elegidos «desde el principio del mundo», de modo que los santos del Antiguo Testamento fueron salvos por el mismo Cristo, visto de lejos en la simiente de la mujer (Gn 3:15) y en el Cordero (Ap 13:8) —lo que confirma la unidad del pacto (7.5)—. Hacia adelante (8.8): lo que Cristo adquirió no queda en potencia, sino que él mismo lo aplica «cierta y eficazmente» a los suyos, intercediendo como sacerdote, revelando como profeta y gobernando y venciendo como rey, hasta llevarlos a la gloria. Así, la obra del Mediador no es un episodio del pasado, sino el eje vivo de toda la economía de la salvación, «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (He 13:8).
8.1 · El Mediador ordenado por Dios
«Agradó a Dios… escoger y ordenar al Señor Jesús… para ser el Mediador.» La mediación de Cristo no fue una iniciativa suya, sino un encargo del Padre en su propósito eterno; y abarca los tres oficios que la antigua alianza repartía entre profetas, sacerdotes y reyes, ahora reunidos en uno solo. Como Profeta, revela la voluntad de Dios; como Sacerdote, se ofrece en sacrificio e intercede; como Rey, llama, gobierna y vence. Estos tres no son funciones accidentales que Cristo podría no tener: son inherentes al oficio de Mediador, y cada acto suyo lleva el sello de los tres. Y desde la eternidad le fue dado «un pueblo para que fuera su simiente»: la mediación tiene un objeto definido —los que el Padre le dio (Jn 17:6)—, a quienes ha de llevar, «en el tiempo», por toda la cadena de la salvación: redimidos, llamados, justificados, santificados y glorificados (Ro 8:30).
8.2 · La persona del Mediador: dos naturalezas, una persona
Esta es la sección cristológica central, y la Confesión la redacta con la precisión de los grandes concilios. El sujeto es «el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad», «verdadero y eterno Dios, de una misma sustancia con el Padre» (cap. 2): no un ser intermedio ni un semidiós, sino Dios mismo. Este Hijo «tomó sobre sí la naturaleza del hombre» —y conviene el verbo: tomó, no se transformó; la encarnación es asunción de una naturaleza nueva, no mudanza de la divina—. La humanidad que asumió es completa: «con todas sus propiedades esenciales y debilidades comunes» (hambre, cansancio, dolor), «aunque sin pecado»; y verdadera, «de la sustancia» de María, concebida por el Espíritu.1 El resultado se enuncia con cuatro guardas que reproducen Calcedonia: «dos naturalezas enteras, perfectas y distintas… inseparablemente unidas en una persona, sin conversión, composición ni confusión». Sin conversión: la divinidad no se convirtió en humanidad (contra Eutiques). Sin composición: no surgió una tercera naturaleza mezclada. Sin confusión: las naturalezas no se fundieron, sino que cada una conserva sus propiedades. Y «inseparablemente unidas»: no son dos personas yuxtapuestas (contra Nestorio), sino una sola —«verdadero Dios y verdadero hombre, mas un solo Cristo»—. Aquí la Confesión cierra la puerta a las grandes herejías cristológicas: el que niega la verdadera divinidad, el que niega la verdadera humanidad, el que confunde las naturalezas y el que divide la persona.
En los Catecismos. CFW 8.2 ↔ CMe 21–22 y CMa 36–40: el Redentor es «Jesucristo, quien, siendo el eterno Hijo de Dios, se hizo hombre; y así fue, y continúa siendo, Dios y hombre en dos naturalezas distintas y una sola persona, para siempre» (CMe 21); y el Mayor razona la necesidad de la unión —el Mediador había de ser Dios (para dar valor infinito a su obra y sostener la naturaleza humana bajo la ira), hombre (para obedecer y padecer en nuestra naturaleza), y Dios y hombre en una sola persona (para que las obras de cada naturaleza fueran aceptadas por nosotros) (CMa 38–40)—.
8.3 · La unción y la vocación al oficio
El Mediador, «en su naturaleza humana así unida a la divina», fue «ungido con el Espíritu Santo sobre toda medida» (Jn 3:34): su humanidad fue dotada plenamente para la obra.2 Y aquí se introduce un término rico: Cristo es «mediador y fiador» —el que responde con su propia persona por las deudas de su pueblo (He 7:22)—. Importa además que «no lo tomó para sí mismo, sino que fue llamado a él por su Padre»: la mediación es, ella misma, obediencia; Cristo no usurpó el oficio, sino que lo recibió como comisión del Padre (He 5:4, 5). De modo que toda su obra —desde la encarnación hasta la intercesión— es cumplimiento de un mandato recibido, no acción autónoma.
En los Catecismos. CFW 8.1, 8.3 ↔ CMe 23–26 y CMa 42–45: el oficio triple del Mediador —profeta, que revela la voluntad de Dios para nuestra salvación; sacerdote, que se ofrece una sola vez en sacrificio y hace intercesión; y rey, que nos llama, gobierna, defiende y vence a sus y nuestros enemigos—.
8.4 · La obra del Mediador: humillación y exaltación
La sección recorre la obra de Cristo en dos estados. En la humillación, «fue hecho bajo la ley, y la cumplió perfectamente» —su obediencia activa, la justicia que los suyos no podían rendir (cap. 7)—; y «sufrió los más penosos tormentos inmediatamente en su alma, y los más dolorosos padecimientos en su cuerpo… fue crucificado y murió» —su obediencia pasiva, el castigo que los suyos merecían (cap. 6)—. La frase «inmediatamente en su alma» señala que la agonía de Cristo no fue solo física: padeció directamente en el alma el peso del pecado y el desamparo (Mt 26:38; 27:46).3 Sepultado, «permaneció bajo el poder de la muerte, pero no vio corrupción». En la exaltación, «resucitó… con el mismo cuerpo en que padeció» —el mismo Cristo, no otro—, «ascendió al cielo», está «sentado a la diestra de su Padre, intercediendo», y «volverá para juzgar a los hombres y a los ángeles». La identidad del sujeto a lo largo de los dos estados es decisiva: el que padeció es el que resucitó, intercede y juzgará —el Dios-hombre, en una sola persona—.
En los Catecismos. CFW 8.4 ↔ CMe 27–28 y CMa 46–56: los dos estados —la humillación de Cristo (en su concepción y nacimiento humildes, su vida bajo la ley, sus padecimientos, su muerte y su permanencia bajo el poder de la muerte) y su exaltación (resurrección, ascensión, sesión a la diestra del Padre e intercesión, y su venida a juzgar)—.
8.5 · La satisfacción y la redención adquirida
«Por su perfecta obediencia y sacrificio de sí mismo, que… ofreció a Dios una sola vez, ha satisfecho plenamente la justicia de su Padre.» Dos cosas piden subrayarse. Primero, «una sola vez» (ephápax): el sacrificio de Cristo es irrepetible y suficiente —lo que excluye toda repetición del sacrificio, como la que pretende la misa (cap. 29)—. Segundo, «satisfizo plenamente la justicia»: la obra de Cristo no fue un gesto ejemplar ni una mera demostración de amor, sino el pago real de lo que la justicia de Dios exigía contra el pecado (cap. 2; Ro 3:25, 26), de modo que Dios puede justificar al pecador sin dejar de ser justo.4 Y lo que adquirió —«no solo la reconciliación, sino también una herencia eterna»— fue «para todos aquellos que el Padre le ha dado». Esta cláusula define la extensión de la redención: lo que Cristo compró, lo compró eficazmente para los suyos, no como una posibilidad abstracta ofrecida a todos por igual. Es la redención definida, coherente con la elección (cap. 3) y con la donación eterna de un pueblo (8.1).
8.6 · La eficacia retroactiva
La obra «no fue efectivamente realizada… sino después de su encarnación» —es decir, se consumó en acto en el tiempo—; «sin embargo, la virtud, eficacia y beneficios de ella fueron comunicados a los elegidos en todas las edades… desde el principio del mundo». Los santos del Antiguo Testamento no esperaron a la cruz para ser salvos: fueron salvos por la cruz aún futura, cuya eficacia Dios aplicó por adelantado mediante las promesas, los tipos y los sacrificios en que Cristo era prefigurado —la simiente de la mujer (Gn 3:15), el Cordero (Ap 13:8)—. Esto sella la unidad del pacto de gracia (7.5): un solo Mediador para toda la historia, «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos».5
8.7 · El obrar según ambas naturalezas
«Cristo, en la obra de mediación, actúa conforme a ambas naturalezas, haciendo por cada naturaleza lo que es propio de ella.» Hay obras que Cristo hace propiamente según su humanidad (padecer, morir) y otras según su divinidad (sostener todas las cosas, vencer la muerte). Pero «por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza es a veces atribuido… a la persona denominada por la otra naturaleza». El ejemplo clásico es Hechos 20:28: «la iglesia de Dios, la cual él ganó por su propia sangre» —Dios no tiene sangre; la sangre es de la humanidad de Cristo, pero se atribuye a la persona (que es Dios), porque es una sola—. Esto es la comunicación de propiedades, y la Confesión la maneja con cuidado: las propiedades se predican de la persona, no se transfieren de una naturaleza a la otra.6 Por eso Westminster no admite que las propiedades divinas (como la omnipresencia) se comuniquen a la naturaleza humana de Cristo —frontera con la doctrina luterana de la ubicuidad, que tiene consecuencias en la doctrina de la Cena (cap. 29)—.
8.8 · La aplicación eficaz
El capítulo cierra con la simetría que lo corona: «a todos aquellos para quienes Cristo adquirió la redención, se la aplica y comunica cierta y eficazmente». Lo que Cristo compró (8.5), Cristo lo aplica (8.8): no hay redención adquirida que quede sin aplicar, ni redención aplicada a quien no fue adquirida.7 Y la aplica ejerciendo sus tres oficios: intercediendo por ellos (sacerdote), revelándoles los misterios de la salvación por la Palabra (profeta), y persuadiéndolos eficazmente, gobernando sus corazones y venciendo a sus enemigos (rey). De modo que la salvación de cada uno de los suyos es obra del mismo Mediador, de principio a fin —desde la compra en la cruz hasta la victoria final—, conforme a su «admirable e inescrutable dispensación».
En los Catecismos. CFW 8.5, 8.8 ↔ CMa 57–59 (y CMa 31): los beneficios procurados por la mediación y su aplicación —«la redención es ciertamente aplicada y eficazmente comunicada a todos aquellos para quienes Cristo la ha adquirido» (CMa 59), eco exacto de la simetría de 8.5 y 8.8—; y el pacto de gracia «hecho con Cristo como el segundo Adán, y en él con todos los elegidos como su simiente» (CMa 31), la donación eterna de un pueblo al Hijo.
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
La palabra que da título al capítulo tiene su propia historia. «Mediador es aquel que interviene entre las partes litigantes con el objeto de reconciliarlas», define Hodge; pero la Escritura la aplica a Cristo «en un sentido más elevado» que el del árbitro o el mensajero: no solo solicita la paz, sino que, «revestido de un poder plenipotenciario, puede hacer todo lo necesario para negociar la paz y asegurarla».8 De ahí que su mediación mire a dos lados —hacia Dios: propiciar, expiar, interceder; hacia el hombre: revelar la verdad, persuadir, sostener y gobernar—, los dos lados que las secciones 8.3–8.5 y 8.8 despliegan.
En su cristología, el capítulo es deliberadamente católico y reformado a la vez. No innova: 8.2 reformula la definición de Calcedonia (451) —que Hodge transcribe íntegra y llama «la exposición de la doctrina de la Iglesia más antigua y universalmente aceptada en cuanto a la persona de Cristo»9—, y «de una misma sustancia con el Padre» es el homoousion de Nicea (325), como se anota en el aparato crítico a 8.2. La Reforma recibió ese dogma conciliar; lo que hizo fue trazar sus fronteras. Una está casi escondida en una cláusula: «de la sustancia de ella» afirma que Cristo tomó su humanidad de María, no la trajo del cielo —contra la doctrina de la «carne celestial» asociada a Menno Simons y los anabaptistas; la misma cláusula guarda CMa 37—. Otra es la del sacrificio único e irrepetible frente a su repetición en la misa (como quedó dicho en 8.5): Hodge cita aquí, como testigos comparativos, el Catecismo del Concilio de Trento y el artículo 31 de los Treinta y Nueve Artículos. Otra pasa por 8.7: la línea con la cristología luterana de la ubicuidad, ya trazada en la exposición; la unión, precisa Hodge, exalta la humanidad de Cristo sin deificarla.10 Y una más discreta: la simetría de 8.5 y 8.8 —lo adquirido se aplica; nada más, nada menos— excluye la disociación entre una compra universal y una aplicación particular, posición asociada a Amyraut, contemporáneo de la Asamblea; las fuentes del proyecto no documentan que la Asamblea debatiera su nombre, de modo que el amiraldismo se nombra aquí como corriente, no como controversia del recinto.
Sobre el verbo «adquirió» pesa, además, una observación histórica de Hodge: cuando se escribió la Confesión, la frase «comprar salvación» estaba marcada por la controversia sobre la redención universal, y de ese uso de época deriva Hodge su lectura del sentido confesional del término, apoyándose en Isaac Barrow y en H. B. Smith.11 [AMARILLO: la lectura lingüístico-histórica de «comprar salvación» es atribución de Hodge, que sigue a Barrow y a Smith; se presenta como lectura suya, no como dato propio ni como decisión de la Asamblea.]
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas fronteras —el dogma conciliar recibido, los anabaptistas, Trento, la ubicuidad, Amyraut— son lectura doctrinal del texto confesional y de sus comentaristas, no debates asentados en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Y para este capítulo, lo que la documentación local conserva de la mesa misma es, con honradez, poco; ese poco es lo que sigue.
En la mesa de la Asamblea
Del trabajo de redacción, el testimonio más firme es formal: la división lógica del largo período de 8.1 —la ordenación del Mediador; los oficios y títulos que de ella se siguen; la donación de un pueblo— queda documentada siguiendo a Carruthers, y se sostiene además en el texto mismo de la sección.12 Las palabras del capítulo fueron dispuestas con arquitectura, no amontonadas; pero las actas no nos dejan ver la mano que las dispuso.
La cláusula «de la sustancia de ella» tiene, además de su filo doctrinal contra la «carne celestial», una historia redaccional: el dato se comenta en la nota del proyecto al Catecismo Menor (P. 22). [AMARILLO: la ubicación exacta de ese dato redaccional en las actas de la Asamblea queda pendiente de verificación humana; no se afirma número de sesión.]
Queda dicho, con la misma honestidad, lo que las fuentes locales no contienen para este capítulo: ninguna sesión fechada de su debate, ningún voto asentado palabra por palabra, ninguna atribución de pluma individual. La frontera con la ubicuidad luterana no consta como debate de la Asamblea en las fuentes del proyecto —se presenta como frontera doctrinal, nunca como acta—, y su conexión con la Cena (cap. 29) es inferencia doctrinal de la tradición reformada. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
Toda la fe cristiana descansa en quién es Cristo y qué hizo, y por eso este capítulo es el que más directamente alimenta la adoración, la predicación y el consuelo. Donde se confiesa al Dios-hombre, el creyente tiene un Mediador suficiente: como hombre, Cristo lo representa y se compadece de él (He 4:15); como Dios, su obra basta y su intercesión no falla. Y donde se confiesa la redención definida y eficaz (8.5, 8.8), el creyente descansa en una salvación segura: no una posibilidad que él deba activar, sino una redención adquirida y aplicada por Cristo mismo. Frente a una cultura que reduce a Jesús a maestro o ejemplo, esta doctrina confiesa al Salvador que satisface la justicia de Dios y vence a la muerte.
En el púlpito
Predicar a Cristo es predicarlo entero: su persona (Dios y hombre) y su obra (los tres oficios, los dos estados). Conviene guardarse de partir al Mediador —predicar su ejemplo sin su sacrificio, o su divinidad sin su verdadera humanidad—. El oficio triple ofrece un molde fecundo para la predicación: Cristo profeta que nos enseña, sacerdote que nos reconcilia e intercede, rey que nos gobierna y defiende. Y la intercesión presente de Cristo (8.4, 8.8) es consuelo para el creyente que peca: tiene un abogado para con el Padre (1 Jn 2:1).
En la catequesis
El capítulo se enseña con CMe 21–28 y CMa 36–59 (véanse los recuadros «En los Catecismos»). Conviene enseñar de una vez la persona (dos naturalezas, una persona) y la razón de ella (CMa 38–40: por qué el Mediador había de ser Dios, hombre, y ambos en una persona), para que el catecúmeno entienda que la encarnación no es un misterio inútil, sino la condición misma de su salvación.
En la membresía y el consuelo
Al creyente atribulado por su pecado se le dirige al Sacerdote que se ofreció una sola vez y que intercede sin cesar (8.4–8.5): su aceptación ante Dios no descansa en su propia obra, sino en la obediencia y el sacrificio de Cristo, imputados a él (cap. 11). Y al que teme por su perseverancia se le muestra al Rey que aplica eficazmente lo que adquirió y vence a todos los enemigos de los suyos (8.8): la salvación que Cristo compró, Cristo la lleva a término.
En la formación de oficiales
El candidato debe exponer la unión hipostática con precisión —dos naturalezas, una persona, sin conversión, composición ni confusión— y nombrar las herejías que cada cláusula excluye (nestorianismo, eutiquianismo, apolinarismo, docetismo); manejar la comunicación de propiedades (8.7) y su frontera con la ubicuidad luterana, con su consecuencia para la Cena (cap. 29); sostener la satisfacción vicaria y su irrepetibilidad contra la repetición del sacrificio; defender la redención definida (8.5, 8.8) y su simetría impetración-aplicación, sin negar la oferta libre del evangelio; y exponer la eficacia retroactiva (8.6) como sello de la unidad del pacto (cap. 7). Estas precisiones no son escolasticismo: son el contorno de la única salvación, y el oficial las necesita para predicar a Cristo entero y guardar a la iglesia de un Cristo a medias.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido. Para cada avanzada se indica entre corchetes dónde buscar la respuesta.
Básicas. (1) ¿Para qué escogió Dios al Señor Jesús, y qué le dio desde la eternidad (8.1)? (2) ¿Cuáles son los tres oficios del Mediador (8.1)? (3) ¿Cómo es la persona de Cristo respecto de sus dos naturalezas (8.2)? (4) ¿Qué significa que «cumplió perfectamente» la ley y «sufrió… en su alma» (8.4)? (5) ¿Qué adquirió Cristo por su sacrificio, y para quiénes (8.5)? (6) ¿Cómo fueron salvos los elegidos antes de la encarnación (8.6)? (7) ¿A quiénes aplica Cristo la redención que adquirió (8.8)?
Avanzadas. (1) Explique «dos naturalezas… en una persona, sin conversión, composición ni confusión». ¿Qué herejía excluye cada cláusula? [Exp. 8.2.] (2) ¿Por qué la encarnación es «asunción» y no «transformación»? [Exp. 8.2.] (3) Distinga la obediencia activa de la pasiva (8.4) y relaciónelas con el pacto de obras y la caída (caps. 6–7). [Exp. 8.4; arco redentivo.] (4) ¿Qué afirma la redención definida (8.5)? ¿Cómo se relaciona con la elección (3.6) y con la aplicación eficaz (8.8)? [Exp. 8.5, 8.8.] (5) ¿Qué es la comunicación de propiedades (8.7), y por qué Westminster no admite que las propiedades divinas se comuniquen a la humanidad? ¿Qué consecuencia tiene para la Cena (cap. 29)? [Exp. 8.7.] (6) ¿Cómo confirma 8.6 la unidad del pacto de gracia (cap. 7)? [Exp. 8.6.] (7) ¿Por qué la cristología y la doctrina de la salvación no pueden separarse (CMa 38–40)? [Exp.: arco redentivo; recuadro 8.2.]
Glosario del capítulo
Mediador — el que reconcilia a Dios y al hombre; oficio para el cual Dios escogió y ordenó a su Hijo (8.1).
Oficio triple (munus triplex) — los tres oficios del Mediador: profeta (revela), sacerdote (se ofrece e intercede) y rey (gobierna y vence) (8.1; CMe 23–26).
Unión hipostática — la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en la única persona del Hijo, sin conversión, composición ni confusión (8.2).
Divinidad / humanidad — las dos naturalezas de Cristo; «divinidad» aquí = la naturaleza divina en la unión (distinta de «Deidad», 2.3, el ser divino uno) (8.2).
Asunción — el tomar el Hijo la naturaleza humana sin dejar ni mudar la divina (8.2).
Fiador (surety) — el que responde en su persona por las obligaciones de su pueblo; título del Mediador (8.3; He 7:22).
Obediencia activa / pasiva — el cumplimiento perfecto de la ley por Cristo (activa) y su sufrimiento y muerte (pasiva), ambos imputados al creyente (8.4; cf. cap. 11).
Satisfacción — el pago pleno de lo que la justicia de Dios exigía contra el pecado, hecho por Cristo (8.5); en sentido forense y vicario —a la justicia divina—, no la «satisfacción» penitencial del sistema romano (cf. cap. 11).
Una sola vez (ephápax) — la irrepetibilidad y suficiencia del sacrificio de Cristo (8.5; He 10:14).
Redención definida — la doctrina de que Cristo adquirió la redención eficazmente para los que el Padre le dio, y a ellos la aplica; también llamada redención particular (8.5, 8.8; cf. 3.6).
Impetración — lo que Cristo adquirió o compró en la cruz (8.5), simétrico con la aplicación de esa misma redención (8.8); no se confunde con la intercesión, que es uno de los modos de aplicarla.
Comunicación de propiedades (communicatio idiomatum) — la predicación de las propiedades de cada naturaleza a la única persona (no de una naturaleza a la otra) (8.7).
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo (con Dt 18:15 en 8.1 y la corrección de cita Jn 14:26 en 8.8); Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control; Carruthers (C, 1937), historia textual.
- Los concilios cristológicos: Nicea (325), por la consustancialidad del Hijo; Calcedonia (451), cuyas negaciones reformula 8.2 —dos naturalezas en una persona, sin confusión, conversión, división ni separación—.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 8, pp. 113–136 — exposición contemporánea de la persona y la obra del Mediador. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea de Westminster; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: la divinidad que «amplifica» (no anula) la obra del Espíritu (8.3); el límite del communicatio (8.7); la doble agencia de la propiciación (8.5); «nunca ha sido demasiado temprano» (8.6).
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. VIII — exposición de la persona y la obra de Cristo, los oficios y los estados; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 8 — preguntas de clase sobre el Mediador.
- Catecismos: CMe 21–28; CMa 31, 36–59 (la persona, la necesidad de la unión, los oficios, los estados, los beneficios y su aplicación).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada para este capítulo; colación íntegra pendiente.
Footnotes
-
Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 117. Van Dixhoorn precisa que el Hijo tomó «nuestra naturaleza sin el pecado de nuestra naturaleza», asumiendo las debilidades pero no la culpa: «siempre fueron nuestras cargas las que llevó, no las suyas» (He 2:14–17; 4:15). (Las etiquetas técnicas de esta sección —unión hipostática, fórmula de Calcedonia— son de esta edición; Van Dixhoorn, editor de las Minutes de la Asamblea, expone su contenido sin nombrarlas.) ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 119–20. Frente a la intuición —que él mismo señala— de que Cristo sería excepcional «solo» por ser Dios, Van Dixhoorn observa que la plenitud de la divinidad «no removió la necesidad por el Espíritu —solo la amplificó» (Col 1:19): la humanidad de Cristo fue verdaderamente dotada por el Espíritu para la obra del oficio. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 123. Van Dixhoorn distingue la angustia interior del alma —el peor padecimiento, aunque no el más visible— del sufrimiento corporal, y recuerda que Calvino aplicó a la agonía de Getsemaní el «descenso a los infiernos» del Credo (así lo refiere Van Dixhoorn, sin dar referencia precisa de Calvino en el lugar citado). Conviene distinguir: los Estándares glosan el «descendió a los infiernos» como la permanencia de Cristo bajo el poder de la muerte hasta el tercer día (CMa 50), no como la agonía de Getsemaní; la aplicación de Calvino es un uso teológico del mismo lenguaje, no la lectura confesional del descensus. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 127. Es uno de los dos rótulos técnicos que Van Dixhoorn sí emplea: dice que «los cristianos nos regocijamos en su sustitución penal», pues solo Cristo pudo satisfacer plenamente la justicia del Padre. Subraya, además, que la propiciación es obra trinitaria —el Hijo se entrega (Ef 5:2) y el Padre lo presenta «como propiciación» (Ro 3:25)—, no un Hijo aplacando a un Padre reticente. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 129–30. Van Dixhoorn invierte el lugar común «nunca es demasiado tarde»: para los santos anteriores a la encarnación, nunca fue «demasiado temprano» para ser salvos por el único Mediador (1 Ti 2:5). Y ante el modo en que recibieron los frutos de una redención aún no consumada, confiesa el límite del entendimiento: «no entiendo estas cosas, pero sé que son verdad» (He 13:8). La fuerza del argumento descansa en la unidad del pacto y en Gn 3:15 y Gá 4:4–5, más que en una sola lectura de Ap 13:8: el propio Van Dixhoorn nota que la sintaxis del versículo admite ligar «desde la fundación del mundo» al «Cordero inmolado» (lectura que asume el texto confesional) o al «escritos en el libro de la vida» —y ambas honran la verdad de He 13:8—. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 132. Es el otro rótulo técnico que Van Dixhoorn introduce —«la comunicación de propiedades, en latín communicatio idiomatum»— y fija su límite: lo propio de una naturaleza se predica de la persona, mas no se transfiere a la otra naturaleza, pues «la naturaleza humana de Cristo no ha existido eternamente… la naturaleza divina de Cristo no puede morir». Ese límite coincide con la frontera anti-ubicuidad de esta edición (cf. cap. 29). ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 134. Van Dixhoorn expone la redención definida sin el rótulo: «Cristo no murió por nada»; tuvo en mente «a todos aquellos que eran suyos», y él mismo asegura que su obra se aplique (Jn 6:37, 39; 10:15, 16). («Redención definida» es término de esta edición; Van Dixhoorn da el contenido, no la etiqueta.) ↩
-
A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. VIII, p. 122 (la paginación sigue la edición castellana usada por el proyecto). ↩
-
Hodge, Comentario, p. 126. ↩
-
Hodge, Comentario, pp. 127–128. ↩
-
Hodge, Comentario, pp. 140–141; Hodge se apoya en Isaac Barrow (sermón sobre la redención universal) y en H. B. Smith (en su edición de Hagenbach, vol. II, pp. 356–357). ↩
-
S. W. Carruthers, The Westminster Confession of Faith (1937); la referencia de página queda consignada en la revisión de fuentes primarias del proyecto. ↩
