Dos ciudades, una misión · Parte 6 de 7

Dos ciudades, una misión — 6. La iglesia que la ciudad necesita

15 de julio de 202620 min de lecturaRev. Rodrigo Andrés Espinoza González

La iglesia que la ciudad necesita

misión ordinaria, esperanza escatológica y el testimonio del pueblo del pacto

1. Introducción: la pregunta que la serie ha estado construyendo

Este libro comenzó con una pregunta institucional —¿qué puede exigir el Estado?—, y de allí pasó a una pregunta diagnóstica —¿qué ocurre cuando confundimos la lealtad política con la lealtad última?—, y luego a una pregunta de límites —¿cuándo y cómo resiste el creyente al Estado injusto?—, hasta llegar a una pregunta de vocación: ¿cómo habita el creyente la ciudad terrenal en los días ordinarios?

Todas esas preguntas son necesarias, y sin embargo ninguna de ellas es la más fundamental, porque la pregunta más honda de toda esta reflexión se dirige, más allá del Estado, más allá de los afectos del creyente, más allá de la resistencia y más allá de la vocación, a la iglesia misma: ¿qué es la iglesia que Jesucristo está construyendo en Colombia, y qué le da a la ciudad que la ciudad no puede darse a sí misma?

Esa es la pregunta de cierre, y no puede responderse antes de que las otras estén respondidas, por cuanto mientras no sepamos lo que la iglesia no es —que no es un partido político, ni una nación étnica, ni un movimiento cultural— nos será imposible articular con precisión lo que sí es; pero tampoco puede omitirse, porque una serie de teología política que solo define límites sin ofrecer una visión positiva termina produciendo creyentes que saben muy bien lo que no deben hacer y no saben qué hacer.

Este capítulo quiere ofrecer esa visión, y la ofrece más como descripción teológica de la realidad que el evangelio produce que como programa de acción —una realidad que ya existe en cada congregación que predica a Cristo fielmente, que parte el pan del Señor semana a semana, y que vive la comunión del pacto en medio de una ciudad fracturada.

2. Efesios 3:10 y la iglesia como revelación cósmica

2.1 El texto más audaz de la serie

Ningún texto de la Escritura hace una afirmación más alta sobre la iglesia que Efesios 3:10:

"Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales."

El versículo pertenece a la exposición que Pablo hace del misterio que le fue revelado: que los gentiles son coherederos del mismo cuerpo y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús (v. 6). Lo que Pablo está declarando es que la existencia misma de la iglesia —esta comunidad de judíos y gentiles, de personas de todas las naciones reunidas en un solo cuerpo bajo un solo Señor— es la demostración visible de la sabiduría de Dios ante las potencias del universo.

Conviene detenerse en la palabra griega πολυποίκιλος —"multiforme"—, porque es notable: literalmente significa "de muchos colores" o "de muchos patrones", y describe la riqueza deslumbrante de algo que no puede captarse en una sola imagen. La sabiduría de Dios que la iglesia revela desborda toda forma única, y es tan rica, tan variada, tan inagotable, que necesita la diversidad de los pueblos para comenzar a exhibirla.

2.2 La implicación eclesiológica y su alcance político

Lo que Efesios 3:10 establece es que la iglesia, lejos de ser simplemente una institución que presta servicios religiosos o un movimiento que busca influencia cultural, es en sí misma un acontecimiento cósmico: la demostración ante toda autoridad y poder de que la sabiduría de Dios trasciende todas las divisiones que el pecado ha producido entre los seres humanos.

Esto tiene implicaciones directas para la pregunta sobre la presencia de la iglesia en el espacio público. La iglesia no necesita convertirse en actor político para tener relevancia pública —su relevancia más profunda no es política sino ontológica—. La congregación en Bogotá que reúne a personas de distintas clases sociales, etnias y trasfondos políticos alrededor de la misma mesa del Señor no está haciendo algo políticamente relevante: es algo políticamente relevante, la demostración viva de que hay una comunión posible más allá de todas las fracturas que el mundo conoce y produce.

En una ciudad tan fracturada como cualquier ciudad colombiana —fracturada por clase, por región, por pasado de conflicto, por polarización política— esa demostración no es insignificante. Es, en el lenguaje de Mateo 5, una ciudad asentada sobre un monte que no puede esconderse.

3. Mateo 16:18 y la promesa indestructible

3.1 "Edificaré mi iglesia"

En la escena de Cesarea de Filipo, después de la confesión de Pedro —"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"— Jesús pronuncia una de las afirmaciones más densas del evangelio:

"Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mt 16:18)

El sujeto del verbo es decisivo —"yo edificaré"—, porque el que edifica es Cristo mismo, y no Pedro, ni los apóstoles, ni los creyentes, ni la institución eclesial en su capacidad humana. Eso significa que la iglesia no es un proyecto humano que pueda fracasar si las personas equivocadas toman las decisiones equivocadas, ni triunfar si las personas correctas ejecutan la estrategia correcta, sino que es el proyecto de Cristo, de manera que su criterio de éxito es uno solo, la fidelidad al Señor que la edifica, por encima de la influencia cultural, del crecimiento numérico y de la relevancia política.

3.2 Las puertas del Hades y la promesa de la victoria

La imagen de "las puertas del Hades" que no prevalecerán contra la iglesia ha sido frecuentemente malinterpretada como si describiera una iglesia sitiada que resiste el ataque. Pero la imagen es inversa: las puertas son estructuras defensivas, no armas ofensivas, de modo que lo que el texto dice es que ni siquiera las defensas de la muerte podrán resistir el avance de la iglesia de Cristo.

La iglesia que Jesús promete construir, lejos de estar a la defensiva, encerrada en sí misma y esperando apenas sobrevivir hasta que él regrese, es una iglesia en movimiento, cuyo avance ninguna potencia —ni el poder político, ni la cultura hostil, ni la persecución, ni la muerte misma— puede detener definitivamente.

Esta promesa no produce arrogancia institucional —la iglesia avanza por la predicación del evangelio y la obra del Espíritu, y no por la acumulación de poder humano—, pero sí produce la confianza sobria que le permite trabajar en el espacio público sin la ansiedad de quien necesita ganar cada batalla cultural para sobrevivir; de manera que la iglesia no necesita ganar las elecciones para seguir siendo la iglesia, ni el favor del Estado para seguir predicando, ni la aprobación cultural para seguir partiendo el pan del Señor, por cuanto tiene la promesa de su Señor, y esa promesa le basta.

4. Apocalipsis 5:9–10 y la visión de lo que la iglesia ya es

4.1 El cántico nuevo y su geografía humana

Apocalipsis 5 describe la escena de adoración alrededor del trono cuando el Cordero toma el libro sellado. Los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos caen ante él y cantan un cántico nuevo:

"Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra." (Ap 5:9–10)

El vocabulario del versículo 9 —"todo linaje, lengua, pueblo y nación"— es la declaración más inclusiva posible: no hay grupo humano excluido de la obra redentora del Cordero, ni etnia demasiado pequeña para haber sido comprada, ni lengua demasiado oscura para que Cristo no la haya redimido para Dios.

Y el versículo 10 retoma el vocabulario de Éxodo 19:6 —el mismo que 1 Pedro 2:9 aplicó a la iglesia— para describir a quienes han sido redimidos: "nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes." El pueblo del Nuevo Pacto que 1 Pedro llamó "real sacerdocio y nación santa" es el mismo pueblo que el Apocalipsis muestra adorando al Cordero en el cielo. La iglesia de la tierra y la iglesia del cielo son la misma iglesia en distintas etapas de su peregrinación.

4.2 La iglesia como anticipación de ese cántico

Lo que el Apocalipsis revela sobre el estado final de la iglesia debe gobernar la comprensión de la iglesia en su estado presente. La congregación que hoy en Bogotá, Medellín, Bucaramanga o Villavicencio reúne a personas de distintos trasfondos —distintas etnias, distintas clases, distintos historiales políticos— y las hace partícipes del mismo pan y la misma copa, hace algo más hondo que celebrar un rito religioso: anticipa, de manera real aunque imperfecta, lo que el Apocalipsis describe como la realidad definitiva, la multitud de toda nación adorando al Cordero.

Esa anticipación es la contribución más profunda que la iglesia puede hacer a la ciudad, y tiene la forma de una presencia visible: la de una comunión que trasciende todas las divisiones que la ciudad conoce, más honda que cualquier programa de transformación social, agenda legislativa o estrategia de influencia cultural —una comunión posible no por la virtud de sus miembros, sino porque han sido comprados por la misma sangre y caminan hacia el mismo destino.

5. El modelo agustiniano y su pertinencia colombiana

5.1 Las dos ciudades y su entrelazamiento

Agustín de Hipona escribió La Ciudad de Dios entre el 413 y el 426 d.C., en respuesta a la acusación de que el cristianismo había debilitado al Imperio Romano y que su caída ante los visigodos era la consecuencia. La respuesta de Agustín es una de las obras más grandes de la teología política cristiana, y lo es no porque ofrezca un programa político, sino porque ofrece una comprensión de la historia que libera al pueblo de Dios de la ansiedad que produce el éxito o el fracaso de los imperios de este siglo.

El argumento central es la distinción entre la civitas Dei —la ciudad de Dios, constituida por el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo— y la civitas terrena —la ciudad terrena, constituida por el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios. Estas dos ciudades no son instituciones visiblemente separables en la historia: están entrelazadas, mezcladas, y solo serán separadas en el juicio final. La iglesia visible contiene trigo y cizaña. El Imperio romano —como toda estructura política— contiene personas cuya lealtad última está con la ciudad de Dios y personas cuya lealtad está con la ciudad terrena.

Una precisión que la tradición reformada —especialmente Vos y Murray— añade al modelo agustiniano merece recogerse aquí. Agustín no identifica la iglesia visible con la civitas Dei sin más. La civitas Dei es escatológica y, en el tiempo presente, parcialmente oculta: sus ciudadanos verdaderos solo se conocen plenamente al final. La iglesia visible es anticipación y señal de la civitas Dei, no su identificación plena. En ella conviven los elegidos y quienes no lo son; en ella el reino ya está presente pero todavía no consumado. Esta tensión ya/todavía-no es la que impide tanto el entusiasmo eclesiástico —la tentación de tratar a la congregación como si fuera ya la ciudad perfecta— como el escepticismo disolvente —la tentación de relativizar la iglesia visible porque no es perfecta. La iglesia visible es el lugar ordinario donde Dios obra mediante sus medios para reunir la civitas Dei que el cielo mostrará completa.

Lo que Agustín ofrece es una postura para la civitas Dei peregrina en medio de la civitas terrena: ni conquista ni retirada, sino uso. La ciudad de Dios usa la paz de la ciudad terrena —sus leyes, sus estructuras, su orden— sin identificarse con ella, y contribuye a su bienestar —porque en su paz tiene también paz, en el espíritu de Jeremías 29— sin hacerla su esperanza definitiva.

5.2 La pertinencia para Colombia

El modelo agustiniano es especialmente pertinente para Colombia precisamente porque Colombia ha pasado por dos siglos de ensayos de construcción de una "ciudad cristiana" —primero bajo el Concordato con la Iglesia Católica, luego bajo varios proyectos de "restauración de los valores cristianos" de distintos sectores políticos— y ninguno ha producido la ciudad justa que prometía; y esto no porque la fe cristiana sea irrelevante para el orden político, sino porque la civitas Dei no se construye por decreto civil: se edifica por el evangelio, semana a semana, persona a persona, congregación a congregación.

La iglesia colombiana que entiende esto no abandona la ciudad terrenal a su suerte, sino que trabaja por su bien, intercede por sus gobernantes, denuncia sus injusticias y forma a sus ciudadanos con la ley y el evangelio de Dios; pero no confunde ese trabajo con la edificación del reino, ni mide su éxito por los indicadores que la ciudad terrena usa para medir el suyo. Su medida es la fidelidad al Señor que la edifica, y su horizonte es la ciudad que viene.

6. Lo que la iglesia da que nadie más puede dar

6.1 Los medios ordinarios como el bien más profundo

La pregunta de este capítulo —qué le da la iglesia a la ciudad que la ciudad no puede darse a sí misma— tiene una respuesta que puede sonar modesta pero que es la más radical posible: la iglesia le da el evangelio.

Y se lo da en su forma más concreta y más ordinaria —no como eslogan ni como decoración de programas sociales—: la predicación expositiva de la Palabra de Dios que abre las Escrituras y aplica la ley y la gracia de Dios a la condición humana real, la administración de los sacramentos que sellan las promesas del pacto en cuerpos y comunidades concretos, la disciplina eclesial que preserva la integridad del cuerpo, y la oración que reconoce que los resultados pertenecen al Señor y no a los medios que los instrumentos humanos emplean.

Esos medios ordinarios son ordinarios en su apariencia —no hay nada visualmente espectacular en un pastor que predica, en una congregación que escucha, en el pan y la copa que se reparten en un templo—, pero son extraordinarios en su alcance, porque son los medios que el Espíritu Santo ha prometido usar para la salvación y la santificación del pueblo de Dios, los mismos que han producido, a lo largo de veinte siglos y en todos los continentes, comunidades de personas transformadas cuya vida en el mundo ha sido sal y luz sin que ninguna estructura de poder lo garantizara.

La Confesión de Fe de Westminster sostiene que la Palabra predicada, los sacramentos y la oración son los medios ordinarios de gracia por los cuales el Espíritu obra en la salvación y la santificación del pueblo de Dios —una afirmación que recorre múltiples capítulos de la Confesión y que los Catecismos Mayor y Menor desarrollan explícitamente (WCF XIV, XXV, XXVII; CMa 154–160). La iglesia que cuida esos medios —que predica bien, que administra los sacramentos con rigor confesional, que ora con fe— está haciendo la obra más transformadora posible en su ciudad, aunque esa obra sea invisible para los indicadores con los que la ciudad mide la transformación.

6.2 La diaconía como extensión de la misión espiritual

Los medios ordinarios no agotan lo que la iglesia hace en el mundo. La diaconía —el servicio al prójimo vulnerable— es la extensión inevitable de la misión espiritual hacia el mundo que la iglesia habita, y lo es por una razón sencilla: el evangelio que la iglesia predica tiene consecuencias inevitables para la manera en que los creyentes tratan a las personas en necesidad. La diaconía, así, no convierte a la iglesia en una ONG con discurso teológico; brota del evangelio mismo.

El vínculo es directo: la iglesia que predica fielmente el amor de Dios en Cristo producirá inevitablemente creyentes que aman a su prójimo de manera concreta, y la iglesia que celebra la Cena del Señor —donde los creyentes declaran que comparten el mismo Señor con personas de toda condición— producirá inevitablemente comunidades que cuidan a los más vulnerables de su entorno; y todo esto brotará como fruto orgánico del evangelio que ha producido nuevos afectos en personas que antes vivían para sí mismas, y no como resultado de un programa estratégico.

En Colombia, donde la desigualdad, el desplazamiento y la violencia han producido una población enorme de personas en situación de vulnerabilidad —desplazados internos, víctimas del conflicto, migrantes venezolanos, niños sin acceso a educación de calidad— la diaconía de la iglesia no es opcional, sino la forma concreta en que el amor del evangelio se hace visible al mundo que la iglesia habita. Y ese servicio, cuando se hace en el nombre de Cristo y señala más allá de sí mismo hacia quien lo hace posible, es también misión.

6.3 La comunión del pacto como contracultura

Hay algo más que la iglesia da a la ciudad que ninguna institución civil puede replicar: la comunión del pacto, que es cosa distinta de la solidaridad de quienes comparten intereses o ideología, porque es la comunión de quienes han sido comprados por la misma sangre y caminan hacia el mismo destino.

En una sociedad fragmentada por la desconfianza —donde las instituciones han traicionado a las personas tan repetidamente que el cinismo se ha vuelto una postura de supervivencia razonable— la comunión auténtica de una congregación es un escándalo en el sentido etimológico de la palabra: una piedra de tropiezo que obliga a reconsiderar lo que se creía imposible. Cuando la iglesia demuestra que hay una comunión posible entre personas que la sociedad ha separado —entre clases, entre etnias, entre historiales de conflicto, entre posiciones políticas opuestas— no está haciendo propaganda religiosa: está siendo lo que Efesios 3:10 dice que es, la demostración de la multiforme sabiduría de Dios ante toda autoridad y poder.

Esa contracultura no brota de la estrategia ni del programa: la producen el evangelio que cambia afectos, la mesa del Señor que declara una unidad más profunda que cualquier diferencia, y la disciplina del pacto que forma personas capaces de la clase de amor que el mundo llama imposible.

7. La iglesia que Colombia necesita no es la que Colombia pide

7.1 La tentación del espejo

Cada época le pide a la iglesia que sea el espejo de sus propias aspiraciones. En los siglos XVI y XVII, las naciones europeas le pidieron a la iglesia que fuera el instrumento de su consolidación política; en el siglo XIX, el liberalismo le pidió que se modernizara y adoptara sus categorías de progreso; en el siglo XX, los movimientos revolucionarios latinoamericanos le pidieron que fuera la vanguardia de la transformación social; y hoy los movimientos conservadores le piden que sea el baluarte de los valores tradicionales, mientras los movimientos progresistas le piden que sea la voz de la justicia social.

Todas esas peticiones tienen algo en común: le piden a la iglesia que sea el reflejo amplificado de una agenda que viene de afuera; y cuando la iglesia cede a esa petición —cuando acepta ser definida por las categorías que el mundo le ofrece— deja de ser la iglesia para convertirse en otra cosa: capellanía de un proyecto político, agencia de transformación cultural, institución de preservación de la identidad nacional.

Lo que Colombia necesita de la iglesia no es lo que Colombia le está pidiendo. Colombia le está pidiendo a la iglesia que tome partido —en el conflicto armado, en la polarización política, en las guerras culturales del momento—, mientras que lo que Colombia necesita es una iglesia que sea fiel a su propia identidad: que predique a Cristo crucificado y resucitado, que forme personas cuya vida en el mundo sea sal y luz, que demuestre que la paz que el evangelio produce es más profunda y más duradera que cualquier acuerdo de paz que los hombres puedan negociar.

7.2 La fidelidad como la forma del amor a la ciudad

La iglesia ama a Colombia de la forma más profunda cuando es genuinamente eclesial, y no cuando se afana por ser políticamente relevante. La iglesia que mantiene su identidad pactual —que no abandona la predicación del evangelio por la agenda política, que no sacrifica la comunión del pacto por la uniformidad ideológica, que no convierte el templo en tribuna electoral ni en ONG con discurso teológico— es la iglesia que más le sirve a su ciudad, aunque esa ciudad no lo reconozca y aunque los indicadores con que mide la relevancia no registren ese servicio.

Esa fidelidad reclama coraje, porque va contra las presiones que el momento histórico ejerce sobre la iglesia; reclama claridad doctrinal, porque sin ella la iglesia no sabe qué es lo que debe preservar; y reclama esperanza escatológica, porque sin ella la fidelidad se vuelve insostenible frente a la aparente irrelevancia de los medios ordinarios en un mundo que exige espectáculo y resultados inmediatos.

Pero la fidelidad es también la forma más auténtica del amor. El pastor que le dice a su congregación lo que necesita escuchar aunque no sea lo que quiere oír, que en lugar de movilizar a sus feligreses para el candidato correcto los forma en la ley y el evangelio de Dios, y que en vez de convertir el culto en un evento de entretenimiento lo guarda como el encuentro del pueblo del pacto con el Señor del pacto —ese pastor está amando a su congregación y a su ciudad con el amor más costoso y más duradero.

8. Conclusión: la ciudad que viene y la ciudad que es

Este libro comenzó con la Constitución de 1991 y el nuevo régimen de libertad religiosa que las iglesias evangélicas colombianas recibieron sin tener una teología política coherente para habitarlo. Termina con una visión.

La visión no es la de una Colombia cristiana en el sentido político del término, pues ese proyecto, como he argumentado a lo largo de seis artículos, confunde categorías que la Escritura mantiene separadas; la visión es, más bien, la de iglesias colombianas que saben lo que son: la comunidad pactual escatológica del Nuevo Pacto, convocada de entre todas las etnias y regiones de este país fracturado, sellada en el bautismo, sostenida en la mesa del Señor, formada por la predicación de la Palabra, en camino hacia la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.

Esa comunidad da a Colombia lo que Colombia no puede darse a sí misma. No porque sea más inteligente ni más poderosa ni más políticamente sofisticada, sino porque lleva en sí misma algo que ninguna institución humana puede producir: el evangelio del reino que ya vino en Cristo, que sigue avanzando por la predicación y el Espíritu, y que llegará a su consumación cuando el Rey regrese a recibir el reino que ya ganó.

Hasta ese día, la iglesia es peregrino que trabaja, profeta que proclama, siervo que sirve, y testigo que señala. En la ciudad terrenal que Dios le ha dado como lugar de habitación —en Bogotá, en Medellín, en Villavicencio, en Cajicá, en las veredas del conflicto y en los barrios de la prosperidad— la iglesia vive el presente de una realidad futura, y esa es la contribución más radical que puede hacer: ser ya, en lo imperfecto del presente, lo que el cielo mostrará perfectamente cuando el Cordero sea adorado por gente de toda nación, tribu, pueblo y lengua.

Porque no hay Colombia más transformada que la que tiene iglesias fieles, ni política más poderosa que el evangelio predicado con fidelidad, ni ciudad más necesitada de la iglesia que aquella que todavía no lo sabe.

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