
Dos ciudades, una misión — Introducción
15 de julio de 202610 min de lecturaRev. Rodrigo Andrés Espinoza González
La pregunta por la relación entre la iglesia y el Estado, en Colombia, está lejos de ser un ejercicio de teología especulativa; es una pregunta que se formula en el territorio, en los barrios, en los templos, en las juntas de acción comunal, y hasta en las conversaciones de WhatsApp donde hermanos de la misma congregación descubren que sus lealtades políticas son irreconciliables, de manera que esta monografía es un intento de producir claridad doctrinal para ese momento.
El problema que este libro enfrenta
El 4 de julio de 1991 entró en vigencia la nueva Constitución colombiana. Con ella terminó formalmente el régimen concordatario que había sostenido, desde 1887, la alianza entre el Estado colombiano y la Iglesia Católica Romana como religión oficial de la nación, de manera que Colombia se declaró Estado laico, pluralista, con plena libertad religiosa garantizada para todas las confesiones.
Para las iglesias evangélicas y protestantes colombianas ese cambio fue una revolución silenciosa, por cuanto en un solo acto constitucional pasaron de ser toleradas en los márgenes legales a ser reconocidas como iguales, ganando personería jurídica, acceso a medios de comunicación y la posibilidad de operar en el espacio público con los mismos derechos que cualquier otra institución religiosa o civil.
El problema es que muchas de esas iglesias no tenían —y todavía no tienen— una teología política coherente para habitar ese nuevo espacio, pues habían formado su identidad en oposición al Estado concordatario, y ese Estado ya no existía; habían aprendido a ser peregrinas en un territorio hostil, y ahora se les pedía que fueran ciudadanas en un territorio formalmente plural, de manera que no sabían bien cómo hacerlo.
El resultado ha sido una oscilación visible entre dos patologías opuestas. La primera es el erastianismo evangélico: pastores que se han convertido en operadores políticos, congregaciones movilizadas como bloques electorales, púlpitos convertidos en tribunas de campaña, el lenguaje del Reino de Dios instrumentalizado para legitimar agendas de partido. La segunda es el quietismo pietista: iglesias que declaran que la política es contaminación espiritual, que la misión de la iglesia no tiene nada que decir al orden civil, que el creyente debe "separarse del mundo" de una manera que incluye separarse de toda responsabilidad cívica.
Ambas patologías son igualmente infidelidades al testimonio bíblico y traicionan por igual la herencia teológica reformada, y ambas producen daños reales: la primera, en la integridad de la misión de la iglesia; la segunda, en la fidelidad del creyente a su vocación como habitante de la ciudad terrenal.
A esos dos errores se suma, en años recientes, una tercera tendencia importada del debate teológico angloamericano: el nacionalismo cristiano en sus diversas formas, que propone identificar la misión de la iglesia con la recuperación o el establecimiento de una nación explícitamente cristiana; esta tendencia ha encontrado eco en círculos evangélicos colombianos, de manera que su evaluación requiere exégesis rigurosa, no solo intuición pastoral.
Este libro enfrenta las tres tendencias con el mismo instrumento: la Escritura interpretada conforme al método histórico-gramatical y la analogia fidei, articulada por la tradición confesional reformada representada en los Estándares de Westminster y las Tres Formas de Unidad.
El marco confesional
Esta monografía es un ejercicio de teología confesional reformada, y conviene decir en qué sentido lo es: mientras que un tratado de teología académica neutral o un análisis de ciencia política desde una perspectiva cristiana genérica se moverían en otro terreno, aquí intento articular lo que la tradición reformada presbiteriana —con su exégesis, su eclesiología y su ética política— tiene que decir a las iglesias colombianas en su momento histórico concreto.
Veamos, pues, los compromisos con que el libro opera y que conviene declarar desde el inicio.
Primero: la Sagrada Escritura es la norma normans —la norma que norma todas las demás normas— y ningún argumento de tradición, experiencia, razón o conveniencia política puede estar sobre ella, de manera que cuando el libro argumenta contra el nacionalismo cristiano o contra el quietismo pietista, lo hace porque esas posiciones, en su formulación más precisa, son exegéticamente insostenibles.
Segundo: la Confesión de Fe de Westminster y los catecismos asociados proveen el marco doctrinal dentro del cual se desarrolla el argumento, no porque sean infalibles —no lo son—, sino porque representan la destilación cuidadosa de siglos de reflexión bíblica reformada sobre estas materias, y porque las iglesias que comparten ese marco confesional son las destinatarias primarias de este trabajo.
Tercero: la tradición reformada tiene historia, y esa historia importa, por cuanto Calvino en Ginebra, los covenanters en Escocia, Kuyper en los Países Bajos y Hodge en Princeton enfrentaron todos versiones del problema que este libro analiza; sus respuestas no son vinculantes, pero son instructivas, y sería irresponsable argumentar sobre teología política reformada sin conocerlas.
El método
Cada capítulo de este libro sigue el mismo patrón metodológico, aunque con diferentes énfasis según el tema tratado.
El punto de partida es siempre exegético: ¿qué dice el texto bíblico en su contexto histórico, literario y canónico? Los argumentos que no pueden sostenerse exegéticamente no son argumentos reformados, por mucho que apelen a la tradición o a la conveniencia pastoral.
El segundo momento es histórico-teológico: ¿cómo ha articulado la tradición reformada este asunto a lo largo de su historia? ¿Qué desarrollos son genuinos y cuáles son desviaciones? La historia de la interpretación no decide la verdad, pero previene errores que ya fueron cometidos y corregidos.
El tercer momento es confesional: ¿cuál es la posición de los Estándares de Westminster sobre esta materia? ¿Cómo se relaciona con el argumento exegético? ¿Dónde hay tensión legítima dentro de la tradición?
El cuarto momento es contextual: ¿cómo aplica este argumento al escenario colombiano y latinoamericano concreto? Lejos de ser un apéndice decorativo, este momento es parte integral del argumento, por cuanto una teología política que no puede aterrizar en las preguntas reales de pastores y congregantes colombianos es, para los propósitos de este libro, una teología incompleta.
El argumento en seis pasos
La monografía se desarrolla en seis capítulos que forman un argumento acumulativo, de manera que cada capítulo presupone los anteriores y no puede leerse de manera aislada sin perder la progresión.
El primer capítulo establece el fundamento institucional: ¿qué es la autoridad civil y cuáles son sus límites? A través de la exégesis de Romanos 13:1–7, 1 Pedro 2:9–17 y Apocalipsis 13, y en diálogo con el desarrollo histórico-confesional que va desde la Confesión Belga original hasta la revisión americana de Westminster en 1789, se argumenta que la autoridad civil es soberanía delegada —real pero funcionalmente limitada— y que la iglesia posee una misión espiritual diferenciada que, lejos de ser quietismo, constituye una distinción de vocaciones.
El segundo capítulo responde la pregunta complementaria: ¿quién es el pueblo del pacto, y cuál es su relación con las naciones políticas? A través de la exégesis de Éxodo 19:3–6, 1 Pedro 2:9–10, Génesis 11 y Mateo 28:19, se argumenta que en el Nuevo Pacto la "nación santa" de la Escritura es la iglesia —la comunidad pactual escatológica antitipo de la nación-pacto tipológica de Israel— convocada de entre todas las naciones sin identificarse con ninguna, de manera que este capítulo responde directamente al nacionalismo cristiano en su forma más articulada.
El tercer capítulo da el giro diagnóstico: ¿qué ocurre cuando esa distinción se colapsa no solo institucionalmente sino en la interioridad del creyente? A través de la exégesis de Romanos 14, Filipenses 3:17–21 y Colosenses 2:8, se desarrolla un marco para diagnosticar la idolatría política en sus formas concretas —la búsqueda de salvadores seculares, la absolutización del adversario político, la uniformidad partidaria como condición de comunión— y se señala el camino de regreso a la identidad pactual que la mesa del Señor sella semana a semana.
El cuarto capítulo enfrenta la pregunta más difícil: ¿qué hace el creyente cuando el Estado se convierte en agente del mal? A través de la exégesis de Hechos 5:27–29, Daniel 3 y 6, y Apocalipsis 13, en diálogo con la doctrina reformada de la resistencia legítima desde Calvino hasta los covenanters escoceses, y con atención específica al conflicto armado colombiano, se argumenta que la tradición reformada ha desarrollado una doctrina coherente de resistencia que es simultáneamente fiel a Romanos 13 y sensible a la realidad del Estado que excede su mandato. Esa doctrina no es anarquía ni quietismo.
El quinto capítulo regresa a lo ordinario: ¿cómo vive el creyente su ciudadanía terrenal en los días comunes, que son la mayoría de los días? A través de la exégesis de Jeremías 29:4–7, Mateo 5:13–16 y 1 Timoteo 2:1–4, y en diálogo con la distinción reformada entre el creyente como individuo y la iglesia como institución, se argumenta que la presencia cristiana en el espacio público es vocación ordinaria: sal que preserva, luz que alumbra, peregrino que trabaja por el bien de la ciudad que no es su hogar final, precisamente porque sabe que no lo es.
El sexto capítulo cierra con la pregunta más positiva y más fundamental: ¿qué es la iglesia, y qué le da a la ciudad que la ciudad no puede darse a sí misma? A través de la exégesis de Efesios 3:10, Mateo 16:18 y Apocalipsis 5:9–10, y en diálogo con el modelo agustiniano de las dos ciudades y la eclesiología confesional reformada, se argumenta que la iglesia da a la ciudad lo que la ciudad no puede producir por sí misma: la presencia anticipada de la ciudad que viene, materializada en los medios ordinarios de gracia.
Para quién es este libro
Este libro está escrito principalmente para pastores y líderes de iglesias evangélicas y reformadas en Colombia y América Latina que enfrentan, en su trabajo pastoral concreto, las preguntas que estos capítulos abordan. No presupone formación seminarial avanzada —aunque puede usarse en ese contexto—; es más bien un ejercicio de teología pastoral rigurosa, tan preciso como sea posible y tan accesible como sea necesario.
Está escrito también para los estudiantes del Seminario Presbiteriano Hispano y de otras instituciones teológicas reformadas en América Latina que necesitan un marco para pensar sobre estas materias con la seriedad que merecen, por cuanto los debates sobre iglesia y Estado, sobre nacionalismo cristiano, sobre resistencia al poder injusto, lejos de ser ajenos a la realidad latinoamericana, se están librando ya en las congregaciones, en los grupos de WhatsApp, en las conversaciones después del culto; y este libro espera contribuir a que esos debates sean más bíblicos, más precisos y más fructíferos.
Está escrito, finalmente, para el lector que llega de otras tradiciones evangélicas —carismático, bautista, pentecostal— que no comparte el marco confesional reformado pero que enfrenta las mismas preguntas, de manera que ese lector encontrará aquí argumentos que apelan en primera instancia al texto bíblico, y que la tradición reformada ilumina pero no reemplaza; es mi esperanza que esos argumentos sean persuasivos más allá de los límites denominacionales.
Una nota sobre el título
Dos ciudades, una misión recoge la tensión que atraviesa todos los capítulos. Las dos ciudades son la de Agustín: la civitas Dei peregrina y la civitas terrena en la que habita mientras espera la consumación. La única misión es la de la iglesia de Jesucristo: predicar el evangelio, administrar los sacramentos, ejercer la disciplina, formar personas cuya vida en el mundo sea sal y luz. No hay dos misiones —una espiritual para el domingo y otra política para el resto de la semana—, sino una sola misión con consecuencias inevitables para todo lo que el creyente hace y deja de hacer en la ciudad que atraviesa camino a la ciudad que espera.
Eso es lo que este libro espera ofrecer: claridad doctrinal y bíblica, de manera que los pastores colombianos, lejos de quedarse sin nada que decir, puedan decir lo que tienen que decir desde un fundamento que no se mueve.
