Capítulo 29 · De la cena del Señor

Edición de estudio comentada

Para entrar: «Haced esto en memoria de mí»

Era de noche, y era la noche en que fue entregado. En el aposento alto, mientras fuera se cerraba el cerco de la traición, el Señor tomó el pan de la pascua —el pan que Israel había comido de prisa, con los lomos ceñidos, la noche de la salida de Egipto— y, dándole un sentido nuevo, lo partió y dijo: «esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí» (Lc 22:19; 1 Co 11:24). Tomó luego la copa: «esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí» (1 Co 11:25). Lo que la pascua había prefigurado durante siglos —un cordero inmolado, una sangre que aparta el juicio— estaba a punto de cumplirse en su propia carne; y antes de subir a la cruz, el Señor dejó a su iglesia una mesa.

Pablo, que recibió del Señor lo que también entregó, dice qué es esa mesa: «todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Co 11:26). La Cena mira, pues, en tres direcciones a la vez: hacia atrás, a la cruz, como memorial de la muerte ya consumada; hacia arriba, a Cristo glorificado, como comunión real de su cuerpo y de su sangre (1 Co 10:16); y hacia adelante, a su venida, como prenda del banquete que aún esperamos. No es un rito vacío de recuerdo, ni un altar donde el sacrificio se repita: es un sello, una comunión y un alimento. El creyente que viene a ella no rehace el Calvario ni mastica la carne física del Señor; se alimenta, por la fe y por el Espíritu, de aquel mismo Cristo crucificado que está ahora en el cielo.

Y precisamente porque la Cena dice tanto, es uno de los lugares donde más se ha errado. La iglesia de Roma hizo de la mesa un altar y del memorial un sacrificio repetido, ofreciendo de nuevo a Cristo por vivos y difuntos, y enseñando que la sustancia del pan se muda en su cuerpo; de ahí los abusos que de tal doctrina se siguen —la copa negada al pueblo, la hostia adorada, elevada, paseada en procesión—. En el extremo contrario, otros vaciaron la Cena de toda presencia, reduciéndola a un recuerdo desnudo. Frente a ambos, la Confesión guarda la mesa del Señor en su justo sentido: ni sacrificio, ni transubstanciación, ni mero recuerdo, ni manducación oral, sino alimento real de Cristo, presente espiritualmente a la fe.

Este capítulo expone esa doctrina en ocho pasos. Confiesa la institución y los fines de la Cena (29.1); niega que sea sacrificio y condena la misa (29.2); describe su recta administración (29.3) y cataloga los abusos romanos (29.4); explica la unión sacramental por la que el pan se llama cuerpo sin dejar de ser pan (29.5) y rechaza la transubstanciación con un triple cargo (29.6); afirma la presencia espiritual real que reciben los dignos (29.7); y advierte la suerte de los indignos, que comen el signo para su propia condenación (29.8). El hilo es este: en la mesa del Señor, el creyente no ofrece un sacrificio ni recibe un pan transmutado, sino que se alimenta del Cristo que la cruz le ganó y que el Espíritu le hace presente.

Tesis doctrinal

La Cena del Señor es el segundo sacramento: el sello del alimento y crecimiento continuos en Cristo. La Confesión la expone en ocho pasos. Primero, su institución y fines: instituida por Cristo la noche en que fue entregado, para el recuerdo perpetuo de su muerte, el sellamiento de sus beneficios, el alimento espiritual, el mayor compromiso y el vínculo de comunión (29.1). Segundo, no es sacrificio: en ella Cristo no es ofrecido de nuevo; el sacrificio papista de la misa es injurioso al único sacrificio de Cristo (29.2). Tercero, su administración: el ministro declara la institución, ora, bendice y parte el pan, y da ambos elementos a los presentes (29.3). Cuarto, los abusos romanos: misas privadas, negación de la copa, adoración, elevación, procesión y reserva de los elementos (29.4). Quinto, la unión sacramental: el pan y el vino se llaman por el nombre de la cosa significada, pero en sustancia siguen siendo pan y vino (29.5). Sexto, el rechazo de la transubstanciación: el cambio de sustancia es repugnante a la Escritura, al sentido y a la razón, y causa de idolatría (29.6). Séptimo, la presencia espiritual real: los que reciben dignamente se alimentan real pero espiritualmente de Cristo crucificado, presente a la fe (29.7). Y octavo, los indignos: los que reciben sin fe no reciben la cosa significada, sino que comen para su condenación (29.8). La Cena alimenta al creyente con Cristo, presente espiritualmente a la fe; ni se convierte en sacrificio (contra la misa), ni el pan se transmuta (contra la transubstanciación), ni la presencia es vacía (contra el memorialismo), ni el indigno recibe a Cristo (contra la manducación oral).

Cómo leer este capítulo

El capítulo va de la institución a la admisión. 29.1: la institución y sus cinco fines (recuerdo, sello, alimento, compromiso, vínculo). 29.2: la Cena no es sacrificio —contra la misa—. 29.3: la administración —lo que el ministro hace, y a quiénes—. 29.4: el catálogo de abusos romanos. 29.5: la unión sacramental —el pan, llamado cuerpo, sigue siendo pan—. 29.6: el rechazo de la transubstanciación —triple cargo—. 29.7: la presencia espiritual real —cómo se alimentan los dignos—. 29.8: los indignos —no reciben la cosa, comen para juicio—. De qué es la Cena y para qué (29.1) a lo que no es (29.2), cómo se administra (29.3–29.4), qué son los elementos (29.5–29.6), qué reciben los dignos (29.7) y qué los indignos (29.8): la mesa del Señor, guardada de la misa, de la transubstanciación, del memorialismo y de la profanación.

Texto confesional

29.1. Nuestro Señor Jesús, la noche en que fue entregado, instituyó el sacramento de su cuerpo y sangre, llamado la cena del Señor, para que fuera observado en su iglesia hasta el fin del mundo, para el recuerdo perpetuo del sacrificio de sí mismo en su muerte; para el sellamiento de todos sus beneficios a los verdaderos creyentes; para su alimento espiritual y crecimiento en él; para su mayor compromiso en y con todos los deberes que le deben; y para que fuera vínculo y prenda de su comunión con él y de unos con otros, como miembros de su cuerpo místico.

Referencias bíblicas: 1 Co 11:23–26; 10:16, 17, 21; 12:13.

29.2. En este sacramento Cristo no es ofrecido a su Padre, ni se hace en él sacrificio real alguno para la remisión de los pecados de los vivos o de los muertos, sino solo una conmemoración de aquella única ofrenda de sí mismo, por sí mismo, en la cruz, una sola vez para siempre, y una oblación espiritual de toda la alabanza posible a Dios por ella; de modo que el sacrificio papista de la misa, como lo llaman, es abominablemente injurioso al único sacrificio de Cristo, la sola propiciación por todos los pecados de los elegidos.

Referencias bíblicas: He 9:22, 25, 26, 28; 1 Co 11:24–26; Mt 26:26, 27; He 7:23, 24, 27; 10:11, 12, 14, 18.

29.3. El Señor Jesús ha designado, en esta institución, a sus ministros para declarar al pueblo su palabra de institución; para orar y bendecir los elementos del pan y del vino, y apartarlos así de un uso común a uno santo; y para tomar y partir el pan, tomar la copa y (participando también ellos mismos) dar ambos a los comulgantes; pero a ninguno que no esté entonces presente en la congregación.

Referencias bíblicas: Mt 26:26–28; Mr 14:22–24; Lc 22:19, 20 con 1 Co 11:23–26; Hch 20:7; 1 Co 11:20.

29.4. Las misas privadas, o la recepción de este sacramento por un sacerdote, o por cualquier otro, a solas; como también la negación de la copa al pueblo; la adoración de los elementos, su elevación o el llevarlos en procesión para que sean adorados, y su reserva para cualquier pretendido uso religioso, son todas cosas contrarias a la naturaleza de este sacramento y a la institución de Cristo.

Referencias bíblicas: 1 Co 10:6; Mr 14:23; 1 Co 11:25–29; Mt 15:9.

29.5. Los elementos externos de este sacramento, debidamente apartados para los usos ordenados por Cristo, tienen tal relación con él crucificado, que verdadera, aunque solo sacramentalmente, son llamados a veces por el nombre de las cosas que representan, a saber, el cuerpo y la sangre de Cristo; si bien, en sustancia y naturaleza, siguen siendo verdadera y únicamente pan y vino, como eran antes.

Referencias bíblicas: Mt 26:26–28; 1 Co 11:26–28; Mt 26:29.

29.6. La doctrina que sostiene un cambio de la sustancia del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo (comúnmente llamada transubstanciación), por la consagración de un sacerdote o de cualquier otro modo, es repugnante no solo a la Escritura, sino aun al sentido común y a la razón; destruye la naturaleza del sacramento; y ha sido y es causa de múltiples supersticiones, y aun de crasas idolatrías.

Referencias bíblicas: Hch 3:21 con 1 Co 11:24–26; Lc 24:6, 39.

29.7. Los que reciben dignamente este sacramento, participando externamente de sus elementos visibles, también entonces internamente, por la fe, real y verdaderamente —no de manera carnal y corporal, sino espiritual—, reciben a Cristo crucificado y se alimentan de él y de todos los beneficios de su muerte; pues el cuerpo y la sangre de Cristo no están entonces corporal o carnalmente en, con o bajo el pan y el vino; pero están tan real, aunque espiritualmente, presentes a la fe de los creyentes en esa institución, como los elementos mismos lo están a sus sentidos externos.

Referencias bíblicas: 1 Co 11:28; 10:16.

29.8. Aunque los hombres ignorantes y malvados reciban los elementos externos de este sacramento, no reciben sin embargo la cosa significada por ellos, sino que, por su indigno acercamiento, se hacen culpables del cuerpo y de la sangre del Señor, para su propia condenación. Por lo cual, todas las personas ignorantes e impías, así como no son aptas para gozar de comunión con él, así también son indignas de la mesa del Señor; y no pueden, sin gran pecado contra Cristo, mientras permanezcan tales, participar de estos santos misterios, ni ser admitidas a ellos.

Referencias bíblicas: 1 Co 11:27, 28; 2 Co 6:14–16; 1 Co 5:6, 7, 13; 2 Ts 3:6, 14, 15; Mt 7:6.

Exposición doctrinal

La Cena del Señor en la historia de la redención

La Cena del Señor es el sacramento del alimento continuo: si el bautismo sella la entrada en el pacto (de una vez), la Cena sella el sustento en el pacto (repetidamente, CMa 177). El Señor la instituyó «la noche en que fue entregado» (29.1), tomando los elementos de la pascua —el cordero, el pan— y dándoles nuevo sentido: él es el Cordero, y su cuerpo el pan partido. Así, la Cena cumple la pascua (cf. 27.5): lo que la pascua prefiguraba, la Cena conmemora y sella. Es «recuerdo perpetuo» de la muerte de Cristo, pero más que recuerdo: sello de sus beneficios, alimento espiritual, vínculo de comunión (29.1). Para la institución y los fines, Pablo recoge la voz del Señor —«haced esto en memoria de mí» (1 Co 11:23–26)— y declara que la copa «es la comunión de la sangre de Cristo» y el pan, la del cuerpo (1 Co 10:16): no mero recuerdo, sino comunión real, por la fe. El creyente que come no solo recuerda: se alimenta de Cristo, presente espiritualmente a su fe (29.7).

La Confesión libra aquí su batalla más extensa contra Roma, en tres frentes. Primero, contra la misa como sacrificio (29.2): Roma enseña que en la misa Cristo es ofrecido de nuevo, en sacrificio propiciatorio por vivos y difuntos. La Confesión lo rechaza con la suficiencia del único sacrificio: «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (He 10:14); «Cristo… se ofreció una sola vez» (He 9:28); repetir el sacrificio es negar su perfección. La misa, así entendida, es «abominablemente injuriosa al único sacrificio de Cristo». Segundo, contra la transubstanciación (29.5–29.6): Roma enseña que, por la consagración, la sustancia del pan y del vino se convierte en la del cuerpo y la sangre de Cristo, quedando solo los accidentes (color, sabor) del pan. La Confesión opone un triple cargo: es repugnante a la Escritura (que llama «pan» al elemento aun después de consagrado, 1 Co 11:26–28) y al sentido y la razón (Cristo está corporalmente en el cielo, Hch 3:21; su cuerpo es palpable, «palpad, y ved», Lc 24:39); destruye la naturaleza del sacramento (que requiere signo y cosa distintos, 27.2); y es causa de idolatría (la adoración de la hostia). Tercero, contra los abusos prácticos (29.4) que de aquellas doctrinas se siguen: la misa privada, la negación de la copa —contra «bebed de ella todos» (Mt 26:27)—, la adoración y procesión de los elementos.

Pero la Confesión no cae, por huir de Roma, en el extremo opuesto. Contra el memorialismo —en su forma radical, que reduce la Cena a mero recuerdo y la presencia de Cristo a su sola ausencia recordada—, la Confesión enseña la presencia espiritual real (29.7): los que comen dignamente «real y verdaderamente… reciben a Cristo crucificado y se alimentan de él» —pues la copa es «comunión de la sangre» y el pan «comunión del cuerpo de Cristo» (1 Co 10:16), comunión real, por la fe—. La presencia es real, pero espiritual: el cuerpo de Cristo no baja al pan (contra Roma y Lutero), sino que el Espíritu eleva al creyente para alimentarse de Cristo, que está en el cielo. Es la doctrina reformada en la línea de Calvino (Inst. IV.17), recogida en la antigua fórmula litúrgica del sursum corda, «arriba los corazones» —no Cristo bajando al altar, sino el creyente subiendo, por el Espíritu, a Cristo—. Y contra la manducación de los indignos (luterana), que sostiene que aun el incrédulo recibe oralmente el cuerpo de Cristo (para su juicio), la Confesión enseña (29.8) que el indigno «no recibe la cosa significada»: sin fe no se recibe a Cristo, sino solo el signo, y eso para condenación —«será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Co 11:27)—. Así, la Cena queda en su lugar reformado: ni sacrificio, ni transubstanciación, ni mero recuerdo, ni manducación oral, sino alimento real de Cristo, presente espiritualmente a la fe.

29.1 · La institución y los cinco fines

«Nuestro Señor Jesús, la noche en que fue entregado, instituyó el sacramento de su cuerpo y sangre.» La Confesión enumera cinco fines: «el recuerdo perpetuo del sacrificio de sí mismo» (memoria), «el sellamiento de todos sus beneficios a los verdaderos creyentes» (sello), «su alimento espiritual y crecimiento en él» (nutrición), «su mayor compromiso en y con todos los deberes que le deben» (obligación) y «vínculo y prenda de su comunión con él y de unos con otros» (comunión, doble: con Cristo y entre los santos). Nótese que los cinco fines exceden el mero recuerdo: la Cena no solo recuerda, sino que sella, alimenta, compromete y une —contra el memorialismo que la reduce a memoria—.1

29.2 · La Cena no es sacrificio

«En este sacramento Cristo no es ofrecido a su Padre, ni se hace en él sacrificio real alguno.» La Cena es «conmemoración» del único sacrificio, no su repetición. ¿Qué se ofrece en ella? Solo «una oblación espiritual de toda la alabanza posible a Dios» —el sacrificio de alabanza (He 13:15)—. Por eso «el sacrificio papista de la misa… es abominablemente injurioso al único sacrificio de Cristo»: presentar la Cena como sacrificio propiciatorio repetido niega que el sacrificio de la cruz fuese «una sola vez para siempre» y suficiente (He 10:14).2

29.3 · La administración de la mesa

El Señor «ha designado… a sus ministros» para cinco actos: declarar la palabra de institución, orar y bendecir los elementos, apartarlos «de un uso común a uno santo», partir el pan y tomar la copa, y —«participando también ellos mismos»— dar ambos elementos a los comulgantes. Dos notas: el ministro participa (no hay sacerdote que ofrezca sin comulgar), y da los elementos «a ninguno que no esté entonces presente en la congregación» —la Cena es acto de la asamblea, no comunión privada ni enviada (prepara 29.4)—.

29.4 · Los abusos romanos

La Confesión cataloga seis prácticas «contrarias a la naturaleza de este sacramento y a la institución de Cristo»: las misas privadas (sin congregación), la recepción a solas, la negación de la copa al pueblo (contra «bebed de ella todos», Mt 26:27), la adoración de los elementos, su elevación y procesión «para que sean adorados», y su reserva «para cualquier pretendido uso religioso» (el sagrario). Todas se siguen de la transubstanciación: si el pan es Cristo, se adora; si la presencia permanece, se reserva. Negada la transubstanciación, caen los abusos.3

29.5 · La unión sacramental

Los elementos «tienen tal relación con él crucificado, que verdadera, aunque solo sacramentalmente, son llamados a veces por el nombre de las cosas que representan, a saber, el cuerpo y la sangre de Cristo». Aquí la unión sacramental de 27.2 se aplica a su caso supremo: «esto es mi cuerpo» (Mt 26:26) es verdad —no metáfora vacía—, pero sacramental, no física. Y la sección lo blinda contra la transubstanciación: los elementos «en sustancia y naturaleza, siguen siendo verdadera y únicamente pan y vino, como eran antes». El pan, llamado cuerpo, sigue siendo pan.4

29.6 · El rechazo de la transubstanciación

«La doctrina que sostiene un cambio de la sustancia del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo (comúnmente llamada transubstanciación)… es repugnante no solo a la Escritura, sino aun al sentido común y a la razón; destruye la naturaleza del sacramento; y ha sido y es causa de múltiples supersticiones, y aun de crasas idolatrías.» Tres cargos. (1) Repugnante a la Escritura, al sentido y a la razón: la Escritura llama «pan» al elemento después de consagrado (1 Co 11:26–28); Cristo está corporalmente en el cielo (Hch 3:21); su cuerpo es palpable y localizado (Lc 24:39) —la fe no obliga a creer contra los sentidos en su propio dominio—. (2) Destruye la naturaleza del sacramento: si el signo (pan) deja de existir, no hay ya signo, y sin signo no hay sacramento (27.2), sino un milagro permanente sin señal. (3) Causa de idolatría: la adoración de la hostia (29.4) descansa en la transubstanciación; sin ella, es culto al pan. La Confesión usa su lenguaje más fuerte —«crasas idolatrías»— porque está en juego el primer mandamiento.5

29.7 · La presencia espiritual real

Es la doctrina positiva del capítulo. «Los que reciben dignamente este sacramento… también entonces internamente, por la fe, real y verdaderamente —no de manera carnal y corporal, sino espiritual—, reciben a Cristo crucificado y se alimentan de él.» Cuatro precisiones. (1) Real y verdaderamente: la presencia no es ficticia ni meramente recordada —Cristo se recibe de veras—. (2) No carnal y corporal, sino espiritual: no se come la carne física de Cristo; «espiritual» no significa «menos real», sino «por el Espíritu». (3) Contra Roma y Lutero: «el cuerpo y la sangre de Cristo no están entonces corporal o carnalmente en, con o bajo el pan y el vino» —ni transubstanciados (Roma) ni con el pan (Lutero)—. (4) La proporción audaz del cierre: Cristo está «tan real, aunque espiritualmente, presente a la fe de los creyentes… como los elementos mismos lo están a sus sentidos externos» —la presencia a la fe es tan real, en su orden, como la presencia del pan a los sentidos en el suyo—. El cuerpo de Cristo está en el cielo; el Espíritu une al creyente con él, para que se alimente de él. Sursum corda: arriba los corazones.6

En los Catecismos. La presencia espiritual real está formulada casi a la letra en el Mayor: «como el cuerpo y la sangre de Cristo no están corporal ni carnalmente presentes en, con o bajo el pan y el vino… y sin embargo están espiritualmente presentes a la fe del que recibe, no menos verdadera y realmente que los elementos mismos lo están a sus sentidos externos» (CMa 170) —eco exacto de 29.7—. Y los fines de la Cena coinciden: «los que comulgan dignamente se alimentan de su cuerpo y sangre para su nutrición espiritual y crecimiento en gracia; tienen confirmada su unión y comunión con él» (CMa 168; cf. CMe 96, que precisa que se hace «no de manera corporal y carnal, sino por la fe»). La administración tiene también su paralelo: Cristo ha ordenado a los ministros «que aparten el pan y el vino del uso común mediante la palabra de institución, la acción de gracias y la oración; que tomen y partan el pan, y que den tanto el pan como el vino a los comulgantes» (CMa 169; cf. 29.3).

29.8 · Los indignos

«Aunque los hombres ignorantes y malvados reciban los elementos externos de este sacramento, no reciben sin embargo la cosa significada por ellos.» Contra la manducación de los indignos (luterana), la Confesión enseña que sin fe no se recibe a Cristo: el indigno come el signo, no la cosa. Pero no queda impune: «por su indigno acercamiento, se hacen culpables del cuerpo y de la sangre del Señor, para su propia condenación» (1 Co 11:27) —profanar el signo es pecar contra lo significado—. De aquí la disciplina: «todas las personas ignorantes e impías… son indignas de la mesa del Señor; y no pueden… participar de estos santos misterios, ni ser admitidas a ellos» —la mesa se cerca, apartando a los ignorantes (por catequesis) y a los escandalosos (por disciplina, cf. cap. 30; CMa 173)—.7

En los Catecismos. La exclusión de los indignos se corresponde con el poder de la iglesia de apartar de la mesa a «los que sean hallados ignorantes o escandalosos… hasta que reciban instrucción y manifiesten su reforma» (CMa 173). Pero la cerca no excluye al creyente débil, a quien la Cena fortalece: el examen requerido para comulgar dignamente (CMe 97; CMa 171) y la conducta debida en ella (CMa 174–175) son la disciplina del hijo, no el muro del extraño. Y a diferencia del bautismo, la Cena «ha de administrarse con frecuencia… y eso solamente a los que tienen edad y capacidad para examinarse a sí mismos» (CMa 177).

La doctrina en la historia

El camino de la doctrina

El capítulo 29 es el locus eucarístico de la Confesión y, como quedó dicho al abrir la exposición, su pieza antirromana más extensa. Sus adversarios no son sombras: tienen dirección conciliar. Lo que 29.6 rechaza —la doctrina «comúnmente llamada transubstanciación»— fue definido por el Concilio de Trento en su sesión XIII; el sacrificio de la misa que 29.2 rechaza, en la sesión XXII; la comunión bajo una sola especie que 29.4 condena, en la sesión XXI —datos que se citan según Hodge, que documenta por ellos la doctrina romana, y cuya verificación contra el texto conciliar queda pendiente [AMARILLO]—. El contenido del rechazo quedó expuesto en 29.2 y 29.6 y no se repite aquí; baste añadir la incompatibilidad en que Hodge lo condensa: «el mismo acto no puede ser la conmemoración de un sacrificio y al mismo tiempo un sacrificio que tenga eficacia intrínseca para expiar el pecado» —y, por lo mismo, el ministerio cristiano no es sacerdocio sacrificial—.8

El segundo frente tiene nombre y fórmula. La tríada «en, con o bajo» (29.7) descarta nominalmente la doctrina luterana de la presencia corporal —Hodge la expone en sus propios términos: el cuerpo y la sangre «realmente presentes en, con y bajo el pan y el vino»—;9 y detrás de la fórmula hay una tesis cristológica con rótulo propio: el genus maiestaticum, la «comunicación de la majestad», según la cual las propiedades de la divinidad —entre ellas la ubicuidad— se comunican a la humanidad de Cristo. Negada esa comunicación, el cuerpo verdadero del Señor está en el cielo y no ubicuo en los altares (como quedó dicho en 29.7). De la misma raíz procede la manducatio impiorum —la «comida de los impíos», la manducación oral del indigno— que 29.8 niega. Lutero se nombra aquí como autor de la posición que la tríada descarta; el texto confesional no lo nombra.

El tercer frente es una corriente más que una persona. Es inferencia razonable —no dato de actas— que la acumulación de cinco fines en 29.1, de los cuales cuatro exceden el recuerdo, responde a la corriente que reducía la Cena a memoria, asociada a Zwinglio; la Confesión no lo nombra, y el aparato lo trata como error corregido, no como interlocutor presente en el recinto [AMARILLO]. Y una precisión sobre la doctrina positiva: Hodge habla de una presencia «virtual» —las virtudes y efectos del sacrificio, presentes y aplicados por el poder del Espíritu—, pero ese vocabulario es suyo, no el término confesional;10 la Confesión y el Catecismo Mayor (CMa 170) afirman que el creyente se alimenta por la fe del cuerpo y la sangre de Cristo, no solo de sus beneficios: la presencia es del Cristo entero a la fe, por el Espíritu.

Una advertencia antes de entrar en la sala. Estos tres frentes están documentados por las fuentes del corpus —el texto confesional, su cotejo, Hodge—, no por asientos fechados de las actas: las actas votan, no glosan. Lo que el expediente documental sí conserva de este capítulo es, sobre todo, la quietud de su texto; y esa quietud también es historia.

En la mesa de la Asamblea

Hay que decirlo con llaneza: el material histórico reunido en este proyecto para el capítulo 29 no conserva fechas de sesión, informes de comité ni votos asentados palabra por palabra sobre su redacción. Ninguna decisión verbal de la Asamblea sobre la Cena consta, en este expediente, con día y asiento; y donde el registro calla, el comentarista calla también. El detalle documental —y su eventual ampliación— queda en la revisión de fuentes primarias del proyecto.

Lo que sí está documentado, y con firmeza, es la estabilidad del texto. El facsímil de control de 1801 y el texto crítico de Carruthers reproducen en las ocho secciones el mismo texto que el impreso de 1647: el capítulo 29 es estable a través de las siete ediciones cotejadas. Las revisiones genuinas de 1788 —que afectan al magistrado civil en 20.4, 23.3 y 31.2— no tocan este capítulo: no hay aquí revisión de cuerpo que conservar ni supresión posterior que restaurar.11 Aun la progresión del triple cargo contra la transubstanciación —Escritura y razón, naturaleza del sacramento, idolatría— es la del propio texto confesional, documentada en el aparato crítico de Carruthers, no una ordenación editorial nuestra.

El dato es elocuente a su manera: en el capítulo donde la Confesión libra su batalla más extensa, ninguna de las siete ediciones cotejadas cambió una palabra. La revisión americana de 1788, que tocó lo relativo al magistrado, dejó intacta la mesa. La doctrina de la Cena llegó a nosotros como salió de Westminster: entera.

Para la iglesia

El capítulo da a la iglesia la mesa de su Señor en su justo sentido: ni altar de sacrificio, ni mero memorial, sino banquete donde el creyente se alimenta de Cristo por la fe. Donde se cree, el comulgante viene a la mesa por fe, con examen (29.8; CMe 97), sabiendo que allí recibe real, aunque espiritualmente, a Cristo crucificado; no adora el pan ni lo tiene por sacrificio; y no viene indignamente, no sea que coma para su juicio.

En el púlpito

Conviene predicar la presencia espiritual real (29.7) contra los dos errores: el que adora el pan (Roma) y el que vacía la Cena de Cristo (memorialismo). La Cena predicada llama al creyente a alzar el corazón —sursum corda— y alimentarse de Cristo presente a la fe.

En la catequesis

El capítulo se enseña con CMe 96–97 y CMa 168–175, 177. Conviene enseñar la diferencia entre el bautismo (una vez, a infantes incluidos) y la Cena (con frecuencia, solo a los capaces de examinarse, CMa 177); el examen requerido (CMe 97; CMa 171); y la presencia espiritual real (CMa 170).

En la administración y la cerca de la mesa

La iglesia administra la Cena en la asamblea, por el ministro, con la palabra de institución, dando ambos elementos a los presentes (29.3); cerca la mesa de los ignorantes (por catequesis previa) y de los escandalosos (por disciplina, 29.8; CMa 173), no para excluir a los débiles —a quienes la mesa fortalece (CMa 172)—, sino para guardar el sacramento de la profanación.

En la formación de oficiales

El candidato debe rechazar la misa como sacrificio (29.2) y la transubstanciación con su triple cargo (29.6); sostener la presencia espiritual real (29.7) contra Roma, Lutero y el memorialismo, sabiendo articular el sursum corda; negar la manducación de los indignos (29.8); y administrar la cerca de la mesa con sabiduría pastoral, sin cerrarla al débil (CMa 172) ni abrirla al escandaloso (CMa 173). De esta doctrina depende que la mesa del Señor alimente y no condene.

Preguntas de estudio

Las preguntas básicas sirven para la clase y la catequesis; las avanzadas, para la formación de oficiales y el estudio detenido.

Básicas. (1) ¿Cuáles son los cinco fines de la Cena (29.1)? (2) ¿Es la Cena un sacrificio? ¿Qué dice la Confesión de la misa (29.2)? (3) ¿Qué hace el ministro en la administración, y a quiénes da los elementos (29.3)? (4) Nombre tres abusos romanos que la Confesión rechaza (29.4). (5) ¿Siguen siendo pan y vino los elementos después de la consagración (29.5)? (6) ¿Qué es la transubstanciación, y por qué la rechaza la Confesión (29.6)? (7) ¿Cómo reciben a Cristo los que comulgan dignamente (29.7)? (8) ¿Qué reciben los indignos (29.8)?

Avanzadas. (1) ¿Por qué es la misa, como sacrificio, «injuriosa al único sacrificio de Cristo» (29.2; He 10:14)? (2) Exponga el triple cargo contra la transubstanciación (29.6). (3) ¿Qué significa que Cristo está presente «real… aunque espiritualmente» (29.7)? ¿Cómo se distingue esto de Roma, de Lutero y del memorialismo? (4) Explique el sursum corda como clave de 29.7. (5) ¿Reciben los incrédulos el cuerpo de Cristo (29.8)? ¿En qué se distingue esto de la doctrina luterana? (6) ¿Cómo se cerca la mesa sin excluir al creyente débil (29.8; CMa 172–173)? (7) ¿En qué difieren el bautismo y la Cena en cuanto a frecuencia y sujetos (CMa 177)?

Glosario del capítulo

Cena del Señor — sacramento instituido por Cristo, sello del alimento y crecimiento continuos en él; memoria de su muerte, sello de sus beneficios, vínculo de comunión (29.1).

Misa (como sacrificio) — la doctrina romana (rechazada en 29.2) de que en la Cena Cristo es ofrecido de nuevo en sacrificio propiciatorio.

Transubstanciación — la doctrina romana (rechazada en 29.6) de que la sustancia del pan y del vino se convierte en la del cuerpo y la sangre de Cristo.

Unión sacramental — la relación por la cual el pan y el vino se llaman «cuerpo y sangre» con verdad, pero sacramentalmente, sin dejar de ser pan y vino (29.5; cf. 27.2).

Presencia espiritual real — la doctrina (29.7) de que Cristo está real, aunque espiritualmente, presente a la fe del comulgante, que se alimenta de él por el Espíritu.

Sursum corda («arriba los corazones») — la clave de la presencia espiritual: no Cristo bajando al pan, sino el creyente elevado por el Espíritu a Cristo, que está en el cielo (29.7).

Manducación de los indignos — la doctrina (rechazada en 29.8) de que aun el incrédulo recibe oralmente el cuerpo de Cristo; según la Confesión, el indigno recibe el signo, no la cosa.

Cerca de la mesa — la exclusión de la Cena de los ignorantes y escandalosos, por catequesis y disciplina (29.8; CMa 173; cf. cap. 30).

Bibliografía comentada

  • Testigos textuales: M, E, L, A y S / C — concordes: WCF 29 no tiene variante de cuerpo.
  • Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022; orig. Confessing the Faith, 2014), cap. 29, pp. 405–421 — exposición contemporánea de la Cena del Señor. El autor es editor de las Minutes de la Asamblea; se cita como voz secundaria de corroboración, con atribución y página y citas breves de la edición de Sazo (uso honrado). Aportes incorporados en notas: la Cena como alimento del alma, «un buen sermón» (29.1); la conmemoración de una ofrenda frente a la ofrenda conmemorativa (29.2); el veredicto sobre los abusos ceremoniales (29.4); la regla de lectura del lenguaje sacramental (29.5); el principio lingüístico contra la transubstanciación (29.6); la presencia espiritual como remedio, no la «ausencia real» (29.7); y el «emblema de la arrogancia» del que comulga indignamente (29.8).
  • A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXIX — exposición de la Cena, contra la misa y la transubstanciación, y a favor de la presencia espiritual real; voz de corroboración, bajo la Confesión.
  • G. I. Williamson, The Westminster Confession of Faith for Study Classes, cap. 29 — preguntas de clase sobre la Cena del Señor.
  • Catecismos: CMe 96–97; CMa 168–175, 177 (la definición, la administración, la presencia, el examen, la conducta y la diferencia con el bautismo).
  • Cotejo castellano: Los estándares de Westminster (Editorial CLIR, 2010; trad. A. Ramírez) — atención a «real y verdaderamente» (really and indeed); colación íntegra pendiente.

Footnotes

  1. Chad Van Dixhoorn, La fe que confesamos, trad. Timoteo Sazo (Edimburgo: El Estandarte de la Verdad, 2022), 407. De la finalidad nutritiva de la Cena (29.1): «la cena del Señor es como un buen sermón: su propósito es alimentar el alma». Por eso entre los cinco fines está el alimento del alma, no solo el recuerdo.

  2. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 410. De la Cena como conmemoración, no repetición del sacrificio (29.2): la Asamblea acierta «al considerar la cena como la conmemoración de una ofrenda, la única ofrenda que Jesús hizo de sí mismo… en la cruz». No es una ofrenda que se repita.

  3. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 414. Del veredicto sobre los abusos ceremoniales romanos (29.4): «todas estas actividades se oponen a la verdadera naturaleza del sacramento… Es vana religión, vacía e inútil». Negada la transubstanciación, caen también sus abusos.

  4. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 415. De la regla de lectura del lenguaje sacramental (29.5): al llamar al pan «su cuerpo», Cristo «sustituyó la realidad por el símbolo, en vez del símbolo por la realidad. Nosotros podemos hacer lo mismo». El pan, llamado cuerpo, sigue siendo pan.

  5. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 417. Del principio lingüístico contra la transubstanciación (29.6): «para identificar una metáfora no se necesita una comparación». La frase «esto es mi cuerpo» es sacramental, no exige tomar el pan por cuerpo físico de Cristo.

  6. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 419. De la presencia espiritual como remedio (29.7): «el remedio para la doctrina de la presencia real… no es… la ausencia real, sino… la presencia espiritual». Van Dixhoorn la llama «la clásica doctrina calvinista de la presencia espiritual» (p. 418).

  7. Van Dixhoorn, La fe que confesamos, 420. De la gravedad de la recepción indigna (29.8), en paráfrasis: para Van Dixhoorn la Cena se vuelve emblema de la arrogancia del que supone que puede tener comunión con el Padre sin acercarse por medio del Hijo. De ahí su nexo con la disciplina.

  8. A. A. Hodge, Comentario a la Confesión de Fe de Westminster, cap. XXIX. Hodge documenta la doctrina romana por el Concilio de Trento: la transubstanciación en la sesión XIII (cánones 1–4), el sacrificio de la misa en la sesión XXII (cánones 1–3) y la comunión bajo una sola especie en la sesión XXI (cánones 1–3). Las sesiones y cánones se dan según Hodge, sin verificación independiente contra el texto conciliar.

  9. Hodge, Comentario, cap. XXIX. La exposición de la posición luterana —«en, con y bajo»— se toma de Hodge, que la formula en los términos propios de esa tradición.

  10. Hodge, Comentario, cap. XXIX. El vocabulario de presencia «virtual» es lenguaje de Hodge, no término confesional.

  11. S. W. Carruthers, The Westminster Confession of Faith (1937), texto crítico del capítulo 29, cotejado con el facsímil de control de 1801 en la revisión de fuentes primarias del proyecto; sin variante de cuerpo entre el impreso de 1647 y el texto recibido de 1788.