
El verdadero arrepentimiento — 4. Repulsión por el pecado
15 de julio de 20262 min de lecturaRev. Rodrigo Andrés Espinoza González
Repulsión (vv. 7-9)
David ruega a Dios para que lo "purifique con hisopo y que lo lave" (v. 7), luego ruega a Dios que "borre todas sus maldades" (v. 9). Estos verbos se repiten también en los vv. 1–2. Este hombre quiere ser completamente purificado. No quería retener ni una mancha. Sentía repulsión por aquello que había ofendido a Dios. Esto nos recuerda la promesa de Dios para Israel en Isaías: "Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana." (Isaías 1.18, RVR60). Montgomery Boice ilustra esto diciendo:
"Ciertos manuscritos bíblicos antiguos que eran trozos de papiro que en un momento contenían un texto diferente. Pero debido a que este texto ya no era necesario y el material en el que estaba escrito era caro, alguien borró el texto antiguo, volteo la hoja y escribió nuevas palabras. Esto es lo que David quería y lo que todos necesitamos desesperadamente. Los libros de nuestras vidas han sido escritos con muchos pecados, y estos son una terrible acusación contra nosotros. A menos que se haga algo, se leerán en nuestra contra el último día. Pero Dios puede y hará algo, si se lo pedimos. Dios borrará la escritura antigua, volteará la página y escribirá sobre la superficie recién preparada el mensaje de su compasión eterna a través de la obra de Jesucristo".[1]
Esta es una gran esperanza para alguien que esta sintiendo repulsión por su maldad. David al usar la palabra Hisopo, esta pensando en aquella planta que se usaba para rociar la sangre de los sacrificios, Moisés la uso para rociar a Israel en Ex. 12:22, también se usaba para purificar personas que se contaminaban ceremonialmente como leemos en Lv. 14:4-6 y Nm. 19:18. Ser limpio con hisopo era sinónimo de ser limpio o purificado con sangre He. 9:19-22, los creyentes del AT sabían que podían obtener misericordia cuando pecaban sobre la base de un sacrificio que anticipaba el sacrificio del hijo de Dios.
Solo de esta manera Dios sigue siendo justo y al mismo tiempo misericordioso, imputando los cargos que merece él pecador a la cuenta de su hijo e imputando la justicia de su hijo al pecador penitente.
Semejante amor y promesa de gracia, debe hacernos tener aún mayor repulsión por todo aquello que ofende a Dios. Los frutos del verdadero arrepentimiento son entonces aflicción, confesión, repulsión y veamos ahora el siguiente.
Notas
- James Montgomery Boice, Psalms 42–106: An Expositional Commentary (Grand Rapids, MI: Baker Books, 2005), 428–429.
