Capítulo 14 · De la fe salvadora
Edición de estudio comentada
Para entrar: «Creo; ayuda mi incredulidad»
Un padre desesperado trae a Jesús a su hijo, atormentado desde la niñez por un espíritu que lo arroja al fuego y al agua. «Si puedes creer», le dice Jesús, «al que cree todo le es posible». Y el padre responde con una de las frases más honestas del Evangelio: «Creo; ayuda mi incredulidad» (Mr 9:24). No dice «creo» a secas, como quien presume de su fe; ni «no creo», como quien se rinde. Confiesa una fe verdadera y a la vez débil, fe y duda en el mismo corazón. Y Jesús no lo rechaza por la flaqueza de su fe: sana al niño. El que tenía poca fe, pero puesta en el Cristo verdadero, recibió lo que pedía.
Este capítulo es la anatomía de esa fe. ¿Qué es la fe salvadora? ¿De dónde viene? ¿Qué hace? ¿Y qué del creyente cuya fe tiembla? La Confesión responde sin halagar al fuerte ni aplastar al débil: la fe es don del Espíritu, no obra del hombre (14.1); su acto principal es descansar en Cristo, no meramente creer que algo es verdad (14.2); y es débil o fuerte, combatida pero victoriosa, porque lo que la sostiene no es su propia fuerza, sino su objeto (14.3).
De ahí el consuelo que recorre todo el capítulo: lo que salva no es la fe, sino Cristo, a quien la fe se aferra. La fe pequeña puesta en un Cristo grande salva tanto como la fe fuerte, porque el peso no lo lleva la mano que se aferra, sino aquel a quien se aferra. Por eso el creyente de poca fe no ha de mirar la fuerza de su fe para hallar seguridad, sino mirar a Cristo —«autor y consumador» de la fe (He 12:2)—, que sostiene aun la fe que tiembla y la lleva a término.
Tesis doctrinal
Dicho que el llamamiento eficaz capacita al pecador para creer (cap. 10) y que la fe es el único instrumento de la justificación (cap. 11), la Confesión confiesa qué es esa fe. Avanza en tres pasos. Primero, su origen: la gracia de la fe, por la cual los elegidos creen para la salvación de sus almas, es obra del Espíritu de Cristo en sus corazones, obrada ordinariamente por el ministerio de la Palabra, y aumentada y fortalecida por la Palabra, los sacramentos y la oración (14.1). Segundo, sus actos: por la fe el cristiano cree verdadero todo lo revelado en la Palabra, por la autoridad de Dios que habla en ella —obedeciendo los mandatos, temblando ante las amenazas, abrazando las promesas—; pero sus actos principales son aceptar, recibir y descansar solo en Cristo para la justificación, la santificación y la vida eterna (14.2). Y tercero, sus grados: la fe es débil o fuerte; puede ser combatida y debilitada de muchas maneras, pero alcanza la victoria, creciendo en muchos hasta la plena seguridad por medio de Cristo, autor y consumador de la fe (14.3). La fe salvadora es así don de Dios y no obra del hombre, descansar en Cristo y no mera creencia, real aun cuando es débil: por eso el creyente de poca fe no debe desesperar, sino mirar al objeto de su fe —Cristo—, no a la fuerza de su fe.
Cómo leer este capítulo
El capítulo recorre la fe salvadora en tres caras. Primero, su origen y crecimiento (14.1): no es producto del hombre, sino obra del Espíritu de Cristo, nacida por la Palabra y nutrida por la Palabra, los sacramentos y la oración. Segundo, su actividad (14.2): qué hace la fe —cree todo lo revelado, obedece, tiembla, abraza las promesas— y, sobre todo, su acto principal: descansar en Cristo para la salvación entera (justificación, santificación, vida eterna). Tercero, sus grados y su desenlace (14.3): la fe es débil o fuerte, combatida pero victoriosa, creciente hasta la plena seguridad en Cristo. Origen, actividad, grados: una fe que es don, que descansa en Cristo, y que —aun débil— vence; porque su fuerza no está en sí misma, sino en aquel en quien descansa.
Texto confesional
14.1. La gracia de la fe, por la cual los elegidos son capacitados para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones, y es obrada ordinariamente por el ministerio de la Palabra; por el cual también, y por la administración de los sacramentos y la oración, es aumentada y fortalecida.
Referencias bíblicas: He 10:39; 2 Co 4:13; Ef 1:17–19; 2:8; Ro 10:14, 17; 1 P 2:2; Hch 20:32; Ro 4:11; Lc 17:5; Ro 1:16, 17.
14.2. Por esta fe, el cristiano cree que es verdadero todo lo que está revelado en la Palabra, por la autoridad de Dios mismo que habla en ella; y actúa de manera diferente según lo que cada pasaje particular de ella contiene: obedeciendo los mandatos, temblando ante las amenazas, y abrazando las promesas de Dios para esta vida y para la venidera. Pero los actos principales de la fe salvadora son: aceptar, recibir y descansar solo en Cristo para la justificación, la santificación y la vida eterna, en virtud del pacto de gracia.
Referencias bíblicas: Jn 4:42; 1 Ts 2:13; 1 Jn 5:10; Hch 24:14; Ro 16:26; Is 66:2; He 11:13; 1 Ti 4:8; Jn 1:12; Hch 16:31; Gá 2:20; Hch 15:11.
14.3. Esta fe es diferente en grados: débil o fuerte; puede ser frecuentemente y de muchas maneras atacada y debilitada, pero alcanza la victoria; creciendo en muchos hasta alcanzar una plena seguridad por medio de Cristo, quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe.
Referencias bíblicas: He 5:13, 14; Ro 4:19, 20; Mt 6:30; 8:10; Lc 22:31, 32; Ef 6:16; 1 Jn 5:4, 5; He 6:11, 12; 10:22; Col 2:2; He 12:2.
Exposición doctrinal
La fe salvadora en la historia de la redención
La fe salvadora es el medio por el cual el pecador recibe todo lo que Cristo adquirió; sin ella, la redención permanecería fuera de él. La Escritura la confiesa como don y obra del Espíritu —«por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios» (Ef 2:8)—, nacida por la Palabra —«la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro 10:17)—, cuyo acto es recibir a Cristo —«a todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Jn 1:12)—, y cuyo objeto la sostiene aun en la debilidad —«esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Jn 5:4); «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (He 12:2)—.
Por eso el capítulo sigue, en el orden de la aplicación de la salvación, al llamamiento eficaz (cap. 10) y precede a la justificación (cap. 11): el Espíritu, al llamar eficazmente, obra la fe en el corazón; y por esa fe el creyente es justificado, adoptado y santificado. La fe no es, pues, la causa de la salvación —como si el hombre la mereciera por creer—, sino el instrumento que recibe a Cristo; y aun ese instrumento es don de Dios, de modo que la salvación es gracia de principio a fin.
Conviene ver cómo la fe une al creyente con Cristo y, por él, con toda la historia de la redención. El acto central de la fe —«descansar en Cristo»— es el acto de la criatura vacía que se apoya en el Salvador lleno; y ese apoyo la une a Cristo, de modo que cuanto él hizo se le aplica: su obediencia para la justificación, su Espíritu para la santificación, su herencia para la vida eterna (14.2). La fe no inventa nada ni añade nada a la obra de Cristo; la recibe. Y por eso la fe del creyente de hoy es la misma fe de Abraham, que «creyó a Dios, y le fue contado por justicia» (Ro 4): una sola fe a través de las edades, que mira al mismo Cristo —de lejos en la promesa, de cerca en el cumplimiento— y descansa en él. La fe, además, tiene su historia en cada creyente: nace pequeña, es combatida, crece por los medios ordinarios, y avanza hacia la plena seguridad —no por su propia fuerza, sino porque Cristo, «autor y consumador de la fe», la sostiene y la lleva a término—.
14.1 · El origen y el crecimiento de la fe
«La gracia de la fe… es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones.» La fe se llama aquí «gracia» antes que «acto»: no es algo que el hombre produzca por sus fuerzas, sino un don que el Espíritu obra en el corazón (Ef 2:8; cf. 10.1–2). El Espíritu que la concede es, en frase de Pablo, el «Espíritu de fe» (2 Co 4:13): el Espíritu divino que obra la fe en personas inclinadas, por naturaleza, a no creer.1 Y es «obrada ordinariamente por el ministerio de la Palabra»: el medio normal por el cual el Espíritu engendra la fe es la predicación del evangelio (Ro 10:17), aunque «ordinariamente» deja a salvo la libertad del Espíritu de obrar también sin la Palabra en los que no pueden oírla (10.3). Por eso conviene no rebajar la predicación en favor de otros medios: es el cauce al que la Escritura misma dirige nuestra atención.2
Una vez nacida, la fe «es aumentada y fortalecida» por «la Palabra, los sacramentos y la oración» —los medios ordinarios de gracia—. Conviene la precisión: los sacramentos no engendran la fe (eso es propio de la Palabra), sino que la fortalecen —contra la idea de que el sacramento opera por sí mismo, ex opere operato—. La fe, pues, ni se produce a sí misma ni se sostiene a sí misma: nace y crece por la gracia, mediante los medios que Dios ha dispuesto.
14.2 · Los actos de la fe
La sección describe qué hace la fe, en dos niveles. El primero, general: el cristiano «cree que es verdadero todo lo que está revelado en la Palabra, por la autoridad de Dios mismo que habla en ella». Esto es el asentimiento de la fe —tener por verdad lo que Dios dice, no por la fuerza de los argumentos, sino por la autoridad del que habla (cf. 1.4)—. Y ese asentimiento «actúa de manera diferente según lo que cada pasaje contiene»: ante los mandatos, obedece; ante las amenazas, tiembla; ante las promesas, las abraza. La fe no es indiferente al contenido de la Escritura: responde a cada parte como conviene, y no extrae de cualquier pasaje la enseñanza que le plazca.3
Pero el segundo nivel es el decisivo: «los actos principales de la fe salvadora son: aceptar, recibir y descansar solo en Cristo para la justificación, la santificación y la vida eterna». Aquí está el corazón de la fe —lo que la distingue de la mera creencia que «aun los demonios» tienen (Stg 2:19)—: no basta con creer que lo revelado es verdad; la fe salvadora descansa en Cristo mismo, se apoya en él con todo su peso (el latín recumbentia), recibiéndolo como se ofrece en el evangelio. La fe fija sus ojos en Jesús —no en los beneficios, sino en el Salvador mismo, de quien fluye toda bendición—.4 Y nótese el alcance: descansa en Cristo «para la justificación, la santificación y la vida eterna» —la fe no recibe solo el perdón, sino a Cristo entero, con toda su salvación—.
14.3 · Los grados de la fe
La última sección consuela al creyente vacilante. «Esta fe es diferente en grados: débil o fuerte.» La fe verdadera no es siempre fuerte; puede ser débil, y no por eso deja de ser verdadera —los grados varían la fuerza, no la especie—. La fe «puede ser frecuentemente y de muchas maneras atacada y debilitada» —por la tentación, la duda, el pecado, la aflicción—, «pero alcanza la victoria». Aquí la Confesión emplea el mismo giro que en la santificación (13.3, «la parte regenerada vence»): la fe combate y, aunque a veces parezca a punto de extinguirse, no es vencida del todo, porque «todo lo que es nacido de Dios vence al mundo» (1 Jn 5:4) —de modo que la sola existencia de una fe verdadera es ya, en cierto sentido, esa victoria—.5
Y «crece en muchos hasta alcanzar una plena seguridad» (cf. cap. 18). El fundamento de esa victoria no está en la fuerza de la fe, sino en su objeto: «Cristo, quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe» (He 12:2). Él la inicia y él la lleva a término —e intercede por los suyos para que su fe no falte (Lc 22:32)—; por eso la fe pequeña, puesta en un Cristo grande, salva tanto como la fe fuerte.6 Aquí está el consuelo del creyente de poca fe: no debe mirar la fuerza de su fe para hallar seguridad, sino mirar a Cristo, que sostiene aun la fe que tiembla.
En los Catecismos. «La fe en Jesucristo es una gracia salvadora, por la cual le recibimos, y descansamos en él solo para salvación, tal como él nos es ofrecido en el evangelio» (CMe 86). El Mayor recoge la estructura misma de 14.2: por la fe el pecador «no solamente asiente a la verdad de la promesa del evangelio, sino que recibe y descansa en Cristo y su justicia, ofrecidos en ella» (CMa 72); y la fe justifica «solamente porque es un instrumento por el cual él recibe y aplica a Cristo y su justicia» (CMa 73; el enlace con el cap. 11). Lo que aquí se llama «descansar en Cristo» es lo que los Catecismos llaman recibir y descansar en él.
La doctrina en la historia
El camino de la doctrina
Este capítulo tiene detrás una vieja disputa: si la fe que justifica incluye o no la confianza. «Fue muy debatido entre los romanistas y los reformadores», recuerda Hodge, y concluye que la confianza es «un elemento esencial» del acto de fe que justifica.7 Roma —cuya posición quedó fijada en Trento (Sesión VI, 1547)— entendía la fe como un asentimiento al que debía añadirse la caridad para justificar, lo que la teología reformada posterior llamó fides caritate formata; esta caracterización es categorización de la tradición reformada, no cita de los cánones tridentinos, y queda [AMARILLO] a revisión. La respuesta de Westminster no es una réplica erudita sino una definición: los actos principales de la fe salvadora son aceptar, recibir y descansar solo en Cristo —la confianza no como añadido a la fe, sino como su corazón—, según quedó dicho en 14.2. La dogmática reformada expone esa descripción con la tríada clásica —conocimiento (notitia), asentimiento (assensus), confianza (fiducia)—; conviene saber que la Confesión no nombra los tres elementos por separado: la tríada es la rejilla con que la tradición lee lo que 14.2 describe, no vocabulario del texto confesional.
Las otras cláusulas del capítulo también trazan fronteras. «Obrada ordinariamente por el ministerio de la Palabra» excluye la pretensión de recibir la fe por revelaciones inmediatas al margen de la Palabra, sin atar por ello la gracia a los medios (cf. 10.3); y la distinción entre engendrar y fortalecer excluye todo ex opere operato sacramental, como quedó dicho en 14.1. La precisión del latín de 1656/1659 —plerumque («ordinariamente»), recumbentia («descansar»), victrix evadat («alcanza la victoria»)— fija el alcance exacto de cada cláusula: la regla con la excepción reservada a Dios, el descanso que apoya todo el peso, la victoria; por eso ese latín sirve de testigo de peso en el cotejo. Pero de él no se infiere una intención de método de la Asamblea, que no consta en actas para este capítulo.
Una advertencia antes de entrar en la sala. Estos frentes —Roma y Trento, las revelaciones inmediatas, el sacramento que operaría por sí mismo— son oposición doctrinal de la tradición reformada, leída en el texto confesional; no son debate asentado en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Y en este capítulo, lo que las actas conservan es, precisamente, casi nada.
En la mesa de la Asamblea
Hay capítulos cuyos debates dejaron fechas, informes y votos asentados; este no es uno de ellos. El cotejo del proyecto lo declara sin rodeos: ninguna variante de este capítulo se dirime por las actas, y no consta en las fuentes locales debate alguno de la Asamblea sobre él.8 Las tres secciones llegan, además, doctrinalmente idénticas en todos los testigos del cotejo (véase el aparato crítico): el texto no guarda cicatrices de disputa.
El eco más cercano de la sala es indirecto: el debate sobre la primacía de la predicación —Burgess, Greenhill y Burroughs frente al valor que Goodwin daba a la lectura de buenos libros—, que Van Dixhoorn documenta como editor de las actas y que ya quedó citado en la nota a 14.1: debate mediado por él, no decisión confesional ni consenso del cuerpo. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.
Para la iglesia
Pocas doctrinas son tan consoladoras para el creyente débil. Donde se cree, la seguridad no descansa en la fuerza de la fe, sino en su objeto: el que tiene poca fe pero verdadera está unido al mismo Cristo que el que tiene fe fuerte, y por tanto salvo. Y donde se cree, la fe se nutre por los medios ordinarios: el creyente no espera fortalecerla por experiencias extraordinarias, sino frecuentando la Palabra, los sacramentos y la oración (14.1), en la comunión de la iglesia.
En el púlpito
Predicar la fe salvadora es dirigir al oyente fuera de sí mismo, a Cristo. El predicador guarda al pueblo de dos errores: el que reduce la fe a un mero asentimiento intelectual (creer que es verdad, sin descansar en Cristo —la fe de los demonios—), y el que mide la fe por la intensidad del sentimiento (y deja al creyente débil en angustia). La fórmula de la Confesión señala el camino: la fe salvadora es descansar en Cristo, y aun la fe débil que descansa en él es fe que salva. Conviene, además, predicar la Palabra como el medio por el cual Dios engendra y fortalece la fe (Ro 10:17): el celo por la predicación brota de saber que es el cauce ordinario de la fe.
En la catequesis
El capítulo se enseña con CMe 86 y CMa 72–73 (véase el recuadro «En los Catecismos»). Conviene enseñar los actos de la fe —creer lo revelado y descansar en Cristo— para que el catecúmeno no confunda la fe salvadora con un mero saber, ni la reduzca a un sentimiento; y enseñar que la fe, aun débil, es verdadera, para que el de poca fe no desespere.
En la membresía y el consuelo
Al alma atribulada que se queja de su poca fe se le enseña 14.3: la fe débil es fe verdadera, y su fuerza no es la medida de la salvación, sino el objeto en que descansa; debe mirar a Cristo, no a su fe. En el examen de admisión se busca evidencia de una fe que descansa en Cristo —no un saber teológico ni una experiencia espectacular—, y se recibe al de fe débil pero sincera. Y a todos se les dirige a los medios ordinarios, donde la fe crece.
En la formación de oficiales
El candidato debe distinguir el asentimiento (creer que es verdad) de la confianza (descansar en Cristo), mostrando por qué la fe salvadora es más que la creencia de los demonios (Stg 2:19); explicar por qué la fe es don y obra del Espíritu, no producto del hombre, y a la vez acto verdadero del creyente; sostener que la fe débil es fe verdadera (grados, no especies), para consolar sin engañar; y enseñar que la fe se nutre por los medios ordinarios, no por lo extraordinario. De esta doctrina depende una pastoral sana de la seguridad y de la duda.
Preguntas de estudio
Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.
Básicas. (1) ¿De quién es obra la fe, y por qué medio nace (14.1)? (2) ¿Cómo se fortalece la fe (14.1)? (3) ¿Qué cree el cristiano por la fe, y cómo responde a la Palabra (14.2)? (4) ¿Cuál es el acto principal de la fe salvadora (14.2)? (5) ¿Es siempre fuerte la fe verdadera (14.3)? (6) ¿Qué le pasa a la fe en la lucha, y cómo termina (14.3)? (7) ¿Quién es el «autor y consumador» de la fe (14.3)?
Avanzadas. (1) Distinga el asentimiento (creer que es verdad) de la confianza (descansar en Cristo). ¿Por qué la fe salvadora es más que la creencia de los demonios (Stg 2:19)? (2) ¿Por qué la fe es a la vez don de Dios y acto del creyente? (3) ¿En qué sentido los sacramentos «fortalecen» la fe pero no la «engendran» (14.1)? (4) ¿Por qué la fe débil es fe verdadera? ¿Dónde debe mirar el de poca fe para hallar seguridad? (5) ¿Cómo se relaciona la fe (cap. 14) con la justificación (cap. 11)? ¿Justifica como obra o como instrumento? (6) ¿Qué significa que Cristo es «autor y consumador» de la fe, y qué consuelo da (14.3)? (7) ¿Por qué la fe se nutre por los medios ordinarios y no por lo extraordinario?
Glosario del capítulo
Fe salvadora — la gracia, obrada por el Espíritu, por la cual el elegido cree para salvación, descansando en Cristo (14.1).
Gracia de la fe — la fe considerada como don de Dios, antes que como acto del hombre (14.1; Ef 2:8).
Asentimiento — el acto de la fe por el cual se tiene por verdadero lo revelado, por la autoridad de Dios que habla (14.2).
Descansar en Cristo (fiducia) — el acto principal de la fe: apoyarse con todo el peso en Cristo, recibiéndolo para la salvación entera (14.2); se vierte «descansar», no «reposar».
Grados de la fe — la fe es débil o fuerte; los grados varían la fuerza, no la verdad: la fe débil es fe verdadera (14.3).
Plena seguridad — el alto grado de la fe que llega a la certeza de la salvación; fruto, no esencia, de la fe (14.3; cf. cap. 18).
Autor y consumador — Cristo, que inicia y lleva a término la fe del creyente (14.3; He 12:2).
Medios ordinarios — la Palabra, los sacramentos y la oración, por los que la fe nace y crece (14.1).
Bibliografía comentada
- Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo; Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control; Carruthers (C, 1937), historia textual.
- Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 14, pp. 195–203 — exposición contemporánea de la fe salvadora, sus actos y sus grados. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). En este capítulo Van Dixhoorn aporta varias notas eruditas (Burgess, Greenhill, Burroughs, Goodwin) sobre el debate de la Asamblea acerca de la predicación: se citan como testimonio mediado por él, no como decisión confesional ni consenso del cuerpo (cf. la nota al pie sobre ese debate).
- A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XIV — exposición de la fe salvadora, sus actos y sus grados; voz de corroboración, bajo la Confesión.
- G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 14 — preguntas de clase sobre la fe.
- Catecismos: CMe 86; CMa 72–73 (la fe en Jesucristo, la fe justificadora y su función instrumental).
- Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — cotejado en «descansar/reposar»; colación íntegra pendiente.
Footnotes
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Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 195–96. Van Dixhoorn nota que el capítulo invita a reflexionar sobre «la “fe salvadora” en particular», y lee el «Espíritu de fe» de 2 Corintios 4:13 como el Espíritu divino que «concede la fe a personas que tienen la tendencia a no creer lo que deben creer»: la fe es, antes que un acto del hombre, obra del Espíritu de Cristo. (Las distinciones técnicas —fe objetiva/subjetiva, notitia/assensus/fiducia— son de esta edición; Van Dixhoorn expone su contenido sin el latín.) ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 196–98. Sobre el medio ordinario de la fe, Van Dixhoorn advierte que «tenemos que pensarlo dos veces antes de elevar otros medios de comunicación sobre la predicación, el medio al cual Pablo explícitamente nos llama a prestar atención» (Ro 10:14, 17). Documenta además —como editor de las Minutes— que algunos miembros de la Asamblea (Burgess, Greenhill, Burroughs) defendieron la primacía de la predicación —«la fe viene del oír», dicho de Burroughs— frente al valor que otros (Goodwin) daban a la lectura de buenos libros; ese material es debate registrado por Van Dixhoorn, no decisión confesional ni consenso del cuerpo, y así se cita. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 200–201. Del modo en que la fe responde a la Palabra (14.2): no se puede «extraer la enseñanza que uno quiera de cualquier pasaje»; el mandato pide obediencia, la amenaza temor, la promesa abrazo. La fe lee cada parte de la Escritura como conviene a su contenido. ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 201. Del acto principal de la fe: «la buena nueva es Jesús mismo»; «la fe fija sus ojos en Jesucristo», no en los beneficios —es a través del Salvador que fluye toda bendición—. La fe descansa en la persona de Cristo, no en sus dones por separado. ↩
-
Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 202. De los grados y la victoria de la fe (14.3): «la mera existencia de nuestra fe es en cierta manera la victoria que ha vencido al mundo» (1 Jn 5:4). La fe débil, por ser fe verdadera nacida de Dios, ya participa de esa victoria. (Van Dixhoorn imprime «1 Jn 5:14» por errata; la cita corresponde a 1 Jn 5:4, como confirma la lista de pruebas de 14.3.) ↩
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Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 203. Del fundamento de la seguridad: «siempre debemos poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (He 12:2), en quien continúa su intercesión por los suyos. La fuerza de la fe no está en sí misma, sino en su objeto: por eso la fe pequeña puesta en un Cristo grande salva tanto como la fuerte. ↩
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A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XIV; se cita por el archivo de trabajo del proyecto, sin paginación de edición impresa. ↩
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El dato es negativo y así se asienta: el cotejo del proyecto no dirime ninguna variante de este capítulo por las Minutes of the Sessions of the Westminster Assembly of Divines, ed. Alexander F. Mitchell y John Struthers (1874), ni registra en ellas debate asentado sobre él; la conclusión consta en la revisión de fuentes primarias del proyecto. ↩
