
El verdadero arrepentimiento — 6. Devoción y restitución
15 de julio de 202614 min de lecturaRev. Rodrigo Andrés Espinoza González
Devoción (vv. 13-17)
El arrepentimiento verdadero tiene un fruto importante y es que él pecador una vez restaurado tiene un renovado deseo de servir al Señor en medio de su pueblo. El amor, la gracia y la misericordia de Dios mueven el alma desbordante de estas gracias a ofrecer gracia a otros (Mt.10:8). David en estos versículos se compromete a enseñar lo que ha aprendido sobre el pecado y el perdón a otros pecadores, para que así puedan confesar su pecado y también volverse a Dios, este salmo es de hecho el resultado de tal compromiso.
Hay dos cosas que David dice que va a enseñar a otros: los caminos de Dios (v. 13), y su justicia (v. 14). Los caminos de Dios hacen referencia la forma en que Dios trataba a los pecadores, vemos una y otra vez en la escritura que los afligía en su pecado para que se acerquen a Él (Sal 119:71) y luego que ellos vienen humillados, los consideraba justos sobre la base de los sacrificios que apuntan hacia la obra expiatoria de Cristo (Sal. 32:1-2). David quiere enseñar esto al pueblo de Dios para que cuando pequen se conviertan al Señor.
La justicia de Dios que David quiere enseñar, no es tanto la justicia punitiva del Señor que la ejerce en su facultad de juez, sino más bien la justicia que promete imputar a los que confían en su provisión (1 Juan 1:9), Dios siempre es justo en perdonar a los que se acercan a Él por medio de la fe, sobre la base de la expiación de Cristo representada en los sacrificios.
David no solo quiere enseñar sobre los caminos y la justicia de Dios, su deseo es alabar a Dios de una manera agradable (vv.15-17), el anhela venir delante de Dios con un espíritu quebrantado, con un corazón contrito y humillado, que esta dispuesto a someterse voluntariamente a su señorío en todas las áreas de su vida.
De manera que una persona que esta verdaderamente arrepentida, siente aflicción por haber ofendido a Dios, confiesa su pecado de manera abierta sin justificarlo, siente repulsión por su maldad, desea una renovación de corazón, tendrá una renovada devoción por Dios que se expresa en el servicio a su pueblo y en una vida que lucha en el poder del Espíritu de Dios por mantenerse en obediencia. Ahora veamos el último de los frutos de un genuino arrepentimiento.
Restitución (vv. 18-19)
En esta última petición de David, notamos su deseo de restituir. Los fracasos morales de los reyes de Israel afectaban a todo el pueblo en el AT, Dios de esta manera estaba revelando la solidaridad que tenía el pueblo con su cabeza federal. Esta dinámica la encontramos expuesta por el apóstol Pablo que dijo: "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." (Romanos 5.12, RVR60), de manera que si el Rey se desviaba todo el pueblo sufría, esto de plano planteaba la necesidad de un Rey santo, sin relación con Adán y este rey lo tenemos en Jesucristo, veamos lo que sigue diciendo Pablo: "Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida." (Romanos 5.18, RVR60).
Una vez entendemos esta dinámica de representación federal, podemos comprende mucho mejor como la petición de David revela su deseo de restitución, su caída moral había dejado expuesto al pueblo de Israel a una eventual disciplina, por la que David ruega para que Dios en su gracia prosperé la ciudad y edifique los muros de Jerusalén, de manera que la gente piadosa pueda continuar adorando a Dios sin amenazas. Estos muros de Jerusalén se completaron en el tiempo de Salomón (1 R. 3:1), así que Dios respondió al clamor del Rey, puesto que esta importante obra continuo sin obstáculos hasta ser terminada.
De David aprendemos que alguien genuinamente arrepentido, no solo esta preocupado por el perdón de Dios y la restauración de esta relación, sino que también esta buscando bendecir a las personas que han sido afectadas por su pecado. Nuestros pecados siempre lastiman a alguien, hacen que el nombre del Señor sea vituperado (Ro. 2:24) y trae deshonra al cuerpo de Cristo, por lo que una persona arrepentida buscará a quienes agravio, rogando su perdón y buscando la manera de restituir como lo hizo Zaqueo "Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado." (Lucas 19.8, RVR60).
Una cosa más antes de llegar a mi conclusión. He dicho que el Salmo 51 nos muestra los frutos de una persona verdaderamente arrepentida, puesto que en el NT aprendemos que el arrepentimiento es una gracia que nos es dada en razón de nuestra unión con Cristo, veamos lo que nos dice Pablo: "que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de Él." (2 Timoteo 2.25–26, RVR60), Pablo aquí usa la palabra (μετάνοια) que implica una conversión o un cambio completo y radical en una persona que solo Dios concede. Sobre esta palabra usada por Pablo, dice Sinclair Ferguson:
"El verdadero arrepentimiento (metanoia) es el regreso a Dios, con el cual comienza la vida cristiana, y con el cual continúa y termina. El arrepentimiento es el hijo pródigo que vuelve del país lejano a su Padre, para servirle y recibir su abrazo. Aquel regreso fue ciertamente consecuencia de un sentimiento de lamentación: "¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!" (Lc. 15:17). Este arrepentimiento, no obstante, es más que una lamentación. Es un cambio de dirección"[1]
De manera que el arrepentimiento es una gracia que Dios concede al unirnos a Cristo por medio de su Espíritu (Zac. 2:10) y por medio de su palabra (Hch. 11:18, 20–21), esta gracia se extiende a lo largo de nuestra vida como una dinámica constante mientras permanezcamos en este mundo caído. Los frutos son todos los que hemos visto en el Salmo 51 a saber: aflicción, confesión, repulsión, renovación, devoción y restitución. Este es un buen retrato de un hombre genuinamente arrepentido. Estas características del arrepentimiento que modela David enmarcan muy bien una de las mejores definiciones de arrepentimiento que he leído:
P.76. ¿Qué es el arrepentimiento para vida? R. El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, obrada en el corazón del pecador mediante el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, por la cual, debido a la visión y conciencia, no tan sólo del peligro, sino también de la suciedad y odiosidad de sus pecados, y al comprender la misericordia de Dios en Cristo hacia los penitentes, el pecador se conduele tanto por sus pecados, y los odia, a fin de abandonarlos todos, volviéndose a Dios, proponiéndose y esforzándose constantemente por andar con Cristo en todos los caminos de una nueva obediencia"[2]
Ahora que estudiamos el Salmo 51 y hemos definido ¿Qué es el arrepentimiento?, será fácil abordar los dos temas que nos restan, veamos en el primero de ellos.
¿Cómo distinguimos el arrepentimiento verdadero del remordimiento mundano?
Mientras que un hombre arrepentido siente afición por haber ofendido a Dios, un hombre con remordimiento mundano siente aflicción por las consecuencias del pecado, o temor por las consecuencias que tendrá que soportar, o angustia por la vergüenza de ser descubierto. Como cite en el caso de Saúl, él estaba mas preocupado de la vergüenza de quedar mal que de haber ofendido a Dios en su rebelión, en el NT tenemos el caso de Judas quien tuvo un intenso remordimiento que lo llevo al suicidio, pero no estaba dolido por haber ofendido a Dios.
Como bien dice Jey Adams, una persona con remordimiento lamenta sus acciones por sus consecuencias (normalmente para él mismo), no necesariamente porque estuvieron mal como pecados en contra de un Dios santo.[3]
Mientras que un hombre arrepentido confiesa su pecado sin auto justificarse y asume toda la responsabilidad de su corrupción radical y de su maldad evidente, el hombre que tiene un remordimiento mundano se justifica a sí mismo echando la culpa de su pecado a otros o a las circunstancias. Tal fue el Caso de Saúl quien responsabilizo de su pecado a la tardanza del profeta Samuel, o de Adán quien culpo a Dios por haberle dado la mujer que le dio y lo motivo a tomar del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Mientras que un hombre arrepentido siente repulsión por su pecado y desea ardientemente ser librado de su cuerpo de muerte, la persona con remordimiento mundano puede simular un alejamiento del pecado para impresionar a los hombres, pero su mayor deseo es regresar como la puerca lavada al lodo o como el perro a su vomito.
Mientras que una persona arrepentida anhela ser renovada radicalmente en su corazón, el que siente remordimiento mundano solo se conforma con reformar algunas cosas en su conducta y de hecho puede sufrir de presunción por las cosas que hace y de orgullo por su fuerza de voluntad para conformarse a un estándar de conducta, el retrato de esta persona la tenemos en muchos de los fariseos y escribas a quienes condenó Jesús con estas palabras: "Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia." (Mt. 23.27–28, RVR60).
Mientras que una persona arrepentida impulsada por la gracia de Dios tiene un renovado deseo de servir a otros y de vivir una vida sometida a Dios en dependencia del Espíritu Santo, una persona con remordimiento mundano es por naturaleza egocéntrica, sigue viviendo su vida centrada en si mismo como lo hizo Saúl quien dedico el resto de su vida temiendo perder lo que Dios le quito y sintiendo celos por David a quien Dios ungió.
Vivir para servir a Dios y a otros es fruto digno del arrepentimiento.
Juan el bautista dijo a los que le seguían "Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre… El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene, y el que tiene qué comer, haga lo mismo." (Lucas 3:8, 11; cf. Gá. 5:22).[4] Jey Adams dice que Juan no sólo ordenó el abandono de las prácticas pecaminosas, sino también la adopción de una acción que fuera el fruto del amor hacia el prójimo.[5] El que siente remordimiento no mostrara esta clase de amor.
Mientras que una persona arrepentida esta buscando restituir a quienes afecto con su pecado, el que tiene un remordimiento mundano no esta dispuesto a humillarse, a pedir perdón a quienes ofendió, tal vez sienta dolor por las consecuencias del pecado como Judas, pero su orgullo solo lo llevara al aislamiento. 2 Corintios 7:10–11 enseña esta verdad: "La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de lo cual no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Esto mismo de que hayáis sido entristecidos según Dios, ¡qué preocupación produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto"
Harry Reeder dice sobre este texto que los frutos del arrepentimiento mencionados aquí se pueden resumir en tres palabras: restitución, restauración y reconciliación. La restitución es devolver lo que se debe, la restauración es hacer que las cosas vuelvan a ir bien y la reconciliación es la renovación de las relaciones que se han roto por causa del pecado.[6] Tal conducta solo puede proceder de un corazón verdaderamente arrepentido.
Ahora que hemos contrastado el Arrepentimiento con el remordimiento mundano, solo me resta nuestra ultima pregunta.
¿Cómo un consejero o pastor puede discernir si una persona esta realmente arrepentida?
Como consejeros no podemos conocer el corazón de los hombres y de paso debo decir que aun los apóstoles se equivocaron al discernir el arrepentimiento de Simón el Mago y de muchos otros que apostataron de la fe como por ejemplo Demas (2 Ti. 4:10). Hay que admitir que como consejeros nos podemos equivocar en nuestro juicio y que solo Dios conoce los corazones de los hombres (1 S. 16:7). Nuestro deber es entonces es ser fieles en predicar el evangelio y llamar a los hombres al arrepentimiento como lo hicieron los apóstoles, si con el tiempo nos damos cuenta que una persona que aparentaba estar arrepentida se aparta del Señor para continuar en sus pecados, tendremos que recurrir a la disciplina eclesiástica.
Dice Jay Adams:
"El consejero solamente debe juzgar la "apariencia externa." Él ha sido llamado a hacer un juicio eficaz y justo, basado en el fruto que debe acompañar al arrepentimiento. Ese juicio eficaz tiene que ver con manera en que la iglesia se debe relacionar o funcionar en relación a alguien, ya sea "como un hermano" o "como un pagano y recaudador de impuestos" –como arrepentido o no. El mismo juicio está implícito en las palabras de Santiago cuando él deliberadamente reta a aquellos que parecen sinceros, pero no dan evidencia de ser confiables: "Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras" (Santiago 2:18). Ese deseo de ver el fruto del arrepentimiento es una razón por la que el consejero exige una tarea."[7]
El punto de Adams es importante para nosotros como consejeros, las tareas que dejamos a nuestros aconsejados son un recurso importante para evaluar en que medida los frutos del arrepentimiento están presentes en la vida de nuestros aconsejados, pero yo diría que aun en esto debemos ser cuidadosos y pacientes, como dice Pablo: "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina." (2 Timoteo 4.1–2, RVR60).
Roguemos como consejeros al Señor para que nos permita ser hallados fieles delante de él al proclamar la palabra a nuestros aconsejados, y que nos ayude a hacerlo con toda paciencia y doctrina. Roguemos también por nuestros aconsejados para que el Señor les conceda el don del arrepentimiento y podamos gozarnos en estos increíbles frutos de una vida transformada.
No solo hay gozo el cielo por un pecador que se arrepiente, cuanto gozo podemos experimentar en la iglesia al ver a los hombres abandonar su pecado para servir a Cristo.
Por lo tanto, aun cuando no conozcamos el corazón de los hombres, y muchas veces fallemos en discernir un verdadero arrepentimiento, tengamos con cada persona que aconsejamos en la iglesia la esperanza del apóstol Pablo cuando dijo:
Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora; estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;" (Filipenses 1.3–6, RVR60)
SDG.
Notas
- Sinclair Ferguson, La vida cristiana: Una introducción doctrinal, trans. Ana Fe Cruz y Pedro Escutia, Primera edición. (Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino, 1998), 82.
- Alonzo Ramírez Alvarado, trad., Los estándares de Westminster y la forma de gobierno de Westminster (Guadalupe, Costa Rica; San Juan, Puerto Rico: CLIR; Sola Scriptura, 2010), 199.
- Jay E. Adams, Cómo asesorar a las personas para que cambien: El procedimiento bíblico de los cuatro pasos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2010), 126.
- Jay E. Adams, Cómo asesorar a las personas para que cambien: El procedimiento bíblico de los cuatro pasos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2010), 127.
- Jay E. Adams, Cómo asesorar a las personas para que cambien: El procedimiento bíblico de los cuatro pasos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2010), 128.
- Harry L. Reeder III y David Swavely, De las Brasas a las Llamas: La Forma en que Dios puede Revitalizar Su Iglesia, trans. Luigina Pedrotti Johnson, Primera Edición. (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2004), 40.
- Jay E. Adams, Cómo asesorar a las personas para que cambien: El procedimiento bíblico de los cuatro pasos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2010), 126–127.
