Capítulo 18 · De la seguridad de la gracia y de la salvación

Edición de estudio comentada

Para entrar: «Para que sepáis que tenéis vida eterna»

El apóstol Juan escribe su primera carta con un propósito que él mismo declara: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Jn 5:13). No «para que lo esperéis vagamente», ni «para que lo deis por probable», sino para que lo sepáis. Y a lo largo de la carta reparte las pruebas con que ese saber se confirma: «en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (2:3); «nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos» (3:14). Es como si la carta fuera una lista de preguntas frecuentes del alma —«¿cómo sé que soy suyo?»— con sus respuestas.

Ese es el tema de este capítulo: que el cristiano puede saber, de veras, que es cristiano. La pregunta no es ociosa. Roma había enseñado que nadie puede tener certeza de su gracia salvo por una revelación especial, de modo que el creyente común debía vivir en una perpetua incertidumbre. La Confesión responde que la seguridad infalible es posible para todo verdadero creyente, sin revelación extraordinaria, por los medios ordinarios. Pero lo dice con un cuidado pastoral exquisito, porque la conciencia es terreno sensible: ni alienta la presunción del hipócrita, ni aplasta al creyente que aún no tiene certeza.

El capítulo lo expone en cuatro caras. Su posibilidad (18.1): contra la falsa esperanza de los hipócritas, el verdadero creyente puede estar ciertamente seguro. Su fundamento (18.2): no una conjetura, sino una seguridad infalible apoyada en tres pilares —las promesas de Dios, la evidencia de la gracia en la propia vida, el testimonio del Espíritu—. Su naturaleza y deber (18.3): no es de la esencia de la fe (se puede creer sin tenerla aún), pero es alcanzable y deber procurarla, y produce no relajación sino obediencia gozosa. Y sus vicisitudes (18.4): puede eclipsarse por el pecado, la tentación o el retiro de la luz de Dios, pero nunca del todo, porque la simiente de Dios permanece y la seguridad revive. Una certeza, pues, real y deseable; firme en su fundamento, variable en su experiencia, y siempre recuperable.

Tesis doctrinal

Confesado que los santos perseveran (cap. 17), la Confesión confiesa que pueden saberlo: la seguridad de la gracia y de la salvación. Avanza en cuatro pasos. Primero, su posibilidad: aunque los hipócritas se engañan con falsas esperanzas que perecerán, los que verdaderamente creen en Cristo, lo aman y procuran andar en buena conciencia pueden estar ciertamente seguros en esta vida de que están en estado de gracia, y regocijarse en la esperanza de la gloria (18.1). Segundo, su fundamento: esta certeza no es conjetura falible, sino una seguridad infalible de fe, fundada en la verdad de las promesas de salvación, en la evidencia interna de las gracias, y en el testimonio del Espíritu de adopción (18.2). Tercero, su naturaleza y deber: la seguridad no pertenece a la esencia de la fe —un verdadero creyente puede esperar mucho antes de alcanzarla—, pero es alcanzable por los medios ordinarios, sin revelación extraordinaria, y es deber de cada uno procurarla, pues produce paz, gozo y obediencia, no relajación (18.3). Y cuarto, sus vicisitudes: la seguridad puede ser sacudida, disminuida o interrumpida por negligencia, pecado, tentación o el retiro de la luz del rostro de Dios; pero los creyentes nunca quedan del todo destituidos de la simiente de Dios, de la que la seguridad puede revivir (18.4). La seguridad es así posible y deseable —contra Roma, que la negaba— pero no de la esencia de la fe —consuelo del creyente que aún no la goza—; firme cuando se funda donde debe, y recuperable cuando se eclipsa.

Cómo leer este capítulo

El capítulo recorre la seguridad en cuatro caras. Primero, su posibilidad (18.1): contra la falsa esperanza de los hipócritas, los verdaderos creyentes pueden estar ciertamente seguros de su estado de gracia. Segundo, su fundamento (18.2): no es conjetura, sino seguridad infalible, apoyada en tres pilares —las promesas, la evidencia de las gracias, el testimonio del Espíritu—. Tercero, su naturaleza y el deber de procurarla (18.3): no es de la esencia de la fe (puede faltar por un tiempo), se alcanza por los medios ordinarios, y es deber procurarla, porque produce paz, gozo y obediencia. Y cuarto, sus vicisitudes (18.4): puede ser sacudida, disminuida o interrumpida por diversas causas, pero nunca del todo, porque permanece la simiente de Dios de la que revive. Posibilidad, fundamento, deber, vicisitudes: una seguridad que es real y deseable, pero no de la esencia de la fe; firme en su fundamento, variable en su experiencia, y siempre recuperable.

Texto confesional

18.1. Aunque los hipócritas y otros hombres no regenerados puedan engañarse vanamente con falsas esperanzas y presunciones carnales de estar en el favor de Dios y en estado de salvación —la cual esperanza suya perecerá—, sin embargo, los que verdaderamente creen en el Señor Jesús y lo aman con sinceridad, esforzándose por andar delante de él en toda buena conciencia, pueden en esta vida estar ciertamente seguros de que están en estado de gracia, y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, esperanza que nunca los avergonzará.

Referencias bíblicas: Job 8:13, 14; Mi 3:11; Dt 29:19; Jn 8:41; Mt 7:22, 23; 1 Jn 2:3; 3:14, 18, 19, 21, 24; 5:13; Ro 5:2, 5.

18.2. Esta certeza no es una mera persuasión conjetural y probable, fundada en una esperanza falible, sino una seguridad infalible de fe, fundada en la verdad divina de las promesas de salvación, en la evidencia interna de aquellas gracias a las cuales se hacen estas promesas, y en el testimonio del Espíritu de adopción, que da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; el cual Espíritu es las arras de nuestra herencia, por quien somos sellados para el día de la redención.

Referencias bíblicas: He 6:11, 19; 6:17, 18; 2 P 1:4, 5, 10, 11; 1 Jn 2:3; 3:14; 2 Co 1:12; Ro 8:15, 16; Ef 1:13, 14; 4:30; 2 Co 1:21, 22.

18.3. Esta seguridad infalible no pertenece de tal manera a la esencia de la fe, que un verdadero creyente no pueda esperar largo tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de ella; sin embargo, siendo capacitado por el Espíritu para conocer las cosas que le son dadas gratuitamente por Dios, puede alcanzarla, sin revelación extraordinaria, en el recto uso de los medios ordinarios. Y por tanto, es deber de cada uno poner toda diligencia en hacer firme su llamamiento y elección; para que así su corazón se ensanche en paz y gozo en el Espíritu Santo, en amor y gratitud a Dios, y en fuerza y alegría en los deberes de la obediencia, que son los frutos propios de esta seguridad: tan lejos está ella de inclinar a los hombres a la relajación.

Referencias bíblicas: 1 Jn 5:13; Is 50:10; Mr 9:24; Sal 88; 77:1–12; 1 Co 2:12; 1 Jn 4:13; He 6:11, 12; Ef 3:17–19; 2 P 1:10; Ro 5:1, 2, 5; 14:17; 15:13; Ef 1:3, 4; Sal 4:6, 7; 119:32; 1 Jn 2:1, 2; Ro 6:1, 2; Tit 2:11, 12, 14; 2 Co 7:1; Ro 8:1, 12; 1 Jn 3:2, 3; Sal 130:4; 1 Jn 1:6, 7.

18.4. Los verdaderos creyentes pueden tener la seguridad de su salvación zarandeada, disminuida e interrumpida de diversas maneras: por negligencia en conservarla; por caer en algún pecado especial que hiere la conciencia y entristece al Espíritu; por alguna tentación súbita o vehemente; por retirarles Dios la luz de su rostro, permitiendo aun a los que le temen andar en tinieblas y no tener luz. Sin embargo, nunca quedan enteramente destituidos de aquella simiente de Dios y vida de fe, de aquel amor a Cristo y a los hermanos, de aquella sinceridad de corazón y conciencia del deber, de las cuales, por la operación del Espíritu, esta seguridad puede ser revivida a su debido tiempo, y por las cuales, entre tanto, son sostenidos para no caer en total desesperación.

Referencias bíblicas: Cnt 5:2, 3, 6; Sal 51:8, 12, 14; Ef 4:30, 31; Sal 77:1–10; Mt 26:69–72; Sal 31:22; 88; Is 50:10; 1 Jn 3:9; Lc 22:32; Job 13:15; Sal 73:15; 22:1.

Exposición doctrinal

La seguridad en la historia de la redención

La seguridad de la salvación es el fruto experiencial de toda la obra de la gracia que la Confesión ha venido confesando: el que ha sido elegido (cap. 3), redimido (cap. 8), llamado (cap. 10), justificado (cap. 11), adoptado (cap. 12) y guardado para perseverar (cap. 17) puede, además, saberlo y gozarse en ello. Por eso este capítulo sigue al de la perseverancia: si los santos perseveran de hecho (cap. 17), pueden tener certeza de que perseverarán (cap. 18). Conviene distinguir las dos cosas: la perseverancia es un hecho objetivo (Dios guarda a los suyos), y la seguridad es el conocimiento subjetivo de ese hecho (el creyente puede saber que es de los suyos). Lo primero no depende del creyente; lo segundo, aunque obra del Espíritu, puede tenerse, perderse y recobrarse.

Aquí la Confesión recobra un tesoro que Roma había negado. El Concilio de Trento había enseñado que el creyente no puede tener certeza de su gracia sino por revelación especial, de modo que el cristiano común debía vivir en una incertidumbre que Trento presentaba como saludable (Sesión VI, caps. 9 y 12). La Confesión responde que la seguridad infalible es posible para todo verdadero creyente, «sin revelación extraordinaria, en el recto uso de los medios ordinarios» (18.3) —no por una voz del cielo, sino por las promesas de Dios, la evidencia de la gracia en la propia vida y el testimonio del Espíritu—. Pero la Confesión es igualmente sabia al guardar el otro flanco: la seguridad no es de la esencia de la fe (18.3). Esto consuela al creyente que cree de veras pero no tiene aún certeza: su falta de seguridad no prueba falta de fe; puede «andar en tinieblas y carecer de luz» y, sin embargo, confiar en el nombre del Señor (Is 50:10). Así la Confesión navega entre tres errores: contra Roma, afirma que la seguridad es alcanzable; contra la presunción, advierte que la falsa seguridad de los hipócritas perecerá; y contra la desesperación, consuela al que aún no la ha alcanzado o la ha perdido por un tiempo. La seguridad es, en fin, una peregrinación: nace, crece, se eclipsa y revive, pero su raíz —la simiente de Dios— nunca se extingue del todo (18.4), de modo que el creyente, aun en su noche más oscura, es sostenido para no caer en total desesperación.

18.1 · La posibilidad de la seguridad

La sección abre distinguiendo dos seguridades, una falsa y una verdadera. La falsa: los «hipócritas y otros hombres no regenerados» pueden «engañarse vanamente con falsas esperanzas y presunciones carnales» —una confianza sin fundamento, que «perecerá» (Mt 7:22, 23)—. La verdadera: «los que verdaderamente creen en el Señor Jesús y lo aman con sinceridad, esforzándose por andar… en toda buena conciencia, pueden en esta vida estar ciertamente seguros de que están en estado de gracia». Dicho con sencillez: los cristianos pueden saber verdaderamente que son cristianos.1 Nótese el sujeto: no todo el que se diga creyente, sino el que de veras cree, ama a Cristo y procura andar en buena conciencia —marcas de la fe viva (cap. 14)—. A tal creyente la Confesión asegura que la certeza es posible «en esta vida», y que puede «regocijarse en la esperanza de la gloria… esperanza que nunca los avergonzará» (Ro 5:5). Contra Roma, pues, la seguridad no es presunción, sino don que el verdadero creyente puede tener.

18.2 · El fundamento de la seguridad

¿En qué se apoya esa certeza? «Esta certeza no es una mera persuasión conjetural y probable, fundada en una esperanza falible, sino una seguridad infalible de fe.» No es una suposición informada ni una apuesta probable, una conjetura del temperamento optimista, sino una certeza fundada en realidades firmes.2 Y la Confesión nombra tres. Primero, «la verdad divina de las promesas de salvación»: el fundamento objetivo —Dios ha prometido salvar a los que creen, y su promesa no falla (He 6:17, 18)—. Segundo, «la evidencia interna de aquellas gracias a las cuales se hacen estas promesas»: el creyente, examinándose, halla en sí las gracias a las que las promesas se dirigen —fe, amor a los hermanos, deseo de obedecer (1 Jn 2:3; 3:14)—, y de ahí concluye que las promesas son para él (es el llamado silogismo práctico). Tercero, «el testimonio del Espíritu de adopción, que da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Ro 8:16): el Espíritu mismo, que es «las arras de nuestra herencia» (Ef 1:14), persuade al corazón de su filiación —pues, en feliz imagen de un miembro de la Asamblea, el Espíritu primero escribe en nosotros las gracias y luego enseña a la conciencia a leer su propia caligrafía—.3

Conviene una precisión sobre este tercer fundamento, para guardarlo del entusiasmo: el Espíritu da con-testimonio —testifica juntamente con el espíritu del creyente—, no una revelación nueva ni una voz aparte de la Palabra. Los tres fundamentos se sostienen juntos: la promesa sin el examen sería presunción; el examen sin la promesa y el Espíritu sería introspección angustiosa; el supuesto testimonio del Espíritu sin la promesa y la evidencia sería fanatismo.

18.3 · La seguridad no es de la esencia de la fe

Aquí la Confesión guarda al creyente débil de una conclusión cruel. «Esta seguridad infalible no pertenece de tal manera a la esencia de la fe, que un verdadero creyente no pueda esperar largo tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de ella.» Es decir: se puede tener fe verdadera sin tener (todavía) seguridad. Puede que lo normal sea estar seguro de que uno es cristiano; pero uno puede ser cristiano sin estar seguro de ello.4 La seguridad es fruto de la fe, no su esencia; un creyente puede creer de veras, descansar en Cristo (cap. 14), y sin embargo carecer por mucho tiempo de la certeza de su salvación, luchando con dudas y oscuridades. Esto es de enorme valor pastoral: el que duda de su salvación no debe por ello concluir que no tiene fe; puede «andar en tinieblas y carecer de luz» y, no obstante, confiar en el nombre del Señor (Is 50:10).

Pero la sección añade que la seguridad es alcanzable —«sin revelación extraordinaria, en el recto uso de los medios ordinarios»—: no hace falta una experiencia mística, sino frecuentar la Palabra, los sacramentos y la oración, y examinarse a la luz de las promesas. Por eso «es deber de cada uno poner toda diligencia en hacer firme su llamamiento y elección» (2 P 1:10): la seguridad no se busca escudriñando el decreto secreto, sino confirmando, por la obediencia y los medios, que uno ha sido llamado. Y la Confesión responde a una objeción antigua —que la seguridad relajaría la moral—: al contrario, sus frutos son «paz y gozo en el Espíritu Santo, amor y gratitud a Dios, y fuerza y alegría en los deberes de la obediencia»; «tan lejos está ella de inclinar a los hombres a la relajación». El que sabe que es hijo de Dios no peca más, sino que obedece con más denuedo y alegría, porque se deleita en el amor de su Padre.5

18.4 · Las vicisitudes de la seguridad

La última sección describe la experiencia real del creyente, que rara vez es una certeza constante. «Los verdaderos creyentes pueden tener la seguridad de su salvación zarandeada, disminuida e interrumpida de diversas maneras.» La Confesión nombra cuatro causas, tres culpables y una soberana. Las culpables: «por negligencia en conservarla» (descuidar los medios), «por caer en algún pecado especial que hiere la conciencia y entristece al Espíritu», y «por alguna tentación súbita o vehemente». La soberana, que no es culpa del creyente: «por retirarles Dios la luz de su rostro, permitiendo aun a los que le temen andar en tinieblas y no tener luz» (Is 50:10) —Dios mismo, por sabios fines, puede esconder por un tiempo el sentido de su favor, como en el Salmo 88, el salmo que termina sin amanecer—.

Pero la sección cierra con una promesa firme: «nunca quedan enteramente destituidos de aquella simiente de Dios y vida de fe, de aquel amor a Cristo y a los hermanos, de aquella sinceridad de corazón». Aun en la noche más oscura, cuando la seguridad parece extinguida, permanece en el creyente la simiente de Dios (1 Jn 3:9; cf. 17.2), de la que «esta seguridad puede ser revivida a su debido tiempo», y por la cual, entre tanto, «son sostenidos para no caer en total desesperación». La seguridad puede eclipsarse, pero su raíz no muere; y el Espíritu, a su tiempo, la reaviva. Por eso conviene que sea siempre un artículo de nuestro credo, aun en la más profunda oscuridad, que Dios jamás nos abandona.6

En los Catecismos. El Mayor expone la seguridad en tres preguntas: los verdaderos creyentes pueden, «sin revelación extraordinaria, por la fe fundada en la verdad de las promesas de Dios, y por el Espíritu que los capacita para discernir en sí mismos aquellas gracias a las cuales están hechas las promesas… y que da testimonio juntamente con su espíritu de que son hijos de Dios, estar infaliblemente seguros» (CMa 80) —los tres fundamentos de 18.2—; «no siendo la certeza… de la esencia de la fe, los verdaderos creyentes pueden esperar mucho tiempo antes de obtenerla», y luego verla «debilitada e interrumpida», «pero nunca son dejados sin aquella presencia y sostén del Espíritu… que los guarda de hundirse en total desesperación» (CMa 81). El mismo Espíritu da, «como arras», «el sentido del amor de Dios, de la paz de conciencia, del gozo en el Espíritu Santo» (CMa 83; cf. CMe 36). La única diferencia es de palabra: los Catecismos vierten assurance como «certeza» (CMa 81; CMe 36) —mientras que el «sentido» de CMa 83 traduce sense, no assurance—.

La doctrina en la historia

El camino de la doctrina

Este capítulo tiene, en su frente principal, un adversario con nombre y fecha: es deliberadamente antitridentino. El Concilio de Trento, en su decreto sobre la justificación (Sesión VI, 1547), había declarado presunción toda certeza ordinaria de la gracia: nadie puede saber con certeza de fe que ha obtenido la gracia de Dios (cap. 9), y la confianza cierta de la remisión de los pecados quedó anatematizada como vana y ajena a la piedad (cánones 13–16).7 La Asamblea responde con precisión: la seguridad es «una seguridad infalible de fe» (18.2), asequible «sin revelación extraordinaria, en el recto uso de los medios ordinarios» (18.3) —exactamente lo que Trento negaba—. Como quedó dicho en la exposición, la misma cláusula corta por el otro filo contra el entusiasmo, que buscaba la certeza en revelaciones inmediatas, fuera de la Palabra y los sacramentos; pero ha de decirse con igual claridad que la conexión de «sin revelación extraordinaria» con el contexto sectario inglés de los años 1640 es inferencia razonable del doble filo de la cláusula y de su tenor latino (absque revelatione ulla extraordinaria), no un debate de la Asamblea documentado en las fuentes de este capítulo.

Hay además una distinción que ayuda a leer el demostrativo de 18.3 —«esta seguridad infalible»—. Hodge distingue la seguridad de fe (He 10:22) —la firmeza con que la fe se persuade de la verdad de Cristo y de sus promesas: acto directo de la fe, que en algún grado sí pertenece a su esencia— de la seguridad de esperanza (He 6:11) —la persuasión cierta de que yo soy verdadero creyente y estoy salvo: acto reflejo, fruto de la fe y no de su esencia—.8 Cuando la Confesión niega que «esta seguridad infalible» pertenezca a la esencia de la fe, habla de la segunda, no de la primera; por eso la fe débil de 14.3 es fe verdadera sin plena seguridad de esperanza, y por eso vale el consuelo que la exposición de 18.3 ya dio al creyente que cree y todavía no sabe que cree.

Queda, por fin, un deslinde dentro de la propia familia reformada, que nos llega mediado. Según Hodge —y la atribución se reporta como afirmación suya, no como tesis de este comentario—, la controversia con Roma llevó a los Reformadores a subrayar el deber de adquirir esta seguridad, y algunos —nombra la Confesión de Augsburgo y el Catecismo de Heidelberg— llegaron a identificar la confianza con la fe, haciendo la seguridad esencial a la fe salvadora; el propio Hodge añade que esa no es la doctrina de Westminster, pues 18.3 la declara fruto y no esencia.9 Su lectura de los primeros reformados —la de Calvino en particular— es discutida en la erudición posterior, y no se presenta aquí como hecho histórico cerrado. Lo firme es el doble deslinde del texto confesional: contra Trento, la seguridad es asequible y es de fe; contra aquella corriente temprana (según Hodge la describe), no es idéntica a la fe ni de su esencia. Y la vieja objeción de que tal certeza relajaría la vigilancia —que Hodge pone en boca de los romanistas, y que el aparato de notas del proyecto designa «la respuesta a la objeción romana y arminiana»— quedó contestada donde el lector ya la vio: en los frutos que 18.3 enumera.

Una advertencia antes de entrar en la sala, la misma que en otros capítulos. Todo lo anterior es historia doctrinal leída en los textos —el decreto tridentino, el texto confesional, el testimonio mediado de un comentarista—, no debate asentado en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Y en este capítulo, lo que puede citarse de la sala es poco; conviene decirlo sin rodeos.

En la mesa de la Asamblea

Este comentario debe aquí la honestidad que practica en toda la obra: las fuentes trabajadas para este capítulo no contienen registro fechado de su paso por la mesa de la Asamblea —ni informe de comité, ni fecha de debate, ni voto asentado palabra por palabra sobre 18.1–18.4—. La antítesis con Trento se lee en los textos mismos, no en un acta que la declare; el deslinde frente a la corriente reformada temprana llega mediado por Hodge, y así se ha presentado; y la sospecha de un frente anti-sectario en «sin revelación extraordinaria» queda en lo que es: inferencia. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también.

Lo que sí quedó, y con valor de decisión, es el texto mismo: la Asamblea confesó la seguridad como «seguridad infalible de fe» y, en la misma pluma, la negó de la esencia de la fe —la decisión confesional que media entre los dos frentes—. El detalle documental del capítulo —incluida la verificación del número de la sesión tridentina, que queda [AMARILLO] hasta el cotejo con el texto conciliar— se recoge en la revisión de fuentes primarias del proyecto.

Para la iglesia

Pocas doctrinas requieren tanto tacto pastoral, porque tocan la conciencia en su punto más sensible: ¿soy salvo? Donde se cree rectamente, el creyente puede tener certeza sin presunción: la seguridad verdadera se distingue de la falsa por sus fundamentos (las promesas, la evidencia de la gracia, el Espíritu) y por sus frutos (la obediencia gozosa, no la relajación). Y donde se cree rectamente, el creyente sin certeza no es condenado a la desesperación: la seguridad no es de la esencia de la fe (18.3), de modo que se puede creer de veras y luchar mucho antes de alcanzarla, o perderla por un tiempo y recobrarla.

En el púlpito

El predicador anuncia la seguridad como don alcanzable, llamando al pueblo a procurarla por los medios ordinarios (18.3), no a contentarse con la duda perpetua ni a buscarla en experiencias extraordinarias. Pero guarda dos cautelas. Contra la falsa seguridad: advierte que la esperanza de los hipócritas perecerá (18.1), de modo que la certeza ha de fundarse donde debe, no en una mera profesión. Contra la introspección morbosa: enseña que la seguridad no se halla escudriñándose sin fin, sino mirando a las promesas de Dios y al testimonio del Espíritu, además de la evidencia de la gracia. Y consuela al creyente en tinieblas con 18.4: el eclipse de la seguridad no es la pérdida de la salvación, y la luz volverá.

En la catequesis

El capítulo se enseña con CMa 80–81, 83 y CMe 36 (véase el recuadro «En los Catecismos»). Conviene enseñar los tres fundamentos de la seguridad (18.2) para que el catecúmeno no funde su certeza solo en sus sentimientos; y enseñar que la seguridad no es de la esencia de la fe (18.3), para que el creyente débil no desespere.

En la cura de almas

Esta es la doctrina del consuelo en la duda. Al alma que se atormenta preguntando si es salva se le enseña a mirar los tres fundamentos: las promesas de Dios (¿son ciertas?), la evidencia de la gracia (¿hay en mí fe, amor a Cristo y a los hermanos, deseo de obedecer?), y el testimonio del Espíritu —sin reducir la seguridad a la intensidad del sentimiento—. Al que carece de seguridad se le consuela con 18.3: puede ser verdadero creyente y no tenerla aún. Al que la ha perdido por un pecado o una tentación se le muestra 18.4: la luz puede esconderse, pero la simiente de Dios permanece, y la seguridad revivirá. Y al creyente en tinieblas profundas (el Salmo 88) se le acompaña sin negar su dolor, asegurándole que aun andar en tinieblas y confiar en el nombre del Señor es fe (Is 50:10).

En la formación de oficiales

El candidato debe distinguir la seguridad falsa de la verdadera por sus fundamentos y frutos (18.1–18.2); exponer los tres apoyos de la seguridad sin separarlos (18.2), guardando el testimonio del Espíritu del entusiasmo (con-testimonio, no revelación nueva); sostener que la seguridad no es de la esencia de la fe (18.3), para consolar al creyente sin certeza, y a la vez que es deber procurarla, contra la pereza espiritual; distinguir la perseverancia como hecho (cap. 17) de la seguridad como su conocimiento (cap. 18); y manejar las vicisitudes de 18.4 en la cura de almas, sin confundir el eclipse de la seguridad con la pérdida de la salvación. De esta doctrina depende un consuelo que no engañe y una advertencia que no aplaste.

Preguntas de estudio

Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.

Básicas. (1) ¿Quiénes se engañan con falsa esperanza, y quiénes pueden estar seguros (18.1)? (2) ¿Es la seguridad una conjetura o una certeza infalible (18.2)? (3) ¿Cuáles son los tres fundamentos de la seguridad (18.2)? (4) ¿Pertenece la seguridad a la esencia de la fe (18.3)? (5) ¿Cómo se alcanza la seguridad, y es deber procurarla (18.3)? (6) ¿Relaja la seguridad la obediencia, o la fortalece (18.3)? (7) ¿Por qué causas puede eclipsarse la seguridad, y se pierde del todo (18.4)?

Avanzadas. (1) Distinga la seguridad falsa de los hipócritas de la verdadera del creyente (18.1). ¿Por qué fundamentos y frutos se distinguen? (2) Explique los tres fundamentos de 18.2 y por qué no deben separarse. ¿Qué es el «con-testimonio» del Espíritu, y cómo se guarda del entusiasmo? (3) ¿Qué significa que la seguridad «no es de la esencia de la fe» (18.3), y qué consuelo da al creyente que duda? (4) ¿Cómo se alcanza la seguridad «por los medios ordinarios, sin revelación extraordinaria»? ¿Qué errores excluye esto? (5) ¿Por qué la seguridad, lejos de relajar, es motor de obediencia (18.3)? (6) Distinga las cuatro causas del eclipse de la seguridad (18.4): ¿cuáles son culpables y cuál soberana? (7) Distinga la perseverancia (cap. 17, hecho) de la seguridad (cap. 18, su conocimiento). ¿Por qué la una es infalible y la otra puede faltar?

Glosario del capítulo

Seguridad (de la gracia y de la salvación) — la certeza que el verdadero creyente puede tener de estar en estado de gracia y de que será salvo (18.1); fruto de la fe, no su esencia.

Certeza / seguridad — el original distingue certainty (18.2) de assurance (cuerpo); la edición conserva el matiz, y los Catecismos vierten assurance como «certeza».

Seguridad infalible de fe — la certeza que no es conjetura, sino apoyada en fundamentos firmes (18.2).

Los tres fundamentos — la verdad de las promesas de Dios, la evidencia interna de las gracias y el testimonio del Espíritu de adopción (18.2).

Silogismo práctico — el examen por el cual el creyente, hallando en sí las gracias a las que se hacen las promesas, concluye que las promesas son para él (18.2).

Con-testimonio del Espíritu — que el Espíritu da testimonio juntamente con el espíritu del creyente de que es hijo de Dios (Ro 8:16); no revelación nueva (18.2).

Arras — la prenda o garantía de la herencia: el Espíritu mismo (18.2; Ef 1:14).

No de la esencia de la fe — que se puede tener fe verdadera sin tener (todavía) seguridad; consuelo del creyente que duda (18.3).

Eclipse de la seguridad — el ser zarandeada, disminuida e interrumpida por negligencia, pecado, tentación o el retiro de la luz de Dios; nunca total ni definitiva (18.4).

Bibliografía comentada

  • Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E); la traducción latina de 1656/1659 (L), auxiliar de peso para el sentido; la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo; Schaff, Creeds of Christendom III (S), texto de control; Carruthers (C, 1937), historia textual.
  • Trasfondo confesional: el Concilio de Trento (Sesión VI, cap. 9 y 12), que negaba la certeza ordinaria de la gracia, como contraste de 18.1–18.3 —la seguridad infalible alcanzable sin revelación extraordinaria—.
  • Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 18, pp. 241–251 — exposición contemporánea de la seguridad, sus fundamentos y sus vicisitudes. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). En este capítulo Van Dixhoorn aporta aparato secundario citable —Thomas Goodwin (miembro de la Asamblea) y Thomas Brooks—, recogido en las notas con su debida atribución.
  • A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XVIII — exposición de la seguridad, sus fundamentos y sus vicisitudes; voz de corroboración, bajo la Confesión.
  • G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 18 — preguntas de clase sobre la seguridad.
  • Catecismos: CMe 36; CMa 80–81, 83 (la certeza de la gracia, sus vicisitudes y las arras del Espíritu).
  • Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — cotejado en «certeza/seguridad»; colación íntegra pendiente.

Footnotes

  1. Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 243. Van Dixhoorn resume la posibilidad de 18.1 con sencillez: «los cristianos pueden saber verdaderamente que son cristianos». Y observa que el deseo de saberlo es antiguo: la Primera de Juan plantea, una y otra vez, la pregunta de cómo saber si Cristo permanece en nosotros por su Espíritu, y la responde (1 Jn 5:13).

  2. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 244. Del fundamento firme de 18.2: «esta certeza no es una “suposición informada” ni una “apuesta probable”… No es una mera conjetura o una persuasión probable». La seguridad infalible se distingue de todo cálculo de probabilidades o estado de ánimo.

  3. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 244. Del testimonio del Espíritu (18.2), Van Dixhoorn recoge una imagen de Thomas Goodwin —miembro de la Asamblea de Westminster— (según cita Van Dixhoorn, de Works 6:27): «el Espíritu escribe en nosotros todas las gracias en primer lugar, y luego enseña a nuestras conciencias a leer su caligrafía». El Espíritu obra la gracia y capacita a la conciencia para reconocerla.

  4. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 246, 248. De que la seguridad no es de la esencia de la fe (18.3): «puede que sea normal estar seguro que uno es cristiano, pero uno puede ser cristiano sin estar seguro de ello». Y, del valor de alcanzarla, recoge a Thomas Brooks (según cita Van Dixhoorn, de Works 2:14): hallarse en el estado de gracia dará al hombre el cielo en el más allá, pero saber que se halla en él le dará «el cielo aquí y el cielo en el más allá».

  5. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 247. De los frutos de la seguridad (18.3), contra la objeción de que relajaría la moral: «los hijos de Dios obedecen con más denuedo y alegría cuando se deleitan en el amor de su Padre». La certeza del favor de Dios es motor de obediencia, no de pereza.

  6. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 251. Del consuelo de 18.4, ante el eclipse de la seguridad: «que sea siempre un artículo de nuestro credo, incluso en la más profunda oscuridad, que Dios jamás nos abandona. La esperanza es el aliento de vida de la religión cristiana». La simiente de Dios permanece aun en la noche, y de ella revive la seguridad.

  7. Concilio de Trento, Sesión VI, decreto sobre la justificación (1547), cap. 9 y cánones 13–16. La materia doctrinal —la certeza de la gracia y de la remisión de los pecados— pertenece inequívocamente a ese decreto; la nota de la edición española de Hodge cita en cambio «Sec. VII, Cap. IX», con alta probabilidad errata de esa edición (inferencia). Este comentario sigue Sesión VI, cap. 9, conforme al cotejo del proyecto, y no cita a Hodge como fuente del número de sesión, dato en el que es testigo defectuoso; verificar contra Denzinger o las actas conciliares antes de la edición final.

  8. A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XVIII: «mientras la seguridad en algún grado pertenece a la esencia de toda fe verdadera en la suficiencia de Cristo y a la verdad de las promesas divinas, no es en ningún grado esencial a la fe genuina por la que el creyente está persuadido… de que su estado es el de salvación». De ahí su silogismo: «Dios dice que cualquiera que cree será salvo» (objeto de fe directa); «yo creo» (experiencia interna); «luego yo soy salvo» (deducción: la esencia de la seguridad plena).

  9. Hodge, Comentario, cap. XVIII. La atribución a la Confesión de Augsburgo y al Catecismo de Heidelberg se reporta como afirmación de Hodge, no como tesis independiente de este comentario; su lectura de los primeros reformados, la de Calvino en particular, es discutida en la erudición posterior y no se presenta aquí como hecho histórico cerrado.