Capítulo 26 · De la comunión de los santos

Edición de estudio comentada

Para entrar: «Teniendo en común todas las cosas»

Apenas descendido el Espíritu, Lucas nos deja un retrato de la primera comunidad cristiana que parece más una familia que una asamblea. Los que recibieron la palabra «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hch 2:42). No se congregaban como quien acude a un acto público y luego se dispersa a su vida privada: «todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas»; vendían sus propiedades y las repartían «a todos según la necesidad de cada uno»; partían el pan «por las casas» y comían juntos «con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2:44–46). Lo que los unía no era la afinidad ni el interés, sino que todos habían sido hechos uno en el mismo Señor.

Pablo lo dirá con otra imagen: la iglesia es un cuerpo, y los miembros «se preocupan los unos por los otros», de suerte que «si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan» (1 Co 12:25–26). No hay miembro que pueda decir a otro «no te necesito» (1 Co 12:21), porque ninguno está unido al cuerpo por sí mismo, sino por la Cabeza. El que está unido a Cristo está, por ese mismo hecho, unido a todos los que son de Cristo. Por eso el creyente solitario es una contradicción: la fe que une con la Cabeza une, a la vez, con todo el cuerpo.

De aquí brota lo que el Credo Apostólico llama «la comunión de los santos», y este capítulo lo expone. No es un sentimiento de hermandad ni una asociación voluntaria; es la vida común de los que han sido injertados en un mismo Salvador. La Confesión la describe en tres pasos: su fundamento y doble dirección —la unión con Cristo, de la que brota la comunión con él y la de los santos entre sí (26.1)—; su ejercicio —la santa hermandad en el culto, en la edificación mutua y en el socorro material (26.2)—; y sus límites —ni la comunión con Cristo disuelve la distancia entre la criatura y la divinidad, ni la comunión mutua disuelve la propiedad de cada uno (26.3)—. De la raíz brotan los deberes; y los deberes se guardan de dos excesos.

Tesis doctrinal

La comunión de los santos no es un sentimiento de hermandad ni una asociación voluntaria: brota de la unión con Cristo. La Confesión la expone en tres pasos. Primero, su fundamento y doble dirección: todos los santos, unidos a Cristo su Cabeza por su Espíritu y por la fe, tienen comunión con él en sus gracias, padecimientos, muerte, resurrección y gloria; y, unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones de cada uno y están obligados a los deberes que conducen a su bien mutuo (26.1). Segundo, su ejercicio: los santos están obligados a mantener una santa hermandad en el culto de Dios y en los servicios que tienden a su edificación, y a socorrerse en lo externo según las capacidades y necesidades de cada uno, extendiendo esa comunión, según haya oportunidad, a todos los que invocan el nombre del Señor (26.2). Y tercero, sus límites: esta comunión no hace a los santos partícipes de la sustancia de la divinidad de Cristo ni iguales a él —afirmarlo es impío y blasfemo—; ni la comunión de unos con otros quita la propiedad que cada uno tiene sobre sus bienes (26.3). La comunión de los santos es real y obligatoria, pero no disuelve ni la distancia entre el Creador y la criatura (contra el panteísmo místico) ni el derecho de propiedad (contra el comunitarismo); es la vida común de los que son uno en Cristo.

Cómo leer este capítulo

El capítulo va del fundamento al ejercicio y de este a los límites. 26.1: el fundamento —la unión con Cristo por el Espíritu y la fe—, del cual brota una doble comunión: con Cristo (en sus gracias, padecimientos, muerte, resurrección, gloria) y de los santos entre sí (en los dones y en los deberes mutuos). 26.2: el ejercicio —la santa hermandad en el culto, en los servicios espirituales y en el socorro material, extendida a todos los que invocan al Señor—. 26.3: los límites —ni la comunión con Cristo disuelve la distancia entre la criatura y su divinidad (no somos partícipes de su sustancia), ni la comunión mutua disuelve la propiedad privada—. De la raíz (unión con Cristo) brotan los deberes (la vida común), guardados de dos excesos (la divinización y el comunitarismo).

Texto confesional

26.1. Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por su Espíritu y por la fe, tienen comunión con él en sus gracias, padecimientos, muerte, resurrección y gloria; y, unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones y gracias de cada uno, y están obligados al cumplimiento de aquellos deberes, públicos y privados, que conducen a su bien mutuo, tanto en el hombre interior como en el exterior.

Referencias bíblicas: 1 Jn. 1:3; Ef. 3:16–19; Jn. 1:16; Ef. 2:5, 6; Fil. 3:10; Ro. 6:5, 6; 2 Ti. 2:12; Ef. 4:15, 16; 1 Co. 12:7; 3:21–23; Col. 2:19; 1 Ts. 5:11, 14; Ro. 1:11, 12, 14; 1 Jn. 3:16–18; Gá. 6:10.

26.2. Los santos por profesión están obligados a mantener una santa hermandad y comunión en la adoración de Dios y en el cumplimiento de aquellos otros servicios espirituales que tienden a su mutua edificación, como también a socorrerse unos a otros en las cosas externas, según las capacidades y necesidades de cada uno. La cual comunión, según Dios ofrezca oportunidad, ha de extenderse a todos los que, en todo lugar, invocan el nombre del Señor Jesús.

Referencias bíblicas: He. 10:24, 25; Hch. 2:42, 46; Is. 2:3; 1 Co. 11:20; Hch. 2:44, 45; 1 Jn. 3:17; 2 Co. 8 y 9; Hch. 11:29, 30; 1 Co. 1:2.

26.3. Esta comunión que los santos tienen con Cristo no los hace en manera alguna partícipes de la sustancia de su divinidad, ni iguales a Cristo en ningún respecto; afirmar cualquiera de las dos cosas es impío y blasfemo. Ni su comunión de unos con otros, como santos, quita o menoscaba el título o propiedad que cada hombre tiene en sus bienes y posesiones.

Referencias bíblicas: Col. 1:18, 19; 1 Co. 8:6; Is. 42:8; 1 Ti. 6:15, 16; Sal. 45:7 con He. 1:8, 9; Éx. 20:15; Ef. 4:28; Hch. 5:4.

Exposición doctrinal

La comunión de los santos en la historia de la redención

La comunión de los santos es un artículo del Credo Apostólico —«creo… la comunión de los santos»— y la Confesión lo expone en su raíz reformada: no como una doctrina sobre la veneración de los santos difuntos (como la entendió la teología medieval), sino como la vida común de los que están unidos a Cristo. Todo el capítulo cuelga de una palabra: unión. Porque los santos están «unidos a Jesucristo, su Cabeza, por su Espíritu y por la fe» (26.1; cf. cap. 10), tienen comunión con él; y porque tienen comunión con la misma Cabeza, tienen comunión unos con otros —como los miembros de un cuerpo, unidos al cabeza, están por ello unidos entre sí (1 Co 12)—. La comunión horizontal (de los santos entre sí) brota de la comunión vertical (de cada santo con Cristo); no se puede tener la una sin la otra. Por eso el aislamiento religioso es una contradicción: quien está unido a Cristo está, por ese mismo hecho, unido a todos los que son de Cristo.1

La Confesión guarda esta doctrina de dos corrupciones. Por un lado, la mística panteísta que, hablando de unión con Dios, llega a disolver la distancia entre la criatura y el Creador —como si el santo participara de la sustancia divina o llegara a ser «igual a Cristo»—. Contra esto, 26.3 corta de raíz: tal cosa es «impía y blasfema». La unión con Cristo es real y estrecha, pero es unión de personas distintas, no fusión de sustancias: seguimos siendo criaturas. Por otro lado, el comunitarismo religioso que, apelando a la comunión de bienes de la iglesia primitiva (Hch 2:44), abolía la propiedad privada —error que algún ala radical de la Reforma llevó a la práctica, como en el episodio anabaptista de Münster (1534–1535)—. Contra esto, 26.3 enseña que la comunión «no quita ni menoscaba el título o propiedad que cada hombre tiene en sus bienes»: la venta de bienes en Jerusalén fue voluntaria (Hch 5:4), expresión del amor, no abolición de la propiedad. Así, la comunión de los santos queda en su justo medio: real y obligatoria en el amor, el culto y el socorro, pero respetuosa de la distancia entre Dios y la criatura y del orden de los bienes que Dios estableció.

El testimonio de la Escritura sostiene este orden en cada paso. Para la comunión con Cristo y entre los santos: «lo que hemos visto y oído… para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1:3); «de su plenitud tomamos todos» (Jn 1:16); «que… conozca… la comunión de sus padecimientos» (Fil 3:10). Para la comunión en los dones: «a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho» (1 Co 12:7) —los dones se dan para el bien común, no para el solo poseedor—. Para el ejercicio de la comunión: «considerémonos unos a otros para estimularnos al amor… no dejando de congregarnos» (He 10:24, 25); los primeros creyentes «perseveraban en… la comunión unos con otros» y «tenían en común todas las cosas» (Hch 2:42, 44); y el socorro material, «si alguno… ve a su hermano tener necesidad, y le cierra sus entrañas, ¿cómo mora el amor de Dios en él?» (1 Jn 3:17). Y para los límites: contra la divinización, «yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria» (Is 42:8); contra el comunitarismo forzado, las palabras de Pedro a Ananías —«reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder?» (Hch 5:4)— que prueban que la venta de los bienes fue voluntaria, no obligatoria, y que la propiedad permanecía.

26.1 · El fundamento y la doble comunión

«Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por su Espíritu y por la fe.» La sección comienza por la raíz: la unión con Cristo, obrada «por su Espíritu» (de parte de Dios) «y por la fe» (de parte nuestra) —los dos lados del mismo vínculo (cf. cap. 10)—. De esa unión brota, primero, la comunión con Cristo: «tienen comunión con él en sus gracias, padecimientos, muerte, resurrección y gloria». El santo participa de todo lo que es de Cristo: de su gracia ahora, de la comunión de sus padecimientos en esta vida (Fil 3:10), y de su gloria en la venidera (Ro 8:17).2 Y brota, segundo, la comunión de los santos entre sí: «unidos unos a otros en amor, tienen comunión en los dones y gracias de cada uno». Lo que Dios da a uno es para el provecho de todos (1 Co 12:7); por eso los santos «están obligados al cumplimiento de aquellos deberes, públicos y privados, que conducen a su bien mutuo, tanto en el hombre interior como en el exterior» —deberes hacia el alma (la edificación) y hacia el cuerpo (el socorro)—.3

En los Catecismos. La comunión de los santos es la consecuencia inmediata de la unión con Cristo. El Mayor enseña que los miembros de la iglesia invisible «gozan por Cristo de unión y comunión con él en gracia y en gloria» (CMa 65) y define esa unión como «la obra de la gracia de Dios, por la cual son espiritual y místicamente, pero real e inseparablemente, unidos a Cristo como su cabeza y esposo» (CMa 66) —que es exactamente el fundamento de 26.1 («unidos a Jesucristo, su Cabeza, por su Espíritu y por la fe»)—. Y la comunión en gracia que describe —«su participación de la virtud de su mediación, en su justificación, su adopción, su santificación y todo lo demás que, en esta vida, manifiesta su unión con él» (CMa 69)— es la comunión «en sus gracias, padecimientos, muerte, resurrección y gloria» de 26.1. El Menor no dedica pregunta propia a la comunión de los santos, pero su doctrina de la unión con Cristo —que el Espíritu nos une a Cristo «en nuestro llamamiento eficaz» (cf. CMe 30)— es el mismo fundamento.

26.2 · El ejercicio de la comunión

«Los santos por profesión están obligados a mantener una santa hermandad y comunión.» La comunión no es opcional: es un deber. Y se ejerce en tres planos. En el culto: la santa hermandad «en el culto de Dios» (la asamblea, la oración común, la Cena). En los servicios espirituales: «aquellos otros servicios… que tienden a su mutua edificación» (la exhortación, el consuelo, la enseñanza mutua, He 10:24, 25). Y en lo material: «socorrerse unos a otros en las cosas externas, según las capacidades y necesidades de cada uno» —el que tiene, da; el que necesita, recibe; la medida es la capacidad de uno y la necesidad del otro (2 Co 8–9)—. Y la sección extiende el alcance: «la cual comunión, según Dios ofrezca oportunidad, ha de extenderse a todos los que, en todo lugar, invocan el nombre del Señor Jesús» (1 Co 1:2) —la comunión de los santos no se encierra en la congregación local, sino que alcanza a toda la iglesia de Cristo, «según Dios ofrezca oportunidad»—.4

En los Catecismos. El deber de la santa hermandad que esta sección manda enlaza con el privilegio que el Mayor reconoce a la iglesia visible: gozar «de la comunión de los santos» (cf. CMa 63). La armonía confirma el orden: primero la unión con Cristo (cap. 10; CMa 66), de ella la comunión con él (26.1), y de ella la comunión de los santos entre sí (26.2) —de modo que la hermandad no se funda en la simpatía humana, sino en la unión con el mismo Señor—.

26.3 · Los límites de la comunión

La sección final guarda la doctrina de dos excesos. Primero, contra la divinización: «esta comunión que los santos tienen con Cristo no los hace en manera alguna partícipes de la sustancia de su divinidad, ni iguales a Cristo en ningún respecto; afirmar cualquiera de las dos cosas es impío y blasfemo». La unión con Cristo es real, pero el santo no se vuelve dios ni se confunde con la sustancia divina: la distancia entre el Creador y la criatura permanece para siempre (Is 42:8). La Confesión usa aquí su lenguaje más severo —«impío y blasfemo»— porque está en juego la gloria que Dios no da a otro.5 Segundo, contra el comunitarismo: «ni su comunión de unos con otros, como santos, quita o menoscaba el título o propiedad que cada hombre tiene en sus bienes y posesiones». La comunión obliga a socorrer al hermano (26.2), pero no abole la propiedad: la venta de bienes en Jerusalén fue libre, no forzada (Hch 5:4), y el octavo mandamiento —«no hurtarás» (Éx 20:15)— supone el derecho de propiedad que la caridad usa, pero no suprime.6

La doctrina en la historia

El camino de la doctrina

La comunión de los santos entró en este capítulo con siglos de historia encima: es artículo del Credo Apostólico, y la exposición ya dijo cómo la Reforma la devolvió de la veneración de los difuntos a la vida común de los unidos a Cristo. Lo que conviene añadir aquí es el filo polémico de la primera cláusula. Roma y el ritualismo ponían la mediación de la Iglesia y de los sacramentos entre el creyente y Cristo: se estaba unido a la Iglesia por los sacramentos, y a Cristo por medio de la Iglesia. La Confesión invierte ese orden en su primera línea, al hacer de la unión inmediata con la Cabeza, «por su Espíritu y por la fe», la raíz de toda comunión. Hodge expuso el contraste con exactitud: «los individuos están unidos a Cristo, la Cabeza, por el Espíritu Santo y por la fe, y por estar unidos a Cristo, están ipso facto unidos a todos los miembros de Cristo que forman la iglesia».7 No se llega a Cristo por la Iglesia: se pertenece a la Iglesia por estar en Cristo.

Las dos negaciones de 26.3 llevan también nombre en la historia. La primera —contra la mística de absorción— quedó fijada en una fórmula precisa: la unión es mística, no metafísica; participamos de sus gracias, no de su esencia —y la «naturaleza divina» de que habla 2 Pedro 1:4 son las cualidades comunicables (santidad, amor, conocimiento), no la deidad ni la esencia misma, que son incomunicables—. El representante clásico del error excluido es, para la teología reformada, Osiander, con su «justicia esencial infusa»; pero la identificación procede del aparato de la teología reformada, no del texto confesional, que formula la negación en abstracto, sin nombrar a nadie. El propio Hodge describe el error sin nombrar a Osiander: la unión «no es misteriosa en el sentido de que envuelva alguna confusión entre la personalidad de Cristo y la nuestra… Es una unión entre personas, en la que cada una retiene separada su identidad».8

La segunda negación mira al comunitarismo obligatorio. El episodio anabaptista de Münster, ya recordado al abrir la exposición doctrinal, pertenece a la Reforma radical un siglo anterior: es memoria, no actualidad, de la Asamblea; los contemporáneos eran los niveladores y otros radicales sociales ingleses. En cualquiera de los dos casos la doctrina quedó fijada igual: la comunión obliga a la liberalidad, no a la disolución del dominio (Hch 5:4; Éx 20:15). Hodge cierra en la misma clave: estos oficios mutuos de los santos «no tienen por objeto sustituir a los principios fundamentales de la sociedad humana, ni los derechos de propiedad, ni a los lazos de familia».9

Una advertencia antes de entrar en la sala. Estas identificaciones de adversarios —Roma y el ritualismo, Osiander, los radicales— son lectura sistemática del texto confesional y de su tradición, no debates asentados en las actas de la Asamblea: las actas votan, no glosan. Que la Asamblea apuntara nominalmente a un grupo o a un autor en estas cláusulas es inferencia razonable de contenido y contexto, no hecho documentado. Lo poco —y firme— que los documentos dicen de este capítulo es lo que sigue.

En la mesa de la Asamblea

Para este capítulo, el registro histórico reunido por el proyecto no consigna decisión fechada alguna: ni informe de comité, ni día de debate, ni voto asentado sobre estas tres secciones. El único marco verificable es general: la Asamblea sesionó desde 1643 en los mismos años de la agitación de los grupos radicales en Inglaterra —marco histórico, no acta—; y toda atribución de blanco nominal a estas cláusulas se presenta como inferencia, no como debate documentado en las actas.

Lo que la historia del texto sí dice es breve y firme: WCF 26 es idéntico en el impreso de 1647, en el latín de 1656, en Carruthers y en la recensión americana de 1788/1801. No hay revisión genuina de 1788 ni supresión posterior que distinguir; la única huella de la edición americana es la grafía proprietyproperty, sinónima, ya tratada en el aparato crítico. Donde el historiador honesto calla, el comentarista también; el detalle documental queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.

Para la iglesia

El capítulo da a la iglesia la doctrina que hace de ella una familia y no un auditorio. Donde se cree, el cristiano vive su fe en comunión: no como un creyente aislado que «tiene su propia relación con Dios», sino como un miembro del cuerpo que da y recibe —dones, consuelo, enseñanza, socorro—. Y donde se cree, la iglesia es a la vez generosa y ordenada: socorre al necesitado con largueza, pero sin abolir la responsabilidad ni la propiedad; honra la unión con Cristo, pero sin caer en exaltaciones místicas que confundan al santo con su Señor.

En el púlpito

Conviene predicar la comunión de los santos como deber y privilegio, contra el individualismo religioso de nuestro tiempo: el que está unido a Cristo está unido a los suyos, y no congregarse (He 10:25) es romper una comunión que brota de la misma unión con la Cabeza. Y conviene predicar 26.2 sobre el socorro mutuo: el amor que no abre las entrañas al hermano necesitado pone en duda que more en él el amor de Dios (1 Jn 3:17).

En la catequesis

El capítulo se enseña con CMa 65–69 (la unión y comunión con Cristo en gracia y gloria). Conviene mostrar el orden: primero la unión con Cristo, de ella la comunión con él, y de ella la comunión de los santos —para que la hermandad no se funde en la simpatía humana, sino en la unión con el mismo Señor—.

En la membresía y la diaconía

La comunión de los santos es el fundamento del oficio diaconal: el socorro de los necesitados «según las capacidades y necesidades de cada uno» (26.2) es deber de la iglesia, no obra de beneficencia opcional. Y la extensión de la comunión «a todos los que… invocan el nombre del Señor» (26.2) funda la ayuda entre iglesias (como las colectas de Pablo, Hch 11:29; 2 Co 8–9).

En la formación de oficiales

El candidato debe fundar la comunión de los santos en la unión con Cristo (26.1; cap. 10), no en la mera sociabilidad; exponer los tres planos de su ejercicio (culto, edificación, socorro, 26.2); y guardar los dos límites de 26.3 —contra la divinización del santo y contra la abolición de la propiedad—, sabiendo manejar el texto de Hechos 5:4 frente al comunitarismo. De esta doctrina depende que la iglesia sea cuerpo y familia, no asamblea de individuos.

Preguntas de estudio

Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.

Básicas. (1) ¿De dónde brota la comunión de los santos (26.1)? (2) ¿En qué tienen los santos comunión con Cristo (26.1)? (3) ¿En qué tienen comunión unos con otros (26.1)? (4) ¿En qué tres planos se ejerce la comunión (26.2)? (5) ¿Hasta dónde se extiende la comunión (26.2)? (6) ¿Hace la comunión con Cristo al santo partícipe de la divinidad (26.3)? (7) ¿Abole la comunión la propiedad privada (26.3)?

Avanzadas. (1) ¿Cómo se relacionan la comunión vertical (con Cristo) y la horizontal (entre los santos) en 26.1? (2) ¿Por qué llama la Confesión «impío y blasfemo» afirmar que el santo participa de la sustancia divina (26.3)? (3) ¿Qué prueba Hechos 5:4 contra el comunitarismo forzado (26.3)? (4) ¿Cómo funda este capítulo el oficio diaconal y la ayuda entre iglesias (26.2)? (5) ¿En qué se distingue la comunión de los santos reformada de la veneración medieval de los santos? (6) ¿Cómo armoniza CFW 26.1 con la doctrina de la unión con Cristo de CMa 66? (7) ¿Por qué el aislamiento religioso contradice esta doctrina?

Glosario del capítulo

Comunión de los santos — la vida común de los que están unidos a Cristo: comunión con él y de unos con otros, en lo espiritual y en lo material (26.1; artículo del Credo Apostólico).

Unión con Cristo — el vínculo, obrado por el Espíritu y la fe, del cual brota toda la comunión (26.1; CMa 66).

Santos por profesión — los que profesan la fe; el sujeto del deber de la comunión, es decir, la iglesia visible (26.2; cf. 25.2).

Santa hermandad (holy fellowship) — la comunión obligatoria de los santos en el culto, los servicios espirituales y el socorro material (26.2).

Propiedad / título (propriety, property) — el derecho de dominio que cada uno tiene sobre sus bienes, que la comunión no abole (26.3; jus privatum).

Partícipes de la sustancia divina — error (rechazado como «impío y blasfemo» en 26.3) de quienes confunden la unión con Cristo con la fusión en la divinidad.

Bibliografía comentada

  • Testigos textuales: el manuscrito de 1646 (M), el impreso inglés de 1647 (E), la traducción latina de 1656/1659 (L), la recensión americana de 1788 / impresión de 1801 (A) y Schaff (S) / Carruthers (C) — todos concordes: WCF 26 no tiene variante de cuerpo entre recensiones.
  • Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 26, pp. 369–376 — exposición contemporánea de la comunión de los santos. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: la unión con Cristo que necesariamente produce comunión (26.1); verdad y gracia, «gracia sobre gracia» (26.1); la iglesia como familia «entretejida» con Cristo y con los demás (26.1); la comunión que sobrepasa la iglesia local (26.2); el error que 26.3 corrige —subestimar a Jesús y sobrestimarnos, que VD rotula «divinización»— (26.3); y «la generosidad no es igual al colectivismo» (26.3).
  • A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXVI — exposición de la comunión de los santos en su fundamento (la unión con Cristo) y sus límites; voz de corroboración, bajo la Confesión.
  • G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 26 — preguntas de clase sobre la comunión de los santos.
  • Catecismos: CMa 65–69 (la unión y comunión con Cristo en gracia y gloria), fundamento catequético de este capítulo.
  • Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — sin divergencia de valor documentada (atención al falso amigo propriety); colación íntegra pendiente.

Footnotes

  1. Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 370. De la unión como raíz de la comunión (26.1): «Una vez unidos a Cristo, no podemos evitar tener "comunión con él"». La comunión no es un añadido opcional, sino consecuencia de la unión.

  2. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 370. Del doble don de Cristo en la comunión (26.1): «Jesús no solo vino para darnos la verdad que necesitábamos; también vino para darnos la gracia que necesitábamos» (glosa de Jn 1:16-17, «gracia sobre gracia»).

  3. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 371. De la comunión de los santos entre sí (26.1): los creyentes han de recordar «que somos una familia, y que Cristo nos ha entretejido consigo mismo y con otros» (cf. 1 Co 3:21-23; Col 2:19) —imagen del cuerpo orgánico que funda los deberes mutuos—.

  4. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 374. Del alcance de la comunión (26.2): «La comunión de los santos sobrepasa los confines de nuestra iglesia o localidad»; ha de expresar el amor de Cristo por todo su pueblo, entre todo su pueblo.

  5. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 374. Del error que la sección condena (26.3): «hay algunos que subestiman a Jesús y sobrestiman al resto de nosotros. Este error es gravísimo». Van Dixhoorn lo rotula «divinización» —término suyo, no del texto confesional ni de la Asamblea—.

  6. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 375. Del límite de la comunión de bienes (26.3): «La generosidad no es igual al colectivismo». A su juicio —lectura de las pruebas, no acta de la Asamblea—, las citas bíblicas de la sección presuponen la propiedad privada.

  7. A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXVI.

  8. Hodge, Comentario, cap. XXVI.

  9. Hodge, Comentario, cap. XXVI.