Capítulo 25 · De la iglesia

Edición de estudio comentada

Para entrar: «Edificaré mi iglesia»

En Cesarea de Filipo, región célebre por sus santuarios paganos, Jesús pregunta a los suyos quién dicen que es él. Y cuando Pedro confiesa: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», el Señor responde con una promesa que aún no se había oído en la tierra: «sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:16, 18). No dice «edificaré mis iglesias», ni «vosotros edificaréis»: es mi iglesia, y yo la edifico. La obra es suya, el material es suyo, la permanencia es suya. Por eso, contra ella, ni siquiera las puertas del sepulcro tienen fuerza.

Esa promesa plantea la pregunta de este capítulo: ¿qué es esa iglesia que Cristo edifica y que nada puede destruir? Porque a primera vista la iglesia parece frágil y manchada —comunidades divididas, hipócritas mezclados con santos, congregaciones que florecen y otras que se apagan—. Y sin embargo la Escritura la llama esposa de Cristo, su cuerpo, su plenitud. La Confesión resuelve la aparente contradicción mirando a la iglesia bajo dos aspectos: como Dios la ve, invisible —el número entero de los elegidos, conocido solo por él—; y como los hombres la ven, visible —la comunidad que profesa la fe, con sus hijos, mezclada de trigo y cizaña hasta la siega—. No son dos iglesias, sino una vista de dos maneras.

El capítulo camina, pues, entre dos abismos. No desprecia la iglesia visible por impura, como quien busca una comunión de solos perfectos; ni la absolutiza por infalible, como quien la entrega a una cabeza humana. La sostiene la promesa de Cesarea: Cristo siempre tendrá un pueblo en la tierra que lo adore en verdad.

La Confesión lo despliega en seis pasos. Primero, la iglesia invisible —los elegidos de todos los tiempos bajo Cristo su Cabeza (25.1)—; luego la iglesia visible —los que profesan la verdadera religión y sus hijos, fuera de la cual no hay salvación ordinaria (25.2)—; los medios que Cristo le dio y hace eficaces por su Espíritu (25.3); sus grados de pureza a lo largo de la historia (25.4); su permanencia en medio de la mezcla (25.5); y, por fin, su única Cabeza, que es Cristo y no el papa (25.6). De la elección eterna baja a la institución visible, reconoce su imperfección histórica y la corona con su único Señor.

Tesis doctrinal

La iglesia es una sola, y se considera bajo dos aspectos: invisible y visible. La Confesión lo despliega en seis pasos. Primero, la iglesia invisible: el número total de los elegidos de todos los tiempos, reunidos en uno bajo Cristo su Cabeza; es su esposa, su cuerpo, su plenitud (25.1). Segundo, la iglesia visible: bajo el evangelio ya no confinada a una nación, sino católica; consiste en todos los que profesan la verdadera religión y en sus hijos; es el reino de Cristo, la casa y familia de Dios, fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación (25.2). Tercero, los medios que Cristo le dio: el ministerio, los oráculos y las instituciones de Dios, que él hace eficaces por su presencia y Espíritu (25.3). Cuarto, sus grados de pureza: la iglesia ha sido a veces más, a veces menos visible, y las iglesias particulares son más o menos puras según enseñen la verdad y administren rectamente el culto (25.4). Quinto, su permanencia en medio de la mezcla: aun las iglesias más puras están sujetas a error, y algunas degeneran en sinagogas de Satanás; pero siempre habrá una iglesia en la tierra (25.5). Y sexto, su única Cabeza: no hay otra cabeza de la iglesia sino el Señor Jesucristo, y el papa de Roma no puede serlo en sentido alguno (25.6). La iglesia es de Cristo, no del hombre; ni se confunde lo invisible con lo visible (contra el sectarismo), ni lo visible con la sola institución (contra el formalismo), ni se entrega su gobierno a una cabeza humana (contra el papado).

Cómo leer este capítulo

El capítulo va de lo invisible a lo visible y de la pluralidad a la unidad bajo una Cabeza. 25.1: la iglesia invisible —los elegidos de todos los tiempos bajo Cristo—. 25.2: la iglesia visible —los que profesan la verdadera religión y sus hijos; fuera de ella, no hay salvación ordinaria—. 25.3: los medios que Cristo le dio —ministerio, oráculos, instituciones, hechos eficaces por su Espíritu—. 25.4: los grados de visibilidad y pureza —más o menos pura según la verdad y el culto—. 25.5: la permanencia en medio de la mezcla —ni iglesia perfecta ni desaparición de la iglesia—. 25.6: la única Cabeza —Cristo, no el papa—. De la elección eterna (25.1) baja a la institución visible (25.2–25.3), reconoce su imperfección histórica (25.4–25.5) y la corona con su único Señor (25.6).

Texto confesional

25.1. La iglesia católica o universal, que es invisible, consiste en el número total de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su Cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos.

Referencias bíblicas: Ef. 1:10, 22, 23; 5:23, 27, 32; Col. 1:18.

25.2. La iglesia visible, que también es católica o universal bajo el evangelio (no confinada a una sola nación, como antes bajo la ley), consiste en todos aquellos que, por todo el mundo, profesan la verdadera religión, y en sus hijos; y es el reino del Señor Jesucristo, la casa y familia de Dios, fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación.

Referencias bíblicas: 1 Co. 1:2; 12:12, 13; Sal. 2:8; Ap. 7:9; Ro. 15:9–12; 1 Co. 7:14; Hch. 2:39; Ez. 16:20, 21; Ro. 11:16; Gn. 3:15; 17:7; Mt. 13:47; Is. 9:7; Ef. 2:19; 3:15; Hch. 2:47.

25.3. A esta iglesia católica visible Cristo ha dado el ministerio, los oráculos y las instituciones de Dios, para la reunión y el perfeccionamiento de los santos, en esta vida, hasta el fin del mundo; y por su propia presencia y Espíritu, según su promesa, los hace eficaces para ello.

Referencias bíblicas: 1 Co. 12:28; Ef. 4:11–13; Mt. 28:19, 20; Is. 59:21.

25.4. Esta iglesia católica ha sido a veces más, a veces menos visible. Y las iglesias particulares, que son miembros de ella, son más o menos puras, según que la doctrina del evangelio sea enseñada y abrazada, las instituciones administradas y la adoración pública celebrada en ellas con mayor o menor pureza.

Referencias bíblicas: Ro. 11:3, 4; Ap. 12:6, 14; Ap. 2 y 3; 1 Co. 5:6, 7.

25.5. Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto a mezcla como a error; y algunas han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás. Sin embargo, siempre habrá una iglesia en la tierra para adorar a Dios conforme a su voluntad.

Referencias bíblicas: 1 Co. 13:12; Ap. 2 y 3; Mt. 13:24–30, 47; Ap. 18:2; Ro. 11:18–22; Mt. 16:18; Sal. 72:17; 102:28; Mt. 28:19, 20.

25.6. No hay otra Cabeza de la iglesia sino el Señor Jesucristo; ni puede el papa de Roma, en ningún sentido, ser cabeza de ella, sino que es aquel anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se exalta a sí mismo en la iglesia contra Cristo y contra todo lo que se llama Dios.

Referencias bíblicas: Col. 1:18; Ef. 1:22; Mt. 23:8–10; 2 Ts. 2:3, 4, 8, 9; Ap. 13:6.

Exposición doctrinal

La iglesia en la historia de la redención

La iglesia no comenzó en Pentecostés: comenzó cuando Dios, tras la caída, llamó a un pueblo para sí por la promesa de la simiente de la mujer (Gn 3:15). Bajo el Antiguo Testamento, esa iglesia estuvo «confinada a una sola nación» (25.2): Israel fue la iglesia bajo la administración de la ley (cf. cap. 7). Pero «bajo el evangelio» la iglesia se hizo «católica o universal», ya no nacional, sino de todas las naciones —porque la pared intermedia de separación fue derribada (Ef 2:14), y la promesa hecha a Abraham alcanzó a los gentiles (Gn 17:7; Ap 7:9)—. Así, la distinción de las dos administraciones (cap. 7) desemboca en la doctrina de la iglesia: un solo pueblo de Dios a través de los siglos, bajo dos formas, ahora reunido sin distinción de nación.

La Escritura honra a esa iglesia con las imágenes más altas.1 Para la iglesia invisible como cuerpo y esposa de Cristo (25.1): Cristo es «la cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo» (Ef 1:22, 23); «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… a fin de presentársela… gloriosa» (Ef 5:25, 27). Para la catolicidad de la iglesia bajo el evangelio (25.2): la promesa de que las naciones serían bendecidas (Gn 17:7; Sal 2:8), cumplida cuando «una gran multitud… de todas naciones» está ante el trono (Ap 7:9). Para que la iglesia visible incluye a los hijos (25.2): «la promesa es para vosotros, y para vuestros hijos» (Hch 2:39); «ahora son santos» los hijos del creyente (1 Co 7:14). Para los medios dados a la iglesia (25.3): Cristo «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas… pastores y maestros… para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4:11–13). Para la permanencia de la iglesia (25.5): «edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18); el trigo y la cizaña crecen juntos hasta la siega (Mt 13:24–30). Para la única Cabeza (25.6): «él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (Col 1:18).

La Confesión maneja con sobriedad reformada la doble consideración de la iglesia. La iglesia invisible (25.1) es el cuerpo entero de los elegidos, conocido solo por Dios; la iglesia visible (25.2) es la comunidad que profesa la fe, con sus hijos, mezclada de trigo y cizaña hasta la siega (Mt 13). No son dos iglesias, sino una iglesia vista de dos maneras: por dentro, como Dios la ve (los elegidos); por fuera, como los hombres la ven (los que profesan). De aquí dos errores que la Confesión esquiva. Contra el sectarismo que identifica la iglesia visible con los solos regenerados y rompe la comunión con toda iglesia imperfecta, la Confesión enseña que la iglesia visible incluye a los que profesan (y a sus hijos), que es más o menos pura pero sigue siendo iglesia (25.4–25.5), y que «siempre habrá una iglesia en la tierra». Contra el romanismo que hace de la iglesia visible una monarquía con cabeza humana infalible, la Confesión enseña que la única Cabeza es Cristo (25.6) y que aun las iglesias más puras pueden errar (25.5). La iglesia camina por la historia entre dos abismos —el de despreciarla por impura y el de absolutizarla por infalible—, sostenida por la promesa: «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18).

25.1 · La iglesia invisible

«La iglesia católica o universal, que es invisible, consiste en el número total de los elegidos.» La Confesión llama «invisible» a la iglesia considerada como el conjunto de los elegidos «que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo» —invisible porque la elección es conocida solo por Dios, y porque abarca a los santos de todos los tiempos, incluidos los ya glorificados—. Esta iglesia es «la esposa, el cuerpo, la plenitud» de Cristo (Ef 1:23; 5:27): imágenes que expresan unión —la esposa con el esposo, el cuerpo con la cabeza— y completud —Cristo no se considera «pleno» sin su iglesia—.2 Y esa unión bajo Cristo Cabeza es señorío total sobre todo cuanto la iglesia tiene.3 Es «católica o universal» en sentido propio: de toda la tierra y de todos los siglos.

25.2 · La iglesia visible

«La iglesia visible… consiste en todos aquellos que… profesan la verdadera religión, y en sus hijos.» La iglesia visible es la comunidad histórica de los que profesan la fe verdadera, junto con sus hijos —porque el pacto de gracia abraza a los creyentes y a su descendencia (Hch 2:39)—. La Confesión la honra con tres títulos: «el reino del Señor Jesucristo» (donde él reina por su Palabra y Espíritu), «la casa y familia de Dios» (donde los suyos habitan y son alimentados), y aquella «fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación». Esta última frase ha de leerse con cuidado: la Confesión no dice que sea imposible salvarse fuera de la iglesia visible (Dios no está atado a sus medios, 10.3; 28.5), sino que no hay posibilidad ordinaria —Dios salva ordinariamente por la Palabra predicada y los sacramentos, que confió a su iglesia—. Despreciar la iglesia visible es despreciar los medios que Dios ordenó para la salvación, y rehusar comprometerse públicamente con ella pone en entredicho la profesión misma.4

En los Catecismos. La doctrina de la iglesia es uno de los puntos donde la Confesión y el Catecismo Mayor se corresponden casi palabra por palabra. La definición de la iglesia invisible es casi idéntica: el Mayor responde que «la iglesia invisible es el número entero de los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, la cabeza» (CMa 64; cf. 25.1, salvo variantes léxicas menores: «número total» / «número entero»). Y la iglesia visible «es una sociedad compuesta de todos los que en todas las edades y lugares del mundo profesan la verdadera religión, y de sus hijos» (CMa 62; cf. 25.2) —nótese «y de sus hijos», base catequética del bautismo infantil (cf. CMe 95, que funda el bautismo de «los infantes de los que son miembros de la iglesia visible»)—. El Catecismo Mayor es, en estas preguntas, la Confesión catequizada.

25.3 · Los medios dados a la iglesia

«A esta iglesia católica visible Cristo ha dado el ministerio, los oráculos y las instituciones de Dios.» Cristo no dejó a su iglesia sin recursos: le dio el ministerio (los oficiales que predican y gobiernan), los oráculos (la Palabra escrita) y las instituciones (los sacramentos y el culto), «para la reunión y el perfeccionamiento de los santos» (Ef 4:12) —obra que no se agota en la conversión, sino que entonces apenas comienza—.5 Y la sección añade la garantía: estos medios no obran por sí mismos, sino que Cristo, «por su propia presencia y Espíritu, según su promesa, los hace eficaces» —«he aquí, yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28:20)—. La iglesia no se sostiene por la fuerza de sus medios, sino por la presencia de su Señor en ellos.

En los Catecismos. Los privilegios que el Catecismo Mayor atribuye a la iglesia visible son precisamente los medios de 25.3 y la «posibilidad ordinaria de salvación» de 25.2: los miembros de la iglesia visible gozan de «estar bajo el cuidado y gobierno especiales de Dios… [y de] la comunión de los santos, de los medios ordinarios de salvación, y de los ofrecimientos de gracia… en el ministerio del evangelio» (CMa 63). Y el beneficio propio de la iglesia invisible —que sus miembros «gozan por Cristo de unión y comunión con él en gracia y en gloria» (CMa 65)— enlaza ya con el capítulo siguiente (cap. 26).

25.4 · Los grados de pureza

«Esta iglesia católica ha sido a veces más, a veces menos visible.» La visibilidad de la iglesia varía a lo largo de la historia —hubo tiempos en que casi se ocultó (los siete mil que no doblaron la rodilla a Baal, Ro 11:4)—. Y las iglesias particulares «son más o menos puras» según tres criterios: «que la doctrina del evangelio sea enseñada y abrazada, las instituciones administradas y el culto público celebrado… con mayor o menor pureza». La pureza de una iglesia se mide por su doctrina, sus sacramentos y su culto. La Confesión no pide una iglesia perfecta para reconocerla como iglesia, ni llama iglesia a cualquier comunidad: hay grados, y la fidelidad a la Palabra es la medida.

25.5 · La permanencia en medio de la mezcla

«Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto a mezcla como a error.» Ninguna iglesia en la tierra es totalmente pura: hay mezcla de hipócritas con santos (la cizaña con el trigo) y error en la doctrina. Más aún: «algunas han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás» (Ap 2:9) —una comunidad puede dejar de ser iglesia si abandona el evangelio—. Pero la sección cierra con una promesa firme: «siempre habrá una iglesia en la tierra para adorar a Dios conforme a su voluntad». La iglesia universal es indefectible (Mt 16:18) aunque ninguna iglesia particular sea indefectible: Cristo siempre tendrá un pueblo que lo adore en verdad.6

25.6 · La única Cabeza

«No hay otra Cabeza de la iglesia sino el Señor Jesucristo; ni puede el papa de Roma, en ningún sentido, ser cabeza de ella.» El corazón de la sección es positivo: Cristo es la única Cabeza de la iglesia (Col 1:18; Ef 1:22) —no hay vicario que lo represente con su autoridad, porque él mismo está presente por su Espíritu (25.3)—. De aquí se sigue la negación: el papa de Roma no puede ser cabeza de la iglesia «en ningún sentido», porque la iglesia no tiene dos cabezas ni una cabeza visible que reemplace a la invisible. Y la cláusula que el texto recibido conserva (véase el aparato crítico) añade la identificación que la Reforma leyó en 2 Ts 2: el papa «es aquel anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se exalta a sí mismo en la iglesia contra Cristo» —no un anticristo cualquiera fuera de la iglesia, sino uno que se levanta en ella, usurpando lo que es solo de Cristo—.7 (Sobre el alcance y la recepción de esta identificación, véase el aparato crítico; la exposición la presenta en su sentido histórico-confesional.)

La doctrina en la historia

El camino de la doctrina

Este capítulo pelea en dos frentes, y conviene no reducirlo al primero. Frente a Roma, la Confesión empieza por reclamar una palabra: católica. No la cede ni la esquiva: la define —universal, de toda la tierra y de todos los siglos— y la aplica por igual a la iglesia invisible y a la visible (25.1–25.2); Hodge lo diría después sin rodeos: es «muy impropio aplicar tal nombre al cuerpo corrompido y cismático de la Iglesia de Roma».8 Por la misma vía corre la vieja fórmula extra ecclesiam nulla salus —fuera de la iglesia no hay salvación—, que la Confesión no desecha, sino que calibra con la palabra decisiva, «ordinaria», como quedó dicho en 25.2: ni el ciprianismo absoluto, que encierra la gracia en la institución, ni el individualismo, que prescinde de ella. Y contra la eficacia ex opere operato —como si los medios obraran por el mero hecho de administrarse— vale lo expuesto en 25.3: la institución es indispensable y, a la vez, vacía sin la presencia del Rey.

El segundo frente es el separatismo. Las secciones 25.4–25.5 responden a la vez al perfeccionismo separatista —la pretensión de una iglesia de solos regenerados— y al espiritualismo sin iglesia —una vida cristiana sin membresía ni medios—. Su respuesta es la eclesiología de grados que expuso 25.4, más matizada y más pastoral que el juicio binario: una iglesia puede ser verdadera y, a la vez, impura en medida; y el deber ante la impureza no es separarse, sino buscar la reforma. Que la degeneración puede llegar a ser total, la historia lo ilustra: Hodge señala las iglesias del Oriente y del norte de África, las que reconocieron la supremacía del obispo de Roma, y «muchas iglesias que profesan ser protestantes… han apostatado igualmente en otra dirección» —el socinianismo, el racionalismo—.9

La negación de 25.6, por su parte, alcanza más que a su titular romano: niega la categoría misma de una cabeza ministerial visible. La fuerza del «en ningún sentido» descansa hasta en la puntuación original —las comas que aíslan in any sense, rasgo cuyo valor lógico destaca la nota editorial del texto crítico de Carruthers—; y esa negación se ha leído también contra la supremacía erastiana del poder civil: Hodge documenta la pretensión de Enrique VIII, «cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra», y el artículo 37 de los Treinta y Nueve Artículos respecto del rey.10 Conviene la precisión: ese ejemplo histórico es de Hodge, no del texto de la Confesión, que no nombra el erastianismo —aunque la negación de 25.6 sí lo alcanza (cf. cap. 23)—.

Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas correspondencias entre el capítulo y sus adversarios —Roma, el separatismo, la supremacía civil— son lectura del texto confesional sustentada por sus comentaristas, no debates asentados en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Lo que de este capítulo puede fecharse es, sobre todo, la historia posterior de una sola cláusula; y es lo que sigue.

En la mesa de la Asamblea

Este capítulo pide del historiador más abstención que relato. En cuanto a asociar 25.4–25.5 a controversias nominadas de la Asamblea, el aparato del proyecto y Hodge sustentan la intención antisectaria en lo doctrinal, pero no se afirma aquí ningún debate documentado del recinto sin verificación primaria. Y sobre la cláusula del anticristo, la lectura matizada del siglo XIX es de Hodge, citada y atribuida a él —una lectura sobre la intención de los redactores, no una afirmación sobre actas de debate—: «Los autores de nuestra Confesión apenas dan a entender que cada papa individual… es un Anticristo personal, y probablemente quisieron significar que el sistema de los papas es… en la forma y en los efectos, totalmente anticristiano»; el propio Hodge recuerda que «aun ahora existen muchos anticristos» (1 Jn 2:18).11

Lo que sí tiene fechas es el camino posterior de esa cláusula. El hecho textual: figura en el impreso de 1647, en el latín de 1656 (qui est insignis ille Antichristus…) y en el texto crítico de Carruthers; y el control americano de 1801 —la recensión de 1788— la conserva. La supresión es posterior: la revisión americana de 1903 (PCUSA) la eliminó, y la OPC retuvo esa supresión al fijar su texto constitucional en 1936. Conforme a la norma de base textual de esta edición —cuerpo = 1788/Carruthers; las supresiones posteriores a 1788 se restauran—, la cláusula vuelve al cuerpo, con la OPC moderna como testigo comparativo; y la decisión se remite a la iglesia como cuestión de recensión, no de traducción —25.6 figura entre las secciones portadoras de revisión americana (20.4; 22.3; 23.3; 24.4; 25.6; 31.2)—. El detalle documental queda en el aparato crítico de este capítulo.

Queda dicho, con la misma honestidad, lo que no tenemos: de la mesa de la Asamblea, para este capítulo, ninguna fecha; de las iglesias que recibieron su texto, siglos de historia concentrados en una sola cláusula. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también.

Para la iglesia

El capítulo enseña al creyente a amar a la iglesia sin idolatrarla y a pertenecer a ella sin despreciarla. Donde se cree, el cristiano no se aísla: sabiéndose miembro del cuerpo de Cristo, busca la comunión de la iglesia visible y los medios que Cristo le confió, porque «fuera de ella no hay posibilidad ordinaria de salvación». Y donde se cree, el cristiano no absolutiza ninguna iglesia particular: reconoce que la más pura tiene mezcla y error, y reserva su lealtad última a Cristo, la única Cabeza.

En el púlpito

Conviene predicar la doctrina de la iglesia para curar dos males contemporáneos: el individualismo religioso («creo, pero no necesito la iglesia») y el sectarismo («solo mi grupo es la verdadera iglesia»). La iglesia es la casa y familia de Dios (25.2), no una opción del creyente; y es más o menos pura (25.4), no una perfección que excomulgue a toda otra comunidad fiel.

En la catequesis

El capítulo se enseña con CMa 62–65 (la iglesia visible e invisible, sus privilegios y beneficios). Conviene mostrar que la iglesia visible incluye a los hijos de los creyentes (25.2; CMa 62), fundamento del bautismo infantil (cap. 28), y que su único privilegio salvador está en los medios de gracia, no en la mera pertenencia.

En la membresía y el gobierno

La doctrina de las dos consideraciones de la iglesia (invisible/visible) guarda a la iglesia de dos errores prácticos: admitir solo a quienes se juzga regenerados (lo cual usurpa el juicio de Dios) o tener por salvos a todos los que profesan (lo cual confunde la profesión con la fe). La iglesia recibe a los que profesan creíblemente y a sus hijos, sabiendo que el juicio último es del Señor que conoce a los suyos (2 Ti 2:19).

En la formación de oficiales

El candidato debe distinguir la iglesia invisible de la visible sin separarlas (son una sola iglesia); sostener la catolicidad de la iglesia bajo el evangelio contra todo nacionalismo eclesial; exponer «fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación» sin caer en el exclusivismo romano ni en el laxismo; y defender la única cabecera de Cristo (25.6) contra el papado, conociendo la historia textual de la cláusula del anticristo y su reserva al juicio de la iglesia. De esta doctrina depende que la iglesia sea amada como de Cristo y servida como suya.

Preguntas de estudio

Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.

Básicas. (1) ¿Qué es la iglesia invisible (25.1)? (2) ¿Qué es la iglesia visible, y quiénes la componen (25.2)? (3) ¿Qué significa «fuera de la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación» (25.2)? (4) ¿Qué medios dio Cristo a su iglesia (25.3)? (5) ¿Por qué unas iglesias son más puras que otras (25.4)? (6) ¿Puede una iglesia dejar de ser iglesia (25.5)? (7) ¿Quién es la única Cabeza de la iglesia (25.6)?

Avanzadas. (1) ¿Son la iglesia invisible y la visible dos iglesias o una considerada de dos modos (25.1–25.2)? (2) ¿Cómo evita la Confesión a la vez el sectarismo y el exclusivismo romano (25.2, 25.4–25.5)? (3) ¿Qué fuerza tiene el adverbio «ordinaria» en 25.2 (cf. 10.3; 28.5)? (4) ¿En qué consiste la indefectibilidad de la iglesia, y por qué no implica la infalibilidad de ninguna iglesia particular (25.5)? (5) ¿Por qué no puede el papa ser cabeza de la iglesia «en ningún sentido» (25.6)? (6) ¿Qué relación textual hay entre CFW 25.6 y la cláusula de la revisión de 1903? ¿A quién corresponde su recepción? (7) ¿Cómo armonizan CFW 25.1–25.2 con CMa 62 y 64?

Glosario del capítulo

Iglesia invisible — el número total de los elegidos de todos los tiempos, reunidos bajo Cristo su Cabeza, conocida solo por Dios (25.1; CMa 64).

Iglesia visible — la comunidad histórica de los que profesan la verdadera religión y sus hijos; el reino de Cristo y la casa de Dios (25.2; CMa 62).

Católica / católico — universal, según toda la tierra y todos los tiempos; no en el sentido romano (25.1–25.2).

Posibilidad ordinaria de salvación — la salvación por los medios que Cristo confió a su iglesia (Palabra, sacramentos); «ordinaria» porque Dios no está atado a esos medios (25.2; cf. 10.3).

Indefectibilidad — la permanencia perpetua de la iglesia universal (Mt 16:18), distinta de la infalibilidad, que ninguna iglesia particular posee (25.5).

Sinagoga de Satanás — expresión bíblica (Ap 2:9) para la comunidad que ha degenerado hasta dejar de ser iglesia de Cristo (25.5).

Cabeza de la iglesia — Cristo, única y exclusivamente; el papa no puede serlo «en ningún sentido» (25.6).

Cláusula del anticristo — la identificación (texto recibido de 1647/1788, restaurada al cuerpo; suprimida en la recensión de 1903) del papado con «el hombre de pecado» de 2 Ts 2:3, 4 (25.6; véase el aparato crítico).

Bibliografía comentada

  • Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M) y el impreso inglés de 1647 (E), que traen la cláusula del anticristo; la traducción latina de 1656/1659 (L); la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A), texto del cuerpo (con la cláusula conservada); Schaff, Creeds of Christendom III (S); Carruthers (C, 1937), historia textual y aparato de 25.6.
  • Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 25, pp. 355–368 — exposición contemporánea de la Iglesia. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: las imágenes eclesiológicas reclamadas frente a Roma (25.1, arco histórico-redentivo); el señorío total de Cristo sobre la iglesia (25.1); la plenitud de Cristo y las tres preguntas (25.1); el compromiso público con la iglesia visible (25.2); la misión que «apenas comienza» (25.3); la permanencia indefectible de la iglesia (25.5); y el matiz de VD sobre la identificación papa = Anticristo, presentado como lectura del autor (25.6).
  • A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXV — exposición de la iglesia visible e invisible y de la única cabecera de Cristo; voz de corroboración, bajo la Confesión.
  • G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 25 — preguntas de clase sobre la iglesia.
  • Catecismos: CMa 62–65 (la iglesia visible e invisible, sus privilegios y beneficios); CMe 95 (los hijos de los miembros de la iglesia visible, en el contexto del bautismo).
  • Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — verificar qué recensión de 25.6 sigue; sin otra divergencia de valor documentada; colación íntegra pendiente.

Footnotes

  1. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 358. De las imágenes eclesiológicas (25.1): según Van Dixhoorn, la línea introductoria del capítulo «presenta una eclesiología audaz, usando con vehemencia versículos que adversarios tradicionales, tales como la Iglesia Católica Romana, presumían suyos» (la Esposa, el Cuerpo, la plenitud).

  2. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 357. De la plenitud de Cristo (25.1): glosando que la iglesia es «la plenitud» de Cristo, pregunta «¿qué es un rey sin un reino? ¿Qué es la cabeza sin el cuerpo? ¿Qué es un mediador sin su pueblo?». Cristo no se considera completo sin los suyos.

  3. Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 356. Del señorío total de Cristo sobre la iglesia (25.1): «Todo gobierno en la iglesia está bajo su liderazgo. Todo ministro ha sido dado por Cristo. […] Todo don ha sido comprado por su sangre». Nada en la iglesia escapa al señorío de su Cabeza.

  4. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 361. Del compromiso público con la iglesia visible (25.2): de quienes profesan la fe pero rehúsan unirse a la iglesia, dice que «son como gente que dice estar enamorada pero rehúsa casarse», con lo que ponen en duda la autenticidad de su devoción.

  5. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 363. De la misión permanente de la iglesia (25.3, «reunir y perfeccionar»): «El trabajo de la iglesia no concluye cuando una persona llega a conocer a Cristo; al contrario, apenas comienza». Los medios sirven también al perfeccionamiento de los santos.

  6. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 366. De la permanencia indefectible de la iglesia (25.5): apoyado en Mt 16:18, Van Dixhoorn subraya que la promesa confesional de que siempre habrá una iglesia en la tierra recae sobre la iglesia universal, aunque ninguna iglesia particular sea indefectible.

  7. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 367. Del alcance de la identificación con el anticristo (25.6): como lectura del autor —no como decisión confesional—, Van Dixhoorn matiza que la Palabra «no identifica al papa como el anticristo, ni sugiere conclusivamente que una sola persona sea el anticristo».

  8. A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXV. La obra se cita por capítulo, no por página.

  9. Hodge, Comentario, cap. XXV.

  10. Hodge, Comentario, cap. XXV.

  11. Hodge, Comentario, cap. XXV.