Capítulo 13 · De la santificación
Edición de estudio comentada
Para entrar: «No que lo haya alcanzado ya… prosigo»
Pablo escribe a los filipenses desde una madurez que nadie le discutiría: apóstol, mártir en ciernes, hombre que ha visto al Señor. Y, sin embargo, sobre su propia santidad dice algo sorprendente: «no que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo… una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta» (Fil 3:12–14). El más santo de los apóstoles no se declara llegado, sino en marcha; no perfecto, sino persiguiendo. La vida cristiana, vista desde dentro, no es una cumbre conquistada, sino una carrera que aún corre.
Eso es lo que confiesa este capítulo. Después de la justificación —que es perfecta y de una vez (cap. 11)— y de la adopción —que nos hace hijos (cap. 12)—, la Confesión describe la obra por la cual Dios nos hace santos de veras: no de golpe, sino progresivamente; no por imputación, como la justicia, sino obrando en nosotros una santidad real; no sin lucha, sino en una guerra que dura toda la vida. La santificación es la cara presente de la redención: lo que Cristo adquirió y el Espíritu aplicó, ahora lo va obrando en la conducta diaria del creyente.
El capítulo avanza en tres pasos: qué es la santificación y de dónde viene (13.1), hasta dónde llega y por qué es imperfecta en esta vida —de ahí la guerra de la carne y el espíritu (13.2)—, y cómo termina esa guerra (13.3). Y se mantiene en un filo exacto entre dos errores: ni perfeccionismo, que daría la santidad por completa y dejaría al creyente engañado o desesperado; ni derrotismo, que se rendiría al pecado como si no hubiera victoria. La Confesión enseña el medio: guerra real, imperfección reconocida, victoria asegurada —porque la fuerza no es nuestra, sino del Espíritu de Cristo.
Tesis doctrinal
Declarado justo y recibido por hijo el creyente (caps. 11–12), la Confesión confiesa cómo Dios lo hace santo de veras: la santificación. Avanza en tres pasos. Primero, qué es y de dónde viene: los que son llamados y regenerados son además santificados, real y personalmente, por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por su Palabra y su Espíritu que moran en ellos; el dominio del pecado es destruido, sus concupiscencias más y más debilitadas, y ellos vivificados en todas las gracias, para la práctica de la verdadera santidad (13.1). Segundo, su alcance y su límite: la santificación se extiende a todo el hombre, pero es imperfecta en esta vida —quedan remanentes de corrupción en cada parte—, de donde surge una guerra continua e irreconciliable entre la carne y el espíritu (13.2). Y tercero, su desenlace: en esa guerra, aunque la corrupción pueda prevalecer por un tiempo, la parte regenerada vence por el continuo suministro de fuerza del Espíritu de Cristo, y los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (13.3). La santificación es así distinta de la justificación —obra y no acto, real y no imputada, progresiva y no perfecta en esta vida—, pero inseparable de ella; ni perfeccionismo (que la daría por completa) ni derrotismo (que negaría la victoria), sino guerra real con desenlace seguro.
Cómo leer este capítulo
El capítulo recorre la santificación en tres movimientos. Primero, su naturaleza, fuente y obra (13.1): es santificación real y personal, por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo, mediante la Palabra y el Espíritu; tiene dos caras —mortificación (el dominio del pecado destruido, las concupiscencias debilitadas) y vivificación (las gracias fortalecidas)—, y su fin es la verdadera santidad. Segundo, su alcance y su imperfección (13.2): se extiende a todo el hombre, pero queda incompleta en esta vida —remanentes de corrupción en cada parte—, de donde nace la guerra continua de la carne y el espíritu. Y tercero, su desenlace (13.3): en esa guerra, la corrupción puede prevalecer por un tiempo, pero la parte regenerada vence por los refuerzos del Espíritu, y los santos crecen perfeccionando la santidad. Naturaleza, imperfección, victoria: una obra real pero progresiva, una guerra dura pero ganada, un crecimiento que no termina hasta la gloria.
Texto confesional
13.1. Los que son eficazmente llamados y regenerados, teniendo creados en ellos un nuevo corazón y un nuevo espíritu, son además santificados, real y personalmente, por la virtud de la muerte y resurrección de Cristo, por su Palabra y su Espíritu que moran en ellos; el dominio de todo el cuerpo de pecado es destruido, y sus diversas concupiscencias son más y más debilitadas y mortificadas, y ellos más y más vivificados y fortalecidos en todas las gracias salvadoras, para la práctica de la verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
Referencias bíblicas: 1 Co 6:11; Hch 20:32; Fil 3:10; Ro 6:5, 6; Jn 17:17; Ef 5:26; 2 Ts 2:13; Ro 6:6, 14; Gá 5:24; Ro 8:13; Col 1:11; Ef 3:16–19; 2 Co 7:1; He 12:14.
13.2. Esta santificación se extiende a todo el hombre, aunque es imperfecta en esta vida: quedan todavía algunos remanentes de corrupción en cada parte, de donde surge una guerra continua e irreconciliable: la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne.
Referencias bíblicas: 1 Ts 5:23; 1 Jn 1:10; Ro 7:18, 23; Fil 3:12; Gá 5:17; 1 P 2:11.
13.3. En esta guerra, aunque la corrupción que queda pueda por un tiempo prevalecer mucho, sin embargo, por el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo, la parte regenerada vence; y así los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.
Referencias bíblicas: Ro 7:23; 6:14; Ef 4:15, 16; 2 P 3:18; 2 Co 3:18; 7:1; 1 Jn 5:4.
Exposición doctrinal
La santificación en la historia de la redención
La santificación es la obra por la cual Dios va restaurando en el creyente la imagen que el pecado estropeó. Lo que el primer Adán perdió —la verdadera justicia y santidad con que fue creado (cap. 4)— el segundo Adán lo recobra para los suyos, no de golpe, sino progresivamente: el creyente es renovado en todo el hombre conforme a la imagen de Dios (cf. CMe 35), hasta que en la gloria sea plenamente conforme a la imagen de Cristo (Ro 8:29; cf. 9.5). Por eso la santificación no es un esfuerzo del hombre por mejorarse, sino la aplicación de la obra de Cristo: como todos los beneficios de la vida cristiana, la santificación nos viene en unión con Cristo.1 El que está unido a Cristo crucificado muere al dominio del pecado; el que está unido a Cristo resucitado es vivificado para andar en novedad de vida (Ro 6:5, 6). La santificación es, así, la cara presente de la redención: lo que Cristo adquirió (cap. 8) y aplicó en el llamamiento (cap. 10) y selló en la justificación (cap. 11), lo va obrando realmente en la vida del creyente.
Conviene ver su lugar respecto de la justificación, porque de distinguirlas sin separarlas depende la salud de la vida cristiana. La justificación y la santificación son inseparables —no hay justificado que no sea santificado—, pero son distintas, y el Catecismo Mayor lo precisa (P. 77): en la justificación Dios imputa una justicia perfecta y ajena, de una vez y por igual en todos los creyentes, de modo que ninguno cae en condenación; en la santificación, el Espíritu infunde gracia y la va obrando, de modo desigual y nunca perfecta en esta vida. Confundirlas tiene consecuencias graves: si se hace de la santificación la base de la aceptación ante Dios, se pierde la paz (porque la santificación nunca es perfecta aquí); si se separa la santificación de la justificación, se cae en el antinomismo (una fe sin frutos). La Confesión las mantiene unidas y distintas: el creyente es aceptado por la justicia imputada de Cristo (cap. 11) y a la vez transformado por el Espíritu de Cristo (cap. 13) —justificado perfectamente y santificado progresivamente—. Y la historia de esa santificación es una guerra que avanza hacia una victoria asegurada: empieza en la regeneración, dura toda la vida en lucha contra la corrupción remanente, y termina en la gloria, donde la imagen será plenamente restaurada y la guerra cesará para siempre.
13.1 · Qué es la santificación, y de dónde viene
«Los que son eficazmente llamados y regenerados… son además santificados, real y personalmente.» El «además» es importante: la santificación es distinta de la regeneración (que la inicia) y supone el llamamiento eficaz (cap. 10); es la obra por la cual el nuevo corazón creado en la regeneración se va desarrollando en santidad. Y es «real y personalmente»: aquí está el díptico exacto con la justificación (11.1). En la justificación, Dios imputa al creyente una justicia que no está en él, sino en Cristo; en la santificación, el Espíritu obra en él una santidad real —no una ficción ni una imputación, sino un cambio verdadero— y personal —en su propia persona—. La fuente es «la virtud de la muerte y resurrección de Cristo» —y «virtud» significa aquí eficacia, poder, no virtud moral—: por la unión con Cristo crucificado, el creyente muere al pecado; por la unión con Cristo resucitado, es vivificado (Ro 6:5, 6).
Los medios son «su Palabra y su Espíritu que moran en ellos», y conviene subrayar el lugar de la Palabra: el instrumento que el Espíritu usa principalmente para hacernos crecer en la gracia es la Escritura; por ella nos enseña la verdad que transforma, y sin ella el creyente se estanca.2 La obra tiene, además, dos caras que conviene no separar. La mortificación: «el dominio de todo el cuerpo de pecado es destruido, y sus diversas concupiscencias son más y más debilitadas y mortificadas» —el pecado pierde su señorío y va menguando—. Y la vivificación: «ellos más y más vivificados y fortalecidos en todas las gracias salvadoras» —las gracias crecen—. No basta con dar muerte al pecado; hay también que ser avivado para la justicia, porque la santificación no es solo demolición, sino vida nueva.3 El fin es «la práctica de la verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (He 12:14): la santidad es necesaria, no como mérito que gane el cielo, sino como el camino por el que Dios lleva a los suyos a verlo —el justificado será santificado, y sin santidad no hay quien llegue a la gloria, porque Dios santifica a todos los que justifica—.
13.2 · Su alcance y su imperfección: la guerra
«Esta santificación se extiende a todo el hombre, aunque es imperfecta en esta vida.» Dos afirmaciones que deben sostenerse juntas. Se extiende a todo el hombre: no hay parte del creyente que quede fuera de la obra santificadora; la santidad es asunto del corazón, pero también del entendimiento, del cuerpo y aun del lenguaje —todo el hombre es alcanzado—.4 La gracia es tan extensa como fue el pecado (cf. 6.2). Pero es imperfecta en esta vida: «quedan todavía algunos remanentes de corrupción en cada parte». Conviene precisar en qué sentido: la obra santificadora de Dios no es defectuosa —Dios no hace nada a medias—, sino que en esta vida está incompleta, todavía en curso.5 Aquí la Confesión enlaza con 6.5: la corrupción no se erradica en esta vida, sino que permanece en el regenerado, y es verdadera y propiamente pecado.
De esa corrupción remanente nace «una guerra continua e irreconciliable: la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne» (Gá 5:17). Conviene leer cada palabra. Continua: no hay día de tregua mientras dure esta vida. Irreconciliable: no cabe pacto ni armisticio con la carne —no se la puede domesticar ni negociar, solo combatir—. Y los contendientes son, dentro del mismo creyente, la «carne» (la corrupción remanente) y el «espíritu» (la parte regenerada; de ahí la minúscula). Esta enseñanza es de enorme valor pastoral: la guerra interior del creyente —que quiere el bien y se halla queriendo el mal (cf. 9.4; Ro 7)— no es señal de que no esté convertido, sino marca del estado de gracia en esta vida. El que no siente esa guerra debe temer, no el que la siente.
13.3 · Su desenlace: la victoria
¿Quién gana esa guerra? La Confesión responde con realismo y con esperanza. Con realismo: «aunque la corrupción que queda pueda por un tiempo prevalecer mucho» —hay derrotas reales; el creyente cae, a veces gravemente, y el pecado puede llevar ventaja por una temporada—. Pero con esperanza segura: «sin embargo, por el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo, la parte regenerada vence». El latín llama a ese suministro suppetias —refuerzos militares—: el Espíritu provee a la parte regenerada los refuerzos que deciden la batalla, de modo que el desenlace no está en duda.
Esto corta dos errores opuestos. Contra el perfeccionismo —que enseñaría que el creyente puede alcanzar la santidad completa en esta vida—, la Confesión afirma que la santificación es imperfecta y la guerra continua mientras se viva. Contra el derrotismo —que se rendiría ante el pecado como si no hubiera victoria posible—, afirma que la parte regenerada vence, porque la fuerza no es del creyente, sino del Espíritu de Cristo (1 Jn 5:4). Y conviene el modo de esa victoria: es por la humilde dependencia del poder de Dios que se derriban las fortalezas del pecado y se completa la santidad —no por confianza en las propias fuerzas—.6 Así «los santos crecen en gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios»: la santificación es un crecimiento —desigual, con avances y retrocesos, pero real— que no termina hasta la gloria, donde la guerra cesará y la imagen de Dios será plenamente restaurada (9.5).
El monergismo de la gracia y el obrar del creyente. Conviene una palabra sobre quién obra la santificación. Su raíz es enteramente de Dios: es «la obra de la libre gracia de Dios» (CMe 35), por la virtud de Cristo y la operación del Espíritu (13.1). Pero, a diferencia de la regeneración —en la que el hombre es enteramente pasivo (10.2)—, en la santificación el creyente obra, movido y capacitado por la gracia: mortifica el pecado, busca la santidad, usa los medios. No es que Dios haga una parte y el hombre otra; es que Dios obra de tal modo que el creyente obra —«ocupaos en vuestra salvación… porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer» (Fil 2:12, 13)—. Por eso la santificación no es ni quietismo (esperar pasivamente que Dios obre sin uno esforzarse) ni «autosantificación» (mejorarse por las propias fuerzas), sino el esfuerzo del creyente sostenido por la gracia que lo capacita. Si a esta cooperación se la llama «sinérgica», ha de entenderse en sentido restringido: monergista en su raíz —obra del Espíritu—, y cooperativa solo en el ejercicio del creyente; nunca un sinergismo en la regeneración, donde el hombre es enteramente pasivo (10.2).
En los Catecismos. «La santificación es la obra de la libre gracia de Dios, por la cual somos renovados en todo el hombre conforme a la imagen de Dios, y somos capacitados más y más para morir al pecado y vivir para la justicia» (CMe 35; cf. CMa 75). La distinción capital con la justificación: «en la justificación Dios imputa la justicia de Cristo, y en la santificación su Espíritu infunde gracia… en aquella el pecado es perdonado, en esta es sometido… la una libra igualmente a todos los creyentes de la ira vengadora de Dios, y eso perfectamente en esta vida… la otra ni es igual en todos, ni perfecta en ninguno en esta vida, sino que va creciendo hacia la perfección» (CMa 77). Y la imperfección procede «de los restos del pecado que permanecen en cada parte de ellos, y de las perpetuas concupiscencias de la carne contra el espíritu» (CMa 78), eco directo de 13.2.
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
La palabra misma trae su historia. La Escritura usa «santificar» en dos sentidos: consagrar —apartar una cosa o una persona del uso común para un uso sagrado (Jn 10:36)— y hacer santa moralmente a una persona (1 Co 6:11). El capítulo trabaja en el segundo, y en él —como observa Hodge— «la regeneración es el principio de la santificación, siendo esta última la continuación de la primera».7 El «además» de 13.1 lleva esa continuidad escrita dentro; lo que la santificación añade a la regeneración, y lo que la distingue de la justificación, quedó expuesto al comentar 13.1. Aquí importa ver contra qué se talló la fórmula.
Porque el «real y personalmente» de 13.1 no es una expresión inocente: es deliberadamente antitridentina. Trento había definido la justificación como justicia infusa, que sana al hombre y crece en él; la Asamblea deshace esa confusión repartiendo los términos: la infusión pertenece a la santificación, la imputación a la justificación —el díptico con el capítulo 11 que la exposición de 13.1 dejó dicho—. De la misma raíz brota la precisión reformada sobre los medios: los sacramentos no obran ex opere operato —por la sola ejecución del rito—, sino como medios de gracia eficaces por la bendición de Cristo y la obra del Espíritu, recibidos por la fe (caps. 27–28): medios ordinarios, no automáticos.
La otra guarda del capítulo —«imperfecta en esta vida»— tuvo su hora polémica más visible después de la Asamblea. Hodge, escribiendo en el siglo XIX, expone las formas del perfeccionismo que la fórmula excluye: la pelagiana, que limita la obligación de la ley a la capacidad del hombre; y la arminiana y romana, que supone que Dios rebajó las demandas de la ley para aceptar, en lugar de la obediencia perfecta, la evangélica. Y señala el punto neurálgico: Roma y Wesley niegan que la concupiscencia —los primeros movimientos involuntarios de la corrupción remanente— sea propiamente pecado; la Confesión afirma lo contrario (6.5, como quedó dicho en 13.2). Hodge llega a discutir a los metodistas de su propio tiempo —el Dr. Peck y los tratados doctrinales de su iglesia—.8 Pero dígase con las fechas en la mano: Wesley y Peck son posteriores a la Asamblea; son corrientes que la doctrina excluye por su contenido, no adversarios que estuvieran en el recinto.
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas correspondencias —Trento de un lado, el perfeccionismo del otro— son lectura doctrinal del texto confesional y exposición de sus comentaristas, no debates asentados en las actas: las actas votan, no glosan. Y en este capítulo, como se verá, el comentarista no tiene acta que citar.
En la mesa de la Asamblea
Este capítulo impone al historiador la sobriedad. En el cotejo de este proyecto, ninguna variante del texto del capítulo 13 se dirime por las actas de la Asamblea, y no se invoca acta ni sesión que identifique un blanco concreto de su antiperfeccionismo. Cabe pensar —como inferencia razonable, no como hecho documentado por las actas— que la guarda de la Asamblea (1643–1649) miraba a las corrientes radicales y antinomianas o perfeccionistas de su propio tiempo; pero el punto queda, honestamente, en grado inferencial, y donde las fuentes callan, el comentarista no pone nombres.
Lo que el cotejo sí muestra es un texto que llegó quieto hasta nosotros: las tres secciones coinciden en su redacción doctrinal en el manuscrito de 1646, el impreso de 1647, la recensión americana y la versión latina (véase el aparato crítico). Y quien quiera oír a la ortodoxia reformada madura sobre esta materia tiene su interlocutor natural en Francis Turretin, que trata la santificación y las buenas obras en su Institutio, Locus XVII; queda aquí señalado, no citado, porque su incorporación exige una matriz de fuentes que el proyecto aún no ha levantado. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
La santificación es la doctrina de la vida cristiana cotidiana, y su mala comprensión engendra angustia o presunción. Donde se cree, el creyente entiende su guerra interior: la lucha contra el pecado no es prueba de que no esté convertido, sino marca del estado de gracia (13.2); y la victoria no depende de su fuerza, sino de los refuerzos del Espíritu (13.3). Y donde se cree, se busca la santidad sin confundirla con la justificación: el creyente persigue la santidad porque es hijo, no para llegar a serlo; su aceptación ante Dios descansa en la justicia imputada de Cristo (cap. 11), y desde esa aceptación segura busca ser santo.
En el púlpito
Predicar la santificación es llamar al pueblo a la guerra contra el pecado y a la práctica de la santidad, sin caer en el moralismo —que predicaría el esfuerzo separado de la gracia y de la unión con Cristo— ni en el quietismo —que diría «déjate llevar, no te esfuerces»—. La fórmula bíblica es el esfuerzo sostenido por la gracia (Fil 2:12, 13). Conviene guardar al pueblo de dos errores opuestos: el perfeccionismo, que promete una santidad sin pecado en esta vida y deja al creyente o engañado o desesperado; y el derrotismo, que se rinde al pecado como si no hubiera victoria. La Confesión enseña el medio: guerra real, imperfección reconocida, victoria asegurada.
En la catequesis
El capítulo se enseña con CMe 35 y CMa 75, 77, 78 (véase el recuadro «En los Catecismos»). La P. 77 del Mayor —que distingue la justificación de la santificación— es clave para que el catecúmeno no funda el veredicto (perfecto, igual en todos) con el proceso (progresivo, desigual). Conviene enseñar las dos caras —mortificar el pecado y vivificar las gracias— y los medios ordinarios por los que el Espíritu santifica: la Palabra, los sacramentos y la oración (cap. 14; CMa 154).
En la cura de almas
Al creyente abatido por su lucha contra el pecado se le enseña 13.2–3: la guerra es normal, las derrotas temporales no son la última palabra, y la victoria es del Espíritu; debe seguir combatiendo, usando los medios, sin desesperar ni rendirse. Al que se cree ya santo se le muestra, con humildad, que la corrupción permanece en cada parte mientras dure esta vida (13.2; 6.5), de modo que la santidad es siempre camino, no meta alcanzada.
En la formación de oficiales
El candidato debe distinguir la santificación de la justificación con la precisión de CMa 77 (infunde/imputa, sometido/perdonado, progresiva/perfecta, desigual/igual), sin separarlas; explicar las dos caras (mortificación y vivificación) y su raíz en la unión con Cristo; sostener la imperfección de la santificación contra el perfeccionismo y su victoria contra el derrotismo; y exponer cómo la gracia que santifica obra de modo que el creyente obra (Fil 2:12, 13), evitando el quietismo y el moralismo. De esta doctrina depende una pastoral sana de la vida cristiana.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.
Básicas. (1) ¿Quiénes son santificados, y por qué virtud (13.1)? (2) ¿Cuáles son las dos caras de la santificación (13.1)? (3) ¿Hasta dónde se extiende la santificación, y es perfecta en esta vida (13.2)? (4) ¿De dónde surge la guerra interior del creyente (13.2)? (5) ¿Puede la corrupción prevalecer por un tiempo (13.3)? (6) ¿Quién gana la guerra, y por qué fuerza (13.3)? (7) ¿Qué significa «sin la cual nadie verá al Señor» (13.1)?
Avanzadas. (1) Distinga la justificación de la santificación según CMa 77 (imputa/infunde, perdonado/sometido, perfecta/progresiva, igual/desigual). ¿Por qué hay que distinguirlas sin separarlas? (2) ¿Qué significa que la santificación es «real y personal» (13.1), y cómo contrasta con la justificación? (3) ¿Por qué «virtud» en 13.1 significa eficacia y no virtud moral? (4) ¿Por qué la guerra de 13.2 se llama «irreconciliable», y qué consuelo da al creyente que la siente? (5) ¿Cómo evita 13.3 a la vez el perfeccionismo y el derrotismo? (6) ¿Cómo obra el creyente en la santificación sin que esta deje de ser obra de la gracia (Fil 2:12, 13)? (7) ¿Cómo se relaciona la santificación con la restauración de la imagen de Dios (cap. 4) y su consumación en la gloria (9.5)?
Glosario del capítulo
Santificación — la obra de la gracia por la cual el Espíritu, por la virtud de Cristo, renueva real y progresivamente al creyente conforme a la imagen de Dios (13.1; CMe 35).
Real y personal — la santificación obra una santidad verdadera en la persona del creyente (a diferencia de la justicia imputada de la justificación) (13.1).
Virtud (de la muerte y resurrección de Cristo) — la eficacia o poder de la unión con Cristo; no «virtud moral» (13.1).
Mortificación — el dar muerte progresivamente al dominio y las concupiscencias del pecado (13.1; Ro 8:13).
Vivificación — el ser fortalecido y avivado en las gracias salvadoras (13.1).
Guerra (continua e irreconciliable) — el combate de por vida entre la carne (corrupción remanente) y el espíritu (parte regenerada); sin tregua posible (13.2; Gá 5:17).
El espíritu (minúscula) — la parte regenerada del creyente, no el Espíritu Santo (13.2).
La parte regenerada vence — el desenlace seguro de la guerra, por el suministro de fuerza del Espíritu; contra el derrotismo (13.3).
Perfeccionismo — el error de creer alcanzable la santidad completa en esta vida, que la imperfección de 13.2 desmiente y al que 13.3 opone la victoria progresiva.
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo; Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control; Carruthers (C, 1937), historia textual.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 13, pp. 185–193 — exposición contemporánea de la santificación, sus dos caras y la guerra interior. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: la santificación en unión con Cristo (13.1); la Escritura como instrumento principal del Espíritu (13.1); mortificación y vivificación (13.1); las dimensiones de «todo el hombre» y el par «incompleta, no defectuosa» (13.2); la victoria por dependencia del poder de Dios (13.3).
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XIII — exposición de la santificación, sus dos caras y la guerra interior; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 13 — preguntas de clase sobre la santificación.
- Catecismos: CMe 35; CMa 75, 77, 78 (la santificación, su distinción con la justificación y su imperfección en esta vida).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada; colación íntegra pendiente.
Footnotes
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Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 186. Van Dixhoorn ancla la santificación en la unión con Cristo: «al igual que todas las bendiciones y todos los beneficios de la vida cristiana, la santificación viene a nosotros en unión con Cristo». De ahí su crítica a toda «autosantificación» que la convierta en un mejorarse por las propias fuerzas (Ro 6). ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 187. Del lugar de la Palabra entre los medios: «el instrumento que utiliza principalmente para nuestro crecimiento en la gracia es la Escritura. Esa es la herramienta que el Espíritu usa para moldearnos»; por su verdad nos santifica, y «sin ella nos estancamos» (cf. Jn 17:17; Ef 5:26, donde los sacramentos mismos dependen de la Palabra). ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 188. Van Dixhoorn recoge el par «mortificación / vivificación» como «una expresión antigua» y advierte que la mortificación sola no resume la santificación: junto al morir al pecado hay que ser vivificado para la justicia. (El par no es latín en su exposición; las etiquetas técnicas son de esta edición.) ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 190. De la extensión a «todo el hombre»: «la santificación ciertamente es un asunto del corazón, pero también es intelectual… es física… es verbal: el lenguaje santificado es controlado y deliberado». Ninguna dimensión de la persona queda fuera. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 190. Del modo exacto de la imperfección de 13.2: «la obra santificadora de Dios no se perfecciona en esta vida. No es defectuosa, es “incompleta”». La distinción guarda a la vez la honra de Dios (que no obra mal) y el realismo sobre el creyente (que aún no está completo). ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 193. Del modo de la victoria de 13.3: «es por medio de la dependencia humilde en el poder de Dios que se destruyen las fortalezas del pecado y se completa la santidad». La parte regenerada vence, pero por fuerza recibida, no propia (1 Jn 5:4). ↩
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A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XIII. Son de Hodge la distinción de las dos acepciones de «santificar» —consagrar (Jn 10:36; Mt 23:17) y hacer santo moralmente (1 Co 6:11; He 13:12)— y la frase citada sobre la regeneración como principio de la santificación. ↩
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Hodge, Comentario, cap. XIII. Hodge expone y distingue las posiciones pelagiana y arminiana/romana del perfeccionismo, y discute al Dr. Peck (Doctrina cristiana de la perfección) y los Tratados doctrinales metodistas: identificación del siglo XIX, que se da aquí como exposición suya, no como acta de la Asamblea. ↩
