Dos ciudades, una misión · Parte 5 de 7

Dos ciudades, una misión — 5. El ciudadano del cielo en la ciudad terrenal

15 de julio de 202622 min de lecturaRev. Rodrigo Andrés Espinoza González

El ciudadano del cielo en la ciudad terrenal

vocación, prudencia y presencia cristiana en el espacio público

1. Introducción: el martes por la mañana

El capítulo anterior terminó con una imagen de creyentes que pagan el precio de la obediencia fiel, y esa imagen es real y necesaria, pero describe lo excepcional; porque la vida cristiana en el espacio público, antes que una serie de crisis en las que hay que elegir entre Dios y el Estado, es sobre todo el martes por la mañana: el funcionario público que comienza su jornada en la alcaldía, la médica que llega al hospital distrital, el maestro que entra al salón de clases, el comerciante que abre su tienda, la abogada que revisa el expediente —gente ordinaria, en oficios ordinarios, en la ciudad ordinaria que Dios les ha dado como lugar de habitación.

Esa cotidianidad es teológicamente exigente, y lo es no tanto porque esté llena de crisis como porque está llena de decisiones pequeñas que van revelando, de manera acumulativa, si la vida del creyente está orientada desde el centro correcto; de modo que la pregunta que trataré de responder en este capítulo no es tanto «¿qué hace el creyente cuando el Estado le pide adorar al ídolo?», cuanto esta otra: «¿qué hace el creyente cuando el Estado simplemente le pide hacer su trabajo, pagar sus impuestos, participar en la vida cívica de su comunidad?».

La respuesta que la Escritura y la tradición reformada ofrecen no es simple, y ni el activismo que busca transformar toda estructura política ni el pietismo que declara que la fe no tiene nada que decir en ese espacio le hacen justicia; es, más bien, una respuesta que exige precisión conceptual, a saber, la distinción entre el creyente como individuo con vocación en el mundo y la iglesia como institución con misión espiritual diferenciada, de manera que, sin esa distinción, la respuesta se desvía inevitablemente hacia uno de los dos errores que este libro ha combatido desde el principio.

2. Jeremías 29:4–7 y el modelo del exilio

2.1 El texto y su escena histórica

Jeremías 29 es, ante todo, una carta. En el año 597 a.C., Nabucodonosor había deportado a Babilonia a los primeros exiliados de Judá —la élite de Jerusalén, los artesanos, los funcionarios reales, los sacerdotes—, y en Babilonia, viviendo bajo el poder del Imperio más formidable de su época, esa comunidad enfrentaba una pregunta de orientación existencial: ¿cómo se vive aquí? ¿Con esperanza de regreso inmediato, como prometían algunos profetas? ¿Con nostalgia paralizante? ¿Con asimilación total al entorno babilónico?

Jeremías, desde Jerusalén, les escribe, y la carta comienza con una respuesta que debió de sonar desconcertante:

"Así dice Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, a todos los de la cautividad que hice transportar de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed el fruto de ellos. Casaos, y engendrad hijos e hijas; dad mujeres a vuestros hijos, y dad maridos a vuestras hijas, para que tengan hijos e hijas; y multiplicaos ahí, y no os disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz." (Jer 29:4–7)

2.2 La estructura del mandato y su lógica teológica

Veamos: el mandato de Jeremías tiene tres niveles que se articulan con precisión.

El primero es la normalización de la vida ordinaria: edificad, plantad, casaos, engendrad. No hay en esto ningún romanticismo del exilio ni ninguna espiritualización de la situación, porque el pueblo de Dios está en Babilonia —bajo el poder de un Imperio que ha destruido el templo de Jerusalén y deportado a sus habitantes— y la instrucción es sencilla: construye una vida normal; y no lo pide porque Babilonia sea el hogar final, lo pide porque el Señor ha dispuesto que este sea el lugar por ahora, de manera que la vida ordinaria es la forma de la fidelidad en ese lugar.

El segundo nivel es la integración sin asimilación: multiplicaos ahí y no os disminuyáis. Israel no debe disolverse en Babilonia ni perder su identidad como pueblo del pacto, pero tampoco debe encerrarse en un gueto de nostalgia o de resistencia simbólica, por cuanto la comunidad que no se multiplica —que no invierte en sus generaciones, que no construye para el futuro— está en proceso de extinción, y el Señor no quiere eso.

El tercer nivel es la inversión activa en el bienestar de la ciudad: procurad la paz de la ciudad y rogad por ella. El verbo hebreo דָּרַשׁ (darash) —traducido aquí como "procurar"— tiene un peso más activo que la búsqueda pasiva, pues designa buscar con propósito, investigar, inquirir para actuar, de manera que Israel no debe simplemente tolerar Babilonia ni coexistir con ella; debe trabajar activamente por su שָׁלוֹם (shalom) —su bienestar integral, su paz, su florecimiento—, y la razón es explícita: "en su paz tendréis vosotros paz", así que el bienestar del pueblo de Dios en el exilio está ligado al bienestar de la ciudad en la que habita.

2.3 Lo que el texto no dice y lo que eso significa

Jeremías no dice que conviertan Babilonia en Israel, ni que recuperen el trono de Judá desde dentro del Imperio babilónico, ni que resistan militarmente o esperen el colapso del Imperio para regresar.

Lo que dice es radicalmente más modesto y radicalmente más exigente: vivan aquí, trabajen aquí, oren por esta ciudad, inviertan en su bienestar; de manera que la presencia del pueblo de Dios en Babilonia, más que una misión de conquista, es una misión de habitación fiel.

Este es el modelo que el Nuevo Testamento recoge y desarrolla para la iglesia en el mundo. Pedro describe a los creyentes dispersos como "expatriados de la dispersión" (1 P 1:1) —usando deliberadamente el vocabulario del exilio— y les da instrucciones que son la traducción neotestamentaria de Jeremías 29: vivan honorablemente entre los gentiles, honren al rey, honren a todos, teman a Dios (1 P 2:12–17). La lógica es la misma: presencia activa, inversión en el bien común, identidad preservada, esperanza escatológica que relativiza sin paralizar.

3. Mateo 5:13–16 y la metáfora de la presencia

3.1 Sal y luz: lo que las metáforas dicen y no dicen

Las metáforas de la sal y la luz en el Sermón del Monte son quizás las más citadas en debates sobre la presencia cristiana en el espacio público —y quizás las más malentendidas.

"Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos." (Mt 5:13–16)

Dos observaciones exegéticas me parecen necesarias antes de aplicar estos versículos.

La primera es que el modo de ambas metáforas es descriptivo antes que imperativo, por cuanto Jesús no dice «sean sal» ni «sean luz»; dice «vosotros sois la sal» y «vosotros sois la luz», de manera que la declaración es ontológica y señala la identidad que el evangelio ya ha producido en los que siguen a Jesús; y de ahí que la exhortación que se sigue pida una sola cosa: permanecer siendo lo que ya se es —no perder la sazón, no esconder la luz—, así que el peligro que Jesús señala, más que la falta de activismo, es la pérdida de la identidad.

La segunda es que ambas metáforas describen una influencia indirecta, y no un control directo: la sal no convierte la comida en sal; la sazona, la preserva, la hace más sí misma; y la luz no reemplaza a los que ilumina; les permite ver lo que ya está ahí; de manera que el cristiano en el espacio público no está llamado a convertir la ciudad en iglesia, ni a controlar sus estructuras, ni a imponerle su identidad; su llamado es otro: ser una presencia que preserva, que ilumina, que hace que la vida en esa ciudad sea más de lo que podría ser sin ella.

3.2 "Para que vean vuestras buenas obras": la ética de la visibilidad

El propósito de la luz es explícito en el versículo 16: "para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos." Las buenas obras son la forma concreta de la luz, y esa forma concreta no es el discurso político, ni la dominación cultural, ni la conquista de las estructuras de poder: son las obras mismas —el servicio, la justicia, la misericordia, la honestidad— que son visibles y que señalan más allá de quien las hace.

Nótese la dirección del movimiento: las obras son visibles, pero la gloria va al Padre. La presencia cristiana en el espacio público no busca gloria para la iglesia ni para el movimiento cristiano; busca que Dios sea glorificado, y eso tiene consecuencias prácticas, porque el cristiano que trabaja en la alcaldía no está allí para construir la reputación de los evangélicos colombianos ni para avanzar la agenda política de su denominación; está allí para hacer bien su trabajo, con honestidad, con justicia, con la calidad que corresponde al mayordomo fiel de los dones que Dios le ha dado —y para que esa fidelidad sea visible de tal manera que señale hacia quien la hace posible.

4. Primera de Timoteo 2:1–4 y el llamado a la oración intercesora

4.1 El texto y su argumento

"Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad." (1 Ti 2:1–4)

Este texto establece una de las responsabilidades más específicas del pueblo de Dios con respecto al orden civil: la intercesión. Pablo no dice «consigan que los creyentes lleguen al poder» ni «organicen la resistencia ante los gobernantes impíos»; lo que dice es: oren por ellos, interceda por todos los que están en autoridad.

4.2 La lógica de la intercesión y su alcance político

La lógica del mandato es reveladora. Pablo exhorta a interceder por los gobernantes para que "vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad", de manera que el propósito inmediato de la intercesión es crear las condiciones para que la comunidad del pacto pueda vivir y crecer: shalom civil que hace posible la misión espiritual de la iglesia.

Pero el versículo 4 añade una dimensión que excede ese propósito inmediato: el Dios "que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad." Así que la intercesión por los gobernantes no es solo pragmática —para que nos dejen en paz—, es también misionera, por cuanto los gobernantes son igualmente personas por cuya salvación la iglesia ora; de modo que el rey o el presidente o el alcalde no es solo el actor que establece las condiciones de la misión, es también un destinatario potencial de esa misión.

Esto tiene consecuencias para la postura afectiva que el creyente debe guardar hacia las autoridades civiles, porque lo que se le pide no es la deferencia servil ni la hostilidad permanente, sino la misma disposición que un médico tiene hacia su paciente: una solicitud real por su bien, incluido el bien más profundo que solo el evangelio puede proveer.

5. La distinción crítica: el creyente individual y la iglesia como institución

5.1 Por qué la distinción es inevitable

Uno de los problemas más persistentes en las discusiones sobre presencia cristiana en el espacio público es la confusión entre lo que el creyente individual hace en el mundo y lo que la iglesia como institución hace en el mundo, porque son cosas distintas, tienen mandatos distintos, y operar con esa confusión produce inevitablemente o la politización de la iglesia o la privatización de la fe.

La tradición reformada —especialmente en la línea que va desde Calvino hasta Kuyper y que pasa por Hodge y su doctrina de la espiritualidad de la iglesia— ha mantenido esta distinción con una precisión que merece recuperarse para el contexto latinoamericano.

El creyente como individuo tiene una vocación amplia en el mundo, pues es ciudadano, padre, trabajador, vecino, votante, y en todas esas capacidades lleva consigo la conciencia formada por la Escritura, los afectos ordenados por el evangelio, y la ética de vida que su fe produce; de manera que puede —y debe— participar en la vida política de su sociedad: votar con discernimiento, ejercer cargos públicos si es llamado a ellos, abogar por políticas que estima justas, denunciar el mal cuando lo ve; y nada de eso viola la misión espiritual de la iglesia, porque nada de eso lo hace en nombre de la iglesia; todo lo hace en el ejercicio de su vocación ciudadana.

La iglesia como institución tiene una misión específica: predicar el evangelio, administrar los sacramentos, ejercer la disciplina, enseñar la ley de Dios en toda su amplitud; y esa misión incluye consecuencias inevitables para el orden público —la proclamación del sexto mandamiento tiene implicaciones sobre el aborto, la proclamación del séptimo tiene implicaciones sobre el matrimonio, la proclamación del octavo tiene implicaciones sobre la corrupción—, pero la iglesia hace esas proclamaciones como testigo de la ley de Dios, no como actor político que busca resultados legislativos específicos.

5.2 La distinción en la práctica colombiana

En el contexto colombiano, esta distinción tiene aplicaciones concretas que muchas iglesias no han articulado con claridad.

Un creyente que trabaja como funcionario de la Contraloría General y que denuncia irregularidades presupuestarias está ejerciendo su vocación ciudadana con integridad, y la iglesia puede formarlo en esa vocación —puede predicarle el octavo mandamiento con todas sus implicaciones, puede enseñarle que la honestidad en el manejo de los recursos públicos es un deber ante Dios—, pero no está mandando esa denuncia específica en su nombre institucional, porque la denuncia es del funcionario, no de la institución eclesial.

Una iglesia que proclama desde el púlpito que el aborto mata seres humanos hechos a imagen de Dios está ejerciendo su mandato espiritual de proclamar la ley moral de Dios, y un creyente que, formado por esa proclamación, participa en la movilización legislativa contra una ley que amplía el aborto está ejerciendo su vocación ciudadana; la iglesia no convoca esa movilización, el creyente la ejerce. La diferencia no es trivial: cuando la iglesia como institución se convierte en el organizador de campañas políticas específicas, ha confundido su misión espiritual con una agenda política, aunque esa agenda sea éticamente correcta.

5.3 El punto de tensión real: dónde la línea es difícil de trazar

Conviene nombrar con honestidad el punto donde la distinción es genuinamente difícil: los temas en los cuales la ley moral de Dios habla con claridad, pero cuya aplicación política involucra decisiones prudenciales sobre las cuales los creyentes pueden diferir.

El aborto es ejemplo claro del primer tipo, por cuanto la Escritura protege la vida inocente con inequívoco mandamiento, y la iglesia tiene el deber de proclamarlo; la política migratoria es ejemplo del segundo tipo, porque la Escritura manda tratar con justicia y misericordia al extranjero (Lv 19:33–34; Mt 25:35), y eso, sin embargo, no determina una política migratoria específica sobre la cual todos los creyentes deban estar de acuerdo.

La tentación de las iglesias colombianas ha sido tratar el segundo tipo como si fuera el primero —declarar desde el púlpito que una posición específica sobre migración, sobre impuestos, sobre el proceso de paz, es el mandato de Dios—, y eso no es valentía profética; es confusión de categorías, y produce el daño que el capítulo tres diagnosticó: la uniformidad política como condición de comunión, la división de las congregaciones a lo largo de líneas que la Escritura no traza.

6. Prudencia política: la virtud que la tradición reformada ha subvalorado

6.1 El lugar de la prudencia en la ética reformada

La tradición reformada ha producido una teología política de notable rigor, pero ha tendido a subvalorar una virtud que la ética clásica —desde Aristóteles hasta Tomás de Aquino— consideraba central para la vida política: la prudencia (phronesis, prudentia).

La prudencia no es ambigüedad moral ni relativismo ético. Es la capacidad de aplicar principios correctos a situaciones concretas complejas, con discernimiento sobre las consecuencias de las decisiones, con sensibilidad a los matices del contexto, y con humildad sobre los límites del propio juicio; es la virtud del estadista frente a la del ideólogo, de manera que, mientras que el estadista sabe qué principios defender y también sabe cuándo, cómo y con qué alianzas defenderlos en un mundo imperfecto, el ideólogo sabe perfectamente qué principios defender y no sabe nada sobre cómo hacerlo en la realidad.

La Escritura no usa el término técnico de la filosofía clásica, pero el concepto está presente en su vocabulario de sabiduría, de modo que el creyente que "entiende los tiempos" (1 Cr 12:32), que sabe cómo responder a cada uno (Col 4:6), que es "prudente como serpiente y sencillo como paloma" (Mt 10:16), ese creyente está ejerciendo la virtud que la tradición clásica llama prudencia y que la Escritura llama sabiduría práctica.

6.2 Prudencia sin relativismo: la distinción operativa

La prudencia política del creyente opera dentro de un marco que la tradición reformada ha establecido con claridad: los principios morales que la ley de Dios determina son no negociables; su aplicación a circunstancias concretas requiere juicio prudencial que puede variar entre creyentes igualmente comprometidos con la Escritura.

Un creyente reformado colombiano que trabaja en política no puede negociar sobre si el aborto mata a un ser humano hecho a imagen de Dios —eso está determinado por la ley moral—, pero puede y debe juzgar prudencialmente sobre cuándo presentar una propuesta legislativa específica, con qué alianzas construirla, qué lenguaje usar en el debate público para hacerla más persuasiva, y cómo priorizar entre múltiples objetivos legítimos que compiten por recursos y atención; y esas decisiones prudenciales no son moralmente neutras —la prudencia es una virtud moral—, pero tampoco son mandatos bíblicos directos sobre los cuales deba exigirse uniformidad eclesial.

Esta distinción libera al creyente político de dos tipos de presión igualmente paralizantes: la presión de quienes exigen que su actividad política sea siempre "puramente cristiana", en el sentido de no involucrarse en ningún compromiso con actores no creyentes, y la presión de quienes le exigen que subordine todos sus principios a la efectividad política inmediata; y la prudencia cristiana rechaza ambas, de manera que no hay pureza política que no requiera ningún compromiso con el mundo imperfecto, pero tampoco hay efectividad política legítima que no esté enmarcada por principios que no se negocian.

7. La presencia cristiana como señal escatológica

7.1 La ciudad que viene como fundamento de la presencia en la ciudad que es

Todo lo que este capítulo ha argumentado sobre la presencia cristiana en el espacio público descansa sobre una base que, antes que política, es escatológica, porque el creyente trabaja por el bien de la ciudad terrenal precisamente porque sabe que no es su ciudad final —y esa libertad respecto de la ciudad terrenal es lo que le permite servirla sin idolatrarla.

Hebreos 13:14 lo formula con precisión: "porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir." La ciudad permanente es la que el Apocalipsis describe: la nueva Jerusalén que desciende del cielo, donde Dios habitará con su pueblo, donde no habrá más llanto ni muerte ni conflicto armado ni corrupción ni injusticia (Ap 21:1–4); esa ciudad es la que el creyente busca, y buscarla no significa aguardarla con pasividad, significa tener los afectos más profundos orientados hacia ella.

Y precisamente porque esa ciudad es la definitiva, el creyente puede invertir en la ciudad terrenal sin necesitar que sea perfecta: puede trabajar en la Contraloría sabiendo que la corrupción no desaparecerá completamente mientras el mundo dure, puede enseñar en la escuela pública sabiendo que no todos sus alumnos serán transformados, y puede abogar por leyes justas sabiendo que ninguna ley produce los corazones que hacen falta para cumplirla; de manera que la esperanza escatológica, lejos de producir indiferencia hacia la ciudad terrenal, produce la sobriedad que permite trabajar fielmente en ella sin caer en el mesianismo político que promete lo que ninguna política puede dar.

7.2 La coherencia de vida como forma de misión

Primera de Pedro 2:12 establece que los creyentes deben mantener "buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras." La coherencia de la vida cristiana —el hecho de que el creyente hace lo que dice y dice lo que hace— es en sí misma una forma de presencia misionera en el espacio público.

En el contexto colombiano, donde la corrupción institucional ha erosionado profundamente la confianza social, la honestidad del creyente en su trabajo ordinario es políticamente subversiva en el mejor sentido de esa palabra, porque subvierte la normalización del engaño; y así, el funcionario que no acepta sobornos, el comerciante que paga sus impuestos, el maestro que realmente enseña, el abogado que defiende a su cliente sin torcer la ley, cada uno de ellos, en su fidelidad ordinaria, es sal que preserva y luz que alumbra.

Esa fidelidad no requiere que el creyente anuncie públicamente que actúa así porque es cristiano, pues eventualmente, si alguien pregunta, la respuesta honesta incluirá su fe; pero la misión no depende del anuncio, depende de la realidad de la vida, de manera que, cuando las obras son visibles y señalan hacia algo que el mundo no puede producir por sí mismo, la gloria va al Padre que está en los cielos, como Jesús prometió que ocurriría.

8. Aplicación: cuatro prácticas de la ciudadanía cristiana ordinaria

La teología de este capítulo tiene consecuencias prácticas que pueden formularse en cuatro prácticas. No son mandatos que uniformicen a los creyentes —la prudencia política permite diversidad en la aplicación—; son más bien orientaciones que emergen del marco teológico que hemos construido.

Primera práctica — la oración intercesora por las autoridades: no como bendición automática del orden existente ni como apoyo político a quienes están en el poder, sino como el reconocimiento de que los gobernantes son personas por quienes Cristo murió, que cargan con una responsabilidad que excede las fuerzas humanas, y por cuya sabiduría y conversión el pueblo de Dios tiene mandato explícito de interceder (1 Ti 2:1–4); y esta práctica, cuando es real y no formal, produce en el creyente una disposición hacia las autoridades que no es ni idolátrica ni hostil, sino auténticamente pastoral.

Segunda práctica — la excelencia en la vocación ordinaria: el creyente que trabaja en cualquier oficio civil —medicina, derecho, educación, administración, comercio— tiene el mandato de hacer bien su trabajo como mayordomía de los dones que Dios le ha dado y como servicio al prójimo que ese trabajo sirve (Col 3:23–24); y esa excelencia no es ambición de poder ni búsqueda de reconocimiento, es la forma concreta en que el creyente procura el shalom de la ciudad en la que habita, de manera que, en el contexto colombiano, donde la mediocridad y el cinismo han degradado muchas instituciones públicas, la excelencia ordinaria del creyente es un testimonio visible de que hay una fuente de integridad que el mundo no puede producir por sí mismo. Conviene ser preciso: ese testimonio no garantiza transformación estructural ni constituye avance institucional del reino —el reino viene por la predicación del evangelio y la obra soberana del Espíritu, no por la acumulación de buenas prácticas en el sector público—, y lo que produce es algo más modesto y más real: sal que preserva, luz que alumbra, presencia que señala más allá de sí misma hacia quien la hace posible.

Tercera práctica — la participación cívica informada y sobria: el creyente vota, delibera, participa en la vida de su comunidad, ocupa cargos públicos cuando es llamado, y lo hace con la conciencia formada por la Escritura —sabe qué principios son no negociables— y con la humildad de quien reconoce que la prudencia política requiere juicio en áreas donde la Escritura no legisla en detalle; de manera que no trata a quienes difieren políticamente como enemigos de Dios —esa es la idolatría que el capítulo tres diagnosticó—, pero tampoco abdica de su conciencia en aras de la paz social, porque participa con seriedad y sin absolutismo.

Cuarta práctica — el testimonio de la coherencia: la fidelidad ordinaria en el trabajo, la honestidad en las relaciones, la justicia en los tratos, la misericordia hacia el vulnerable, todo eso compone un testimonio que no requiere estrategia comunicacional porque habla por sí mismo, de modo que, en una cultura de cinismo generalizado, un creyente que simplemente hace lo que promete y dice la verdad cuando cuesta es una anomalía que produce preguntas; y cuando las preguntas llegan, la respuesta puede incluir el evangelio.

9. Conclusión: el peregrino que trabaja

El peregrino bíblico no es el asceta que se retira del mundo para proteger su pureza; es el que camina hacia una ciudad que todavía no ha llegado y que, en el camino, trabaja, construye, ora, sirve y da testimonio en la ciudad que atraviesa.

Abraham es el arquetipo: vivió "como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (Heb 11:9–10). No se retiró del mundo: trató con reyes, negoció contratos, formó alianzas, participó en la guerra para rescatar a su sobrino, pero nunca confundió Canaán con la ciudad que esperaba, y precisamente esa claridad sobre su destino final fue lo que le permitió habitar Canaán con generosidad y sin angustia.

Ese es el modelo para el creyente colombiano en el siglo XXI: no el conquistador que busca tomar el control de las estructuras políticas para instaurar el reino de Dios, no el pietista que declara que todo lo político es contaminación espiritual, sino el peregrino que trabaja —que edifica casas y planta huertos en Babilonia, que procura la paz de la ciudad en la que habita, que intercede por sus gobernantes, que hace bien su trabajo con la misma conciencia con que partirá el pan del Señor el domingo—, porque sabe que ambos actos, el del martes y el del domingo, son formas de honrar al mismo Señor que es dueño de todo.

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